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Capítulo XVII: UN PARÉNTESIS OBLIGADO![]() Tan sólo habían pasado dos días desde que Lucinda visitó las oficinas de la Jefatura Central de Policía y, en la segunda tarde, la llegada imprevista de Celeste al Gabinete la sobresaltó. -Te eché en falta esta mañana, pero no te esperaba ahora, ¿pasa algo? Celeste se acicaló el pelo sin lograr despojarse de las prisas; tomó asiento frente al despacho de su jefa, como si de una cliente se tratara y, con gran esfuerzo, intentó evitar la tartamudez que la atenazaba. -Es sobre Augusto... Verás, me llamó su abogado para confirmarme que ya estaban firmados los papeles de la separación. -Bien, entonces... -Le han detenido, está en la cárcel. El abogado me contó que hubo una redada en una discoteca a la que yo sabía que él solía acudir algún que otro viernes; le detuvieron con una papelina de cocaína en la americana. Pero después, dentro del coche y en la habitación donde se alojaba, encontraron suficientes sacos de droga para condenarle por unos cuantos años. -Todo un personaje, por lo que veo. Celeste no ocultaba su nerviosismo. -El abogado me dijo que el viaje a París tenía que ver con ese tipo de negocios -Celeste dudaba-. Me cuesta creer, él no parecía que... -No parecía tantas cosas. No tiene nada que ver ya contigo, no sé qué puede preocuparte. -Sí, ya, pero... Es increíble. Lucinda pasó su brazo sobre los hombros de Celeste, que se dejó abrazar. -Sí, es increíble lo que cada uno puede merecer.
El resto de la tarde fue un continuo suceder de llamadas telefónicas, de abrir y cerrar carpetas sin resultado cierto; se encontraba perdida en el caso de Le Notre, sin atisbo alguno de una posible salida. No había acabado la tarde cuando su teléfono móvil sonó de nuevo; le sorprendió el prefijo que delataba el origen francés de la llamada. Lucinda contestó con interés. -Bonsoir, madame... Al otro lado reconoció la voz de Ferdinand, el inspector galo que coordinó su anterior trabajo en el país vecino. Se alegró de escuchar su timbre aguardentoso, aunque algo más aflautado. Le urgía a un vuelo relámpago para identificar a un detenido clave en la investigación que la brigada francesa venía realizando. Puesto que ella había intervenido en la primera parte de aquella misión se requería su presencia, que se estimaba podría resultar reveladora. Se trataba de una gestión rápida que supondría tan sólo un día de viaje; saldría en el primer vuelo de la mañana siguiente y, tras la rueda de reconocimiento, estaría de vuelta con el último vuelo de la tarde. El inspector detalló los horarios del avión mientras Lucinda los anotaba en la esquina de una de sus tarjetas de visita. -Ya está todo arreglado. Apenas le dará tiempo para acostumbrarse de nuevo a la piel de Dafne -bromeó el inspector francés-, pero estaremos encantados de volver a saludarle. -A la orden entonces -Lucinda contestó con seria profesionalidad, consciente de las responsabilidades que contraían aquellas misiones de colaboración entre las policías de diferentes países-, allí nos veremos.
Para Lucinda no supuso ningún inconveniente regresar al escenario de Dafne, al contrario, pudo rememorar la atmósfera cotidiana de las calles de París que, frescas aún en su memoria, rezumaban de transeúntes en ordenado trajín. El trayecto desde el aeropuerto de Orly acabó, para su sorpresa, en un céntrico hospital en vez de en la sede de la Comandancia de la Policía francesa, como supuso en un inicio. Allí fue recibida por el inspector jefe Ferdinand, que no escatimó en todo tipo de muestras de afabilidad hacia su persona; luego, tomaron el ascensor hacia la última planta, donde unas dependencias servían de celda para encarcelados que precisaban asistencia médica. Se trataba de una rueda de reconocimiento un tanto especial. Lucinda entró en una habitación custodiada por dos agentes; en la única cama que ocupaba la estancia alguien reposaba. A petición del inspector, Lucinda observó la estropeada fisonomía de la mujer de rasgos asiáticos que permanecía inmóvil en el lecho. Una enfermera se aprestó en apartar las sábanas para facilitar la inspección y, entonces sí, Lucinda reconoció el tatuaje que aquel cuerpo arrugado mostraba bajo la nuca. Conocía aquel símbolo de la rueda del yin y del yan, que su propio novio se vio obligado a llevar tatuado, en el mismo lugar, para lograr ser admitido en el entorno de los traficantes que al final acabaron con su vida. Así que aquella oriental era la madame que regentó el prostíbulo que servía de tapadera a la mafia de la droga. El inspector francés le explicó que la habían hallado tras la última redada, abandonada en una de las habitaciones, imposibilitada por su enfermedad terminal. -Sí, creo que es ella –corroboró Lucinda-. Sí, seguro. Agradeció, después de todo, las buenas costumbres francesas; la temprana hora del almuerzo le permitiría estar de regreso a casa antes de tiempo. Insistió en una frugal comida con el pretexto del viaje de regreso; en compañía del inspector compartió mesa con dos enfermeras y el jefe del servicio médico de cuidados paliativos en el comedor del personal sanitario. Desvelaron detalles de la operación policial y, también, algunos datos clínicos sobre la enferma detenida, un caso de sida degenerativo, en fase final, sin remedio; sólo esperar. Lucinda hizo ademán de sentirse triste, pero no pudo. Tampoco podía seguir el hilo de la conversación que mantenían entre sí sus acompañantes. Sin saber por qué le vino a la mente la vívida imagen de aquel incidente del reloj estropeado cuando tomaba café con Celeste en la terraza, mientras un hombre oriental parecía absorto tras ellas; se acordó del reloj, de la extraña concentración que mantuvo el hombre consigo mismo y, durante unos instantes, se recreó en aquella curiosa experiencia que de repente afloraba y a la que acababa de hallar un sentido, se descubrió reflexionando sobre los grandes fuerzas ocultas que gobiernan el mundo, poderes que desconocemos hasta dónde pueden llegar o de lo que podemos ser capaces de hacer, según la intención; hasta qué punto podían controlarse esas fuerzas seguiría siendo un misterio. Lucinda se miró el reloj de forma instintiva y entonces sus acompañantes se percataron de la hora, dando paso por fin a las despedidas, que resultaron igual de frugales. El vuelo de vuelta salió puntual, sin turbulencias, por una vez todo parecía ocupar su sitio. Desde el cielo un mapa de luces iluminaba los alrededores y la autovía de entrada a la ciudad; en pocas ocasiones antes Santander le pareció tan cercana. El avión dibujó una elipse suave y se dejó posar en tierra, sin brusquedad. De alguna manera Lucinda se alegró de haber llegado al hogar. Sí, eso era, por fin se sentía en casa. La sala de llegadas del aeropuerto acusaba la escasa afluencia de viajeros y acompañantes en mitad de semana. Lucinda pasó de largo de las cintas transportadoras del equipaje y se encaminó a la salida. No esperaba a nadie y se sorprendió al reconocer al final del pasillo al agente Mouro, que algunos días antes conoció en la Comisaría central. Se acercó hasta ella con la mano extendida en señal de saludo. -No me diga que el señor Blázquez le ha enviado a recogerme... -No. Vengo por propia iniciativa, si me lo permite. Ernesto, Ernesto Mouro... -Sí, me acuerdo –le saludó ella con cordialidad-, pero no hay ninguna necesidad de... -Lo sé. Vengo porque quiero. Lucinda no pudo esquivar la insistente sonrisa del agente. -Verá, Julio comentó lo de su viaje relámpago de hoy e imaginé que debería encontrarse cansada. Además, nuca he estado en París, siempre quise conocerlo y... Lucinda rió con fuerza. -Usted siempre me hace reír, oiga. -Ernesto. -Ernesto, sí. -¿Entonces querrá que la lleve a su casa? Se ahorrará tener que esperar un taxi a estas horas. A Lucinda le volvió a entrar la risa. -De acuerdo, acepto su generosa invitación. El tráfico fluido acortó el trayecto, apenas hubo tiempo para hablar de París. Cuando se apeó del automóvil, Lucinda se asomó a la ventanilla para despedirse: -Bueno, le debo un café, Ernesto. -Me conformo con una cena, aunque sea a partes iguales. Lucinda volvió a reírse. -Es usted tremendo... -Entonces hasta mañana a esta hora –apuntaló el agente. -Bueno, verá... -¿Trato hecho? -Está bien, trato hecho. Lucinda subió los escalones al apartamento envuelta en el halo de una sonrisa contagiosa; quería mantenerse fría para reflexionar, pero no podía, la calidez de aquel recibimiento inesperado había desviado el propósito de su atención. Necesitaba reflexionar sobre las impresiones de aquel breve, pero intenso viaje; sobre la mujer oriental que mantuvo relación con su antiguo amor, causa de sus posteriores desdichas; sobre los curiosos designios del destino que, al final, devolvía respuestas cuando el problema había dejado de existir. El recuerdo de Sergio había acabado por difuminarse en la neblina del tiempo. Sin embargo, evocó sin dificultad la figura del joven Ernesto, gentil y gracioso, esforzándose por cerrar una cita y lográndolo sin dificultad. Tal vez había llegado el tiempo para reflexionar o para dejar de hacerlo y darse una oportunidad. . *"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.- http://leetamargo.blogspot.com
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Me acabo de poner al día con los capítulos que has subido durante la Navidad y este último. La verdad esque me gusta más leer unos cuantos capítulos seguidos, me alimenta más. Sigo disfrutando con tu novela. Saludos desde la "Madrid siberiana" Fecha: 13/01/2009 17:28.
...Normal, White, lo entiendo. Pero Internet impone (o me lo impongo yo) postear ál ritmo de un capítulo cada vez, así no se sobrecarga el lector ni uno mismo. Con el capítulo que sigue ya podrás leerla entera de un tirón. Agradecerte tu seguimiento, amiga, tu lectura, tus palabras... MUCHAS GRACIAS: LeeTamargo.- Fecha: 17/01/2009 09:35. |
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