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Capítulo XIII: DEMASIADOS IMPREVISTOS![]() Cuando colgó el teléfono una sombra de duda transfiguró en mueca el gesto del doctor Edouard. Lejos de sentirse aliviado por el fin repentino de aquella inesperada llamada, se enredó en una suerte de dilemas contradictorios que tan poco le gustaban y a los que era tan propenso. A cuenta de la llamada de aquella detective pasó una noche de perros, asediado por el fantasma de la señora Le Notre, aquella vieja paciente adinerada que había llevado una vida promiscua, ejerciendo la prostitución, hasta que un matrimonio millonario la salvó de su infierno; ahora, viuda, su fortuna era uno de los más grandes tesoros que incluso se disputaban sus propios familiares. Siempre iniciaba el ritual de sus sesiones de psicoanálisis con la música de Chopin, sus Polonesas se prestaban idóneas para crear el ambiente, la atmósfera propicia donde el paciente relajaba hasta la lengua y donde el afilado sentido del diagnóstico de un profesional como él sacaba el hilo de información que le conducía al ovillo que más le interesaba. Las consultas de la vieja millonaria eran golosas, pero las propinas aún más; había conseguido incluso que lo últimos pagos fueran hechos en persona, en metálico, cada vez que la señora acudía a su cita. Él no obraba milagros ni era ningún juez, pero su trabajo tenía un precio y eso no lo perdonaba. Después que el doctor sacó su beneficio la vieja maniática se había convertido en un problema con el que no estaba obligado a cargar y, simplemente, se lo quitó de encima, como hacía con todos sus problemas. Ahora, sin embargo, la llamada de aquella detective resucitaba problemas muertos, pero problemas, en definitiva. No pudo pegar ojo en toda la noche, acosado por el bombardeo de preguntas a las que hubiera podido dar pie con su comportamiento precipitado. Enemigo de los fármacos, salvo para con sus pacientes, tampoco la tila surtió el efecto deseado y, al final, optó por remediar la situación desde el lado más directo y lógico: tendría que volver a hablar con la detective para eliminar cualquier duda, la más mínima sospecha de duda. Fue a la mañana siguiente cuando llamó. Lucinda no parecía dar crédito a lo que estaba ocurriendo: el propio doctor llamaba y, disculpándose, dejaba asomar un cierto tono de arrepentimiento... Sí, arrepentido, ¿pero de qué? Ahora sí que la detective desplegó todo su arsenal a la caza del matiz insignificante, pero revelador. Si no hubiera llamado ella habría dado el tema por zanjado, pero ahora era distinto, aquello cobraba un nuevo y sobredimensionado valor, en verdad sospechoso. Ella había respetado su silencio profesional, pero ahora adquiría un falso valor, una apariencia de excusa traicionada que ni ella era capaz de saber qué ocultaba o hasta dónde iba a llegar. -No quiero que entienda que me niego a colaborar, señorita Margot -argüía el doctor-. Es más, desearía entablar una conversación personal con usted para dejar así constancia real del serio rigor que acompaña mi intención. Bueno, tal vez era eso lo que cualquier detective deseaba, que sus testigos, pruebas o casos, vinieran a hablar en persona, preocupados por colaborar, incluso por demostrar sus buenas razones para no colaborar. Lucinda le dio los datos de su dirección en Santander, horarios incluídos, y le rogó que le avisase con tiempo si se decidía a acercarse hasta su despacho, pues el trabajo a veces le llevaba fuera y no deseaba dejarle en la estacada cuando se aviniese a colaborar de modo tan voluntario. De pronto, la detective se encontró involucrada en una mezcla de disculpas y justificaciones que parecían quitarle el aire, tan gratuítas que amenazaban con hacerle perder el norte. Tuvo la sensación de que aquel doctor, por arte de magia, era ahora un embaucador; y no le gustaban aquel tipo de intuiciones, sobre todo, porque casi siempre acababan por darle la razón. El doctor ahora no parecía tener prisa por colgar. -No se preocupe, doctor. Pero avíseme antes, ¿de acuerdo? -De acuerdo, señorita. Nada más colgar el teléfono el profesor Edouard se puso manos a la obra; tan sólo necesitaba un pequeño neceser de viaje, aunque también apartó una muda limpia para cambiarse, por si llegara el caso. Su intención era acabar la faena en el menor tiempo posible que, si contaba las cinco horas de coche que separaban su lugar de residencia en vacaciones de la norteña Santander, incluídas la ida, la vuelta y los posibles imprevistos, así como un margen flexible de tres a cuatro horas para localizar a la detective Lucinda Margot en su despacho céntrico de la ciudad, no podría tardar más de un día en deshacerse de ella y de sus impertinentes pesquisas; conocía bien a aquella especie de aprendices de policías, ávidos por destacar y darse notoriedad a costa de desvelar los entresijos de algún caso gordo, cuanto más influyente o de relevancia social mejor. Personajes oscuros, casi todos frustrados, que trataban a cualquier precio de rescatar su autoestima de la podredumbre cotidiana en que les hundía la rutina profesional y que ejecutaban una labor insidiosa y callada, de nula fiabilidad. Desconfiaba de esa mujer que había saturado la memoria de su teléfono con llamadas intermitentes, sabía de antemano que no cejaría en el empeño, que persistiría hasta provocarle más y más insomnio, un insomnio inútil, una inútil pérdida de noches sin descanso. Había tenido casos así a decenas en su consulta, de policías hastiados, corrompidos e inmorales, concejales, políticos, periodistas con depresión, locos y locas de atar, maníacos obsesivos y amantes neuróticas. No iba a peligrar su puesto porque una desconocida detective le hubiese colocado en el centro de la diana, no; lo habían intentado ya antes, pero no estaba dispuesto a consentirlo. Y, al igual que en otras ocasiones, la situación requería de una solución drástica y urgente para atajar ese tipo de imprevistos. Acabó de preparar el diminuto petate de viaje y, después, cenó con calma; todavía siguió las noticias del televisor y una comedia de enredos amorosos con risas enlatadas al que apenas hizo caso, mientras hojeaba un mapa de carreteras y el callejero de su ciudad de destino; a ratos, consultaba también páginas salteadas de la enciclopedia médica. Pasada la medianoche acabó de arreglarse, guardó la pistola en el bolsillo derecho del áspero abrigo de fieltro que se colgó del brazo y que tan bien le protegía del frío y, con parsimonia, frente al espejo, se colocó el sombrero, centrado, antes de bajar al garaje con el maletín a punto y subirse al automóvil: le esperaba una larga noche al volante y, antes de encender el contacto, se aseguró de que su arma de fuego estaba cargada y descansaba en la guantera; luego rebuscó entre el revoltijo de cintas musicales que se amontonaban y seleccionó un par de ellas que le acompañarían cada kilómetro de aquella improvisada excursión. Comprobó con disgusto que no podría contar con la compañía de Dvorak para el viaje de vuelta, como había previsto, ya que la cinta se había salido de la casete y, retorcida, quedaba imposibilitada para su audición. Pero en seguida encontró un sustituto, su Chopin al piano, otro de sus favoritos que no podía faltar. Era un clásico, para él no estaban hechos los contratiempos, ni los deuvedés y esas nuevas tecnologías; ni tampoco las premoniciones. Sonaban los primeros compases al piano de la brillante, la Gran Polonesa de Chopin, cuando arrancó el coche y se hundió en la oscuridad de la autopista. Se desembarazó de la cinta estropeada tirándola por la ventanilla, con indiferencia, sin importarle que quedara enredada sobre una señal de tráfico. Dentro de una jornada completa, con o sin la "Sinfonía del Nuevo Mundo", volvería triunfador, muy a pesar del propio Dvorak, en su viaje de regreso a casa.
. *"Una señal de Luz" es una novela original de © Luis Tamargo.- http://leetamargo.blogspot.com Comentarios » Ir a formulario
es curioso cómo nos imaginamos a los demás y cómo son cuando los conocemos. No pude acudir a la cita del viernes pero he venido en cuanto he podido. Buena semana Fecha: 16/12/2008 19:49.
...Para conocerse nunca se llega tarde. Sabes que valoro tu visita, White... GRACIAS, AMIGA: LeeTamargo.- Fecha: 16/12/2008 21:21.
Que conste que volví como todos los viernes, pero no había nadie en casa. Felices Fiestas. Fecha: 19/12/2008 16:49.
...Pues ha debido ser por poco, White. Es que se concentra uno tanto en la faena que... FELIZ NAVIDAD, AMIGA: LeeTamargo.- Fecha: 19/12/2008 18:12.
Creo que esta ve el doctor Edouard no se va a salir con la suya, ya que Lucinda me parece un hueso duro de roer... Un abrazo Luis y feliz año nuevo Fecha: 30/12/2008 07:50.
...No es cuestión de suerte lo de Luz, pero ese tal doctor no es ninguna joya. Veremos, Trini... MUY FELIZ 2009: LeeTamargo.- Fecha: 04/01/2009 12:22. |
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