
|
Capítulo XV: UN CAMBIO FORTUÍTO![]() Celeste le había telefoneado con urgencia esa mañana, pero Lucinda no aseguró poderle dedicar un espacio de tiempo apropiado hasta la tarde, en la sobremesa. Cuando la mexicana llegó a la terraza de la Plaza Mayor donde se habían citado, Lucinda ya tenía servido un té a la menta y, apenas se saludaron, Celeste no pudo disimular las ganas que tenía de contar. -Supongo que hay novedades... -Sí, de eso se trata -Celeste se prestó a dar rienda suelta a todo cuánto tenía guardado, nada más tomar asiento-, creí que no ibas a preguntarme, chica. Explicó con todo tipo de detalles cómo regresó a casa, siguiendo la acertada indicación de Lucinda, pues había estado arriesgando la situación con su supuesto abandono del hogar. Después se puso en contacto con el abogado que ella le había recomendado. Le dijo que venía de su parte y él le atendió con delicadeza y atención; le orientó sobre los trámites pertinentes para defenderse y, a tal fin, preparó la documentación necesaria para llevar a efecto la separación legal. Lucinda la interumpió: -No me irás a decir que... -Pues sí, amiga, me presenté en casa con las hojas que tenía que firmar para que nuestra situación de pareja finalizara de una vez por todas. A Lucinda se le escapó un chillido de satisfacción que también compartió Celeste entre risas. -Le está bien merecido. -¡Y tanto! -aseveró triunfante Celeste- A lo mejor se pensó que sólo él podía obligar a firmar; se la devolví completa. Si vieras la cara que se le quedó de mentecato al muy valiente. -...Me imagino. -Sí, muy valiente para con una mujer a la que simulaba amar, el muy ladino. Queda esperar la confirmación legal, que es ya un hecho. Llevó los papeles a su abogado y me harán saber nada más estén firmados; será pronto, antes de que marche a París de viaje, según me dijo ayer su abogado. Lucinda se quedó pensativa. -...A París, precisamente. -Sí, un viaje inesperado, de negocios, según me dio a entender. -Lo cierto, Celeste, es que desde estos tres últimos años de mi estancia en Francia habíamos tenido tan pocas oportunidades de hablar, que todo esto colma mis deseos de retomar el hilo de los acontecimientos desde el punto en que se había quedado, aunque reconozco que hay detalles que dejan vacíos en mi curiosidad; lagunas considerables, diría yo, amiga, pues comenzaste a frecuentar la compañía de este hombre cuando yo estaba a punto de partir y nada sé de él, ni siquiera conozco su aspecto, sino es por ti -Lucinda se esforzaba por repasar los datos que le ayudaran a crearse un criterio fundado-. ¿Era también de allá, de tu tierra, no? No me viene su nombre... -Sí, Augusto, un mexicano de Cuernavaca, aunque apenas llevaba un año aquí cuando le conocí. -Supongo que eso ayudó a entablar relación, claro. -Bueno, tampoco siento ese tipo de necesidad, Lucinda. Mi madre me trajo a España con trece años y ya me siento de acá; aunque tengo presente mi origen me he acostumbrado a esta tierra linda y a su gente. La verdad es que insistió tanto que, en cierta manera, me sentí presionada a salir con él. Me llamaba con insistencia al teléfono y, cuando no venía a buscarme, me salía al encuentro, así que empezó todo un tanto forzado, aunque sin llegar a estar a disgusto, por supuesto. -Sí, Celeste, en poco más de un año de noviazgo os casasteis y en otro tanto ponéis punto final. Tal vez algo precipitados a la hora de un asunto tan... -Lucinda se esforzó por hallar la palabra precisa-, tan delicado como el convivir juntos, ¿no te parece? -Sí, ahora lo veo, todo demasiado rápido. -¿Qué le interesaba de ti, Celeste? -increpó Lucinda. -...No entiendo, ¿interesar? -Sí, de otro modo, ¿qué podías tener tú que a él le hiciera falta? -...Bueno, yo ya trabajaba, me valía por mí misma. El se empeñó en comprar una vivienda cuanto antes. El primer piso lo compramos a medias, aunque la cantidad inicial la aporté yo y él, poco después, me la devolvió. Luego vendimos ese piso para adquirir el definitivo; en realidad dicha operación sirvió para ganar algunos millones con los que hacer frente al piso que queríamos para nosotros. A pesar de mis reticencias él sabía manejarse entre ese tipo de maniobras, me aseguraba que sabía lo se hacía y trataba de convencerme para que no me opusiera con mis incertidumbres. Pero pagábamos siempre a partes iguales. -Es decir, Celeste, que sin ese aporte de tu capital sus operaciones financieras resultarían imposibles de realizar, ya que con sólo su parte no disponía de margen real, suficiente para especular. -Ahora que lo dices, mirado así... -Es decir que te necesitaba, entiéndeme, a tu dinero. -Maldito... -Celeste farfulló entre dientes- Pues si trató de repetir la operación la segunda vez perdió los modales, se equivocó. -...Lo vendió también, pero contigo dentro -Lucinda trató de calmarla y moduló la entonación de voz, mientras cambiaba de tema- ¿A qué dices que se dedicaba? -Iba a hacer dos años que entró de recepcionista de hotel, en el Central, el de la Alameda; empezó ahí cuatro meses antes de casarnos. Ese hecho precisamente aceleró la fecha para celebrar nuestro matrimonio. -Te necesitaba, Celeste, sobre todo tu capital para poder así perpetrar sus jugadas de futuro; muy analizadas desde luego, demasiado premeditadas, cierto, demasiado interesadas. Ahora no lo va a tener tan fácil él solo, a no ser que encuentre a otra a quien engatusar. Discúlpame la crudeza, pero es así, amiga. Celeste asintió con el gesto contenido, pero sin esa resignación que antes le atemorizaba. Ahora liberada de las circunstancias que la habían atenazado podía hablar sobre ello y analizarlo, sin sorprenderse, a medida que aparecían matices reveladores al enfocarlo desde nuevas perspectivas. Le molestaba, además de la traición, el que tuviera que haber sido un compatriota, uno de allá, de su país de origen el que había intentado aprovecharse de ella. Su juventud había transcurrido allí, desde que su madre emigró hacía dieciocho años ya. No les faltó trabajo; cuando su madre se jubiló ella le sustituyó en el puesto de limpiadora de la asesoría y también en el del gabinete de detectives. Conocía a Lucinda desde que su madre había empezado allí a trabajar, desde siempre y sólo podía estarle agradecida por la oportunidad brindada y, además, por la amistad sincera y abierta. Le dolía tener que reconocer lo precipitado de su entrega, de su confianza, del fracaso de su matrimonio. Podía al menos haberse resistido algo más, pero se cegó por un embaucador al acecho de la oportunidad propicia. Ahora lo tenía claro, aunque el precio había salido más que caro; doloroso. -Me quedaré en casa de mi madre por un tiempo, también ella necesita compañía. -¿Dijiste que Augusto marchaba de viaje? -Lucinda parecía entregada a sus propias pesquisas- Acabo de acordarme que he de hacer un par de llamadas urgentes. Te dejo, Celeste, esto está pagado. Hablamos en otro momento, ¿de acuerdo? Se levantaron al tiempo del asiento para despedirse con un beso de amigas en la mejilla. -Gracias -Celeste se despidió con una sonrisa de agradecimiento-. -¡Hasta mañana! . *"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.- http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html Comentarios » Ir a formulario
Hola Lee! me recuerdas!! linkeando encontré la ruta para leerte nuevamente!!! y aprovecho para desearte un magnifico 2009! un abrazo! Fecha: 29/12/2008 04:31.
...No me he olvidé, CieloAzzul, me alegra reencontrarte por aqui, además en estas fechas: ¡Felices fiestas y que sigamos compartiendo letras y lecturas en el 2009! FELIZ 2009! LeeTamargo. Fecha: 29/12/2008 15:16. |
LEE TAMARGO¡Bienvenidos/as!
*(Weblog para resolución de 1024x768 píxeles)- TemasArchivos
EnlacesRelatos
Poemas
CUADERNO
LEE Weblogs
Otros |