
Hasta ese lunes, sin embargo, no se percató de que el buzón estaba repleto; se notaba que otras tareas habían tenido ocupada a Celeste. Entre las cartas había un sobre escrito de puño y letra por el propio Donato. Lucinda fue el primero que abrió y, con media sonrisa, pudo leer "bienvenue", en un francés perfecto. El señor Donato, una vez más, se ofrecía en su ayuda, pero ella prefería intentar avanzar sola, aunque no negaba que tranquilizaba su autoestima el saberse protegida. Adentrarse en la investigación, incluso equivocarse, formaban parte del reto que Lucinda había aceptado; aquellas eran las regla
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