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LEE TAMARGO

Relato: PUÑAL SIN NOMBRE

Relato: PUÑAL SIN NOMBRE “Van de acá para allá, inquietos,
por cuestas abruptas, entre el color de miel
de la orilla blanda de los senderos,
entre el negro de las árgomas quemadas y
el verde intenso, brillante, del rozo.”
Manuel Llano.

PUÑAL SIN NOMBRE.

El grupo de jinetes contemplaba el poblado desde lo alto, parapetados tras las peñas aguardaban la más leve señal con el aliento contenido y las manos cerca de las armas. El vigía blandió los brazos juntos de un lado a otro y volvió a repetir el movimiento, justo lo que estaban esperando... Buenas y malas noticias. Una patrulla romana se acercaba desde el sur, tranquila y ajena a su presencia; la buena era la llegada de Fronto, de la tribu de los corcontois y cabecilla cántabro. Cuando se unió al grupo de guerreros sus miradas fieras hablaron en crudo silencio...
- El chico lo hará...
Apostados en las rocas no tardaron en divisar la delgada columna de humo que se elevaba horizonte arriba. El poblado ardía, aún antes de que el ataque romano hubiese comenzado, antes de que al igual que a las tribus vecinas de Vadinia y Moroica les hubiera llegado el turno de ser conquistadas. Eran demasiado orgullosos para tal tipo de humillación, era preferible morir antes para eso.
En el poblado sólo quedaban los viejos, las mujeres y los niños, inservibles para morir luchando. Por eso el muchacho no trató de comprender cuando su padre le conminó a matarles antes de que cayeran en manos enemigas y, con el puñal que momentos antes le había entregado, cumplió la orden sin escrúpulos. Sus hermanos pequeños, menores que él, también encontraron el final de sus días en sus manos. Luego, ágil y certero, prendió las cuatro esquinas del campamento hasta que la densa cortina del humo le obligó a salir. Sin embargo no obedeció del todo la orden y escapó monte arriba, hacia el bosque, en vez de arrojarse al precipicio.
Esta vez el vigía, en cuclillas, juntó los brazos hacia el suelo al tiempo que se agazapaba...
- Maldita sea!-, farfulló el rudo Neco al comprobar que la patrulla romana había ya descubierto el fuego y que el joven muchacho ascendía la pendiente a su encuentro...
Los guerreros prepararon los dardos cuando los soldados pasaron bajo sus pies a rápido galope. El muchacho corría tan absorto en la huída que no se apercibió de la patrulla ni del centurión romano que se desvió para capturarlo. El centurión reía en voz alta con el muchacho agarrado bajo el brazo como un vulgar cerdo mientras pataleaba. Neco sujetó el brazo de su hermano Sica, al lado suyo, dispuesto para asaetear al romano...
-...Espera!
El oficial romano se había quedado rezagado de la patrulla y, sin dejar de reír, concentraba todos su esfuerzos en domar el ímpetu de aquella incómoda fierecilla que amenazaba con tirarles a ambos de la montura. La risa cesó cuando tocaron el suelo en sorda caída, al romano se lo impedía el puñal que le entró por la estrecha abertura entre la coraza y el cuello. Luego, el chico se hizo de la cabalgadura y galopó raudo hacia las peñas.
El grupo de guerreros cántabros lo recibió en corro. La expresión urgente de sus rostros hacía inútiles las palabras, el chico se lo había ganado a pulso y, a un gesto tosco de Fronto, se pusieron en marcha. Llevaban años padeciendo los estragos de aquella dominación, aunque tampoco antes les faltaron otras, siempre guerreando, no era eso de temer para ellos. Nunca toparon con un enemigo así, tan organizado y numeroso, que no cejaba en reintentarlo y que estaba logrando sacarles de sus territorios. Ellos que siempre habían sido la pesadilla de sus tribus colindantes, que asaltaban sus cosechas y ganados, probaban ahora el áspero sabor del pillaje en su propia carne. La afamada estirpe guerrera que tanto les acompañó y traspasó fronteras se veía ahora condenada por el peso de su propio renombre. Ellos mismos habían tenido que dar muerte a sus mujeres y ancianos, convertidos en verdugos de sus familias y de sus tribus, ellos mismos habían incendiado sus propios castros, habían visto a otros guerreros tirarse al vacío desde las rocas, prenderse fuego o envenenarse con el dios Tejo, todo antes que vivir rendidos o derrotados. Antes era morir luchando, ahora huían...
Las noticias que traían los dos vigías obligaban a tomar nuevos rumbos. Hacia el interior vislumbraron grandes huestes romanas en movimiento que se desplazaban hacia el noroeste, tal vez una o varias secciones de la gran Legión Macedónica que se asentaba al otro lado de la cordillera. Además, debían evitar atravesar los terrenos de los Turmogos con quienes habían batallado en otras ocasiones, pero ahora sometidos al yugo invasor. Ellos que convirtieron su nombre en sinónimo de temor con solo pronunciarlo contemplaban impotentes el inútil derroche de tanta sangre valiente... Allí, al borde del desfiladero, el caudillo tomó la decisión de separarse, unos sobre los montes, otros a través del valle y las cañadas. Sabía lo que aquella decisión representaba, significaba el fin de su hegemonía, morir luchando lejos de sus fronteras, pero antes ya estuvieron en otras contiendas, él era un veterano que estuvo en Numancia y ese era su hogar, la guerra...
El muchacho asintió a la jaculatoria del jefe:
-...Ahora tu nombre es Corocotta. Vendrás conmigo!
Antes de despedirse aquella veintena de cántabros entonó y danzó sus cantos ancestrales, después se fundieron con la oscuridad donde vigila el búho y acecha el oso.

*"ES Una Colección De Cuadernos Con Corazón", de Luis Tamargo.-
http://home.graffiti.net/leetamargo:graffiti.net/colecciones.html
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