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LEE TAMARGO

HAY UNA PLAYA: Capítulo II

HAY UNA PLAYA: Capítulo II

Capítulo II
HAY UNA PLAYA



    Quiso reflexionar, pensar en aquel naufragio. Quiso buscarle una razón a aquellos siete días que se molestó en contar, recorriendo la abrupta costa, indómita. El viento se encañonaba entre los acantilados y, con fuerza sobrehumana, amenazaba con tumbarle a uno. Había que agazaparse escudándose en los riscos, al abrigo de una embestida imprevista. Y era entonces, así, cuando el viento parecía cantar y ponerle nombre a las rocas, a cada rincón de entre ellas, a cada pliegue de acantilado que se dejaba resbalar hasta la rompiente embravecida.

   Durante una interminable semana exploró cumbres y hondonadas de aquella inhóspita costa, maltratada por el temporal. El mismo temporal que, sin compasión, lo llevó lejos de casa, que comenzó con aquella niebla que impedía conciliar el sueño. La niebla y aquella otra comezón, la de los pensamientos que se masticaban de allá para adentro y que tampoco dejaban dormir.

   De haberle contemplado alguien, pensó, le habrían figurado un loco. Sólo él, por aquellos fantasmagóricos acantilados, entre sombras pétreas de rocas rojas y grises, mojadas de niebla verde, gelatinosa y espesa, lo menos parecido a la ilusión de esperanza. Solitario durante siete jornadas seguidas, una a una, sondeando, casi adivinando, oteando horizontes nuevos o, quizás, los restos, la señal de un naufragio, una señal de vida. Sin nadie, sin compañía humana, con sus soledades, había empezado a acostumbrarse al musgo mullido bajo sus pies, al sabor húmedo del salitre en la niebla, empapándole cada poro.

   A ratos, apresuraba el paso y sorteaba el canto puntiagudo de las piedras para, aprovechando una hendidura plana, cobrar impulso nuevo, de un salto, y avanzar camino. En otros, se estiraba de largo en la yerba aflequillada que bordaba el talo costero y escuchaba el mar, el hondo e incesante sonido del océano, mezcla de fondo profundo y de olas cantoras en superficie.

   Fue al culminar una de esas rasantes entre cielo y acantilado, en lo más alto del escarpado montículo, cuando descubrió la playa, ancha y larga, acariciada de algas entre los brillos dorados que la luz naciente del alba proyectaba, difusa. Parpadeó repetidas veces para asegurarse. No, no eran canoas aquello, abajo en la playa, ni nativos de otras islas celebrando ningún grotesco ritual, no. Aquella visión no hizo sino devolverle a otra realidad, inevitable, a la que se había estado negando durante todos estos días, siete ya, que bien se había preocupado en recontar... Abajo, las máquinas emprendían otra batida sobre la playa y los hombres de la limpieza rastreaban cada palmo de arena en su rutinario rito de cada semana. Los contenedores repletos eran descargados en los camiones que, entre estertores y con gran estruendo, ascendían su pesada carga por la empinada cuesta que conducía a la población.  

…Volvió a parpadear, nervioso, esta vez para mantener el halo de  misterio creado hasta ahora. El mundo de cada día había regresado, brusco y de repente, de acuerdo a su carácter. Respiró hondo y guardó un suspiro, para aliviar el impacto. Y con aire resuelto, si bien resignado, se dirigió al lugar donde había dejado el vehículo aparcado, para regresar a casa… Pero antes, volvió la vista atrás, por un instante, para inhalar el recuerdo acuoso del sabor a niebla y grabarlo en la memoria de su espíritu errante, pues es así que deseaba quedase guardado perdurable por siempre.

     En ninguna de las ocasiones anteriores se había acercado tanto a los acantilados con su vehículo, le costó frenarlo en la inclinada pendiente, sembrada de piedras sueltas, que ahora le hacían perder pie mientras se aproximaba. Abrió la portezuela y se asustó cuando, al sentarse, el coche derrapó brusco, aunque ligeramente, cuesta abajo. De haber sabido que la maniobra para cambiar de sentido iba a tornarse tan complicada no se habría arriesgado tanto, pero no quedaba otro remedio que actuar con la máxima precaución, midiendo cada uno de sus movimientos; la marcha atrás resultaba imposible y, en cada viraje, se presentía la amenaza de las ruedas rozando el abismo. Acababa de arrancar el motor cuando lo vio, igual que las otras veces, no se trataba de ningún espejismo. Divisó la enorme roca con forma de cabeza de gato en el acantilado de enfrente y, sobre ella, distinguió la silueta del hombre recortada contra el horizonte, su cabellera cana emitía reflejos plateados y ondeaba al viento. La emoción le dominó y, nervioso, sin soltar el volante, echó la otra mano al asiento trasero en busca del libro; sacó el brazo por la ventanilla y lo agitó en lo alto. Intentó gritar, llamar su atención, pero la figura del hombre no se inmutaba en la lejanía. Y, de repente, sintió que resbalaba, que el libro se le escapaba de las manos; apenas tuvo tiempo de gritar, su voz quedó ahogada por un ruido ronco de rocas y mar...


(CONTINÚA...En Capítulo III)

 

*De la NOVELA "El Cantor De Olas", (c) Luis Tamargo.-

http://elcantordeolas.galeon.com

 

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