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LEE TAMARGO

DESDE EL FARO: Capítulo III

DESDE EL FARO: Capítulo III

Capítulo III
DESDE EL FARO

       La carretera que ascendía hasta Punta Roque serpenteaba entre acantilados por estrechos pasos horadados en la roca. El faro dormía en medio del mar inmenso, plácido. Bien pudiera parecer que era el mismo mar el que dormitaba, descansado, seguro y confortado por la presencia del faro, que despuntaba por encima de la línea roja del horizonte. La noche, entonces, siluetaba su figura de sombra y el faro parecía cobrar vida. Su ojo mágico de luz circundaba el techo del cielo y la noche, desvelada en su secreta intimidad, temblaba al compás de las olas plateadas y sonoras, susurrantes, para aplacar el silencio contenido.

    La Bahía resplandecía en su quietud y más allá, sobre el trazo adormilado del horizonte, el archipiélago de Cormoranes recortaba su oscura silueta. Hoy, convertido en reserva natural protegida, Cormoranes era el refugio paradisíaco de aves migratorias, de especies exóticas algunas de ellas, otras autóctonas, que hacían del archipiélago un mundo idóneo para anidar. Atraídas por la paz que brinda el aislamiento y por la seguridad de mantener alejado al hombre, las aves eran los únicos y verdaderos propietarios de aquel atolón solitario. Aves todas diferentes, charranes, petreles, cormoranes moñudos, habitantes originales y en abundancia, gaviotas patiamarillas e incluso frailecillos, se repartían en esforzada disputa las mejores parcelas, los distintos riscos de entre los acantilados, como si de enfrentados vecinos se tratase. Las diversas colonias de pájaros bullían en incesante aleteo sobre el techo despejado y limpio de las islas. La variedad de sus trinos, ya roncos y graves o agudos e intermitentes, se transformaba en un ruidoso in crescendo, casi ensordecedor, a medida que uno –si tenía ocasión- se iba aproximando a su accidentada costa.

   ...Nadie oyó, confundido con el vaivén del oleaje, el sordo chapoteo de la lancha que atracaba junto a la rompiente. Como tampoco nadie vio la otra barca, disimulada entre las rocas, próxima al antiguo embarcadero, que aguardaba inmóvil desde hacía ya algunas horas. El guarda del faro, Héctor, acababa de unirse a su amigo, el Sr. De Melun, notario de Bahía, empedernidos enamorados de la pesca de altura y, además, los únicos capacitados para permitirse un lujo tal sin necesidad de solicitar el obligado permiso correspondiente para visitar el protegido archipiélago. La velada se extendió animada hasta el anochecer entre mariscos, vinos, risas y aguardiente. Al final, cada embarcación emprendió rumbo diferente a distinto tiempo, con los estómagos llenos y la despensa repleta de la pesca restante.

   De regreso, la madrugada ya teñía de púrpuras el lienzo enrojecido del cielo y, en el puerto, un sinfín de vencejos y golondrinas revoloteaban asustando a las estrellas. Desde la caseta del guarda, en los aledaños del faro, la Bahía comenzaba a desperezarse entre los destellos de plata que la luna había sembrado y podía escucharse el romper de las olas contra la barra de arrecifes. Habían sido unas semanas especialmente agotadoras, de trabajo acumulado y Héctor, el guarda del faro de Punta Roque, dormía a pierna suelta, después del merecido festejo. La temperatura era fresca y, a través de la ventana, una brisa suave marina se deshilachaba en diminutas nubes sobre el horizonte calmo. Nada hacía presagiar el distinto cariz que tomaría al día siguiente...

   El vehículo que se despeñó la noche anterior en el acantilado no fue encontrado hasta esa misma mañana. Sería necesario rastrear la zona para identificar al conductor, del que no existía rastro tras precipitarse entre las rocas, dar parte a los familiares del desaparecido y preparar el arriesgado rescate dado lo accidentado del lugar. De nuevo comenzaba otra ajetreada jornada en Claridades.

 

 

 

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 (CONTINÚA... En Capítulo IV)

*De la NOVELA "El Cantor De Olas", (c) Luis Tamargo.-

http://elcantordeolas.galeon.com/

 

 

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