Blogia
LEE TAMARGO

PAISAJE DE IDA: Capítulo IV

PAISAJE DE IDA: Capítulo IV

Capítulo IV
PAISAJE DE IDA

        No era la niebla precisamente la mejor compañera de viaje, pero el tono urgente de la llamada me hablaba de la verdadera importancia que adquiría el reciente acontecimiento. Por eso me puse en camino de inmediato, nada más recibirla. Significaba que por fin se había dado con el paradero de mi padre, ausente desde hacía demasiadas jornadas de viaje, con rumbo desconocido. Hacía ya más de una semana que había partido y aunque en otras ocasiones gustaba de viajar, siempre había regresado puntual, previo aviso.

   Mi padre era cartero en Coaxtlán, pequeña población pesquera en la zona limítrofe con la desembocadura del Gran Río Ipal. Teníamos en común  entre otros aspectos el del inusitado placer que provocaba viajar y disfrutar del sabor inapreciable de las escapadas en libertad, sin rendir cuentas de horarios o lugares. Pero hasta la fecha siempre nos habíamos correspondido con fidelidad en esa especie de confianza incuestionable que de forma mutua padre e hijo nos depositábamos. Ahora que mi padre disponía de más tiempo, desde su jubilación, para dedicarlo a este tipo de excursiones había casi que  aguijonearlo para que se decidiera a dar el primer paso, pues pasaba la mayor parte del tiempo encerrado entre las cuatro paredes de casa, absorto en la lectura, afición que siempre le acompañó y a la que dedicaba un lugar especial en las estanterías de la biblioteca del hogar, donde reposaban algunas colecciones de libros que había conseguido reunir por sus propios méritos, de aquí y de allá, como él solía explicar. Sin embargo, su empeño por educarle en esa libertad controlada no casaba con aquella anómala situación, no era amigo de prolongar las ausencias. Es por ello que, al desafiar con cierto desasosiego aquel inquebrantable pacto su tardanza me preocupaba y, de alguna manera, me hacía sentir culpable al haber insistido con excesivo denuedo en animarle a partir.

   Por el contrario, mi madre nos dejó mucho antes, durante el parto, cuando yo nací; si bien mi padre se había ocupado oportunamente de que su presencia en forma de bello recuerdo estuviera siempre presente. Lejos de ahogarse con el problema o de verse desbordado ante lo delicado de tal situación, mi padre se aferró a aquel lazo de tal manera y con tal esforzado afecto que, a base del sacrificio y tesón que acompañaba a lo que se amaba, nuestra relación acabó por  desembocar en una fuerte y duradera ligazón, enriquecida a través de toda una vida de convivencia en común. Hasta ahora habíamos sabido desenvolvernos a la perfección, sin motivo alguno para hacer peligrar el sólido equilibrio conseguido y del que tanto nos podíamos vanagloriar. No obstante, en esta ocasión, la escapada resultaba demasiado larga y, como  hombre cabal y cumplidor para con sus obligaciones principales, ya debería estar de vuelta. Por ello, la ambigüedad del mensaje que representaba el final de su larga búsqueda  fue el principal acicate que me animó a continuar avanzando, a pesar del acusado cansancio que ya notaba al cabo de doce horas seguidas pegado al volante.

  Ya había traspasado la cadena montañosa que, a modo de frontera natural, separaba la costa del norte. Cuántas veces había recorrido con mi padre aquella carretera general que atravesaba la sierra, transformada hoy en una ligera y adecentada autovía. A partir de ahora me adentraba y continuaba solo, sin poder evitar traer el inquietante recuerdo de mi padre a la memoria. Desde la ventanilla volvía de nuevo a contemplar los más variados parajes...

   La pradera tupida extendía su manto uniforme sobre el cuero cabelludo del terreno, bordeando cada contorno a ras del horizonte. Las nubes cenicientas, cejas oscuras en lo alto, arqueaban su abigarrada forma y la frente del cielo dejaba de arrugarse cuando la noche caía. El brillo de las estrellas, entonces, custodiaba el sueño en los ojos del valle.

   Desde el promontorio, la cordillera montañosa se deslizaba firme, nariz rocosa, rotunda. Y a ambos lados, la pendiente descendía escarpada para encontrarse, suave, y después fundirse con los pómulos cercanos de los montes próximos. En un tiempo, frondosos bosques poblaron su relieve. Hoy, más claros y diáfanos, dejaban al aire las cicatrices de su áspera piel curtida.

   Antes de alcanzar los acantilados, hacia el sur, encontrábamos la sima del Gran Lago, estrecha grieta alargada, boca pronunciada, pero ligeramente elevada, que daba cobijo a un pequeño mar interior, nutrido de innumerables afluentes, todos ellos subterráneos. Era ésta una zona de marcados contrastes, en ocasiones drásticos, de coléricas tormentas y erupciones o bien de templada brisa y vientos rápidos, que arrastraban a su paso las claridades del talud, como si esbozaran una sonrisa a la tarde huidiza...  

   La jornada había amanecido gris, fresca, ideal para viajar y así continué hasta que, antes del anochecer hice un alto en la ruta para consultar de nuevo el mapa de carretera: Claridades. Tal vez la sugerente belleza del nombre atrajo a mi padre hacia aquel lugar; me intrigaba en cualquier caso. Al  mediodía ya se había disipado la niebla y, a media tarde, de pronto, el mar apareció brusco. Sin anunciarse ya lo había invadido todo con su asalitrado aroma, hondo y pesado. Cuando uno quería darse cuenta, siempre ocurría así, como una bofetada anticipada, ya se había apoderado de cada rincón del entorno. El ambiente húmedo que originaba la bruma me recordó que me adentraba en sus dominios. Casi se podía palpar ahora, hasta la costa acusaba su huella y la pared vertical, cortada, se precipitaba hacia su rugido de inmensidad… Aspiré el aire contagiado de sal, estirándome en el asiento, para luego tensar cada músculo e impregnarme así de su denso olor, pleno… El mar cantaba olas, cerca ya de Claridades

 

.

 

.


(CONTINÚA... En Capítulo V)

 

*De la NOVELA "El Cantor De Olas", (c) Luis Tamargo.-

http://elcantordeolas.galeon.com

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres