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LEE TAMARGO

CAMBIO DE RUMBO: Capítulo X

CAMBIO DE RUMBO: Capítulo X

Capítulo X
CAMBIO DE RUMBO

    Volver a Claridades, el lugar donde descansaban los restos de mi padre, el lugar que descubrí por accidente pocos meses atrás, volver, volver... No podía dejar de dar vueltas a esa idea que ahora había venido a ocupar el centro de todas mis inquietudes. Nada de las tareas diarias que antes me ocupaban era capaz de desterrar esa especie de ensimismamiento que me había conquistado desde que conocí Claridades, no era capaz de pensar en otra cosa y mi corazón iba más rápido que mis pensamientos. Sin duda no era el mismo, la muerte de mi padre me había cambiado o, mejor, había  traído una disposición diferente frente a la vida que parecía ahora exigirme un cambio radical, algo más acorde a un sentido también nuevo. Sí, de algún modo era volver a comenzar de nuevo.

    Mi trabajo, mi futuro inmediato, podía posponerse, todo resultaba prescindible; nada conseguía satisfacerme, nada capaz de sustituir la ambiciosa misión de recuperar el viejo velero y entregarlo al mar, pero a aquel mar de Claridades... Había algo en aquellas aguas que me pertenecía y que no estaba dispuesto a dejarme arrebatar. Ese era el reto, atrayente como la mejor de las aventuras, pero disparatado para lo que hasta entonces había formado parte mi vida...

  La resolución no sólo ya estaba tomada sino que, además, me imprimía una certeza calculada a lo que inevitablemente iba a ser desde ese momento el cauce por dónde transcurriría mi vida; era como si dispusiera del don de manejarla a mi antojo. Algo similar a  la llamada de la sangre, difícil de comprender y donde toda palabra resultaba insuficiente. Me sentía animado por un impulso superior, una poderosa sensación que derrotaba al desconcierto y descubrí que, además de confortarme, si me dejaba llevar por ella, sabría abrirme camino. Era bien consciente de lo difícil que había sido llegar hasta allí, los esfuerzos de toda una vida de trabajo de mi padre para abordar mi futuro fuera de casa, en otra ciudad. Pero mi padre fue siempre un apoyo incondicional, regresaba a casa en cada vacación o en algún desahogado fin de semana y seguíamos unidos a pesar del tiempo y la distancia. Esa era la lección que mi padre había querido que aprendiese en libertad, sin asperezas; y el único modo de terminar de aprenderla era ponerla en práctica. Sí, éramos dos gotas idénticas en ese sentido. Y ahora que él faltaba no quería fallar a esa promesa, me preocupaba más que nunca no defraudarle. Cierto que se habían desmoronado algunos muros hasta ahora insalvables, antes imperceptibles; por ejemplo ya dependía sólo de mí mismo, no debía preocuparme por ningún otro ser querido cercano, pero esa libertad me ataba a la más tirana de las soledades. Un camino nuevo debía abrirse ante mí, tal vez esa misión, ese proyecto en que poner la fe con ímpetu. Había aprendido a escuchar esa voz que hablaba por mí, siempre me venía el recuerdo de la historia que mi padre me enseñó, algo más que un cuento, el último recuerdo que había destinado para mí. El Cantor de Olas existía, al menos lo asociaba a un susurro íntimo y misterioso que en ciertos momentos  parecía salir a flote. Como en el cuento, escuchar a El Cantor de Olas siempre auguraba mágicas novedades, impredecibles consecuencias; sólo que ahora ya no eramos niños. Pero sí nos había servido este ejemplo para ajustarlo a la medida de nuestras explicaciones y había sido un modo de mantenernos comunicados a pesar de las distancias, a través de las ausencias. Ahora, esa voz tenía vida y sentido propio, acaso ajena o mojigata para otros, extraños al jeroglífico de este idioma íntimo, pero no para nosotros; tan sólo para nosotros tenía nombre y  sello propio, ese era nuestro modo de entendernos y hacernos entender. Por ello, tenía la absoluta certeza de que él habría entendido e, incluso estado de completo acuerdo, con el cambio radical que iba a imprimir a mis días venideros. No estaba a gusto con el modo de vida llevado hasta ahora ni me llenaba y, debido a estas últimas circunstancias, estaba dispuesto a dejar lo que había sido mi discurrir habitual para emprender un futuro nuevo. Para mí, aquello era una despedida del mundo anterior y así lo traté, con respetuosa delicadeza, sin abusar de las palabras, pues nada había que remendar, tan sólo dije adiós a lo que había muerto, sin mirar atrás; de alguna manera también algo había renacido.

   Mis pasos avanzaban ya hacia la costa de Claridades, por una vez sabía a dónde ir y qué hacer

 

 

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(CONTINÚA... En Capítulo XI)

*De la NOVELA "El Cantor De Olas", (c) Luis Tamargo.-

http://elcantordeolas.galeon.com/olas10.htm

 

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4 comentarios

LeeTamargo -

...Gracias, Lyzzie, por tu espera. No puedo ir al locutorio siempre que quiero, pero poquito a poquito...

...Gracias, Mariose. Sí, es una bahía única! Me alegra no cansaros, buena señal...

...Gracias, Corazón, me encanta vuestra visita! Te quedo agradecido, amiga.

OS SALUDO: LeeTamargo.-

Corazòn... -

Sigue maravillosa la historia... vengo a leer un capitulo diario.
Saludos.

;o)

Mariose. -

¡Buena idea!Así nos deja con ganas de saber como sigue, sin apenas cansarnos.
Una buena presentación. Esa bahía se vé clara.

Lyzzie -

De momento me gusta como se desarrolla...:) esperando más :D
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