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LEE TAMARGO

LA OTRA ORILLA

LA OTRA ORILLA

"Dejad al jaguar en la selva

dejad al pez en el agua

dejad vivir al indio

dejad al indio en paz".

A.C. Jobim.


      Llegó el momento que había estado esperando. Los guerreros marchaban de expedición una vez más y, como de costumbre, a su regreso nuevamente se trasladarían de asentamiento como venían haciéndolo hasta donde alcanzaban sus primeros recuerdos. Sobre todo, le gustaban las historias que en la noche contaban los guerreros adultos y que hablaban de su origen, de la tribu y de la selva, la madre de todos los hombres-luna. Sus ojos de niño grande se iluminaban cada vez que oía narrar la creación del mundo del lecho del río... La luna enamorada se bañó en su cauce hasta que el rey de los árboles-liana enredó de celos su amor y, envidioso, lo maldijo. Desde entonces la luna regresó para siempre al cielo de la noche y, solo en raras ocasiones, ataca con sus rayos a todo aquel que vagabundea en solitario, víctima de amores imposibles...
   Pero él no tenía miedo, era un muchacho intrépido y, además, quería convertirse en un valeroso guerrero para sacar a su gente algún día de aquella condena y poder llevarles al lugar seguro que se merecían, lejos de aquel errático vagar a orillas del gran río. Las respuestas de los ancianos a sus dudas lejos de convencerle le incomodaban, incapaz de soportar el amenazador mensaje de los peligros que acechaban en la otra orilla. Aquella explicación no bastaba para la ávida mente de un muchacho-luna y, en cuanto desaparecieron los guerreros, se dispuso a desentrañar el misterio por sí mismo. Se adentró en el río sagrado y empujó la canoa corriente abajo, precisamente en la dirección que tenían prohibida los hombres de la tribu.
   A golpe lento de remo vadeó pegado a la orilla, dejándose llevar por el manso discurrir y evitar así el centro del enorme caudal. A tramos, el cauce llegó a ser tan ancho que la otra orilla se disipaba en un horizonte de brumas. Después de remar toda la tarde y casi una noche, el río comenzó a estrecharse y surgieron las primeras rocas, enormes moles sembradas en mitad de su curso, ahora no tan profundo. La vegetación se agolpaba en los bordes invadiendo el dominio acuático y, a modo de bóveda arbolada, con su entramado de lianas creaba un pasillo de verdes variopintos que apenas dejaba pasar la claridad del día. En aquella zona, la tierra embarrada se hundía en el agua y, antes de avanzar otro centenar de pasos por la orilla, ocultó la canoa entre la maleza. Más adelante, abandonó decidido la orilla maldita que jalonaba de miedos cada historia de sus antepasados y entró al claro. El sonido de la selva también cambió, a la vez que la luz del cielo se transparentaba en las grandes hojas y creaba halos de penumbra entre las lianas.
   Siguió avanzando cauto y, camuflado entre la vegetación, observó las extrañas construcciones de madera que descansaban en el centro del claro. Nunca antes había visto nada igual, algunas echaban una columna de humo y otras guardaban ganado en el cercado contiguo. Entonces oyó las voces y pudo distinguir al grupo de niños que jugaban hasta que, de pronto, aquel ruido atronador le sobrecogió, se tiró al suelo asustado, quería taparse los oídos, pero pudo más la curiosa emoción que le embargaba al encontrarse con tanta novedad.
   En verdad que se trataba de un panorama insólito para él, algo nunca imaginado que ningún relato de los ancianos recogió jamás... Al fondo de las cabañas aparecieron las primeras máquinas con su estruendoso rugir. El verde de la selva había desaparecido bajo su peso y, sobre la tierra allanada, se apilaban los troncos de los árboles con su amputado gesto de dioses caídos, mientras otras máquinas también humeantes se ocupaban de transportar a rastras sus cadáveres. Los ejemplares más erguidos rasgaban el techo tupido del bosque en su vertiginoso caer. Le distrajo de su estupor el corro de mujeres que cruzaba la explanada, seguidas de los niños que correteaban alborotados. Una de las muchachas se había separado del grupo y se encaminaba hacia el río, muy cerca de donde él se encontraba apostado. Tan cerca que pudo escuchar su respiración al pasar junto a su improvisado escondite. Detrás de aquel montón de bidones de gasóleo vacíos escrutó el grácil movimiento de la muchacha. Le llamaron la atención sus vestiduras, le resultaba extraño que alguien en aquella selva cubriera de ese modo su cuerpo. Al poco, contuvo el aliento absorto en contemplar cómo la chica iba despojándose una a una de sus ropas y, tras posarlas con cuidado en el recodo, se sumergió desnuda en las aguas... Un chasquido a su espalda le advirtió del peligro cuando ya era demasiado tarde. El barbudo hombretón le sujetaba por los cabellos mientras gritaba para llamar la atención de los otros hombres que manejaban las máquinas...
-¡Eh, mirad qué he encontrado! ¡Un condenado salvaje!, venid...
   En su frenético pataleo el muchacho acertó a golpear las partes del casual carcelero, que rodó constreñido por la maleza sin dejar de perjurar. La muchacha del río, interrumpida en su baño, se cubrió los pechos justo cuando el muchacho salvaje pasó junto a ella como una exhalación. No obstante, al indígena le dio tiempo a contemplar de cerca el rostro de la muchacha y la brillante expresión reflejada en sus ojos mientras, de un salto, se zambullía en las oscuras aguas. Braceó hasta la otra orilla y, una vez allí, se entregó en veloz carrera sorteando lianas, ramas y rocas. Atrás podía percibir el vocerío de los hombres y, luego, sintió silbar a su alrededor los disparos de sus máquinas de fuego, capaces de perforar los árboles. El pánico le impidió reconocer el sitio donde había escondido la canoa y, además, la proximidad de sus perseguidores le obligaba a avanzar sin denuedo. Corrió hasta cansarse, hasta que los sonidos de la selva de nuevo se erigieron en dueños de aquella margen inhóspita. Aún hubo de bordear a nado el río en todo su largo, ayudado de la corteza seca de un tronco y a pie en los tramos más anchos.
Regresó con la faz cambiada en su alma de muchacho, impresionado por la experiencia vivida. Sus dudas y rebeldía habían quedado resueltas con aquel otro temor aún mayor... No podía olvidar los ojos del río en aquella muchacha. Llegó al poblado de los guerreros-luna justo cuando ya levantaban el campamento. No preguntó ni rechistó, se incorporó silencioso a la comitiva de la tribu, a la búsqueda sigilosa de senderos nuevos en la espesura cercana al río... Pero siempre en la otra orilla.

.

*Es Una colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.-
http://soncuadernos.galeon.com/orillaslupdf.pdf

 

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26 comentarios

LeeTamargo -

...Sí, White, necesitaba comprobarlo por sí mismo; ahora entendía de buena mano por qué vivían así. Es inevitable el impacto del conocimiento directo, pero curte para seguir...
GRACIAS, AMIGA:
LeeTamargo.-

white -

También yo estoy de acuerdo con Trini. Creció demasiado rápido, sin recorrer el camino que los mayores le habrían impuesto, navegó contracorriente en busca de una historia y la encontró y regresó a sus orígenes transformado por unos ojos.
Precioso

LeeTamargo -

...Gracias, Lunaaaa, por leer y reflexionar. Me alegra tu visita, amiga...
SALUDÁNDOTE: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Lo sé, Dino, la sensibilidad salva muchas distancias. Gracias a ti por querer acercarte a esta orilla y compartir...
TE SALUDO: LeeTamargo.-

lunaaaaa -

Un relato para reflexionar...Saludos Lee....y como siempre Gracias

Dinosaurio -

De acuerdo con Trini, Lee, que, como sabes, tiene una sensibilidad especial para captar el \"meollo\" de las cosas. Tus descripciones siguen siendo magníficas y nos transportas a una orilla privilegiada.
Saludos.

LeeTamargo -

...Eso es, Unda, es necesario atreverse a cruzar la orilla para aprender, para luego regresar o seguir otras sendas. Pero que siempre ayuden a la vida...
GRACIAS A TI: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Sí, Corita, todavía quedan selvas vírgenes, orillas que deberían permanecer inexpugnables si su destino va a ser dilapidado. A pesar de los desmanes que se cometen, la esperanza tiene color de naturaleza...
GRACIAS, AMIGA: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Gracias por acercarte, Comella, y por esas palabras que eliminan distancias...
SALUDOS, AMIGA: LeeTamargo.-

Unda -

Aventurarse a cruzar la otra orilla y dejar atrás otras \"pieles\", la complicada tarea de volver a ser uno mismo y sin perder nada de la inocencia a nuestro paso.
Un beso

Corazòn... -

Hola Lee :)

Descubrir lo que hay al otro lado de la orilla no siempre es grato y màs cuàndo no se tiene idea de lo que realmente existe. En estos tiempos cualquier relato de los abuelos se queda corto con lo que es la realidad.

El protagonista ha decidido hacer un gran viaje en dònde no solo perdiò su inocencia sino que se ha dado cuenta que al otro lado de la orilla existe un mundo inimaginable.

Còmo ahora yo me estoy imaginando esa selva virgen que aùn debe existir y no solo una sino muchas por el mundo.

Saludos Lee :)

;o)

Comella -

En la otra orilla o en esta, siempre es un plácer leerte Luis, un abrazo.

LeeTamargo -

...Recordar que esa belleza está aquí, ahora y que existe, Muralla; que no cesa de darnos oportunidades, pero que nos la estamos perdiendo, de espaldas a ella, con nuestra actitud ignorante y egoísta, destructiva...
GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Muy bien hecho, Cieloazzul: ¿Y qué te ha contado tu hijo, qué le ha parecido? Anda, no me dejes así... OK, GRACIAS:
LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Como una máscara, Silvia. Bajo el disfraz de asfalto palpitan emociones e instintos naturales de los que no podemos escapar ni mantenernos ajenos. Agradecido con tu lectura, amiga... TE SALUDO:
LeeTamargo.-

Muralla -

Es hermoso hacernos recordar tiempos y lugares en los que el hombre aún era inocente y vivía en comunión con la naturaleza...
Bicos.

LeeTamargo -

...Me alegro, Luunna. Quedan tierras vírgenes incluso dentro del mundo del asfalto, entre las orillas de nuestro paisaje urbano, aparente y cómodo... NOS LEEMOS:
LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Me alegra escuchar esto, Zuri, porque disfruté también al escribirlo. Somos ese niño que regresa a la magia donde vive para preservarla del peligro; y hay que mojarse...
GRACIAS A TI: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Gracias, K, por acercarte a esta orilla donde compartir otras perspectivas desde la lectura...
SALUDÁNDOTE: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Tu lectura fue directa al grano, Trini. La inocencia es una selva que poco a poco se va horadando. Sin duda la humanidad, ahora despreocupada e indiferente, cambiará, será distinta cuando pierda esta parcela virgen...
GRACIAS, AMIGA: LeeTamargo.-

cieloazzul2 -

Caray LEE,
Nunca dejas de sorprenderme.
He dado tu escrito a mi hijo para que lo leyera pues me ha parecido que lleva un mensaje ideal para los hombres niños que llevan entre su equipaje la intención de conquistar un mundo diferente y salvar con ello la herencia del amor.
Un beso.

Silvia -

La selva es verde como las esperanzas. El asfalto es gris como...

Luunna -

LOgraste con tus letras que nos hicieramos adentrar en la selva con tu niño de las orillas, y todavia quedan tierras virgenes en que las culturas se han mantenido, por que se han alejado de la civilizacion.
Un abrazo Lee, como siempre una placer leerte
Luunna

Zuriñe -

Siento que he atravesado la selva con tu relato y me estoy sacudiendo el agua, el barro, y las descripciones de tu relato. Nos haces disfrutar. Un saludo

K. -

Totalmente de acuerdo con Trini. Precioso relato, revelador, sobretodo.

Trini -

Al cruzar a la otra orilla no solo encontro otra forma de vivir, tan distinta ala suya sino que en esa prohibida orilla dejó abandonada su niñez. Cuando regresó con los suyos ya no era niño sino hombre. Tan rápido se hizo.

Precioso Lee, me ha gustado mucho este relato. Ojalá fuese más fácil, menos doloroso, preservar la inocencia.
Un abrazo
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