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LEE TAMARGO

ES VERANO EN ABERGAN

ES VERANO EN ABERGAN

    No pasa el tiempo por Abergan, al menos es una ilusión que desearíamos se convirtiese en realidad. Pero lo cierto es que ya no somos aquellos chiquillos que jugueteaban entre los árboles, por los campos verdes que se extendían en torno a la casa de Abergan. También nosotros hemos cambiado, aunque los años no han conseguido borrar ese hondo sentimiento de cariño hacia la tierra que contempló cómo comenzábamos a andar.

    Los primeros años en Abergan se reducían a unas vacaciones más o menos esporádicas en casa de los abuelos, durante las Navidades, la Semana Santa o alguna fiesta nacional de esas que permitía puentear el fin de semana más allá de lo habitual. A los padres les servía también para soliviantar aquellos compromisos ineludibles y así los nietos quedaban más que contentos en el pueblo, con tiempo y espacio de sobra para disfrutar. Aunque en verano no había colegio se madrugaba sin obligación, ayudaba el alba que se anunciaba claro, despejado, entre tanto silencio; sólo el gallo en el corral osaba desafiarlo y los pájaros, que inundaban de trinos el amanecer. La mañana se presentaba entera y amplia por delante, igual que los inmensos campos verdes que descansaban en el llano, delante de la casa, invitando a recorrerlos, a explorarlos, a ser descubiertos, nada más tentador para unos niños ávidos por aprender y quemar energías.

 -...¡Mira, así! Ya me sostengo... -no bien hubo pronunciado estas palabras cayó de la bicicleta al suelo una vez más.

   Enrique era el primo mayor, un año más tan sólo, pero lo suficiente para llevar la voz cantante en todas las novedades que estrenábamos. Aunque un año menor, yo era más atrevido...

-¡Déjame, ahora me toca!... Verás.

   Subí a la bici y descendí por el polvoriento camino que conducía hacia abajo, entre los prados; sorteando baches y piedras conseguí avanzar unas decenas de metros antes de posar un pie en el suelo y controlar la caída. Era una bicicleta de señorita y, gracias a la ausencia de barra, podíamos llegar hasta los pedales, aunque sin lograr sentarnos. La encontramos en un rincón del desván, abandonada entre telarañas desde hacía años, desde que la tía Celia, la tía pequeña, la menor de las tres hermanas, la olvidó allí para marcharse a trabajar a la ciudad, como antes lo hicieron sus hermanas, la madre de Enrique, mi tía Lucila, y también, Telma, mi madre. Nos pusimos tan pesados que al abuelo, ante tanta insistencia, no le quedó otro remedio que bajarla del pajar y adecentarla lo preciso para que de nuevo volviese a rodar. Aquel año nos habíamos propuesto aprender a montar en ella, los avances iban en progresión geométrica y, una vez superados las primeras magulladuras, no tardaríamos en mantener el equilibrio de forma ininterrumpida sobre sus dos ruedas. Era cuestión de días.

   A la mañana siguiente madrugué más de lo acostumbrado, pero no bajé directo al gallinero, como cada día, para recoger los huevos con que las primeras gallinas ponedoras saludaban al alba y nos brindaban el primer desayuno. No, esta vez salí decidido a la calle; abrí y cerré el portón con cuidado, para que no me oyeran, y me hice a hurtadillas con la bici, quería ser el primero en aprender a dominar aquel artefacto con el que otros muchachos a mis años ya efectuaban auténticas piruetas acrobáticas.

   Enfilé la cuesta abajo con determinación; antes de alcanzar las curvas había una larga recta idónea para llanear dando pedales. Las primeras pedaladas sirvieron para coger impulso, luego simplemente me dejé llevar por la inercia de la velocidad adquirida, de pie sobre la bici, como los escaladores de montaña que había contemplado en el televisor. La pendiente pronunciada se acercaba a la zona de curvas, las dos primeras algo más suaves, pero ya entonces percibí que algo no marchaba bien... La velocidad había aumentado considerablemente y toqué, leve, los frenos del manillar, aunque sin efecto alguno. En la segunda curva la bicicleta bajaba ya desbocada, no quería volver a frenar y arriesgué, aquella endemoniada velocidad crecía imposible de parar. Habría probado a decelerar con la suela del zapato, como en otras ocasiones, pero ya me encontraba dentro de la gran recta y no quería desaprovechar aquella oportunidad, así que continué, imparable, rápido, hacia el final de la recta que, medio asfaltada, contribuía aún más en acrecentar el incontrolable descenso. Nunca había llegado tan abajo, ya rozaba los límites que nunca había traspasado, que separaban el final de la cuesta del peligro de la carretera general, que se anunciaba con su inmenso rugido, atravesada de continuo por un ejército de vehículos y camiones. Agarré con fuerza el manillar, intentando controlar lo que ya se había escapado a mi voluntad. Me temblaban las manos, los brazos, hasta la bicicleta tembló cuando entró en el asfalto liso y limpio de la carretera. Entonces, más fácil de hacerse con la situación, debido a la calidad del firme, doblé el manillar y giré la dirección con suavidad, pero enérgico, en semicírculo, para volver de nuevo a la entrada que conducía cuesta arriba, por donde había venido. Allí eché el pie al suelo, me sequé el sudor de la frente con el dorso tembloroso de la mano y mezclé un suspiro de susto con un silbido, de puro miedo y milagro a la vez. Quiso la casualidad que en aquel preciso instante ningún vehículo pasara por aquella carretera tan transitada ni que se interpusiera en la trayectoria de tan descontrolado descenso...

-...¡Dios mío, por pocas!... -nunca podría contar que había bajado hasta allí con la bicicleta, mejor sería callarlo si pretendía continuar intentando practicar durante aquel verano. Subí la cuesta andando, empuñando el sudado manillar de costado, latiéndome aún el pecho por la impresión, jadeando con la respiración sobrecogida.

   Cuando llegué a la casa, el primo Enrique estaba allí, sentado en el rellano de la entrada, como si esperase desde largo rato. No hizo falta que le contara nada, Enrique habló primero...

-...Anoche quité las zapatas, para limpiarlas.

.

    Aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido y de los hechos acontecidos, aquella tierra parece reclamar algo como suyo, algo que va más allá de los campos verdes de la infancia, que sabemos nos acompañará siempre hasta el último de los días y que no pertenece a nadie sino a ella, sólo a ella, …a Abergan.

.

 

    *Es Una Colección “Son Relatos”, © Luis Tamargo.-

http://sonrelatos.galeon.com/miblog.html

 

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16 comentarios

LeeTamargo -

...Recordar los bellos momentos de la infancia siempre es revivirla, Corazón. Me alegro, amiga...
GRACIAS A TI: LeeTamargo.-

Corazón... -

Hola Lee :)

Bellos recuerdos has conseguido traer a mi, mientras leía tu post. ¿Sabes? Ahora que lo pienso yo no tenía bicicleta, creo que aprendí en ella hasta que comencé a trabajar y puede adquirir una a mi gusto :) Pero recorde aquellos días de verano en que me olvidaba de los libros, de las gafas del profe, de lo único que no me olvidaba era el camino que conducía hasta la casa de mis amigos/compañeros de colegio para reunirnos y correr tras las mariposas :-) cortabamos las ramas de los arbustos las más largas y luego vamos a por ellas. Creo para ellas eramos el terror del campo. Sin lugar a duda días, momentos, veranos inolvidables. Recuerdos que son la base de lo que ahora somos de adultos y que no se pueden olvidar.

Gracias por traer éstas estampas de la vida.

Saludos, buen día Lee :)

;o)

LeeTamargo -

...Retroceder o avanzar es relativo, White. Nuestra infancia está ahí, a un paso, a un golpe de pedal. Feliz paseo, amiga...
ME ALEGRO: LeeTamargo.-

white -

Montada a lomos de esa bicicleta he retrocedido caminos y tiempos y me veo con el pelo cortito, que nos dejaba mi madre cada verano, y pedaleando en busca de tesoros olvidados y amores imposibles...
Saldudos desde el recuerdo.

LeeTamargo -

...Ni siquiera en la infancia todo es dulce, fácil o de color de rosa, pero empezamos a pedalear. Que no se nos olvide disfrutar del paseo, amiga Dari... SALUDÁNDOTE:
LeeTamargo.-

Darilea -

El recuerdo de la infancia me trae hasta olores olvidados
que dulce es volver atrás en los años de inocencia.
Besitos Tamargo.

LeeTamargo -

...El verano de nuestra vida siempre guarda gratos recuerdos, Gemu. Me alegro, amiga... TE SALUDO:
LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Recuerdos vivos, Alma, en cuanto la memoria se pone a pedalear... SALUDOS, AMIGA:
LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Sí, amigo Dino, la vida cotidiana nos ofrece hoy las mejores emociones; mañana los mejores recuerdos...
OK, GRACIAS: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Los inviernos también eran intensos, Caboblanco, aunque diferentes. Pero sí, en vacaciones y con buen tiempo se recuerda mejor...
OK, ME ALEGRO: LeeTamargo.-

Gemuina -

Me ha recordado el comienzo a los veranos con mis abuelitos en la sierra. Este verano no veas como he intensificado el finde para verlos y salir por allí con mis amigos...
Besos

LeeTamargo -

...El verano que se acaba me indujo a la nostalgia. Desde entonces hasta aquí ha habido que pedalear mucho, incluso sin bicicleta, Trini. Pero lo que importa es no perderle la pista a la infancia, amiga...
GRACIAS A TI: LeeTamargo.-

alma -

Aventuras a pedales...recuerdos que se viven

Dinosaurio -

Es la vida misma. Son las aventuras, la intriga, la tensión, la emoción ... de la vida cotidiana.
Buen regreso.
Abrazos.

caboblanco -

Dicen que, de pequeños, solo recordamos los veranos... Normal, es que ¡era lo mejor! Amigos, primos, vecinos, bicicletas, carreras...

¡Que gusto y que envidia!

Trini -

He disfrutado de lo lindo leyendo este precioso relato. Por qué será que recordamos más los veranos de aquella nuestra infancia, que los inviernos?
Era tan patosa cuando niña, que jamás conseguí quitarle las dos ruedecillas de seguridad a la bicicleta. Un día, cuando ya contaba veinteaños años, justamente un mes antes de casarme, tomé la bicicleta de mi hermana y conseguí dominarla y me pasé un buen rato pedaleando, aunque con algo de miedo, en una calle solitaria. Fue la primera vez, y la última que he montado en bicicleta.Cuantas cosas me he perdido...
Un abrazo
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