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LEE TAMARGO

Capítulo III: NUEVO COMIENZO

Capítulo III: NUEVO COMIENZO

   Lucas y Marco tenían alquilado un pequeño apartamento en la zona antigua de Granada, en el barrio típico del Albaicín que, desde pocos meses antes estaban preparando para habilitar. Había que pintar las habitaciones y, con algún que otro cambio y arreglo, les quedaría bastante coqueto y presentable. Mientras Lucas viajaba al norte, Marco había permanecido allí, en lo que iba ser su casa compartida a partir de entonces, y a cargo del bar. Habían comprado una de las partes del local, erigiéndose así en socios propietarios del negocio; convinieron en trabajar por turnos, una semana trabajaba uno sirviendo copas en la barra y la otra semana el otro, pero al final bajaban cada tarde los dos y trabajaban juntos.

   Los comienzos en Granada fueron duros, no salieron como habían esperado. La idea del cambio partió de Marco, obsesionado por una compañera de la universidad con la que mantenía esporádicos flirteos al tiempo que con su novia de siempre. Se llamaba Lourdes, una preciosa y sensual pelirroja, que estudiaba su último año en Valladolid y que, de forma definitiva, regresaba al hogar de sus padres en Granada, su ciudad natal. Marco enseguida movió los hilos, logró que la chica aceptase que pudieran incluir su domicilio como el suyo habitual para rellenar la solicitud del traslado y allí estaban, de nuevo en camino a la aventura. Eso era lo que a Lucas le fascinaba de Marco; todas las peripecias que le había contado su amigo ahora tenía la oportunidad de vivirlas y, aunque de momento tan sólo se encontraba con el lado áspero del viaje, confiaba en que en algún momento la aventura mostrase el encanto de su atractivo y se tornase digna de ser disfrutada. Incluso un día Lourdes les invitó a comer a casa de sus padres, fue la bienvenida a Granada, pero nada más que eso. Lucas lo recordaba con regocijo pues fue una de las pocas comidas en condiciones que realizó en muchas semanas. Después la realidad, una vez más, vino a emplazar prioridades donde no habían existido previsiones.

    Lourdes le duró poco como amante a Marco en Granada. En Valladolid era diferente, ambos venían de fuera y se agradecía compartir las carencias, casi era un gesto solidario obligado. Pero una vez en su ciudad, Lourdes halló terreno propio para avanzar y escapar de las miserias a las que Marco y Lucas se enfrentaban y que ella ya conocía de antaño; no estaba dispuesta a mendigar en su propio hogar. Marco todavía la vio alguna tarde, pero pronto volvió junto a Lucas con los bolsillos vacíos, desesperanzado. Fueron las primeras noches de Granada, a la intemperie, con frugales comidas y horas de barra en algún bar de la zona de ambiente para subsistir. Los primeros amigos no tardaron en aparecer; Marco poseía una extraña habilidad para encontrarlos y llamar a eso amistad y, unos por otros, con la ayuda de algún conocido, fueron poniéndoles sobre la pista para irse acercando a su ansiada estabilidad. Ahora, por fin, era cuando parecía vislumbrarse un atisbo de futuro. Con su propia casa, aunque fuese de alquiler y el trabajo del bar, podrían hacer frente a la realidad cotidiana. Sin duda era un comienzo que demostraba que se podía abrir camino aunque fuese muy poco a poco. Por fin, ahora que se acababa el año, parecía que el proyecto tocaba suelo firme desde el que partir.

   Marcos se quedó en la recién estrenada casa, necesitada de una mano general de pintura entre otros arreglos; además no podía hacer frente al billete de avión a Canarias. Mientras, Lucas decidió que era buen momento para subir al norte a pasar con su familia aquellas Navidades. A la vuelta sería más fácil ponerse en marcha y, resueltos ya los problemas de alojamiento y manutención, podría dedicarse de pleno a continuar sus estudios, abandonados a causa de tanta contrariedad hasta la fecha.

   Sin embargo la primera sorpresa aguardaba a la llegada del tren en que Lucas y sus acompañantes venían. Marco esperaba en la estación; pero pasó por alto los saludos y la presencia de tanto amigo repentino; dejando a un lado las presentaciones, se dirigió a Lucas directamente…

 -Mal momento para invitados… -casi murmuró en un susurro al oído y a Lucas le cambió la cara.

   Marco le puso en antecedentes de lo acontecido en su ausencia. El dueño del apartamento se personó una mañana en la casa y le encontró pintando la cocina de un chillón color naranja. El disgusto fue mayúsculo, a grandes voces manifestó su descontento con las obras realizadas; argumentaba que no formaba parte del trato cambiar de color todas las habitaciones, incluídas también las puertas y ventanas. Se habían desembarazado de algunos muebles viejos y el casero echó en falta sus anticuadas pertenencias. Zanjó lo pactado en aquel mismo instante y, sólo a duras penas, Marco consiguió que le dejase dormir en la parte baja de la casa, un receptáculo de apenas veinte metros al que no se le daba uso y por el que rogó hasta la súplica, antes que verse condenado a dormir en la calle. Lucas quedó perplejo de la nueva situación que se planteaba, aquello desestabilizaba los planes de tranquilidad para un comienzo, nada tenía que ver con la idea del proyecto antes de partir.

    No solamente a él le mudó el semblante; el séquito de acompañantes había escuchado toda la desesperanzadora narración de Marco, a quien no obviaron su desconsiderado recibimiento. Raquel, Magda y José hicieron corro intercambiando impresiones y a Lucas le sorprendió la celeridad de sus improvisadas decisiones sobre la marcha. Apiñados en urgente asamblea, Lucas asistió a la más curiosa y rápida de las metamorfosis que jamás pensó contemplar. Ni siquiera se imaginó capaz de encajar el giro completo que sufrieron sus emociones cuando con una escueta despedida les vio alejarse hacia la salida del andén. Aquella fue la última vez que estuvo frente a Raquel.

   No había otra solución que afrontar la situación, era necesario reformar al menos las dos habitaciones que conformaban el reducido sótano. Una, la más grande, serviría de dormitorio y sala de estar al mismo tiempo; la otra sólo de dormitorio, pues era el vestíbulo de entrada. Una pequeña terraza se asomaba a la Alhambra, que podía contemplarse en todo su esplendor, desde aquel estrecho patio, inundado de humedades a la intemperie. Pero antes era necesario pintarlas y acicalarlas para hacerlas habitables y, mientras tanto, también era necesario dormir y asearse, por lo que temporalmente escogieron una modesta pensión céntrica donde pasar esa primera semana en la que deberían acabar la obra.

   La pensión se llevó en aquella semana los pocos ahorros de reserva que restaban y que Lucas había traído frescos. Durante el día se afanaban por arreglar la casa, la pintaron, dejaron secar y volvieron a pintar. Unos improvisados muebles confeccionados por ellos mismos adornaron el aspecto lúgubre y poco iluminado del lugar; tan sólo una pequeña ventana enrejada, desde la que también se divisaba la Alhambra, dejaba entrar la luz. Por la tarde debían de hacer frente a las responsabilidades de la parte que les correspondía en el bar. Ahora sí cumplieron el plan previsto: uno bajaba al bar mientras otro trabajaba en la casa, y se turnaban así cada día. Cuando llegaba la noche Lucas regresaba a la pensión, sólo podía permitirse pagar una habitación si quería que aquel dinero llegase hasta el fin de la semana, así que libre de los incómodos invitados y de su desaparecida Raquel, compartía la misma cama con Carmen, la chica sevillana que se les unió en el tren de Madrid y que, lejos de amedentrarse ante el extraño cariz que adquirían los acontecimientos, optó por quedarse junto a él.

 

 

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http://leetamargo.blogspot.com

*"Donde el río regresa" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

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