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LEE TAMARGO

Capítulo IV: AMIGO MARCO

Capítulo IV: AMIGO MARCO

    Lo suyo con Marco era una amistad de las que a él le habría gustado, aunque el tiempo pondría la medida exacta de su valor. Pero entonces Marco era una especie de admirado personaje con quien se abrían los primeros horizontes; le aventajaba en tres años más y aquella experiencia bastaba para que Lucas le idolatrara, aunque a Marco no le faltaban méritos. Descubrió músicas en común, estilos de vida y otros modos que ampliaban su repertorio de afinidades y ensanchaban su mundo. Poco a poco aquellos nuevos ángulos de entender la vida fueron calando y, a fuerza de compartir la intensidad de dichos momentos, su relación se estrechó hasta adquirir rango de dependencia, eso sí, de admirada y deseada dependencia.

    El repentino interés que su persona despertó para Marco se explicaría más tarde, cuando logró que Ana fuera su novia. Pero al principio sólo era la compañera de Lucas en la mesa de clase del Instituto y, cuando algún domingo, Marco se había cruzado con ellos, juntos de paseo, les había tomado por una perfecta pareja.

 -Ana y tú… ¿sois novios, verdad? –le preguntó en una ocasión a Lucas.

   Marco halló el terreno despejado ante la clara negación de Lucas. Desde aquel preciso instante desplegó todo un completo abanico de recursos encaminados a culminar con su objetivo, la dulce Ana, aunque no podía prescindir de la inestimable colaboración de Lucas, el perfecto inocente, todo un amigo. Por ello se granjeó su compañía, para asegurarse también la de ella. Terminaron por ser un trío casi inseparable de amigos, incluso hasta cuando Ana y Marco ya fueron pareja declarada, poco antes de finalizar el curso en el instituto.

   Un mes de vacaciones en las islas Canarias fue precisamente el premio para Lucas por aprobar el último curso del Bachillerato y el examen de acceso a la Universidad. Se alojó en la casa de los padres de Marco en Las Palmas, próxima a la playa de Las Canteras. Los paseos a la orilla de la playa, las cervezas en las terrazas de los bares, el contoneo de caderas de bellas chicas de melena arrubiada, los acordes a guitarra de isas isleñas o las partidas de ajedrez en la plaza Santa Catalina marcaron el tono de aquel verano. No fueron, sin embargo, las únicas novedades; también fue la primera vez que probó la yerba, el cigarrillo que achinaba los ojos y provocaba una risa fácil, contagiosa. No supo explicar si se debió al efecto de la yerba o al hecho de que su primer cigarro coincidiera con el paseo en moto al que le invitó un amigo de Marco que, a petición suya, le llevó por las principales alamedas de la ciudad en un vertiginoso recorrido nocturno, del que se apeó traspuesto y mareado. De algún modo fue una decepción para Lucas, prefería la risa que hacía trabajar a la inteligencia, pero lo disculpaba la risa de los otros, el hecho de compartir un buen rato de diversión con los demás.  

   Cuando Lucas marchó a estudiar a la universidad de Valladolid su amistad resistió los embates de tiempo y distancia. Cada vez que regresaba al norte era visita obligada la casa de Marco quien había logrado en cierto sentido emanciparse al decidir quedarse en Santander, cuando los padres marcharon a su tierra canaria, después de tantos años fuera de sus islas por motivos de trabajo. Para Marco, sin embargo, suponía la oportunidad de soltarse de las riendas familiares e independizarse; así lo estimó también la familia, derecho que por la edad le correspondía. Ana, por su parte, inició en Salamanca sus estudios de Pedagogía, pero solían coincidir los tres en cada regreso y citarse para el encuentro siguiente.

   Marco había alquilado un piso de estudiantes junto con su hermano mayor y dos personas más: Evert Orellana, un boliviano que estaba de viaje por España para adquirir experiencia revolucionaria con la que ayudar a su país cuando llegara el momento del regreso, según él mismo explicaba, y Lucifer, un anarquista catalán que se unió a ellos por pura casualidad y que admitieron por caridad, ya que no disponía de fondo alguno con el que contribuir al alquiler ni al mantenimiento del piso. Aquello duró el primer año. Un año en apariencia normal, a pesar de la novedad de afrontar nuevas realidades en lugares diferentes a su origen. Pero los cambios no habían hecho sino comenzar.

   Marcó acabó por irse a estudiar a Valladolid, al año siguiente, animado porque allí estaba Lucas y no se encontraría sólo. Lucas abandonó el Colegio Mayor donde se alojaba gracias a una beca nada despreciable para acompañar a su amigo, que lo dejaba todo para venirse desde Santander a vivir y estudiar con él. Alquilaron un antiguo caserón, próximo a la estación, casi en las afueras de la ciudad y compartieron habitación.

    Lucas cambió el menú y la biblioteca del Colegio Mayor por aquel único espacio que servía para todo, donde comían, estudiaban y dormían. Se trataba de un viejo caserón de aspecto un tanto fantasmagórico, que el dueño rentabilizaba alquilando cada una de sus habitaciones a parejas en busca de intimidad o a algún pintor necesitado de un módico estudio o, como en su caso, a estudiantes de escasos medios. La puerta de acceso al edificio era única, al igual que la cocina, también comunitaria, aunque sólo Marco y Lucas la utilizaban, ya que nadie más vivía allí permanentemente, sino de forma pasajera. Era amplia y espaciosa, aunque por idéntico motivo fría y desapacible; los utensilios culinarios descansaban sin orden ni concierto y, en ocasiones, se amontonaban durante días, a la espera del consiguiente fregado. En el baño, también de uso común, el techo había acabado por derrumbarse sobre la bañera y, arriba entre las vigas, las palomas habían hallado el lugar ideal para instalar sus nidos, de modo que les obligaba a ducharse de costado, en la mitad aprovechable del baño, al son del gorgojeo de las aves. El frío entraba a cañón por las cristaleras rotas del mirador que, de igual manera, hacían de la galería un espacio poco acogedor, a pesar de la amplitud y claridad que iluminaba aquella zona de la estancia, la más diáfana. En un principio alquilaron una habitación para cada uno, pero para economizar gastos optaron por ocupar sólo una de ellas, la más grande; apenas había sitio para dos camas con una mesita de separación, un armario y un par de estanterías artesanales que improvisaron en la pared. La ventana, de cuerpo entero, daba a la calle principal, aunque estrecha y oscura; las contraventanas de madera vieja mal pintada no encajaban y, por sus rendijas, la luz de la mañana se colaba con insolencia. Una desvencijada escalera de madera comunicaba el vestíbulo de la entrada con la planta superior donde un pasillo estrecho, de paredes enmoquetadas de verde, se abría paso hasta las habitaciones; la gata del propietario campeaba a sus anchas por el lugar y, encaramada con sus uñas a la moqueta del techo, sorprendía a los visitantes con su silueta negra, acechante. Apenas se toparon con alguien en todo aquel año, alguna pareja que de forma esporádica huía a su habitáculo a la búsqueda del anonimato o el pintor, un artista de pincel fino que, de tarde en tarde, trabajaba en sus cuadros, una mezcla de collage y óleo que les invitó a contemplar al hilo de una infusión de té de hierbas.

   Marco se había matriculado en Filología árabe, pero frecuentaba más la cafetería de la universidad que las aulas y enseguida se llevó a Lucas consigo. En las noches de invierno se procuraban el calor de la cantina de la estación ferroviaria, donde encontraron idóneo refugio para apagar el frío que les marcaba con sabañones los pies y las orejas. Sin embargo, debido a la falta de costumbre, Lucas tuvo que añadir la incómoda dolencia de unas almorranas, que le regaló su amistad incondicional con el alcohol. La zona de vinos, por las tardes, ofrecía otro calor, el de la juventud estudiantil que salía a relacionarse y compartir circunstancias; era la oportunidad de conocer a gente en otro entorno, diferente al de las clases y las bibliotecas. No tardaron de entrar en camaradería con un grupo de estudiantes, procedentes también del norte, con quienes su pasión por la música ayudó a conectar en buena sintonía; las visitas de la casa de unos a la de otros se convirtieron en otra forma, sino de quitar el frío, de compartirlo al menos, entre acordes, risas y cervezas. 

   Fue en una tarde gélida del invierno de Valladolid. Lucas se hizo con la guitarra durante una reunión en casa de los amigos músicos e interpretó “Mañana de carnaval”, un solo repleto de arpegios complicados, pero muy efectivos, sugerentes y melodiosos, propios de la bossa nova. Lourdes estaba allí y Lucas notó cómo la chica quedaba prendada de la melodía, del sentimiento con que Lucas la había  tocado. Al despedirse, Lourdes se las ingenió para quedarse a solas con Lucas y aquella noche le llevó a su piso, durmieron juntos después de hacer el amor. Por entonces Lucas sabía que ella y Marco andaban liados, pero su amigo había marchado a Salamanca, a pasar el fin de semana con Ani, su novia de siempre, como solía hacer esporádicamente y, además, Lourdes se había interesado tanto que Lucas no podía evitar ni deseaba dejar escapar la ocasión; tampoco se paró a pensar en las consecuencias. Cuando Marco regresó se enteró. Una tarde que su amigo iba a estar ausente, Lourdes se acercó hasta el caserón a visitar a Lucas y, por última vez, mantuvieron un definitivo escarceo amoroso, a modo de despedida. No hizo falta conversar entre ellos sobre lo ocurrido, pero a partir de aquel momento Lucas notó la posición distante que su amigo guardaba para protegerse en asuntos de pareja.

   Casi sin proponérselo, Lucas no tardó en reponer el objetivo de sus afectos. Una tarde encontró la puerta del estudio del pintor abierta; en el pasillo se topó con la causa de aquella música que sonaba en el viejo caserón. La chica saludó con una alegría forzada, pero que invitaba a la conversación. Sin duda un problema explicaba aquella situación; Lucas preguntó, mientras ella le ofreció una infusión de té que compartieron, sentados, al pie de la cama del pintor. Rocío había escapado de la casa paterna tras una discusión con el padre, cuestión de compatibilidad de caracteres, según explicaba. Trataba de justificar la tristeza del gesto con el firme propósito de no regresar nunca más, pero lo insostenible de su pulso iba poniéndose cada vez más en evidencia al paso de las horas; no hacía aún un día completo que había abandonado la casa paterna y ya se rendía a la imposibilidad de renunciar a las clases del Instituto, al paquete de cigarrillos a punto de acabar y a otra ropa con la que renovarse y cambiar su atuendo. Sin embargo admitió de buen grado la compañía de Lucas, que también halló grata la recompensa. Pasaron la tarde entera charlando en la intimidad, mientras los acordes y la cadencia grave de la voz de Leonard Cohen llenaba la estancia; aquella tarde acabaron haciendo el amor entre lienzos mudos, encendidos de color. A la mañana siguiente Lucas acudió a las clases de la universidad, pero no encontró a Rocío a su vuelta; había cumplido su promesa de regresar a casa y reiniciar su rutina cotidiana. En una última tentativa Lucas se acercó a la salida del Instituto, ella le había dado las señas. Aguardó en una esquina de la calle hasta que logró distinguirla entre un grupo de amigas. Cuando ella le reconoció no pudo evitar cierto sonrojo y sorpresa.

-¿Qué haces aquí? ¿no habrás venido por mí, verdad?

   Lucas pensó que sólo le había faltado rematar con un “ni se te ocurra”, pero calló tras una media sonrisa que creía explicarlo todo, aunque no resultaba suficiente. Comprobó cierto rubor de la chica por presentarle ante sus amigas y, aún así, le invitó con ellas al bar donde se reunían cada tarde, a la salida de clase. Sin embargo su comportamiento distante se preocupó más por mostrarle las barreras que les separaban que el más mínimo gesto de acercamiento. Lucas captó el mensaje; aquel no era su sitio ni aquella su compañía. Aguantó el vacío que sembraron en torno a él con risas fingidas y miradas furtivas y, cuando se vio obligado a despedirse, lo hizo con un beso que no consiguió diana y con una promesa que sabía imposible de cumplir, de que volvería... Pero ella ya lo había adivinado antes; ni él volvió a intentarlo ni tampoco volvieron a verse.

   Lucas asumió su fracaso con resignación. Mientras su amigo Marco desaparecía de un fin de semana a otro, él consolaba a duras penas la soledad de su experiencia. Marco iba a visitar a su novia a Salamanca; en alguna ocasión le había acompañado, aunque ya comenzaba a hartarse de dormir en el suelo, de su insatisfactorio papel de segundón.

Hasta entonces, sin embargo, la presencia de Lucas había sido bien apreciada, casi imprescindible, sobre todo en aquella ocasión en que hizo falta atravesar la frontera, camino del país vecino francés, cuando la novia de su amigo se había quedado embarazada. No era la primera vez que Marco y Ana acudían a los servicios de una clínica médica para abortar; en Francia no estaba prohibido, resultaba más fácil, cómodo y seguro. Marco no había actualizado su pasaporte y, sin apenas tiempo para remediarlo, tenía sus dudas si le dejarían pasar la frontera; se requería la presencia de Lucas si, dado el caso de que a Marco le interceptaran, Ana no se quedase sola ante tan delicada situación. Viajaron en tren hasta Hendaya y aguardaron a que entrara la noche para atravesar la frontera; lo hicieron a pie, andando, sin que encontraran ninguna resistencia. El siguiente tren les llevó hasta Burdeos; allí pasaron la noche en la única sala de espera con que contaba la estación, atiborrada de cuerpos envueltos en mantas. Allí, mezclados con el resto de viajeros que esperaban su turno, marroquíes y argelinos en su mayoría, intentaron quitarse el frío de encima al tiempo que descansar de lo andado. Aún quedaba un largo trecho hasta Rennes, al noroeste, donde vivía Pencho, el hermano de Marco, catedrático de instituto a sus veintiséis años, donde impartía clases de Literatura francesa.

   El hermano de Marco ya estaba avisado y, junto a su mujer, aguardaba la llegada del tren, en la estación de Rennes. El recibimiento fue cálido, a pesar del frío extremo que se dejaba notar en las columnas de vaho que desprendían unos y otros al saludarse. Antes de llevarles hasta su casa, Pencho les llevó a la de unos amigos, para presentárseles y porque era necesario repartirse para dormir, ya que eran demasiados. Marco y Ana serían, con toda lógica, los invitados de Pencho. A Lucas no le hizo mucha gracia tener que alojarse solo, entre unos desconocidos con quienes apenas podía cruzar unas pocas palabras en el francés que estudió hacía demasiados años. Pero, enseguida, comprobó que la afabilidad que desprendían era cierta y, además, pasajera, ya que nada más recalaba en aquel piso para descansar al final del día; el resto de la jornada aprovecharon para visitar la zona y todo lo que fuera digno de conocer de los alrededores.

Una mañana, Pencho preparó una excursión que les llevó la jornada completa. Se trasladaron en coche hasta el Monte Saint Michel, que se erigía solitario en medio de una llanura donde las aguas acababan de retirarse y que, dentro de unas horas, volverían a ocuparlas rodeando la imponente fortaleza. Era una ciudad en miniatura que escalaba hacia las alturas para ganar el terreno que las aguas impedían por otro lado. Las callejuelas conservaban el empedrado medieval originario, estrechas y tortuosas, ascendían hacia el templo que coronaba el islote, consagrado al santo del lugar. Otro día visitaron el puerto de Saint Malo; las gaviotas sobrevolaban sus cabezas y a Lucas se le despertó una cierta nostalgia por su tierra, donde la costa ofrecía unos paisajes similares. Se quedó extasiado observando el horizonte del océano junto a la tumba de un poeta, cuyo nombre olvidó al poco, a pesar de la firme promesa que se hizo de recordarlo. Se trataba de un escritor francés que eligió aquel lugar para su descanso eterno, al borde del acantilado, frente al mar inmenso; a Lucas le impactó el detalle…

-¡Lucas, venga! –le arengaron los demás, a voces, para que regresara al vehículo- ¡Vamos, que se hace tarde!

-…¡Voy, ya voy! –gritó mientras corría hacia ellos.

-No es más que una maldita tumba, venga, vamos. –afirmó Marco, invitándole al asiento trasero.

   Lucas ocupó su sitio, callado, no le pareció oportuno confesarles que a él le gustaría un final así.

   Se acercaba la fecha para la intervención de Ani; ingresaría en una clínica médica y, después de practicado el aborto, aún se quedaría allí unos días junto a Marco. Lucas escuchaba los planes en voz alta que la pareja proyectaba para los días que aún deberían aguardar en Rennes y tuvo la impresión de que su idea de regresar a casa venía obligada más que sugerida. En cierto sentido su presencia allí no hacía ni había hecho falta y resultaba comprensible que la pareja quisiera ahora estar a solas. Por eso no encontró oposición cuando Lucas manifestó su intención de volverse a su país del mismo modo en que había llegado; ni siquiera escuchó sus opiniones, pero tampoco le importaba, su decisión estaba tomada. Fue un largo viaje de regreso en tren; desde la ventanilla Lucas contempló el paisaje de la bretaña francesa, que tanto le recordaba al de su tierra norteña: prados y bosques de variados verdes, donde el muérdago y la niebla cohabitaban con la música del arpa y la bruma del mar y con el sueño que acabó por invadirle tras horas y horas de kilómetros sin fin. Se despertó al otro lado de la frontera, a tiempo para presentar la documentación que los guardias de la aduana requirieron. Ni siquiera se alegró por el hecho de pisar su tierra; en su mente le daba vueltas al nombre de un poeta que no conseguía recordar...

 

 

 

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 *"Donde el río regresa", es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

http://leetamargo.blogspot.com

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