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LEE TAMARGO

Capítulo VI: OTRA ÚLTIMA VEZ

Capítulo VI: OTRA ÚLTIMA VEZ

    Lucas adelantó, a propósito, el estreno de su casa. No le importó soportar el olor fresco aún de la habitación recién pintada, necesitaba más que nunca salvaguardar un breve espacio para su intimidad; ahora quería disfrutar de Carmen, de los beneficios de su compañía. Ninguna sensación mejor que la de sentirse como en casa, cuando regresaba del bar por la noche y compartia el calor de la cama junto a ella. Si le tocaba turno de mañana, después de aprovisionar el almacén y limpiar el bar, salía con Carmen por las calles de Granada, de paseo o de compras al mercado. 

   Aquella tarde se quedó solo, Carmen había salido a recoger un vestido que dejó encargado y trató de ocupar el rato en el cuaderno que descansaba sobre la mesa, donde anotaban los gastos del mes. Hacía mucho que no escribía, hacía tanto tiempo que no se sentaba en un sitio fijo, que sólo entonces volvía a rondarle aquel impulso familiar, un viejo recuerdo de letras escritas en la soledad del hogar. Bosquejó unas palabras en un primer intento, a modo de verso, pero que no lograban acercarse al poema que pretendía. Arrugó el papel escrito en una bola que estampó lanzándola contra el cristal de la ventana; otra más que se unió a las ya existentes en el suelo, entre el hueco de la cama y la mesa. Lucas giró leve la vista hacia atrás y, de reojo, reconoció a Carmen que asomaba su cabecita rubia por el hueco de la puerta, traviesa. Tan ensimismado estaba intentando dar con la expresión adecuada para sus inquietudes que no la había sentido llegar. Lucas sonrió al descubrir que estaba desnuda cuando entró a la habitación, pero volvió sobre el quehacer que le entretenía sobre la mesa.

 -¿…Qué estás haciendo? –Carmen tenía el don de la pregunta inoportuna. No por el desinterés sino por el tono con que preguntaba-. No me digas que escribes…

 -Pues sí, de vez en cuando…

   Era compresible su sorpresa, al fin y al cabo no se conocían desde hacía tanto. Lucas reflexionó, por un instante, sobre todo aquello que les separaba, lo que desconocían el uno del otro, intentando conjugar al mismo tiempo su pensamiento con lo que escribía y sin dejar de atender a la presencia provocadora de Carmen. Pero la siguiente pregunta le desarmó:

 -…¿Y para qué?

   Lucas hizo un esfuerzo por abandonar de forma definitiva aquella acusada concentración y la escrutó, con gesto reflexivo ahora, que casi había hallado la clave de su inspiración… Era otra la pregunta que asomaba a sus labios: ¿Por qué?, se preguntaba, ¿por qué lo había hecho? Su mente se había quedado en aquella otra tarde en que permitió que la droga, una perfecta desconocida corriera impune por sus venas. Tal vez no era la pregunta en sí misma lo que le perturbaba sino la ausencia de necesidad, la evidencia de respuesta, pero la desenfadada gracia andaluza con que Carmen le provocaba le restaba falsa importancia a cualquier hecho trascendente. El gesto pícaro de Carmen con sus senos desnudos frente a él, desafiantes, le hizo desechar cavilaciones más profundas y se entregó al juego de dejarse abrazar entre sus risas cómplices. Rodaron sobre la cama entre sofocos que poco a poco iban cobrando calor y, una vez más, Lucas se olvidó del embrollo en el que poco antes naufragaba, para entregarse a un placer más palpable e inmediato. Aquella mujer le volvía loco, ¡qué diantres!, no podía resistirse a aquella locura., a aquella invitación espontánea a olvidar los peligros, a ignorarlos y abandonarse, a enterrar el sabor agridulce que ocultan las traiciones, sin miedo a arriesgarse o al error, sin tener que razonarlo todo, sin importarle descubrir si era o no posible.

   Fue una tarde de locura desatada de las que Carmen era propensa a ofrecer y que Lucas se moría por repetir. Habían asistido al cine, se trataba de un ciclo de películas italianas antiguas al que ella se empeñó en llevarle, pero donde a Lucas le costó mantener la atención. A la salida la lluvia copiosa les obligó a introducirse en un portal, abrazados y ansiosos durante la espera, tanto que Lucas se esforzó por refrenar el deseo y, a duras penas, se aguantó para continuar hasta la casa antes de acabar desnudos en plena calle.

   La luz de dos velas iluminaba el tenue escenario de la cama donde se dedicaron al juego de la sensualidad sin tapujos… Carmen se dejó untar el cuerpo de mermelada de melocotón; Lucas le acariciaba sus pezones sonrosados con los dedos de gelatina, pegajosos, antes de dárselos a probar. Carmen los chupaba con frenesí, en lentas relamidas. Luego, era el turno de ella, que aprovechaba para encenderle con voluptuosas artes hasta hacerle gemir. Lucas, sin rendirse aún, proseguía, aún más excitado, extendiendo el último tarro de mermelada que quedaba para el desayuno, con capciosa calma, imprimiendo más calor en la espera, haciendo subir la temperatura hasta donde la ebullición invitaba al abandono total y a la entrega salvaje de los cuerpos al deseo.

    Acababan de hacer el amor, apenas hacía un rato que Lucas había admirado la desnudez de aquella bella mujer que había conseguido hacerle perder la cabeza y disfrutar con ello, cuando llamaron a la puerta. Carmen entró al baño para limpiarse de mermelada y él se vistió de forma ligera antes de salir a abrir. Algo le sonaba fuera de lo habitual, pues la puerta carecía de cerradura, siempre estaba abierta; cualquiera que fuera de por allí conocía ese detalle. En el umbral oscuro distinguió a un grupo de muchachos que preguntaba por Marco, le conocían, les había proporcionado sus señas en otra ocasión que estuvieron por allí, en el bar; Marco les había atendido, también les ofreció su hospitalidad. Llovía a cántaros y se invitaron ellos solos a entrar. Lucas se apartó ante la repentina avalancha para dejarlos pasar. En pocos segundos el equipaje que descargaron en la reducida sala convirtió la estancia en un espacio intransitable. Carmen salió del baño en ese momento, envuelta en una toalla, sorprendida ante aquella invasión inesperada de visitantes. Ambos contemplaron el despliegue de objetos de lo más diverso y variopinto que nunca hubieran podido imaginar. Los cinco hombres explicaban mientras tanto la versión de su llegada a Granada, tras un accidentado viaje del que a Lucas le quedaban más lagunas que aclaraciones. El vehículo era robado; después del accidente con el otro coche que también robaron para salir de Vigo, habían pasado por varios lugares de los que se traían recuerdos ajenos, candelabros, ropa, cuadros, joyas, reliquias, cálices de alguna iglesia que asaltaron por el camino; y un sinfín de medicamentos, tarros, tubos, pastillas de farmacias que también les surgieron al paso y ante los que no pudieron resistir la tentación. Aquello era un auténtico tesoro de sorpresas robadas. Pero lo que a Lucas le hizo retroceder estremecido fueron los sacos de polvo blanco que extrajeron de sus mochilas, coca, heroína, morfina, láudano…

-¿Queréis…? -El cabecilla de los gallegos se dirigió a ellos con absoluta naturalidad, mientras desplegaba un estuche del que sacó una jeringa de uso particular.

   Sus compañeros no habían perdido el tiempo y también preparaban sus utensilios; cada uno disponía de su propia jeringa, pero no mostraron inconveniente ninguno en compartirla con ellos. Pidieron una cazuela donde poner agua a hervir para esterilizarlas después y Lucas obedecía poseso, incapaz de negarse, sobrepasado por lo imprevisto de las circunstancias. Aquella situación le había cambiado la tarde…

    No tardó en comprobar que la llegada de aquella extraña gente le iba a cambiar algo más. De carácter amigable y confiado, Lucas no guardaba reparos por compartir o ayudar siempre que las mínimas pautas elementales de respeto para con él fuesen igualmente correspondidas, pero esta vez iba a experimentar el rechazo en propia carne y, por primera vez, se lamentó de su comportamiento hospitalario. Los gallegos se afincaron allí, en su casa, en aquellos veinte metros cuadrados de dos habitaciones; resultaba imposible dar un paso sin tropezar con sus equipajes o con el fruto de sus asaltos. Todavía resultaba más improbable disfrutar de un momento íntimo con Carmen de los que anteriormente tanto se afanaban en buscar, incluso la propia Carmen parecía distante. Al regreso de su jornada en el bar, Lucas no la encontraba en la casa ni tampoco bajaba ella a buscarle a la salida como antes. Llegaba más tarde, acompañada del jefecillo gallego que, siempre tan cargado de los efectos de la droga, había acabado por despertar la curiosidad y el deseo de los cuidados y atenciones de la sevillana. Todavía Lucas no había asimilado el abandono de Raquel, aunque con la ayuda gratuíta de Carmen el problema se había aliviado de raíz, pero no contaba con repetir un segundo trago agrio tan seguido. Estaba aprendiendo y rápido sobre el voluble carácter de las pasiones humanas: aún no había comenzado a conocer a una mujer y ya se transformaba en una perfecta desconocida.

   Confesó a Marco sus inquietudes, ahora del todo evidentes, cuando Carmen se paseaba del brazo con su amor gallego surgido de la nada... Se preguntaba a sí mismo si acaso también él había representado un regalo oportuno cuando apareció ofreciendo casa, cobijo y cariño; y si acaso era ese el modo de pagarlo o corresponder… Desechó las respuestas que se le ocurrían, le parecían muy pobres, pero tampoco podía evitar el inútil debatir en el que se veía sumido. Sin embargo, la ayuda de Marco no existió; su amigo andaba desde hacía largo tiempo escamado por las relaciones de Lucas y bastante tenía con procurarse y atender las suyas. Sobre todo desde aquel asunto que mantuvo con Lourdes y que casi estuvo a punto de convertirse en un trío fatal, Marco guardaba una cierta distancia de prudente seguridad ante los espontáneos movimientos de Lucas, imprevistos y menospreciados hasta entonces; ya conocía esa medicina.

   Ahora que Lucas dormía solo Marco se acostaba con Magda, la acompañante de Valladolid que llegó con Lucas. Tal vez Marco se vengaba, tal vez le devolvía la jugada, después de que en alguna ocasión que conversaron le comentó cierta atracción que se profesaban. Lo cierto es que Lucas no pudo sino reconocer la habilidad de su amigo para reponerse recambios afectivos. Ya no le sorprendía, pero le resultaba curioso cómo aquellos personajes surgidos de la nada, pero de carne y hueso, aparecían o se ocultaban dentro de aquel caótico escenario que era su vida cotidiana y donde a él tanto le costaba encontrar el telón que daba sentido a la función.

   Sin embargo la reiterativa insistencia del propio Lucas consiguió sacarle, al menos, su parecer en aquella ocasión. A Marco nunca le gustó Raquel, fue ahora cuando se lo dijo, ahora que a Lucas no le importaban ni siquiera las razones. Lo de Carmen no lo entendía, ni él tampoco, así nadie le iba a echar luz sobre el caso. Pero Marco le dijo algo que a Lucas le sirvió y que se repetía una y otra vez en silencio:

-Si de verdad la quieres lucha por ella…

   De alguna manera Marco, con su ejemplo, había dejado de ser el espejo donde Lucas se observaba. No podía decirse que su fidelidad para con Ani, su novia oficial, le convertía en un dechado de virtudes, pero Lucas encontraba coherencia en sus palabras, ya que su amigo canario luchaba por cada una de las mujeres con las que flirteaba; y además con éxito.

     Otra tarde, a su llegada del trabajo, Lucas encontró a los gallegos sentados en el suelo de su habitación en animada charla. Proyectaban hacer un viaje más al sur y aprovechar para conocer los carnavales de Cádiz. Uno de ellos tenía las llaves de una casa junto a la playa, no habría problema con el alojamiento. Lucas trató de aparentar naturalidad y, con calma, expresó su intención de asistir también a los afamados carnavales; a pesar de que Carmen no andaba junto a él, no podía soportar la idea de que la sevillana se alejara. Era el momento apropiado para plantar cara en la batalla y no darlo todo por perdido, pero alguien apuntó un detalle en el que nadie había recaído: solo tenían un vehículo. Se pasó por alto, asumido sin oposición alguna,  la asistencia de Lucas al viaje, para centrarse en el modo de solucionar el transporte. El silencio que imperaba mientras se analizaba el equilibrio entre dudas y opciones lo interrumpió el cabecilla gallego con el regalo de una invitación a drogarse y postergar así la reflexión para más adelante. Lucas, ante el éxito de la acogida, trataba de calibrar, en pugna consigo mismo,  en dónde se hallaba metido

 

 

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 *"Donde el río regresa", es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

 http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

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