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LEE TAMARGO

Capítulo VII: EN LA CARRETERA

Capítulo VII: EN LA CARRETERA

    Lucas cayó en la trampa tramada por los gallegos, aunque no le cabía duda de que Carmen también tenía parte interesada en aquella confusión. Se barajaron dos fechas para trasladarse hasta Cádiz, todos no cabían en un solo vehículo, así que Lucas se apuntó a la fecha en que también Carmen viajaría, pero cambios de última hora le dejaron en compañía de dos de los gallegos intentando llegar en autostop. El plan previsto consistía en reencontrarse después con el resto que, a la semana siguiente, bajaría en coche. Resultó imposible esquivar la emboscada, demasiado evidente echarse atrás, y Lucas partió a la aventura de la carretera, empujado, obligado, utilizado, sin entusiasmo alguno.

    La noche caía cuando los tres se apostaron al borde de la cuneta con la intención de que un vehículo les sacase al menos de las afueras de la ciudad. La suerte parecía estar de cara pues no tardaron en recogerles en una furgoneta, aunque solamente avanzaron treinta kilómetros. El segundo intento se prolongaba más de lo esperado, a la noche cerrada se le sumó el frío, optaron porque uno solo se asomara al arcén mientras los otros dos aguardaban, ocultos a la vista de los conductores, pero la estrategia no dio resultado; al contrario, hacía recelar a los pocos que se atrevieron a parar. Ante tal perspectiva decidieron que habrían de ir por separado, Lucas se quedó allí mismo y los dos gallegos echaron a andar carretera adelante. Les vio dos kilómetros más adelante, desde la ventanilla del coche que se avino a llevarle hasta el mismo Cádiz, parecía que la suerte le había sonreído esta vez.

   Durante el trayecto habló con el conductor de temas diversos, era un hombre de cuarenta y tantos años, calculó Lucas, aunque aparentaba más maduro. Le contó su intención de conocer los carnavales y el hombre se aprestó rápido a ofrecerle alojamiento. Por más que Lucas trataba de hacerle entender que ya tenía resuelta esa circunstancia el hombre no cejaba en su empeño; tanta insistencia acabó por alertar a Lucas que, desde ese momento subió la guardia. El conductor debió de notarlo porque escogió otro tema de conversación, le habló del ambiente de su ciudad, de las mujeres, tratando de que Lucas abriese el cerco y expusiese sin complejos su opinión. Pero poco conocía a Lucas, había tocado un tema sobre el que siempre había evitado pronunciarse, y no precisamente porque jugase a ser ambivalente o se sintiera inseguro, sino porque su criterio lo tenía muy claro y, además, no encontraba atractivo ninguno en exponerlo cuando se trataba de algo muy personal, relativo a la propia intimidad de cada persona. El hombre insistía en sacar conclusiones, obsesionado por obligarle a definirse sexualmente; sin soltar el volante, extendió un brazo hacia el asiento trasero donde reposaban unas revistas que tendió a Lucas con un gesto pícaro.

-…¡Anda, míralas!

   Lucas echó un vistazo a las imágenes en un repaso rápido de las hojas, pero le traían sin cuidado las revistas pornográficas. Su sentido de alerta aún se agudizó más.

-¿Te gustan…?

   Lucas trataba de no entrar a la conversación, ni contestaba.

-No se ven bien, hay poca luz…

   A Lucas no le gustó el cariz que tomaba la situación. No podía sermonear al hombre que le llevaba en coche de forma voluntaria, pero se veía impotente para abortar las tensiones que aquel hombre le imprimía en el viaje.

-Mire, oiga, verá: claro que me gustan las chicas, pero no me gusta hablar de ello, ¿entiende? Es algo natural, y ya está… -Lucas se excusaba sin querer adentrase en razonamientos filosóficos ni de índole personal, pero sin lograr apaciguar las exigencias del conductor. Había algo en su actitud, en la insistencia, que no le estaba gustando nada…

-No me digas que no están bien esas fotos, ¿has visto a las mujeres? ¿Y los hombres, te gustan…? Voy a parar, así encenderé la luz para que las veas mejor…

   Lucas se agarró al asiento de forma instintiva, no le hacía gracia parar en medio de la carretera, desconocía la zona y apenas circulaban vehículos. El coche giró suave para detenerse en un claro, a la entrada de un bosque que semejaba gigantesco, sumido entre las sombras, en plena oscuridad. El hombre encendió la lamparilla delantera del interior y trató de pasar las páginas de la revista, que Lucas sostenía cerrada entre las manos, para mostrarle las imágenes. No opuso resistencia cuando el conductor colocó su mano sobre su muslo y le preguntó si en realidad no le gustaban los hombres, si alguna vez lo había probado… Le invitó a tener una relación, argumentó sus sanas intenciones, asegurando que le iba a gustar, que nada había de malo en darse satisfacción unos a otros. Incluso se lo pidió por favor, pero Lucas estaba frío, paralizado por lo insospechable de la situación.

-Si me toca usted me marcho ahora mismo… –Lucas acababa de entreabrir la puerta del automóvil y, con un pie afuera, sacó los suficientes arrestos para amenazar al  conductor.

   Su actitud firme y desafiante desconcertó al conductor. Sin embargo, le respetó, enseguida comprendió que no podría conseguir nada a la fuerza y accedió de buena gana a continuar la marcha. El resto del trayecto los dos siguieron en silencio; sólo el conductor se dirigió a él en tono calmado, para indicarle un club en la ciudad donde todos los días acudía para tomar unas copas y reunirse con amigos. Le invitó a ir allí cuando gustase, sería bien recibido. Lucas calló hasta el final del viaje, sin aflojar el nudo de tensión que le mantenía rígido en el asiento, tan sólo abrió la boca para despedirse, cuando llegaron a la plaza que se hallaba próxima a la dirección donde se dirigía, según había oído a los gallegos. Cerró la portezuela del coche con alivio, aunque impactado aún con la incertidumbre de lo ocurrido. Sí, había tenido suerte, podía haber topado con alguien peor encarado o perdido en la noche oscura de cualquier carretera. No les diría nada, a nadie contaría aquel suceso, al menos hasta haberse repuesto del susto.

    Se preguntó qué habría sido de los dos gallegos cuando distinguió su silueta por el paseo que desembocaba al puerto. Desde la distancia le reconocieron, acababan de llegar, aunque el vehículo les había dejado en un polígono a pocos kilómetros del lugar, por lo que tuvieron que venir andando. Cansados y hambrientos entraron en el piso del que uno de ellos disponía de llaves; todavía eran capaces de seguir sacándole de su asombro y Lucas, sin querer dar crédito a sus ilimitados recursos, no podía evitar dejarse llevar por el trampolín desbocado de aquella especie de inercia sin control que les envolvía. Para alegría de sus estómagos encontraron leche y galletas en la nevera del piso; luego, cayeron rendidos en la cama, sin prisa por amanecer, casi hasta el mediodía siguiente.

      Mientras aguardaban la llegada de los demás dejaron pasar los días entre paseos por la playa y bocadillos improvisados con los que ir matando las horas. Al segundo día una lluvia fina y copiosa dificultó que deambularan por la calle demasiado tiempo y, así, sustituyeron la rutina al aire libre por el postrado abandono en la casa. Lucas se preguntaba dónde estaban los dichosos carnavales que les habían traído hasta allí, al menos dentro de todo el desatino deseaba presenciar el ambiente de fiesta que había servido de pretexto a aquel disparatado viaje. Pero los acompañantes gallegos apenas reaccionaban, drogados la mayor parte del tiempo, insensibles al sentido común. Su escaso margen de lucidez parecían reservarlo sólo para su actuación preferida, cuando preparaban los utensilios de la droga con el espíritu de un sagrado ritual del que Lucas parecía desconocerlo todo.

 -¿Tú quieres…? –el ofrecimiento venía de Javi, el hermano del cabecilla gallego.

   Algo le impedía a Lucas decir que no, aunque tampoco había nada que le obligase, a no ser la vorágine desenfrenada hacia la que aquel tramo de su vida parecía haberse avocado. Carlos, el otro gallego, le prestó su jeringa; la desesterilizó delante de él, para disipar las dudas de algún posible peligro de infección. Luego, el propio Lucas se remangó la manga de la camisa y, con un pañuelo, ajustó el torniquete. El gallego le inyectó, suave, despacio,  retrocediendo un poco antes del final para bombear el último poso de aquel veneno embriagador…  Aún pasaron más rápidos los días de espera, así, sin hacer nada, hasta que una tarde despertó de una de aquellas largas siestas justo cuando llegaba el otro grupo, con Fernando a la cabeza, seguido de Carmen y demás allegados. Se desató una inusual alegría al reencontrarse mientras se ponían al tanto de los eventos acontecidos durante el trayecto. A Lucas le dio la impresión de que cada instante que aquella gente protagonizaba había de tornarse en episodio para poder ser disfrutado en toda su épica, aunque le faltaron fuerzas para ponerse en pie. No participaba de idéntica ilusión aventurera que ellos, sus motivos siempre fueron otros y, si estaba allí, era por Carmen, para intentar recuperar su arrebatada compañía, pero la droga estaba haciendo su efecto y tantos días entregado a aquella práctica ralentizaban ya sus reflejos habituales. Estaba demasiado cansado para recibir a los recién llegados, incluso se asustó él mismo de hasta qué  punto era incapaz de incorporarse del sofá en que estaba acostado cuando entraron en la sala. Además, Carmen llegó abrazada de la cintura del cabecilla gallego en una actitud más que declarada de estrecha complicidad, lo que motivó aún más la inmovilidad de Lucas. Ahora quedaba al descubierto cualquier posible duda, de nada sirvieron sus intentos de acompañarles, de estar junto a ellos para evitar oportunidades, lo había intentado, sólo que ahora el precio se dejaba sentir caro. Al cansancio moral que le había sumido en una batalla interior contra sí mismo donde no lograba mediar una solución satisfactoria, se sumaba la fatiga física que se había apoderado de su ser, demasiado debilitado por las drogas. Tampoco le favorecía en nada a su capacidad de discernimiento, aunque aún le quedaban arrestos para tomar determinaciones. Por eso, después de aguantar un día más dentro de aquella apatía general, decidió abandonar. Le ayudaron a decidir los continuos desplantes, los susurros provocadores que entre el sueño artificial de la droga escuchaba de labios del propio Fernando, el jefecillo gallego que, de forma velada, se burlaba y le provocaba. Un vacío intencionado se agolpó a su alrededor; Lucas enseguida cayó en la cuenta de que los dichosos carnavales no habían sido sino un falso pretexto listo para repetirse a la menor ocasión y, también sabía, que aquella situación no variaría ni un ápice si no era hacia unos intereses ajenos a los suyos. Carmen le evitaba, sólo aparecía acompañada del gallego, rendida a su liderazgo con una sonrisa sumisa; no era la misma chica que había conocido, que apenas conoció antes. Por eso eligió marcharse, les dejó allí con su espectáculo particular, no quería convertirse en la diana de aquella reunión de locos. Tan sólo dijo que se iba, que regresaba a Granada.

   Sin embargo, aunque huía de aquella debacle que se empeñaba en atenazarle no lograba hallar la paz que necesitaba. Otra vez la soledad de la carretera le rodeó, sintió miedo, perdido en aquel nuevo y extraño escenario, tirado allí, en medio de no sabía muy bien dónde. No le bastó no tener que dar explicaciones ni escapar de la presencia ofensiva de aquellos invitados desconocidos que le habían cambiado el paisaje; incluso él mismo se notaba distinto, no atinaba con el camino de vuelta. Hacía frío y aceptó el transporte gratuíto del coche que se mostró dispuesto a llevarle hasta Sevilla.

   Aquella noche durmió en el primer lugar que encontró, buscó el refugio de un gran seto en los jardines de un parque público, pero no logró descansar, un especial estado de alerta le mantenía despabilado. Luego, los ladridos de un grupo de perros le asustó, le resultaba imposible conciliar el sueño en aquellas condiciones; apenas pegó ojo en toda la noche; sólo una cabezada ya de madrugada compensó la velada a la intemperie. A la mañana siguiente deambuló por las calles de la ciudad, aún disponía de algo de dinero para concederse un frugal desayuno si lo administraba bien. Se compró un batido de chocolate con un bollo suizo, era lo primero sólido que se llevaba a la boca en varios días. Vagó por las calles sin rumbo, retardando el momento de echarse de nuevo a la carretera para regresar; la experiencia de ida le había frenado, aunque se daba por satisfecho con el conductor que le tocó en suerte, ya que de haber topado con alguien de menos escrúpulos tal vez hubiera tenido que salir corriendo o maltrecho o, quién sabe, podía incluso haber desaparecido sin que nadie pudiera saber nunca nada sobre su paradero. En ese momento le habría gustado decir que nunca iba a volver a repetirlo, que no subiría al coche de ningún desconocido, pero sabía que no podía. Sí, había tenido suerte después de todo.

    Al mediodía buscó el amparo de uno de los árboles del parque, a la sombra degustó un bocadillo de sobrasada. El calor apretaba y no podía malgastar el tiempo, ya conocía el frío de las noches andaluzas al final del invierno. Siguió la indicación de una señal de tráfico que mostraba la salida de la ciudad y, al cruzar el semáforo, fue cuando se les encontró de nuevo. Lucas no podía dar crédito: Javi y Carlos, los dos gallegos con los que viajó hasta Cádiz caminaban por la acera, cargados con sus pesadas mochilas… En cuanto le reconocieron hicieron notar su presencia con silbidos cargados de expresividad:

-Tuviste una buena idea al marchar –le dijeron al acercarse-, esta misma mañana salimos. Los demás fueron a los carnavales, pero nosotros preferíamos menos jaleo. Conocemos a alguien aquí donde podremos dejar las cosas y dormir, vamos…

     Lucas obedeció con un gesto autómata, aquella situación le dominaba y, ante la imposibilidad de escapar de manera razonable, eligió no oponerse a lo que parecía un inevitable designio del destino. Aquel supuesto amigo resultó ser un estudiante que no pudo ayudarles dejándoles dormir en su casa con su familia, pero les facilitó una sala vacía en un edificio anexo a la Escuela Politécnica donde estudiaba.

  Fueron cuatro días grises, sumidos en la más absoluta indigencia; toda la ocupación consistía en permanecer tirados sobre los sacos de dormir en aquella reducida habitación sin ventanas, donde el día se anunciaba por la luz que entraba desde el pasillo. Lucas retenía sus ahorros para peores causas, pero los gallegos siempre se procuraban algo que comer y compartir. De alguna manera aquel solidario abandono acabó por engullir al propio Lucas en una rueda fatal en la que ya se había involucrado hasta el fondo cuando compartió su delirio y sus drogas... La mayor parte del tiempo andaban volados, una nube gris ocupaba sus pensamientos y un sabor metálico le llenaba la boca cada vez que tragaba saliva. Entre los muebles abandonados de aquel ala de la escuela Lucas encontró un libro y dedicó parte del tiempo muerto a leerlo. Rehusó salir por la noche con sus compañeros de habitación para quedarse a leer y, en pequeñas parcelas, fue recobrando memoria de lo que en un tiempo practicó. Había sido educado con el sudor del trabajo de sus padres, a quienes amaba, a quienes también estaba defraudando ahora que, lejos de la universidad, malgastaba esfuerzos en desaprovechar su tiempo. Se descubrió pensando, inmerso en profundas reflexiones que le devolvían a la más dura realidad durante aquellos dos primeros días de lectura; el libro le había hecho abandonar la rueda de las drogas a la que le empujaban los ociosos hábitos de los gallegos. Estos se cruzaban miradas mitad confusas, mitad incrédulas, ante la incapacidad de comprender el placer de perderse entre páginas de papel escrito. Tal vez el síndrome de abstinencia le procuraba ahora el mínimo nivel de raciocinio para percibir el lado real de los hechos, era probable que así fuera, pero Lucas estaba reaccionando, casi podía asir las riendas de lo que antes fue su vida, casi se sentía con fuerzas de reconocer un estado de lucidez propio como suyo.

   Esa tarde sus compañeros de dormitorio regresaron acompañados del resto de gallegos que, desde Cádiz, habían decidido acercarse a Sevilla en su disparatado itinerario. Lucas vio desvanecerse la leve ilusión conquistada, la breve sensación de oasis que entonces comenzaba a disfrutar y, de nuevo, la histeria conjunta, el revuelo se apoderó de todos. Volvió a tener a Carmen frente a sí, pero Lucas ya estaba derrotado, había dado orden de retirada y evitaba incluso mover su mirada hacia ella. El jefe gallego dispuso enseguida los límites del nuevo universo en que se movían; sin duda la droga era el consabido premio con que remuneraba el seguimiento y entrega de sus secuaces. Escuchó atento las explicaciones; planeaban asaltar una farmacia y hacerse con el botín de dinero y drogas; Lucas quedó atrapado en una ratonera. Le asustaba imaginar lo que podría suceder si se negaba a participar, pero cometer un atraco aún le aterrorizaba más. No pudo negarse, ni sabía por qué, ni lo que le obligaba, pero pensó que lo mejor sería dejarse llevar por los acontecimientos y tratar de pasar desapercibido. Para sobrevivir era necesario quedarse en segundo plano, sin levantar demasiado la cabeza; no le quedaba otra escapatoria que colaborar, discreto, en la sombra, rezando para que aquella pesadilla tuviese buen final

 

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*"Donde el río regresa", es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

 http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

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2 comentarios

LeeTamargo -

...Está a merced de la corriente, como una hoja a la deriva, Trini, todavía no se ha decidido a nadar. No todos aprenden, algunos acaban hundiéndose; para otros tiene que ser así...
GRACIAS, AMIGA: LeeTamargo.-

Trini -

Este Lucas lleva mal camino, ceo que es mimético y se deja llevar sin arrestos hasta el abismo.

Un abrazo
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