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LEE TAMARGO

Capítulo IX: LA FRONTERA DEL SUR

Capítulo IX: LA FRONTERA DEL SUR

   Un sol a plomo caía sobre la carretera y Lucas temía los efectos del calor a medida que se acercaba más al mediodía. La aventura de autoestopista que inició en dirección a los carnavales de Cádiz había supuesto un total fracaso, aunque podía darse por satisfecho de ir y volver con haber movido tan sólo un dedo. Por ello, agradeció aliviado que aquel vehículo se detuviera a su lado, para preguntarle hacia dónde se dirigía. Se trataba de un cordobés, un hombre de mediana edad y tez morena, que se ofreció a acercarle hasta Marbella.

-Es lo que hay... -apostilló entre afable y servicial.

    Lucas no dudó en aquella circunstancia, tampoco podía elegir demasiado, así que subió al automóvil y, enseguida, la conversación amena y dicharachera del conductor le distrajo. El recelo inicial ante lo desconocido se diluyó y, distraído, participó del entusiasmo del cordobés que le relataba detalles de los negocios de restaurantes que poseía y del viaje de trabajo que le llevaba a Marbella, con motivo de la inauguración de otro local.

   La tarde caía cuando entraban a Marbella y el conductor se empeñó en invitar a Lucas a tomar una copa en un bar cercano. El vehículo puso el intermitente para aparcar, pero otro vehículo en marcha atrás le cerró el paso, en acelerada maniobra para quitarle sitio. El cordobés prorrumpió en maldiciones y salió del coche, dispuesto a pedir explicaciones. Lucas desde el asiento delantero pudo distinguir cómo se formaba una enorme discusión y que, ambos conductores, incluso forcejeaban entre ellos. El cordobés regresó a su vehículo con el rostro marcado por una contusión y el otro hombre, cargado con un tablero que había recogido del suelo, venía en pos de él con intención de volver a golpearle. Lucas se encogió en el asiento al comprobar que, de la guantera que tenía delante de sus piernas, el cordobés extrajo una pistola, sin cesar de maldecir...

-Ahora vas a ver, malnacido...

  No hizo falta vociferar más para que la pelea acabase en el momento; el otro conductor, al ver el arma, salió despavorido, montó en su coche y desapareció entre la oscuridad de las calles. El cordobés se serenó y, haciendo caso omiso de la expectación despertada ante un grupo de personas, por fin, logró aparcar en el lugar que había elegido y que con tanto ahínco se aprestó a defender. Enfrente las luces de neón tintineaban y el sonido elevado de la música invadía la calle.

   Cuando entraron a la discoteca, a Lucas todavía le duraba la tensión. Apenas le dio tiempo a mostrar interés por el lugar en el que habían entrado, una vez que lograron abrirse paso entre la muchedumbre; la música estaba alta y la pista atiborrada de gente que bailaba. No habían hecho más que servirle la cerveza que pidió, cuando un tropel de policías entró corriendo en la discoteca y, tras una certera pesquisa, acertaron a distinguirles en la barra del mostrador. Lucas reconoció a uno de los transeúntes que minutos antes fue testigo de la pelea en el aparcamiento; les señalaba, delatando su presencia. Cayeron sobre ellos con rotunda dureza y, a empujones, les hicieron apoyar las manos sobre la pared enmoquetada y abrir las piernas, al tiempo que una multitud de curiosos abría un círculo en torno a ellos para facilitar la labor de los agentes. Les cachearon de arriba a abajo, mientras preguntaban por la pistola.

-¿De quién es el arma? -repetían con insistencia- ¿de quién es, quién la tiene...?

-Yo no, yo no -gritaba Lucas, dolorido por el maltrato.

-...No es de verdad, era de juguete -explicaba el cordobés.

  Los policías les rodearon y, ahora, los golpes sucedían a las preguntas con idéntica contundencia.

-¡No la tengo, la tiré, no la tengo! -gritaba el cordobés.

   Les acompañaron hasta el lugar donde estaba aparcado el automóvil y registraron también su interior. Luego les hicieron subir a los vehículos policiales y les llevaron hasta la Comisaría central. Allí, nuevamente se sucedieron las preguntas sobre el arma. Lucas estaba respondiendo sobre sus actividades cotidianas, a qué se dedicaba, qué le traía por allí, de qué conocía al conductor, cuando el cordobés apareció de repente y, en un largo traspiés, chocó contra la pared. El policía que le había empujado volvió a la carga y le empujó dentro de una sala contigua, donde aguardaban otros policías. Lucas, pudo oir los golpes que le propinaban al otro lado de la puerta. Al final, sus respuestas acerca de la pistola parecieron convencerles y uno de los agentes salió de nuevo a la calle, esta vez con Lucas, para recorrer los solares de los alrededores donde habían aparcado. Lucas se vio obligado a remover entre los restos de un solar abandonado y, siguiendo las indicaciones del policía, que parecía reconocer el lugar descrito por el cordobés, acabó por encontrar lo que parecían los pedazos de una pistola rota, de juguete. Nunca más volvió a ver ni a saber de aquel empresario cordobés.

   De regreso a la Comisaría, Lucas fue conducido a una celda que tan sólo tenía un camastro; por un momento, la desolación pareció apoderarse de él, pero enseguida se cubrió con la manta hasta el mentón y se dispuso a conciliar el sueño, con la intención de que el nuevo día le trajera también la posibilidad de analizar mejor su situación. Sin embargo, le despertaron sobre las cuatro de la madrugada. En la sala de interrogatorio solo había un policía que tecleaba sobre una vieja máquina de escribir, mientras empinaba una botella de aguardiente que le hacía compañía; entre sorbo y sorbo, le preguntaba al tiempo que, con los dedos índices de ambas manos, iba escribiendo el informe policial. Luego, cuando acabó por fin la declaración, pudo irse a dormir definitivamente.

   Amaneció un día soleado y, pronto, a Lucas le hicieron abandonar la celda para pasar al patio de la cárcel. Intentó evitar el centro del patio y, sin mezclarse con el resto de reclusos, observaba a cierta distancia su comportamiento. Escuchó la conversación de un preso al que llamaban el alemán y que le oyó decir a alguien que se trataba de un personaje poco recomendable; se mantuvo distante, pero alerta. Nunca le había ocurrido algo parecido y sólo deseaba que aquella pesadilla acabase pronto. Por un instante se acordó de todas sus tareas pendientes, de sus familiares, de lo que dirían si se enterasen de su cautiverio, de sus estudios en la universidad, abandonados; tan lejanos le parecían que, si ahora tuviera oportunidad, la emprendería de inmediato con los libros. No podía estar ocurriéndole a él aquel despropósito y, sin embargo, la realidad resultaba todavía mucho más cruel. A través de los barrotes de una portilla, que comunicaba con la calle, logró hablar y entregar unas monedas de la poca calderilla con la que contaba a un muchacho para que le comprase un bocadillo de chorizo; le supo a gloria bendita. La tarde fue todo un suplicio, invadido por la desazón, privado de la libertad, se sintió impotente, hasta que al anochecer, de forma inesperada, un agente le informó que podía marcharse. Se le había tomado declaración y, hechas las diligencias pertinentes que figuraban en el informe, se le instó a abandonar la ciudad en la que se le había declarado "persona non grata" y, además, se le prohibía volver a Marbella en el plazo límite de un año. La alegría de Lucas, no obstante, era indescifrable. Había pasado veinticuatro horas seguidas en la cárcel, como experiencia ya estaba servido; lo demás eran minucias.

   Abandonó la prisión provincial de noche, pero antes explicó su situación al agente que le acompañó a la salida. No tenía vehículo ni conocía aquella ciudad, necesitaba dormir antes de emprender viaje al día siguiente, a lo que el policía asintió comprensivo:

-Sí, claro, puede quedarse a dormir esta noche en Marbella.

   Lucas agradeció el gesto del agente y no tardó en hallar habitación en un modesto hostal del centro. Nunca apreció tanto el tacto de las sábanas como aquella noche en la que durmió de un tirón. Sin embargo, antes de las siete de la mañana ya estaba en las afueras haciendo autoestop para alejarse de allí. Su asombro aumentó al comprobar que enseguida paró un coche dispuesto a ayudarle, pero su perplejidad sacó una sonrisa al conductor, cuando comprobó que se trataba del mismo policía que le había interrogado la noche anterior. Le reconoció a pesar de que iba vestido de calle.

-Sólo te saco de la ciudad, luego es cosa tuya, ¿entendido? -le advirtió, seco.

    Lucas asintió, subió al coche y pasó el breve trayecto deseando que acabara cuanto antes aquel viaje y aquella compañía. Cuando descendió del vehículo, el agente reinició la marcha sin perder tiempo; Lucas hacía rato que ya se había despedido

 

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*"Donde el río regresa", es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

http://militeraturas.ning.com/profile/LeeTamargo

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6 comentarios

LeeTamargo -

...Sí, Trini, nuestros chicos también: ¡Ojalá que, al menos, extraigan alguna lección de los riesgos!... GRACIAS, AMIGA:
LeeTamargo.-

Trini -

No creo qu eLucas ponga más un pie e marbella ni por error:):)
Ay, Luis, cuántas cosas le pasa a este chico. Podemos decir que es una novela, pero es que en la realidad, nuestros chics están ahí en la calle y les puede pasar cualquier cosa de estas.

Un abrazo

LeeTamargo -

...Aventuras nuestras de cada día, amigo Dino, a veces se nos olvida que basta doblar la esquina de la calle para encontrarlas. Me alegra que te guste, amigo; los comentarios volaron, todos... Misterios, sí, casi un milagro que podamos comunicarnos, según lo contemplemos. GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Además de impredecible, Mariose, jugar con el peligro es arriesgarse doblemente en una lotería con todas las papeletas, incluso las desagradables, que también forman parte de la experiencia.
Gracias por seguir el hilo conductor, amiga, ahora por el sur, casi cerca de tu tierra cordobesa...
SALUDOS: LeeTamargo.-

Dinosaurio -

La novela está muy entretenida y es interesante, Lee, no paran de ocurrirle cosas a este chico (como sucede en la realidad). Me está gustando.
(Te dejé comentarios en los primeros capítulos, pero no están, misterios de la técnica).
Un abrazo entrañable.

MaRioSe -

Mira por donde, un cordobés!! :-)
Mejor hubiera cogido un autocar o un tren ¿no?

Pero el destino es impredecible.

Es entretenido. Mis felicitaciones.

Saludos.
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