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LEE TAMARGO

Capítulo X: NO HAY MARCHA ATRÁS

Capítulo X: NO HAY MARCHA ATRÁS

    Los cielos de Granada se teñían de rojos y granates cuando Lucas llegaba a lo que hasta entonces había llamado su casa, pero el paisaje que otras veces había cautivado su atención pasaba ahora inadvertido frente a él. La costumbre de dejar abierta la puerta de casa persistía, gracias a lo cual pudo entrar; no había nadie y, por un breve instante, respiró aliviado. Era la ocasión oportuna, tenía el tiempo justo para recoger cuatro pertenencias suyas y preparar la mochila: algo de ropa, algún libro que tenía en mente y algún otro que encontró a mano, los discos... Maldijo en voz baja, no podría cargar con toda su colección de discos de vinilo que, durante tantos años le acompañó. Tuvo que seleccionar, escoger, decidir, con rapidez y de forma definitiva. Luego bajó al bar en busca de Marco, necesitaba hablar con él; había padecido tantas soledades al borde de la carretera en los últimos días que anhelaba conversar con lo que pudiera quedar de su amigo o de aquella amistad en la que en su día había creído y llegó a importarle. Necesitaba aclarar su rumbo, ahora que andaba extraviado; contrastar horizontes y puntos de vista, opiniones y criterios, algo serio, consistente, harto de sin sentidos y actos propios de locos, que habían logrado saturar su capacidad de asombro. Ahora quería lógica, razonamiento, orden, certeza y verdad.

   Encontró a Marco trabajando en el bar, al otro lado del mostrador. Lucas ni siquiera entró, se apostó sobre el mostrador, frente a Marco; su rostro debió de reflejar la trascendencia de la situación de tal modo que, con apenas un gesto de invitación a la charla, Marco abandonó la tarea en manos del otro compañero que ayudaba y salió detrás de Lucas.

-¿Qué pasa?

-Tenemos que hablar, lo necesito... -Lucas no sabía por dónde empezar, pero Marco sirvió de orientación.

-Andan por aquí -Marco explicaba-, ¿no te encontraste con ellos? Sí, Carmen y el Fernandito ese. ¿Dónde has andado metido...?

   A Lucas le preocupó el nubarrón que parecía perseguirle. Si Carmen, el gallego aquel y su cuadrilla de haraganes habían vuelto en lo que él había estado encarcelado significaba que la cadena de desatinos seguiría repitiéndose hasta la locura infinita y ya no soportaba aquello más, no tenía paz. En su paseo llegaron hasta la plaza de la catedral, se desviaron por una de las callejuelas centrales que conducían a las orillas del Darro y se sentaron en la barandilla de un puente de piedra desde donde podía escucharse el sonido del río, sin que les interrumpiera la conversación.

   Lucas expuso sus miedos, el horror de su viaje y algunos percances de los que le sucedieron, aunque sin entrar en excesivos detalles. Necesitaba pistas, saber que su amigo y compañero del alma, como tanto habían predicado, le seguía, era capaz de ver, de percibir las situaciones como él, si su fe en la amistad estaba fundamentada y merecían la pena algunas de las desventuras sufridas. Pero cuando esperaba esa respuesta, que habría consistido en un simple gesto de complicidad compartida, Marco habló y a Lucas su voz le sonó hueca, sintió miedo, un pavor hondo, que le heló las entrañas. Por primera vez fue consciente de que el alma existía y de que la suya peligraba. Las palabras vacías de Marco no le decían nada, ni podía reconocerle, aislado, anulado, aún más perdido que él. Un ídolo se derrumbaba junto a él, mientras le invadía una sensación extraña, mezcla de miedo y decepción, que resultó decisiva, la gota que rebasó el vaso de la cordura. Más allá, el pozo sin fondo de la locura desatada imponía las leyes sin orden de su oscuro reino de sombras y, para Lucas, aquello ya fue demasiado.

-Me voy -espetó, tajante.

   Tan convencido, firme y serio resultó el tono de la afirmación con que acompañaba un hecho tan determinado que Marco abrió los ojos, estupefacto. Ni siquiera preguntó por qué, que a Lucas le habría parecido síntoma de un normal discurrir de la lógica. Al contrario, su silencio sentenciaba los miedos, aprobaba y consentía el caos. Y Lucas no necesitaba ya aclaraciones porque las tenía todas, casi para repartir y aleccionar, incluso al fantasma invisible de su amigo. De repente cayó el telón que ocultaba lo que siempre estuvo ahí, una  triste simulación de realidad, falsa verdad, por tanto, que ahora era capaz de distinguir sin ambages, con excesiva claridad a su pesar.

   De camino al bar, Marco orientó la conversación intentando mediar, más preocupado por el cómo que por el por qué, cuando Lucas le confesó que andaba sin dinero suficiente para el viaje de regreso. Al llegar, su amigo sacó una cartera del escondrijo de un botellero a la vista de Lucas y le tendió unos billetes.

-No puedo dejarte más, pero al menos tendrás para llegar hasta Madrid -Lucas le abrazó en señal de agradecimiento, de tantos momentos compartidos.

   Lucas se apresuró a guardar el dinero y, colgándose la mochila, se despidió, sin mirar atrás; no quería que pudiesen aparecer repentinamente los causantes del fracaso de su antiguo sueño.

   Marco también quedó atrás, se lo habían dicho todo. Un nuevo camino se abría frente a Lucas, pero esta vez solo para él

 

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 *"Donde el río regresa", es una novela original (c) Luis Tamargo.-

http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

 

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2 comentarios

LeeTamargo -

...Donde hubo siempre queda, Trini. Y la amistad, en este caso, no pudo dejar de ser generosa: el tributo para recuperar y disponer de tu propio rumbo...
GRACIAS, AMIGA: LeeTamargo.-

Trini -

Bueno, al menos le dio algo de dinero, no se sabe si por amistad, o para quitárselo de enmedio.
Mejor que tome un nuevo rumbo y se olvide de ese sueño que ahora parece roto.

Un abrazo
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