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LEE TAMARGO

Capítulo XI: HACIA DELANTE

Capítulo XI: HACIA DELANTE

          Regresó como un hijo pródigo al único refugio que le quedaba. Cuando sus padres abrieron la puerta de casa la sorpresa no tardó en dejar paso al estupor. Fue el padre quien enfrentó la inevitable pregunta:

-¿…Y los estudios?

-No, no volveré –Lucas lo dijo firme, con una seguridad capaz de asustar, pero también de hacer intuir que algún oculto problema de considerable gravedad influía hasta ese punto de renuncia.

   Ni siquiera él mismo pensó que llegaría algún día en que volvería así a su casa, con las manos vacías, con la labor inacabada. No había dejado de ser el muchacho ejemplar que marchó de allí con las mejores intenciones, pero era él quien se sentía herido, incompleto; en un sentido muy real se había traicionado a sí mismo, demasiado real, a su pesar. Postergaba también el encuentro con don Ramón, su profesor de Literatura, aunque sabía que en cualquier momento tendría que hacer frente a aquella asignatura pendiente, inevitable. Fue el propio Lucas quien dio el paso, se presentó en casa de don Ramón, su antiguo profesor y mecenas, le debía una explicación de amigos. Y empezó por el lado áspero, ya que consideraba haber traicionado las expectativas que, en su día, el profesor delegó en sus capacidades.

   Don Ramón atendía con interés todos los pormenores de su relato:

-Tendrás que escribir esa historia, lo que te ocurrió, Lucas, sólo así podrás superarlo...

   Lucas agradeció la acogida natural del fracaso que llevaba a cuestas. Don Ramón sabía limar asperezas, no daba nada por perdido, involucrándole de nuevo en la ilusión de un proyecto.

-Cuando lo tengas escrito lo enviaremos a un certamen nacional de novela –propuso el profesor-. No lo demores, Lucas, pon manos a la obra, no me queda mucho tiempo...

   Lucas entonces se interesó por su salud; aunque en apariencia normal, don Ramón acusaba una serie de problemas degenerativos de los que evitó extenderse en detalles y por los que Lucas no quiso crear malestar con preguntas; le escuchaba atento, con idéntico fervor a cuando impartía una de sus clases magistrales.

-Para mí, Lucas, todo ya empezó a desintegrarse –sentenciaba el profesor.

 

   Fueron duros aquellos años en que a nadie conocía ya perteneciente a su pasado siquiera lejano. Fueron años de soledad, pero a la vez de entrenamiento y consolidación de sus propias fuerzas, de descubrimiento, de fe y confianza cierta. La edad ayudaba y no fue costoso recuperar las defensas físicas, pues siempre fue una persona sana. Apenas había transcurrido un año desde que abandonó Granada cuando Marco se presentó un día de improviso. Hablaron, le propuso un nuevo rumbo, otra aventura con distinto escenario, intentar de nuevo lo imposible en pos de la quimera del riesgo. De ese mismo riesgo del que no hacía tanto había conocido su lado dañino y perverso, casi mortal, vecino de la locura más delirante. Pero ahora Lucas poseía una experiencia propia que había fortalecido los poros de su siempre dispuesta impresión. Ya no más riesgos innecesarios ni invitaciones al peligro, había dicho adiós mucho antes, en Granada, en el andén; incluso tiempo atrás, entre ensoñaciones enfermizas, en la soledad cruda de cualquier carretera desconocida, cuando el monstruo del olvido amenazaba con devorarle sin misericordia. Y ahora reaccionó, era cuestión de apostar por la vida… Se abrazó a Marco y lloró con amargura, mientras rehusaba aquel desatino de proyecto, incapaz de hallarle la palabra exacta a la herida. Le abrazó fuerte, como quien sabe y tiene decidido ya que ese es el final de su viaje compartido; luego, se soltó, suave, y simplemente le dijo adiós. La imagen de Marco desapareciendo solo cuesta abajo se le quedó grabada a fuego en la retina de la memoria: era aquel un hito nuevo y decisivo. A partir de entonces, para él, ya existía un antes y un después…

   Pasaron muchos años y Lucas no supo nada más de Marco, no quiso saberlo. Al fin y al cabo no le era nueva esa sensación de abandono o ruptura radical a la que había sobrevivido; ahora andaba más ocupado en resolver su propio destino, consciente de la penitencia que conllevaba cauterizar aquella cicatriz. Por ello se tomó como otra prueba aquel encuentro casual a la vuelta de una esquina con Ana; sin duda, diez años después, al destino le gustaba ponerle a prueba...

-Esta es mi hija, Lucas -Ana se veía igual que siempre.

   Lucas las besó a las dos; luego tonteó con la chiquilla:

-¡Vaya princesita más guapa!

   A Ana no la encontró muy cambiada, se lo hizo saber; conservaba la figura y su mirada de siempre, cordial y afable, que una vez más le demostró con una sonrisa agradecida. Pero la notó con ganas de hablar, de aprovechar aquella oportunidad regalada por el azar. Se sentaron en una terraza cercana y, en cuanto la chiquilla les dejó tranquilos, se entregaron a conversar. Enseguida Ana le puso al corriente de los últimos sucesos ocurridos: Marco había muerto hacía un año; su prodigalidad con las drogas y la mala vida le pasaron factura. Lucas asentía, mientras escuchaba, conocía de lo que le hablaba.

   Ana se interesó por él:

-¿Y tú...?

-Sobrevivo, ya ves.

-...Siempre fuiste muy valiente.

   Ana le contó que cuando Lucas decidió romper con todo y volver a su casa, Marco se quedó solo, daba pena ver a un hombre tan perdido, sin rumbo, sin nadie. Le tenía a ella, siempre la había tenido, pero aunque ella sabía que Marco la quería, con ella no le bastaba. Sin embargo Ani nunca dejó de estar a su lado, se trasladó con Marco a vivir a su isla canaria cuando acabó los estudios; encontró trabajo de profesora en un instituto de Tenerife, se casaron y tuvieron a Andrea. Ani aseguró que Marco se sintió feliz con el nacimiento de la niña, que las amaba a las dos como a nada en el mundo, pero algo en él le empujaba más allá de la frontera invisible. Marco no sabía parar, ni decir no. A Lucas todo aquello no le resultó extraño, conoció a Marco y había compartido con Ana ese rasgo ambivalente y tortuoso a la vez de su carácter; era de ese tipo de personas que hacía sufrir a quienes le amaban, pero no se podía dejar de quererle. Y había que quererle así, hasta la muerte.

   Las palabras de Ana le desvelaron una realidad oculta y, a la vez que iba cobrando forma más definida mientras hablaban, le llevaron a agradecer la casualidad de aquel encuentro. Al menos tenían eso en común, no sólo la experiencia física compartida junto a Marco, sino la lección extraída, otra experiencia vital que les permitía encarar sus direcciones personales, contrastarlas y enfrentarse a ellos mismos, corrigiendo errores, previniendo sus consecuencias. Ana ahora tenía nuevas tareas, otras responsabilidades que guiaban su vida; el cuidado, la educación de Andrea requería de todas sus fuerzas y suponían al mismo tiempo recarga y estímulo, un sentido a su propia vida. La niña parecía saber que estaban hablando de ella y acudió corriendo junto a su madre, que aprovechó la ocasión para instarla a marchar; se acababa el tiempo. Se despidieron con un beso, con la velada promesa de llamarse, de volverse a ver cuando regresara de nuevo, a pesar de que ambos sabían que no era sino un formulismo, un cuidado pretexto para una despedida definitiva. Lucas lo sabía, nunca llamaría; el destino que les unió daba su último paso, allí se acababa el camino. Las vio alejarse de la mano, madre e hija; la niña se volvía para comprobar que aún seguía allí de pie, despidiéndolas con el brazo alto y una sonrisa benevolente. Luego Lucas prosiguió su propio camino, ni una sola vez se giró.

   Recibió la noticia de su madre, nada más llegar a casa:

-Don Ramón ha muerto...

-¿...Hoy?

-Sí, estaba muy mal. Llevaba una semana en el hospital, ha sido rápido.

-...¡Lástima!

-¡Pobre! ¡Pobre, Ramón!

-Sí, gente así es la que hace falta.

   Lucas rememoró la última conversación que mantuvo con su profesor, el eco de las palabras de don Ramón resonaba en su interior, instándole a actuar. Sólo deseaba cuanto antes ponerse a escribir, debía, tenía que contar aquella historia...

 

   Asimiló sin miedo el nuevo reto, que ya germinaba, dispuesto a enfrentarlo. Aquel sí que fue un verdadero tiempo para comenzar de cero: los primeros trabajos, primero; volver a amar, incluso, a confiar después de haber probado la desconfianza, la esperanza de que lo imposible se podía desafiar, algunas lecciones por mejorar, todavía por explorar… Había aprendido a enfrentar sus pasos y andar solo; sabía que su camino no empezaba allí ni en ese momento, que se había iniciado ya antes, mucho antes. Era algo más que una impresión, la certeza de que el camino siempre había estado ahí, en su sitio justo, en el preciso lugar al que sólo de vez en cuando se asomaba para comprobar que la vida continuaba adelante, cuando eran sus pasos los que abandonaban aquel sendero, algo más que una senda, un río, el cauce de un río imposible que, incapaz de eludir el viaje y navegar a contracorriente, regresaba al curso ya escrito de las aguas hacia su destino.

   Aprendió así, a la fuerza –no hay otro modo-, que la ley natural establece un orden en el que cada ser vivo comienza y acaba su tiempo, al menos ese es el curso que han de seguir los acontecimientos, similar al lecho de un río que, sin oportunidad de escapatoria, inexorable, fluye hacia adelante. Aunque nadie pueda declararse una excepción ni libre a su yugo, las aguas continúan su viaje, ajenas al estanque, al pozo o la presa que aceleró u obstaculizó su paso, impulsadas por una corriente sanguínea que no precisa de firmas o documentos para certificar lo que ya saben, grabado en el sagrado gen de su existencia. Algo que les dice que no pueden salirse del cauce, que ya sea en forma de cascada, dehesa o afluente, han de volver, acabarán regresando a su cauce, el único sendero inevitable.

.


F  I  N


*"Donde el río regresa", es una novela original (c) Luis Tamargo.-
http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

 

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4 comentarios

LeeTamargo -

...Agradezco el gesto, amigo Dino, eres muy considerado. Reconozco que leer una novela en blog es complicado, incluso hasta para mí, que disfruto como nadie con un libro entre las manos. Tal vez sea este medio virtual más proclive al texto breve, por su comodidad, por la rapidez del mundo en que vivimos. Pero tal vez se trate de la misma excusa para quien elude la lectura en su rutina cotidiana de ocupaciones y compromisos. Al final tenemos que buscar tiempo para lo que nos gusta y te puedo asegurar, amigo Dino, que me lo pasé de cine escribiéndolo. GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

Dinosaurio -

Buena novela, Lee. Me ha gustado. Tiene "nervio y carne", como la realidad, aunque muchas veces nos duela.
Un abrazo fuerte.

LeeTamargo -

...En realidad, Trini, no es más que el principio. A veces para conseguir lo que queremos hemos de dar un rodeo. Gracias a ti, Trini, si la leíste hasta aquí... TE SALUDO:
LeeTamargo.-

Trini -

Afortundamente, Lucas reencontró su slugar en la vida, no todos tienen esa suerte, aunque dicen que la suerte hay que trabajársela.
Bien está, lo que bien acaba.

Un abrazo veaniego, Luís
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