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LEE TAMARGO

Capítulo I: SOLO PROFESIONAL

Capítulo I: SOLO PROFESIONAL

    En la oscuridad la espuma crepitaba. Podía escuchar el estallido de las burbujas de jabón, incluso el suave oleaje del agua cuando acariciaba la breve costa de su bañera. Pero a Luz ni siquiera ya las excelencias del baño le bastaban, le recordaban que estaba sola, tal vez demasiado. Cuando aceptó la misión asumió las inconveniencias que no entraban en la letra pequeña, pensó que tratándose de una ciudad como París, siempre serían menores, excusables. Sin embargo comenzaba a estar harta, cansada del riesgo calculado en el que su vida parecía haberse estancado. Necesitaba entrar en acción, echaba en falta algo de movimiento, no seguir fingiendo que trabajaba, que era otro su nombre...

-...Luz –se repetía-, ¡me llamo Luz!

   Pero ahora se llamaba Dafne; no podía ser Luz, todavía no.

   Notó blandas las yemas de los dedos, había llegado el momento de salir del agua. Su rito, sin embargo, no acababa ahí. Asomarse a la ventana a contemplar la noche iluminada de la ciudad que llevaba su nombre constituía un requisito imprescindible que la provocaba una sensación plena. Si no fuera por aquella maldita soledad que la acompañaba... Tal vez a Dafne le debía esa culpa.

 

    Desde la séptima planta del hotel la avenida sólo era una hilera de puntos luminosos que desafiaban a la noche. Enfrente, un ejército de antenas plagaba la azotea del edificio más cercano, atiborrado de chimeneas y tubos de ventilación; y dos plantas más abajo, la silueta morena de la chica volvía a hacer acto de presencia… Acercó un poco más hacia delante el sillón con cuidado de no rebasar el límite con el ventanal y, una tarde más, se recostó cómodo a contemplarla. Era la segunda temporada que pasaba allí y seguramente repetiría hotel en sucesivas visitas a la ciudad: no le dejaba lejos de la zona de trabajo y, ahora con el descubrimiento de aquella belleza exhibiéndose sin pudor frente a él, sus ansias de curiosa admiración al menos estaban cubiertas. La chica siempre realizaba idéntico ritual, delatada por la luz trasera del baño e, ignorando ser observada, se desvestía cada tarde para entregarse a un relajante baño del que no era la única beneficiaria. Ya conocía cada uno de los pasos a seguir, la chica saldría del agua entre brillantes destellos de jabón, después se acercaría a la ventana con la toalla aún envuelta sobre la cabeza, para permanecer breves minutos oteando el cielo y las calles, desnuda, ajena e indiferente a otros ojos. Él se hundió precavido en el sillón sin poder evitar estirar el cuello en un gesto de atractiva curiosidad; desde que la descubrió no había faltado ningún día a la cita, aquella belleza exótica brillaba con luz propia en la íntima oscuridad de la noche. La mujer se giró con un contoneo suave de caderas, mientras se alborotaba el pelo; antes de desaparecer de nuevo por el pasillo dejó tras de sí un sinuoso vaivén que invitaba al ensueño voluptuoso… Él miró otra vez el reloj, no quería llegar tarde a la función de las once. El piano bar donde amenizaba la velada nocturna de los más trasnochadores no estaba lejos, pero también tenía derecho a emplear su tiempo libre en los pequeños caprichos que le ayudaban a refrescarse y -¿por qué no?- a soñar…

   Aquella vez deleitó a sus contertulios con una suite clásica al piano, aunque aprovechó alguno de los momentos distendidos para amenizar el ambiente con temas antológicos de jazz, que eran en realidad los que le hacían disfrutar cuando tocaba. Desde que acabó la carrera de música había probado a ocupar alguna de las plazas de profesor a las que la gran mayoría de sus compañeros competidores opositaban, aunque sin éxito. Fue aquella propuesta de veranear en el extranjero al tiempo que trabajaba la que acabó por calar hondo en su espíritu inquieto de músico profesional. La primera vez fue en París, no era verano, pero este año volvió a repetir.

    Sonaban los acordes tristes de “Insensatez”, una de sus bossas preferidas y la que destinaba para cerrar la primera parte del concierto y dar paso al intermedio, cuando distinguió al fondo del salón, por encima de las cabezas de los asistentes que llenaban las mesas, a la chica de sus fantasías… No podía dar crédito a lo que veía: estaba hablando con el encargado de los camareros en el mostrador, se la notaba inquieta, nerviosa, aunque sin perder un ápice de la distinguida elegancia que envolvía su figura. Movió con destreza los dedos para acelerar el final de la melodía, debía de encontrarse con ella a toda costa… Ya rompían los aplausos cuando se incorporó con un breve saludo a la concurrencia y, rápido, se dirigió hacia Olivier, en la barra…

-…Acaba de salir, marchó…

   El pianista disimuló el malestar, aunque no su interés:

 -¿Qué quería?

 -Trabajo, buscaba trabajo. Pero aquí hace tiempo que no necesitamos bailarinas, tal vez tú en tu número… -el encargado sonrió con franca malicia.

 -¡Tampoco sería mala idea! Anda, ponme una copa de lo mío antes de empezar…

   No fue el último daiquiri de aquella noche, pero tenía sus manos tan templadas como las cuerdas de un violonchelo y, cuando puso fin a su actuación, aún le quedaron arrestos para aguardar un poco más a que llegara el alba y degustar el café que preparaban en el restaurante de la Plaza. Los domingos le gustaba desayunar allí, mientras contemplaba los preparativos del mercado que se celebraba en el Boulevard, durante el fin de semana. Esa mañana se aventuró entre los puestos, el tumulto de gentes no le vendría mal para tener la sensación de que al menos había aprovechado el día, antes de retirarse a la habitación de su hotel para descansar de todo el esfuerzo infringido.

   Andaba cansado después de toda una noche de trabajo, pero no tanto como para percibir visiones… Justo donde el mercado se bifurcaba en dos, ensanchándose para dar cabida a multitud de tenderetes cargados de bolsos, pañuelos, ropa y otros artículos de regalo, reconoció el porte inconfundible de su chica… La suerte estaba de su lado, no podía dejar escapar esa oportunidad. Esta vez la siguió a media distancia, tenía que organizar un plan para abordarla, intentar contactar de alguna manera, hablar con ella sería un triunfo perfecto… Se preocupó de que ella no le encontrase la mirada cada vez que giraba en derredor, disimulaba entre diversos puestos para evitar posibles sospechas, hasta que la vio abandonar el mercado por una de las transversales. Fue detrás de ella acortando la distancia y, casi hombro con hombro, le dirigió la palabra en un chapurreado francés…

 -¡Pardon, mademoiselle!

    Ella se volvió con suavidad, amable, sin mostrar titubeo.

 -La vi la otra noche en el Boulevard, trabajo en el Piano Bar…

 -¿Entonces el encargado le dio mi recado? ¿va usted a contratarme…? –ella respondió ágil, al tiempo que se detenía para conversar con interés.

 -Bueno, verá, yo…

 -Le advierto que no encontrará a otra danzante igual, no se arrepentirá: nadie hará lo que yo hago, ¿señor…?

 -…Sí, sí, Renato, puede llamarme Renato, por favor…

    Era más bella aún en la realidad, sus facciones helénicas, marcadas y dulces, creaban un aura de exotismo que adornaba en cada uno de sus gestos, armónicos, leves y ligeros, transformándola en una diosa. También le llamó la atención su olor, aquella mezcla que se desprendía de entre sus ropajes y que no era sólo el resultado de un perfume, sino la fragancia natural que emanaba intrínseca del cuerpo idolatrado que en tantas ocasiones él había contemplado en silencio…

 -Le puedo asegurar, señor Renato, que domino otras muchas artes además de danzar…

   Siguieron avanzando juntos calle adelante, luego cruzaron a la otra acera. Él se esforzó porque el hilo de la conversación no perdiese el inusitado interés que ella le había otorgado de forma tan espontánea…

 -La verdad es que puedo hacer que… Puedo hablar para tratar de que ese espectáculo salga adelante. No le puedo prometer nada, aunque… me gustaría saber lo que realmente usted hace, señora…

   Ella se detuvo en seco, le tocó  el antebrazo con su mano ensortijada de dorado color, antes de pronunciar su nombre: ¡Dafne!

   Debió de notar el extraño gesto de asombro del músico y, con una gran sonrisa de dientes blanquecinos, le musitó acercando el rostro al de él:

 -…Dafne, para usted…

 -Bello nombre, Dafne, bello…

 -Soy una mujer comprometida, oiga, pero puedo y sé hacer otras cosas… No va a encontrar a nadie que haga algo igual, señor Renato…

   Ya se habían adentrado en la rue du Chemin vert, cuando ella se detuvo en un portal e hizo ademán de entrar, como si hubiera llegado a su domicilio. Renato sabía que estaba actuando, que no vivía en aquel lugar, pero le siguió la corriente…

 -Bueno, Dafne, después de que hable para tratar su caso me gustaría volver a verla, entonces…

   Ella empujó la puerta, que estaba abierta y le guió tras el amplio vestíbulo que conducía a un enorme patio interior. Renato la siguió como un colegial amaestrado, sorprendido ante el conocimiento que la mujer tenía de aquel lugar, hasta la parte trasera donde el hueco de la escalera permitía un recogido habitáculo lo suficiente ancho para dos personas. Allí, posó el pequeño bolso de mano en el suelo y se acercó hasta pegar su cuerpo al de él…

 -Soy una mujer comprometida, pero se lo agradeceré, puedo y sé hacer…

   Era una mujer muy alta, sus ojos alcanzaban casi la altura de los de Renato. Él sintió como todo su cálido aliento le despertaba el deseo y, sin encontrar oposición, le rodeó el talle con los brazos, podía sentir el palpitar de sus pechos bajo la blusa que ella misma se desabrochó con fina destreza; luego la besó despacio…

   Se prometió a sí mismo que no sería aquella vez la última. A pesar de que había descubierto su juego no podía desvelar el suyo, había de seguir disimulando, dejándole a ella la batuta para que apareciese a su antojo, aprovechando cuando ella decidiese el momento de la entrega. Las palabras de Dafne aún resonaban en sus oídos, al despedirse e intentar cerrar la próxima cita...

 -Eres un sentimental, demasiado...

 -Pero nada de malo hay en ello –arguyó en un intento de justificarse.

 -...Sólo profesional. -matizó ella, rotunda.

.

*"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

http://entrerenglones.blogspot.com

¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

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8 comentarios

leetamargo -

...Gracias, amigo Dino, te quedo agradecido. Espero que pases un buen rato de lectura... TE SALUDO:
LeeTamargo.-

Dinosaurio -

Buen comienzo, Lee, engancha desde el principio. A ver cómo sigue.
Un abrazo.

leetamargo -

...A mí nunca se me ocurriría hacerlo, Luna: llegar, pasar sin un hola ni un adiós y marchar a dejar la carga en otro sitio. No creo que este tipo de "publicidad gratuíta" le haga ningún favor al mundo de los blog ni tampoco a la comunicación. Pensaba no contestar al post o borrarlo, pero creo que, dado que creé este espacio con un claro contenido expresivo, tengo al menos el derecho a exponer mi opinión. Es mejor eso que la nada, que ir dejando por ahí suelta propaganda indiscriminada sin más. Pero en fin, que cada cual haga lo que sabe.
LeeTamargo.-

leetamargo -

...No ha hecho más que empezar, Mariose, así que pónte cómoda para seguir leyéndola. Me alegra saber que la sigues, amiga... GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

MaRioSe -

Pues esperaré ese curso y trascurso de la historia.
De momento, me quedé con ganas de más.

leetamargo -

...No más ni menos que los tiras y aflojas de nuestros días, amiga Trini. A veces el yo profesional impone y subyuga y el otro, el yo personal, aflora para restablecer el equilibrio, en su defensa, y así seguir el curso de la historia... GRACIAS, TRINI:
LeeTamargo.-

Luna -

...En una ciudad tan populosa y cosmopolita como Barcelona en cualquier lugar hay broncas, en cualquier momento se comenten asaltos o te topas con borrachos al volante. Y la noche es otro país con otro idioma, donde predomina la palabra gruesa, el gesto seco y donde campan a sus anchas los pirados que se dedican a incendiar coches y contenedores para divertirse. A esas horas el peligro y la violencia aumentan exponencialmente, sobre todo en el centro. Por algo Las Ramblas se encuentra en el ranking de las diez calles más peligrosas del mundo... ...Otra cosa era el resto de la Plaza y sus aledaños, donde se movía otro tipo de ambiente. Un batiburrillo de gente de la más baja extracción se daba cita también allí. Los bancos públicos y los suelos estaban ocupados por una variopinta hueste antisocial: gente sin patria ni techo, pedigüeños, camellos, borrachos, drogadictos, liendrosos, feos y los más guarros de Barcelona y otras ciudades europeas se congregaban cada noche entorno al sembrado de terrazas más caras de la Barcelona cosmopolita, una milicia que había renunciado al amansamiento impuesto por el sistema y había asumido el extremismo social como forma de vida...Extractado de SIEMPRE QUISE BAILAR COMO EL NEGRO DE BONEY M.

Trini -

Aquí me tienes, leyendo este primer capitulo de esta nueva novela.
A ver quién sale vencedor de este, te miento me engañas. No me cabe duda de que firmaran el contrato...

Un abrazo
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