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LEE TAMARGO

Capítulo II: ÚNICA FUNCIÓN

Capítulo II: ÚNICA FUNCIÓN

   No volvieron a verse más en aquella temporada, pero Renato sabía que ella reaparecería como las diosas,  de repente, sin brusquedad, en la próxima función.

    Sin embargo, de regreso a Barcelona, poco imaginó Renato que sus planes se irían al traste de igual forma que se fue la agencia de contratación que requirió sus servicios como músico en París. El director de la agencia se jubiló por enfermedad y la empresa se declaró en quiebra; ni siquiera sus hijos y cuñados le supieron dar continuidad, más preocupados por la batalla legal de la suculenta herencia. De la mano de aquella compañía italiana se había atrevido a dar el salto y marchar de su Turín natal para abrirse futuro en la vanguardia musical de una Europa que aún creía en la utopía del arte, al menos ese fue su impulso inicial. Ahora, sin embargo, la realidad mostraba el lado amargo del hambre y la miseria que dificultaban el latir espontáneo de la sensibilidad artística. Los ahorros obtenidos de los conciertos de París apenas bastaron para subsistir durante unas breves semanas; luego tuvo que establecer obligadas prioridades. Abandonó el piso de alquiler por una habitación en la zona centro, cercano a las transversales de las Ramblas, de precio más acorde a su incierto mañana.

   En cuanto dejó a deber dos mensualidades seguidas fue el propio casero quien le sugirió una posible alternativa para paliar convertirse en un moroso empedernido. Se le encontró una tarde en el rellano de la escalera cuando regresaba a la habitación: como si hubiera estado aguardando su llegada, nada más verle, mientras pelaba una manzana con un afilado cuchillo de cocina, enseguida apostilló...

 -¿Tú conoces París, no? Te lo he oído decir alguna vez...

 -...Sí, claro que sí, lo conozco.

 -En ese caso hay arreglo, amigo, sólo tienes que preguntar por monsieur Argos... Dos días te serán suficientes... -el casero se incorporó ocultando una media sonrisa de soslayo- Me caes bien, pero no puedo consentirte la tercera falta... Pregunta por monsieur Argos de La Maison Carrée, en París, no lo olvides...

   El casero desapareció escaleras arriba. Cuando entró en su habitación escuchó de nuevo los pasos precipitados del casero hacia abajo. Instintivamente recogió una de las botas de montaña y se sentó a los pies de la cama; intentaba aclarar sus pensamientos ahora que el hambre aún le permitía tregua, mientras extraía un manojo de billetes envueltos en un plástico del doble forro del tacón... No iba a poder alargar aquella situación mucho tiempo más. Contó los billetes una y otra vez, tenía lo suficiente para ir y volver de París, no había otra salida para aquella muerte lenta...

    Cuando llegó al aeropuerto de Orly indicó al taxista que le llevara directo a La Maison Carrée con intención de situarse lo antes posible; el tiempo apremiaba, así que no podía malgastarlo. Se trataba de un selecto club de alterne con espectáculos en vivo. Comprobó que no andaba demasiado lejos de su antiguo hotel, apenas seis o siete paradas de metro; se apeó del taxi y continuó a pie hasta la primera boca de metro, aún era pronto para que abrieran los locales nocturnos, por lo que se dirigió a descansar, más tarde era probable que lo agradecería. Se pidió la misma habitación de siempre en la planta séptima. Sin conciertos ni contratos que cumplir se le hacía raro estar paseando en solitario por París, incluso aquella habitación ahora se le antojaba más vacía y triste que en ocasiones precedentes. Se asomó al ventanal con cierta precaución, aunque todavía era pronto para que su atractiva vecina hiciese acto de aparición; ansiaba ese momento, a pesar de que esta vez no podría estar allí aguardándola debido a los imperativos de su nueva y urgente misión. Apenas dio una ligera cabezada antes de ducharse para salir de nuevo hacia La Maison Carrée.   

   Las calles bullían de gentes, podía notarse su concurrida afluencia en el metro, tardó más de lo previsto hasta llegar al Club, que ya lucía sus puertas entreabiertas y dejaba salir los sonidos de una música ambiental excesivamente alta. El matón que velaba la entrada ni inmutó su hierático gesto cuando Renato traspasó el umbral de los grandes cortinones granates. Dentro imperaba un animado bullicio entre las luces tenues de las mesas, previo al comienzo de la sesión; leyó en uno de los pasquines: “Misterio y exotismo de las Danzas orientales, única función”. Una de las camareras se le acercó sosteniendo en una de sus manos la bandeja repleta de vasos, a punto de rebosar:

 -¿Deseas algo, cielo, dime...?           

    Su mirada tornó en mueca cuando le preguntó por el señor Argos y, sin pestañear, desapareció por la oscuridad del pasillo, rígida, como si hubiera encajado algún golpe invisible... No tardó en verla regresar de nuevo sin la bandeja, acompañada esta vez de un elegante muchacho de rasgos orientales, trajeado como un diplomático occidental, aunque con un aire más moderno y desenfadado que el de los encorsetados políticos de turno. La chica hizo un gesto con la cabeza hacia él, señalándole, luego desvió sus pasos hacia las mesas; ya se respiraba el inmediato comienzo de la función y la música ambiente bajó despacio el volumen. El joven chino se aproximó hacia él hasta que pudo distinguir las facciones rasgadas de su rostro, al tiempo que hacía gala de un perfecto acento del idioma...

 -¿Ha preguntado usted por monsieur Argos?

 -Sí, así es, he de hablar con monsieur Argos...

 -Entonces sígame, por aquí... -el chino le llevó de una sala a otra, sorteando mesas y pasillos. Renato se apercibió de que aquel local se componía de varias salas destinadas a diferentes actuaciones, pero todas a su vez orientadas hacia la pista principal donde el espectáculo estaba a punto de iniciarse. Las luces se apagaron justo cuando el muchacho le invitó a tomar asiento en una de las mesas que en un principio supuso más apartadas, pero que al encenderse los focos del escenario enseguida comprobó que pertenecía a una especie de palco privado que presidía el salón- ...Aguarde un momento, por favor...  

     El elegante muchacho no tardó en volver junto a un corpulento gigante calvo, entero vestido de negro, sin duda se trataba del misterioso señor Argos en persona; pronto resolvería el enigma que tantas cábalas le venía obligando a realizar desde que decidió emprender aquel viaje de locos hacia una aventura de resolución desconocida. Se sentaron ambos, uno a cada lado. Renato hizo ademán de tender la mano al señor Argos, pero el chino le recriminó el saludo con un susurro cercano en su oreja izquierda...

 -Monsieur Argos no habla con nadie. Debe usted estar atento, amigo...

     La música expandía en la sala sus tonos de sugerente colorido, mientras un halo de humo artificial recreaba una atmósfera irreal de la que surgían las figuras de dos bailarinas contorsionando sus cuerpos cubiertos de velos transparentes. Renato observó con disimulo el cercano perfil del señor Argos que, inmutable, contemplaba la función, ajeno incluso a su presencia. Su calva brillaba en la oscuridad y, por detrás del cogote, en la terminación con el cuello se amontonaban unas protuberancias de carne a modo de michelines que a Renato le semejaron excedentes de sebo cerebral... Habría sonreído por la ocurrencia sino fuera por el gesto continuado de atención que el tal Argos imprimía a su rostro, con un grado exacerbado de autocontrol que daba la impresión de no existir nada en el mundo capaz de poder asombrarle. Ni siquiera se dio cuenta del estremecimiento que a Renato le recorrió de arriba a bajo cuando volvió la vista al escenario y contempló el sinuoso movimiento de las bailarinas... ¡Una de ellas no era otra sino su bella vecina de ensueño! Se preguntó si ella también le habría reconocido o tal vez ni siquiera ya se acordaba de él... La danzante -como a ella misma le oyó expresarse- por fin había encontrado un lugar de trabajo donde desarrollar su arte.

   Fue un codazo del chino en su costado izquierdo lo que le sacó del ensimismamiento.

 -...¡Coja eso, cójalo!    

   Ahora cayó en la cuenta de que el enorme calvo había dejado resbalar algo debajo de su mantel, era un sobre abultado. Lo abrió debajo de la mesa, palpó los billetes, eran muchos...

 -No preguntar... -apostilló el chino, adivinando la intención de su impulso- Argos no habla, nadie conoce a Argos. Quien pronuncia su nombre debe cumplir y obedecer, no preguntar...

   Por primera vez Renato le encontró un defecto de pronunciación al oriental, tuvo la sensación de que aquellas palabras representaban las fases de un ritual que a partir de ese instante impedían cualquier tentativa de retroceso. Unos sudores fríos se posaron sobre sus hombros, sus piernas flaquearon por un momento, a pesar de estar sentado y, por su espalda, se deslizó un escalofrío que le obligó a ponerse en alerta.

   Las bailarinas se contorneaban arrastras por el suelo, girando los velos de colores en círculos y en espiral, alternándose, al ritmo de la música que ahora se tornaba tradicional, de reminiscencias folclóricas y que, en un cambio de iluminación, cobraba nueva dimensión con un estilo diferente al que ya no pudo prestar la debida atención más preocupado por el siguiente gesto del grandullón que se sentaba a su derecha. Esta vez percibió con claridad el objeto que el señor Argos ocultó bajo su mantel, aunque hubiera preferido no haberlo distinguido si se trataba de lo que estaba temiendo... Otra vez el chino elegante le hincó el codo instándole a recogerlo. En efecto, se trataba de un revólver con silenciador incorporado... Ya iba disipando a grandes pasos sus dudas sobre la manera de resolver aquel problema que le embargaba el ánimo y que, ahora a la vista del calibre que tomaban los acontecimientos, aún le parecía de consecuencias más catastróficas.

   Se giró inquisitivo hacia el gigante calvo, le habría gritado su descontento con agresividad, volcando su enfado descomunal; le habría golpeado su nariz chata, sebosa y brillante, hasta hacerle soltar una palabra, al menos una sola; quería escuchar un suspiro, una exclamación, algo que le aclarase, que le hiciera sentirse humano... Pero el endemoniado chino le incordiaba a la perfección en su papel de intermediario final.

   Las chicas danzantes ya se despedían alejándose por la pasarela entre el espeso humo de colores que de nuevo volvía a extenderse sobre el escenario y la música alcanzaba un clímax ensordecedor. Renato no podía atender, había perdido de vista a Dafne y multitud de interrogantes se le agolpaban ahora en forma de entumecimiento y sudor, incapaz de centrarse sobre una sola de las conjeturas que se le avecinaban. Esta vez el chino chocó brusco su pierna contra su muslo izquierdo... Le tendía otro sobre por debajo de la mesa que Renato estropeó al intentar abrirlo: fotos, eran dos fotos. Las dos del mismo tamaño; una de cuerpo entero, de un hombre trajeado con maletín a la puerta de unas escalinatas; y la otra de medio cuerpo, donde podía distinguirse la fisonomía de su rostro sin posibilidad de error. Detrás de la primera fotografía pudo leer un lugar y una hora... Tenía que ser mañana, no había elección.

   El señor Argos se levantó no sin cierta dificultad, firme, pero pesado, sin haberle dirigido una mirada siquiera una sola vez durante aquella incómoda velada, para desaparecer tras las cortinas oscuras de uno de los pasillos laterales. Al muchacho chino le tenía enfrente, de pie, al otro extremo de la mesa, amachambrando la lección para asegurarse de que quedaba bien aprendida:

 -No preguntar. Nadie conoce su nombre, nadie pronuncia...

   Renato supo que para él la función había acabado, recogió sus nuevas pertenencias y salió sin prisa, intentando asumir en cada paso el cariz de las nuevas responsabilidades recién adquiridas; sabía que no podía fallar, que sería lo último... O mañana o el final, no quedaba más tiempo.

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*"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

http://leetamargo.blogspot.com

¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

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6 comentarios

LeeTamargo -

...Sí, Makiavelo, hay que mimarla, regalarla buenas lecturas y algún que otro recreo, prolongado, que no somos máquinas. Agradezco el esfuerzo, amigo John...
NOS LEEMOS: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Renato es un caso, eso sí, un caso más que cruzó en el camino de nuestra protagonista. Gracias, Trini, por seguirme...
TE SALUDO: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Gracias por la lectura, amiga Mariana. Es la pantalla la que abusa de nosotros, amiga, intente a probar en papel, no se obligue, que queda mucho; nunca hay que forzar. Continuará... GRACIAS:
LeeTamargo.-

Makiavelo John -

Muy bueno Lee, me lo zampé del tirón.

Te digo como Mariana tenemos que mimar la vista.

Saludos.

Trini -

Veo que, cada paso que da e protagonista, Renato, va cayendo a un mundo, del que dificil erá salir.

A ver que suede

Un abrazo

Mariana literaria -

¡Que siga, queremos leer más!
Eso sí, no hay que abusar de leer de la pantalla, una vez me quedaron los ojos rojos.
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