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LEE TAMARGO

Capítulo III: CUESTIÓN DE LIMPIEZA

Capítulo III: CUESTIÓN DE LIMPIEZA

     Apenas pudo conciliar el sueño aquella noche. Hasta que a la mañana siguiente no dio con el lugar de la foto no encontró el resto de sosiego que aún no le había robado el cansancio; luego almorzó algo ligero en uno de los restaurantes del otro lado del puente. Mientras tanto, estudió la zona una y otra vez, repasando en su mapa mental cada uno de los detalles del plan de acuerdo a un análisis concienzudo y riguroso, de profesional; luchó consigo mismo a fin de apagar todo atisbo de duda o inseguridad, no podía permitirse vacilar ni temblar, le iba la vida en ello... Recordó las palabras de Dafne:

 -Sí, profesional... -se repitió a sí mismo.

     Aguardó las horas restantes junto al aparcamiento de bicicletas, al comienzo de la plaza, antes de las escalinatas que conducían al barrio latino. Desde allí, apoyado en la barandilla, disponía de una panorámica idónea para ver llegar a su objetivo. No fue hasta pasadas las nueve de la noche cuando le distinguió desde lejos; no llevaba maletín sino un bolso de mano, pero no cabía duda de que se trataba del mismo hombre de la fotografía. Salió del edificio anexo al banco, de las oficinas probablemente, pero eso a él le traía sin cuidado. Avanzaba a paso lento por el puente, despreocupado, tal vez deseoso de estar entre los suyos una vez finalizada la jornada... Renato sujetó la pistola debajo del abrigo con un gesto mecánico de sus dedos que de no acabar pronto se convertiría en tic nervioso; quería alejar de su pensamiento toda sensación, no pensar, no preguntar, sólo actuar, sólo profesional... Visualizó la foto, en un intento vano de acallar pensamientos o sentimientos, ya no sabía distinguir. El hombre había cruzado el puente y ya rebasaba la hilera de bicicletas aparcadas. Al pasar frente a las escalinatas se detuvo como si buscara algo en los bolsillos de la gabardina y, de pronto, se desvió para seguir el borde del río, iba hacia él... Aquello no entraba dentro de lo previsto, no disponía de más tiempo, así que cuando el hombre pasó a su lado, sin prestarle atención, Renato aguardó unos segundos más antes de ir tras él. Se ayudó de las dos manos para sujetar mejor el arma... Al llegar a su altura el hombre se giró con un movimiento leve de cabeza y, aunque a Renato le pareció una eternidad, apenas tardó una milésima de segundo en pensar que aquel era el instante crucial que aprovechar para descargarle cuatro tiros seguidos en el pecho. Imaginó al hombre doblándose y cayendo al suelo hecho un ovillo junto a la baranda del puente. Se imaginó empujando el cuerpo con los pies hasta oir el impacto con la orilla empedrada, más abajo, junto a las aguas oscuras del río… Pero esquivó la mirada del hombre con un gesto de cabeza, mientras simulaba escudriñar la hora en el reloj y aceleraba la marcha; el agua chapoteó contra el muro y un largo estremecimiento le erizó la piel, se le enderezó la columna vertebral con un escalofrío mudo… Y se alejó a paso apresurado hacia las calles del centro.

     Deambuló durante horas como un vagabundo en la noche, excitado y nervioso, sin dirección fija. Tiró la pistola, caliente todavía, en un contenedor de vidrio y rompió las fotos en pedazos para luego ir despojándose de sus trozos a medida que caminaba. Sabía que había fracasado, que había sido derrotado por una traidora misericordia y que él era ahora el condenado; se miró sus manos de pianista y se preguntó de qué madera estaba hecho que no era capaz de rematar la faena, quién tendría misericordia con él. Sus pasos cansados le condujeron hasta el boulevard, enseguida reconoció la avenida; no sabía por qué motivo había enfilado la calle por la acera contraria a su hotel, pero tampoco se extrañó de hallarse frente al portal de su exótica bailarina. Se detuvo allí sin saber con certeza lo que hacía, aunque en el fondo era el primero en presentir la intención de sus deseos más ocultos; sólo que no tenía dominio sobre ellos, algo había cambiado en él desde que apretó el gatillo, sus actos parecían no pertenecerle... Necesitaba desahogar aquella sensación que le enajenaba, deseaba estar con Dafne, volver con ella... Se sintió tentado de tocar el timbre, le urgía oír su voz, pero se contuvo, aguardó inmóvil junto al portal, hasta que un vecino salió seguido de un perro caniche, lo que aprovechó para acceder adentro. Nunca antes había estado allí aunque le orientaba la noción de que eran dos alturas menos que las de su hotel; subió despacio las escaleras, agarrado al posamanos, preocupado porque el crujir de la madera vieja no rechinara en exceso. Cuando llegó al último piso se encontró solamente una puerta, eso le ayudó a despejar cualquier duda, no podía equivocarse: era allí... Por unos instantes se entregó a imaginar su reacción, sin duda ella se sorprendería, le invitaría a entrar y, si ella vacilara o se mostrara reaccia, él insistiría, requería tanto de sus atenciones...

   Se acercó a la puerta para llamar cuando un ruido estruendoso le dejó paralizado, con los nudillos a medio camino: aquello era un disparo... Luego se oyeron pasos rápidos al otro lado y, de repente, la puerta se abrió de golpe. Dafne salió en ropa interior con un arma en la mano, al verle lanzó un chillido agudo y, asustada, brincó escaleras abajo. Renato pudo distinguir al fondo del pasillo el cuerpo del joven chino tumbado en el suelo, con un reguero de sangre sobre la camisa blanca. Abajo sonaron abrir y cerrar de puertas. Renato retrocedió, sin reaccionar aún ante la sorpresa, se tropezó al tratar de girar para bajar por la escalera, soltó el posamanos y aceleró los pasos cuando se topó con un vecino que había salido al rellano del piso inferior al oír el estruendo. Descendió deprisa los escalones y salió corriendo del portal al tiempo que otro hombre de sombrero bajo casi choca contra él cuando se disponía a entrar. Escuchó gritos detrás, mientras corría como un desesperado en pos de Dafne; la muchacha también corría semidesnuda al final de la calle, pudo ver cómo se introducía en el interior de un automóvil.

   No fueron sus fatigadas piernas las que fallaron, sino aquel bulto que surgió de repente de la esquina e interceptó el ritmo endiablado de la carrera, casi frente al vehículo de la chica. Renato rodó por los suelos como un títere sin equilibrio, hasta golpearse el rostro con el duro asfalto de la calle; luego, le cayó encima el peso del fornido policía que, sujetándole los brazos atrás, intentaba esposarle, mientras otro agente, a juzgar por la posición de sus gastados zapatos, le apuntaba con un arma. Con una rodilla clavada en la espalda le retorcía las manos, le hacía daño, debía haberse roto algunos dedos, no los notaba. Al poco llegaron más policías, desde el suelo distinguió al hombre del sombrero con quien estuvo a punto de chocar... El inspector se arrodilló junto a él, le alzó de la cabellera y, al tiempo que le escrutaba, se dirigió a los demás en un tono ronco de aguardiente:

 -Os lo dije, siempre terminan por regresar al lugar... ¿Estás bien, niña?

 -Sí, gracias, inspector... -contestó tras la ventanilla del coche una bella Dafne en paños menores, aún jadeante por la huída.

   Renato entornó los ojos en un gesto dolorido hacia quien le atenazaba los cabellos. Dafne continuó el relato pormenorizado de los hechos, ahora arropada por la compañía de sus compañeros...

 -...El chino intentó propasarse, se puso violento. En el forcejeo descubrió la pistola y la placa. No tuve otro remedio, si no disparo me habría roto el cuello... A él le conozco, estuvo esta tarde en el local con el chino, hubo intercambio, pero no sé muy bien qué pinta dentro de la trama, señor...

    El inspector cerró tajante aquella improvisada intervención:

 -Llévensele a la Jefatura, a ver qué le sacan. Y tú vete a descansar, niña, te hará falta.

 -Sí, señor, queda mucho que limpiar, demasiados aficionados...

   A Renato le fue imposible escuchar el último comentario de su adorada Dafne, le conducían a empujones hacia el vehículo policial. De un local cercano salían las notas inconfundibles de “Insensatez”, al instante percibió que la melodía desafinaba en uno de sus acordes e hizo intención de girarse hacia atrás para atender mejor. A él no podría ocurrirle eso, era... un profesional. La música siguió sonando mientras se alejaba, desafinada...

 

 

 

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*"Una señal de Luz", es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

 http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

 

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2 comentarios

LeeTamargo -

...Es el fin de Renato, él solito se lo buscó. Pero dále tiempo, Trini, verás que Luz, cuando deja de ser Dafne, no es para tanto...
GRACIAS, AMIGA: LeeTamargo.-

Trini -

Pues vaya marrón que le ha caído a Renato Es que hay Dafne`s a la que uno no debe acecarse jamás.
A ver como sale de esta.

Un abrazo
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