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LEE TAMARGO

Capítulo V: OTRA CANCIÓN

Capítulo V: OTRA CANCIÓN

     Renato presintió que saldría de aquella encerrona, supo con una especie de certeza casi mortal que su suerte dependía de lo callado que pudiera ser capaz de mantenerse, que tenía que permanecer mudo en todo lo referente al tema de la pistola que el negro Argos le proporcionó; el crimen no se había cometido y un cierto alivio vino a aminorar su preocupación para transformarla en un susto, tremendo, sí, pero tan sólo un susto. Quedaba en libertad, pero bastante hastiado del acontecimiento sufrido, escarmentado del fatal desenlace que podría haber desencadenado de haber concluído con éxito su denigrante misión; en lo sucesivo evitaría ese tipo de salidas fáciles, a pesar de que por delante le esperaba una difícil disyuntiva.

   Deambuló de nuevo por las calles de un París ahora más vacío aún si cabe, ya que los medios con los que contaba para subsistir eran nulos. No podía hacer frente a su penosa situación, pero no quería pensar; necesitaba ver gente, sentirse rodeado del murmullo de las calles, de la presencia del gentío. Un sandwich empezado que recogió de una terraza de Montmartre le sirvió de desayuno y medio croissant abandonado en otra mesa de Pigalle fue su único almuerzo ese día; a medida que la tarde avanzaba la afluencia de tráfico se intensificaba por Pigalle y los locales nocturnos abrían sus puertas a un público ávido de espectáculos más calientes. Una chica le abordó al pasar frente a uno de ellos, pero Renato se apartó cruzando a la otra acera, sorprendido por el repentino ataque; luego reflexionó y volvió sobre sus pasos, tal vez no fuese mala idea encontrar consuelo y cobijo entre los cálidos brazos de alguna mujer generosa. La misma chica le reconoció y, sonriente ante la inminente captura, le engarzó por el brazo mientras, en la otra mano le mostraba la invitación que abonar para entrar al espectáculo erótico. Renato vació sus bolsillos y dejó al descubierto el forro vacío, lo suficiente para que la muchacha cambiase el gesto en desagradable rechazo, defraudada por un falso cliente. Tampoco a ese calor parecía tener derecho el músico italiano; si la sola expectativa de dormir entre los vagabundos le atraía poco, menos dispuesto estaba todavía a tener que rebuscar entre los contenedores de basura como solución a su inmediato porvenir, así que encaminó sus pasos hacia el barrio Latino al caer la tarde. Sin ni siquiera calderilla que tintinear en los bolsillos estaba a punto de saltarse los controles para acceder al interior del metro, pero desistió del intento cuando a un grupo de jóvenes, que se le habían adelantado, les persiguieron al instante los agentes camuflados de paisano que vigilaban los accesos. No deseaba rellenar tan pronto el currículum que la policía gala le había iniciado, así que decidió afrontar un largo paseo.

   Ya anochecía cuando se adentró en el bullicio de las calles del barrio Latino. Las velas encendidas iluminaban las mesas en el interior de los restaurantes, donde los clientes compartían y saciaban su apetito en compañía; la oscuridad no era obstáculo, al contrario, daba amparo a otro tipo de gentes, que frecuentaban la ciudad a partir de ese momento. Era el momento de seguir divirtiéndose, de una diversión diferente. Escudriñó alguno de los establecimientos con la intención de esquivar la vigilancia y conseguir algo que llevarse a la boca, pero la empresa de eludir al recepcionista de la entrada resultaba harto difícil, casi imposible. En una de las ocasiones casi lo había logrado cuando un comensal que estaba grabando en vídeo la cena de sus compañeros le delató al maître que, airado, no dudó en correr tras él. La huída sin recompensa todavía se dejó notar más en la boca del estómago; la carrera le había dejado exhausto, le había llevado hasta un local de tenue iluminación… La música salía de abajo y la gente se amontonaba a la entrada y en los pasillos, con las copas en las manos; allí no era necesario pagar antes, así que accedió al lugar y recorrió los entresijos de lo que había sido un antiguo caserón, convertido hoy en multitud de clubs nocturnos donde la gente se agolpaba para disfrutar los estilos de música más variados. Bajó los peldaños de la primera escalera que encontró; la gente se sentaba en los escalones y él se apostó debajo del descansillo, detrás de una pareja que había olvidado sus cervezas, obsesionada en besarse. Al fondo un grupo de músicos interpretaba en directo temas de jazz.

  Renato escuchó con atención, aquello era lo suyo; se puso cómodo, se sentó en el suelo, en un rincón detrás de los altavoces, dispuesto a disfrutar de la actuación, tras dar buena cuenta de las dos cervezas de las que se apropió y, que con el estómago vacío, no tardaron en surtir su efecto sedante.

   Nadie se apercibió de aquel cuerpo dormido tras los altavoces y, al finalizar la velada, el local cerró hasta la sesión del día siguiente. Renato amaneció en aquel mismo lugar, entumecido y con un insoportable dolor de cabeza. Renato se dio cuenta de que estaba encerrado, lo habían olvidado allí dentro y, antes de que llegasen las limpiadoras a adecentar el sitio, exploró el local en busca de algún alimento, aunque sólo encontró bebidas. Para entretener el tiempo se acercó al piano que descansaba en una de las esquinas, levantó la tapa y jugueteó con las teclas; no andaba tan desafinado como su aspecto sugería.

   Tan ensimismado se encontraba sacando acordes a aquella reliquia que no sintió la presencia del propietario del local que acababa de entrar; empuñando el palo de la fregona con las dos manos se asomó al escenario donde Renato improvisaba… Cuando el pianista le vio reconoció a uno de los músicos de la noche anterior, pero no se sorprendió, siguió tocando, con aparente concentración.

-¿Se puede saber que estás haciendo? –el músico barbudo no soltaba la fregona.

-…No es una pieza fácil. También puede tocarse así, escucha… -Renato cambió el registro y, subiendo una octava, el tema adquirió un aire jazzístico que casaba con el estilo empleado por el grupo que había tocado allí la velada pasada- Suena mejor…

   El de la fregona se apoyó en la barandilla de la escalera.

-Estás loco, tú, pero tocas bien.

-¿Te atreves con el saxo? –le retó el italiano- Te estuve viendo anoche, anda, no me digas que no puedes.

   El barbudo tiró la fregona al suelo con violencia, mostrando su gesto de enfado. El estruendo obligó a que Renato cesara en el momento de seguir golpeando el piano.

-¿Pero se puede saber qué haces, loco del demonio? ¡Te parecerá bonito entrar aquí sin permiso y toquetearlo todo! El material que hay aquí vale una fortuna y tú vienes a utilizarlo y a burlarte…

   En ese instante entró al local otro de los componentes de la banda musical. Renato reconoció al rubio musculoso de la batería.

-¿Qué es esto? –se extrañó por la situación.

-…Este entrometido que aporrea nuestros instrumentos como si fueran suyos –le aclaró el barbudo.

-No entiendo, ¿pero de dónde ha salido?

-…Me quedé dormido, pero no he robado ni estropeado nada. Estaba curioseando nada más, también me gusta la música, ¿sabéis?...

   Los músicos se miraron.

-Sí, es cierto lo que dice –aseveró de nuevo el barbudo-, estaba sentado al piano cuando llegué y no lo hacía mal.

-…A verlo –desafió el batería, sentándose entre sus platillos mientras manipulaba las baquetas.

    Renato se volvió a sentar e interpretó una versión de “Take five” que poco a poco fue derivando en un ritmo afro para acabar sonando latino; el rubio y el barbudo siguieron el ritmo con los pies, atentos y deleitados por el ingenio creativo del italiano. Cuando llegaron el bajista y el guitarra le encontraron en plena exhibición y, ya el grupo con todos sus integrantes al completo, le pidieron un tema, otro y otro; le aplaudieron en “Llullaby of the Birland”, vitorearon con “Once i loved” y acabaron interpretando juntos una versión libre de “Blue bossa” un tanto alocada, pero en la que se divirtieron una enormidad. Desde ese día Renato asistió cada noche a las actuaciones del club, ayudaba en la limpieza y en la barra del mostrador, sirviendo o recogiendo copas; terminó participando en los ensayos, a petición del saxofonista de la barba, quien lanzó la sugerencia de que la banda mejoraría ampliándola con un teclista. El italiano no terminaba de creerse que dos días antes se encontrara hundido en la miseria cuando el mismo propietario le propuso, a la vista del éxito logrado, formar parte de la banda musical y acompañarles en sus giras.

-…¿Giras?

-Sí, claro, amigo: Deauville, las Landas, Biarritz, San Sebastián, Vitoria, Bilbao, Santander, Gijón, hasta Galicia, incluso Madrid…

   A Renato sólo le faltó saber bailar; se frotaba las manos, encantado de su buena estrella…

 

 

 

 .

*"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

http://militeraturas.ning.com/profile/LeeTamargo

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4 comentarios

Trini -

Veo que tenemos personaje nuevo en la novela y, además parece ser un asesino. Esto promete.

Un abrazo Lee

LeeTamargo -

...Pues me alegro entonces, White, porque eso es lo mejor que se puede pedir a una lectura, sobre todo a una novela... GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

white -

Intento dejar un comentario y no lo consigo. Por si este se queda grabado, decirte que me dejas el fin de semana expectante, tienes el don de enganchar con tus palabras.
Saludos y buen fin de semana

white -

Como siempre enganchando con palabras, me dejas todo el fin de semana expectante a la espera del siguiente capítulo.
Buen fin de semana, saludos
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