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LEE TAMARGO

Capítulo

    Lucinda aprovechó aquellas vacaciones de regreso para visitar la capital, sin duda también Madrid habría cambiado, como todo. Hacía bastante tiempo que no veía a su padre, desde mucho antes de su estancia parisina, y era una buena oportunidad para pasar cuatro largos días en su compañía, intercambiando pareceres e impresiones, mientras su próximo trabajo se lo permitiera. Le gustaba llamarle así, padre, aunque nunca conoció a su padre verdadero, que desapareció antes de venir ella al mundo; pero desde el principio veneró a aquel hombre que siempre acompañó a su madre y ejerció el papel de padre lo más próximo a la perfección que se pueda intentar, al menos lo suficiente para desterrar de su diccionario personal la abominable palabra de padrastro. Lucinda agradeció el gusto tranquilo de su padre y que se hubiera trasladado a las afueras de la ciudad, de este modo pudo evitar así adentrarse en el intrincado mapa del bullicio urbano. Además, del aeropuerto a Los Llanos, un taxi tenía más fácil acortar las distancias. En Los Llanos la vida descansaba de los ajetreos, aunque con su profesión esta apariencia de paz era apenas un espejismo, pero ya era algo al menos. A Lucinda, no obstante, su estancia le supo a poco; para su padre era distinto, al menos así lo creía ella, ya que en un hombre se consideraba más habitual el desapego. Pero desde la muerte de su madre notó un cierto aire de derrota en él, tal vez la secuela inevitable de los años, aunque aún estaba de buen ver a sus cincuenta y seis años, lo que se dice un maduro muy interesante. Hablaron de muchos asuntos pendientes, incluso de trabajo; a ella le gustaba escuchar el lado profesional de un Inspector Jefe tan cercano. Aún recordaba el enfado que le costó a su padre admitir su decisión de hacerse detective. Lucinda sospechaba que no era a causa de los gastos ahora inútiles que acarrearon sus estudios de Música y Canto, sino que más bien se inclinaba hacia un no del todo bien entendido concepto de seguridad con respecto a una chica, a una mujer de su tiempo. Pero era su vida lo que contaba y, aunque disculpaba al inspector Ródenas su afán de protección paternal, ella no estaba dispuesta a prescindir de experiencias por falsos miedos infundados. Por eso al cumplir la mayoría de edad, con dieciocho años, se trasladó a Santander, el lugar del que provenía, su ciudad natal; la ausencia de su madre desató una inusitada necesidad de enraizarse, de volver a los ancestros, al lugar donde dio los primeros pasos, donde anidaban los recuerdos cuando aún eran una familia unida.

  Tuvo mucho que ver el nombramiento de su padre como Inspector Jefe con el cambio de Santander a la capital, a Madrid, ambos hechos iban indisolublemente ligados. Casi coincidió al mismo tiempo con su entrada al Conservatorio de Música; siempre había gozado de buen oído, de entonación musical, se le daba bien el canto desde pequeña y aprovechó que vivía también en pleno centro de la capital madrileña, donde la diversificación de oportunidades era más variada, para iniciar los estudios con apenas ocho años. Aunque los comienzos fueron duros mientras la adaptación se sucedía, lenta y de forma gradual, algunos de sus sueños parecían cumplirse casi como un regalo caído del cielo.

   Sin embargo de aquélla inocencia de artista primeriza a la placa de la Luz Margot detective que figuraba en el portal, a la entrada de su gabinete privado –en homenaje personal al nombre de su madre-, se había producido un circunstancial rodeo. Un nubarrón muy negro vino a eclipsar la novedad de aquel cielo que se mostraba hasta entonces prometedor: la desaparición de su madre, aquello fue el detonante...

  El recuerdo que le quedaba de su madre era el de una mujer muy bella, inteligente y de gusto refinado, exquisita, que lo mismo cambiaba unos pañales o planchaba la ropa, que acudía puntual a los ensayos de teatro donde volcaba su pasión arrolladora, inquieta, vital. Sí, su madre era así, de ella había heredado aquella sensibilidad vocal, esa inclinación hacia el arte; su madre se lo había repetido de continuo, desde niña. La recordaba mientras cantaban juntas, imitando personajes mientras desarrollaba la acción de una historia con una mímica inventada, que fascinaba su atención y despertaba su curiosidad. En sus cuidados gestos de actriz desplegaba un mundo que se abría rico de posibilidades para ella, sólo que Lucinda no sabía distinguir el arte si pasaba hambre, en eso era más práctica que Luz Margot, su madre. También eso influyó cuando decidió ser detective; ahora en muy raras ocasiones se atrevía a enfrentarse con una partitura, dudaba incluso en que volviera a hacerlo algún día.

   Aunque el traslado a la capital transfiguró sus vidas asumieron el reto, conscientes de que el nuevo camino se construiría a expensas del anterior. Su madre no se arredró frente a las circunstancias y, a pesar de desconocer las gentes y lugares, enseguida buscó su cauce de salida. A las pocas semanas ya estaba apuntada en una asociación de amigos del teatro y apenas tardaron unos meses en reconocer sus aptitudes artísticas para contar de fijo con ella para las actuaciones a realizar dentro del año en colegios o instituciones públicas de la ciudad. Lucinda asistía a las clases de canto del Conservatorio municipal; el inspector Ródenas, estrenaba nuevo despacho y más amplio horario; y mientras, su madre atendía las labores de casa, estudiaba algún papel de su interés en la breve tranquilidad que permitían los quehaceres del hogar, antes de asistir a los ensayos semanales de la modesta Compañía. Todo parecía ir adquiriendo visos de normalidad, ajustándose al nuevo rumbo. Pero luego, cuando desapareció, nada volvió a ser como antes.

   Lucinda, ahora convertida en una verdadera mujer, no podía calibrar el alcance de las relaciones que mantenían entonces sus padres, a ella esos detalles le pasaban desapercibidos. Era consciente de que los problemas entre parejas eran algo habitual, al igual que lo eran los arreglos o las reconciliaciones, pero lo cierto es que sus padres habían comenzado a distanciarse mucho antes de llegar a la capital. Su madre cedió, tal vez porque Lucinda era pequeña todavía, por permanecer junto a ella, ya que el inspector Ródenas, en realidad, no era un mal hombre, ni tampoco mal marido: descuidado con ella, demasiado despegado, obsesionado con su trabajo, pero era soportable, nada huidizo y más estable que el auténtico padre de Lucinda de quien nunca habló a la chiquilla; se reservó una explicación para más adelante, para cuando una mujer pudiera comprenderlo de otra mujer. Sin embargo, la fatalidad ahorró esa parte del proceso. Además, la capital le ofrecía nuevas alternativas con que llenar su vida y ella sabía hacer otras cosas, sabía actuar y mantenerse ocupada en divertirse como a ella le gustaba, con un buen libreto que interpretar.

   Al siguiente año de residir en la capital, su madre ya se hizo con el papel principal de aquella comedia clásica, con la que la modesta compañía tenía previsto realizar una breve gira por los alrededores más cercanos de la provincia. La niña Lucinda no podría olvidar nunca la tarde lluviosa en que su padre se lo comunicó... Llevaban unas intensas semanas de lluvias con la primavera ya avanzada, su madre volvía con el contable de la compañía teatral, regresaban en automóvil de la localidad donde acababan de finalizar la última función de la tarde. La crecida del río con las lluvias convirtió en un lodazal los bordes de la carretera comarcal poco acostumbrados a tal avalancha de agua; el barro inundó aquel terreno pedregoso y el firme cedió a su paso: la carretera se fue ladera abajo arrastrando al vehículo con sus dos ocupantes que, desprevenidos en la oscuridad de la noche y del temporal, sucumbieron en el cauce del río. Fue una noche de intensas búsquedas, se movilizaron todas las guardias, incluso las de relevo, para tratar de localizar el cuerpo de la esposa del Inspector Jefe, hasta que apareció a la mañana siguiente, ahogada, catorce kilómetros río abajo.

 

 

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* ”Una señal de Luz” es una novela original de © Luis Tamargo.-

http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

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6 comentarios

leetamargo -

...A través de lo que sucede a la protagonista vamos conociéndola, capítulo a capítulo, desvelando la novela, amiga Trini. Sí, conocer lleva su tiempo...
TE SALUDO: LeeTamargo.-

Trini -

Poco a poo vamos conociendo a Lucinda, aunque pienso que aún nos queda bastante por sber de ella.

Un arazo Lee

LeeTamargo -

...La novela está ya escrita, Mariana, la subo capítulo a capítulo, aprovechando para corregir algún gazapo. No me gusta improvisar sobre la pantalla, lo que subo a la red es porque ya se puede enseñar, la labor está hecha ya antes; algunas de las novelas desde hace bastante tiempo, aunque no por ello cerradas a la posibilidad de ampliar en algunos casos. Gracias, amiga, por tu seguimiento... TE SALUDO:
LeeTamargo.-
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Mariana la de los Libros -

Pregunta, Lee: ¿has escrito la novela previamente y tan sólo la publicas? ¿O avanzas en tu escritura capítulo a capítulo, a medida que los vas subiendo?

LeeTamargo -

...Tiene mérito leer una novela en Internet (yo diría que hoy tiene mérito el mero hecho de leer), los artículos extensos lo tienen más difícil ante la brevedad de los poemas o de los microrelatos. Nunca calibré la literatura por lo poco o lo mucho, pero de semana en semana te vendré a ver -como dice la canción-, White, el agradecido soy yo, amiga. Nada nos obliga, nada podemos pedir y, sin embargo, acudimos a la cita... GRACIAS, AMIGA:
LeeTamargo.-

white -

Toda la semana pasando por tu casa en busca de un nuevo capítulo, esta mañana casi te dejo una queja en las hojas de reclamación, pero tuve Fe en que esta tarde aparecería un nuevo capítulo. Me lo he tragado como el que encuentra un quiosco de refrescos en mitad del desierto y resulta que ahora temgo más sed.
Esas gotas de semana en semana son unas píldoras tan pequeñas...
Pero me conformaré, ¡qué remedio!
Buen fin de semana, saludos
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