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LEE TAMARGO

Capítulo IX: VUELTA A CASA

Capítulo IX: VUELTA A CASA

   Hay algo más exasperante que un atolladero de coches a la entrada de la ciudad en hora punta el último día laborable de la semana. Después de más de cinco horas sentada al volante del vehículo que había alquilado para el regreso, a Lucinda Margot le resultó abominable aquel energúmeno que no había cesado de violentar el ya de por sí escaso equilibrio de la calma en la tensa espera. El hombre hacía sonar la bocina de su vehículo con insistencia sin dejar de vociferar y agitarse en gestos y aspavientos con los brazos. Ella no podía oírle al otro lado del cristal; lo agradeció, pero imaginaba la sarta de juramentos que componían su repertorio; los leía en sus labios. Ahora le tenía precisamente en frente, en el carril central; esquivó la mirada intentando mantenerse ajena al malestar e indiferente.

   Sin embargo, no pudo evitar dar un bote en el asiento, sin soltar las manos del volante, cuando la cola de un avión de pasajeros cruzó la autovía de entrada a Santander, casi echándose encima de los vehículos. Lucinda recordó que allí tenían el único de los aeropuertos a pie de ciudad que quedaban en todo el norte. Por unos instantes pensó que, en la próxima ocasión, no descartaría aprovecharse de esta situación para sus vacaciones, aunque enseguida volvió a ella el malestar de la tensa espera. Al fin y al cabo le daba igual trasladarse hasta allí, aguardar una hora antes y arriesgarse a que los horarios no sufrieran retraso, que salir en su vehículo y tardar lo mismo, con el beneficio de realizar pequeños descansos, espaciados a voluntad, cuando le viniera en gana.

   Observó al conductor que, en paralelo suyo, había salido de su vehículo y se había despojado de la americana, dejando traslucir anchas manchas de sudor que asomaban por las axilas de su camisa y que le empapaban la espalda. Con los brazos en jarras estiraba el cuello en un intento de distinguir lo que sucedía entre tantos coches amontonados. Las luces de una ambulancia giraban parpadeantes... El voluminoso conductor se volvía hacia atrás en un gesto repetitivo, provocador, de buscar cómplices para el enfado de su causa; incluso consiguió que algunos de los vehículos le acompañasen haciendo sonar al tiempo sus ensordecedoras bocinas. Entonces fue cuando Lucinda se apercibió de que tenía unas llamadas perdidas en el teléfono móvil, posado en el asiento del copiloto; con tanto estruendo resultaba imposible oírlo. Se trataba de un número desconocido, así que esperaría a llegar a casa con más calma.

   Agradeció el alboroto iniciado apenas un instante cuando las hileras de coches comenzaron a moverse, primero lenta, pero enseguida de manera fluída. Las sirenas de las ambulancias sonaban alejándose, sólo quedaban las luces intermitentes de la policía y de los operarios de las grúas que acababan de retirar el camión que se había atravesado todo aquel tiempo en medio de dos de los carriles centrales de la autovía. Al pasar junto a ellos comprobó que al menos otro par de vehículos estaba implicado en aquel aparatoso accidente. Los agentes obligaban a avanzar sin dar opción de curiosear a los conductores más mórbidos, pero Lucinda no quiso mirar.

 

 Al llegar al rellano del apartamento Lucinda posó las maletas, se dio cuenta entonces de lo cansada que de verdad estaba. Cuando abrió la puerta un aroma a aire limpio y ventilado le dio la bienvenida. Durante todo el viaje de vuelta había venido soñando con darse un baño relajante y ahora, a pesar del cansancio, por fin iba a entregarse a ello de pleno. Antes cerró las cortinas, se liberó de la ropa, arrugada y sudada del viaje, y colocó parte del contenido de las maletas en los respectivos cajones y estantes de los armarios. Dejó la bañera llenarse por completo con agua templada y echó al agua dos puñados de sales aromáticas, que al poco ya formaba una suave espuma rosácea. Así, desnuda, se paseó por la casa pasando revisión de los enseres, comprobando si seguían en su justo sitio o si Celeste, la chica mexicana que arreglaba la casa tres veces por semana, había hecho efectivo algún cambio novedoso. Se preparó una infusión de té a la menta en la cocina, lista para tomar cuando acabara su sesión de baño y desconectó el teléfono móvil. Luego, encendió el aparato de música, programó una selección de temas ambientales que puso en marcha a medio volumen, lo justo para escucharlo desde el baño. Al menos durante un par de horas no quería que nadie le interrumpiese ni estar localizable.

   Lucinda se dejó hundir levemente entre la espuma que asomaba por el borde de la bañera. Un vaho neblinoso cubría toda la estancia que, junto a la atmósfera musical creada, contribuían forzosamente al abandono, invitando al sosiego; llevaba largas semanas deseando aquel instante y debía llegar así y ahora, casi al final de sus vacaciones. Reclinó la cabeza y se tapó la cara con una toalla húmeda dejándose llevar, sin oponerse, dejando que la tensión acumulada de sus últimos pensamientos se derritiese hasta fundirse y desaparecer...

   Poco a poco se dejó así distender, no supo por qué le vinieron a la mente las palabras de su padre en la última conversación; pensó en él, en lo que le había dicho. Le había hablado del caso que ahora iba a ocupar sus próximos días, meses tal vez; seguiría su acertado consejo, contactaría con el psiquiatra que su padre le había contado que atendió a la señora desaparecida. Reconocía que se trataba sin duda de una información valiosa, un dato importante que ayudaba a comenzar; sólo con su padre se atrevía a mantener ese tipo de confidencias profesionales. A su vez, el inspector jefe le había confesado la inquietud que una serie de desapariciones venía provocando a los habitantes de Los Llanos y sus alrededores. Ambos divagaron con valoraciones y juicios morales en un intento por aclarar el hosco mundo en que se movían y que les rodeaba, hasta que su padre detuvo el hilo de los comentarios con un suspiro inesperado, aunque no extraño para ella...

-Nunca imaginé que estaría alguna vez hablando de estos temas con mi propia hija...

  A Lucinda no se le escapó un oculto aroma a reproche ya conocido en tal afirmación y, sin amilanarse por las consecuencias probables que se anunciaban, atajó la atención de su padre con un espontáneo interés sobre la doble vida que algunas personas parecían sobrellevar con aparente naturalidad. Ella inquirió sobre las claves que llevaban  a dicho comportamiento y sugirió la sospecha de que casi siempre se trataba de grandes personajes, es decir, de importante relevancia social: políticos, médicos, incluso policías…

 La vívida rememoración de la conversación entre su padre y ella se esfumó igual de repentina que la espuma al aplastarse contra su rostro mojado cuando el teléfono del pasillo sonó con un estrépito inesperado...

-¡Maldita sea! -masculló, al caer en la cuenta de que era el único aparato que había quedado sin desconectar cuando planificó su relajado aislamiento. Lo dejó sonar y, sin levantarse, escuchó atenta...

-¿...Luz? ¿Luz, estás ahí? ¿...sólo quería saludarte? Bueno, sólo eso.

   Era la voz de Donato: sólo había una persona capaz de llamarle a ella así, por el nombre de su madre, era el señor Donato. La llamada colgó y ella prosiguió su baño de descanso, aunque ahora menos confiada, a expensas de la suerte de que aquel teléfono no volviera a interrumpir su descanso. Volvió a sumergir sus párpados en el agua y esta vez le vino a la cabeza el recuerdo del veterano Donato, antiguo jefe de su padre, ahora integrado en la cúpula de Inteligencia Central, sí, uno de los grandes mandamases. Cuando murió su madre el propio Donato le había dicho:

-Yo soy tu segundo padre, Luz, ¿entendido? Recuérdalo, hija.

   Y ciertamente que Lucinda nunca lo podría olvidar. No fue hasta muchos años más tarde, cuando ella iba a abandonar la casa de su padre en Los Llanos para regresar a Santander, cuando se lo dejó caer al inspector Ródenas en una de sus conversaciones. Tampoco olvidaba las palabras que su padre profirió entonces:

-Verás, hija, nada hay igual a un padre. Pero si algún día falto ve al señor Donato, puedes confiar.

 

 

.

 

 

*”Una señal de Luz” es una novela original de © Luis Tamargo.-

http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

 

 

 

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5 comentarios

Trini -

Quizá estos reveses en la vida de Lucinada la hayan onvertido en lo que hoy es...

Un arazo

LeeTamargo -

...Mañana, White, no me da tiempo hoy; mañana, en cuanto acabe mi jornada laboral.
¿Fiestas? ¡Tengo más jaleo de trabajo que nunca! ¿Podrás aguantar tan sólo un día?... GRACIAS, AMIGA:
LeeTamargo.-

white -

espero que esta semana nos adelantes el capítulo al jueves, por aquello de las fiestas. Saludos

LeeTamargo -

...Digamos que dejo espacio para compartir con otras lecturas y así no acaparar tanto... Jeje ¡Eres muy amable, White!
GRACIAS, AMIGA: LeeTamargo.-

white -

Bonita decoración luce tu casa para estas fiestas que se acercan.
Sigo con entusiasmo la novela aunque nos dejes leer tan poco cada semana.
Un saludo
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