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LEE TAMARGO

Capítulo XI: C E L E S T E

Capítulo XI:  C E L E S T E

    A cuatrocientos kilómetros de allí, Lucinda Margot apenas había reparado en lo avanzado del día; el baño relajante de la tarde anterior tenía la culpa de que aún anduviese medio desvelada entre las sábanas de su apartamento. Recordó que su padre le regaló antes de marchar una caja de pastas típicas de la ciudad, hojaldre con cabello de ángel, que harían a la perfección las veces de pan, así que aquello la libraba de tener que arreglarse para salir a las compras del día. En todo caso, hasta el lunes no comenzaba de verdad su vuelta al trabajo, por lo que prefería dejarlo todo de golpe para esa fecha. También postergaría para entonces las llamadas pendientes: la de Donato, la de su padre para confirmarle que su regreso se desarrolló con normalidad y... Por un instante lamentó no tener otra llamada que realizar, alguien que mereciera su -evitó entristecerse y pensar en el amor- consideración. Lo cierto es que no había existido ninguna relación afectiva reciente que mereciera la pena recordar; sobre todo después de la última experiencia amorosa con su antiguo novio que, tras siete años de lazo indisoluble, se desvaneció de la noche a la mañana como un fatuo espejismo que le había ocupado innecesariamente demasiados años de su juventud. El precio había sido el dolor, que se lo había cobrado el tiempo... “No está todo perdido, mejor así”, se dijo.

 

   Se revolvió otra vez en la cama, sin prisa. La noche anterior desconectó todos los teléfonos que tenía en casa con el fin de que nada perturbara la paz de su último fin de semana de vacación. Por eso botó como un muelle automático cuando el timbre de la puerta sonó repentino e insistente... A través de la mirilla distinguió la silueta de Celeste, su empleada mexicana. Hasta el lunes no debería volver, ella ya lo sabía, pero se movía inquieta sin cesar de tocar el timbre y golpeando la puerta con los nudillos. Se arregló con los dedos la enmarañada cabellera, sin soltar la mano que sujetaba el albornoz, antes de decidirse a abrir...

-...¡Celeste! ¿ocurre algo...?

   La mirada de la chica revelaba que la situación requería dedicarle especial atención, así que Lucinda le invitó a pasar al salón; se sentó a su lado sosteniendo aún el gesto fruncido de su mirada inquisitiva.

-Disculpe, señorita, sabía que ya tenía que haber regresado, pero no he podido aguantar más…

-Díme qué ocurre, Celeste, tranquilízate... -replicó.

   La chica rompió a llorar sin encontrar alivio para hallar el tono de voz con que explicarse; se secó las lágrimas con un pañuelo que Lucinda le tendió...

-...¡No puedo volver allí, señorita! -acertó a musitar entre sollozos.

-¿Te refieres a tu casa, Celeste, donde tu marido?

-Sí, es por Augusto, no puedo soportarlo...

-Cuenta, chica, ¿qué ha pasado?

   Aunque llevaban apenas dos años casados la relación no marchaba por los cauces de normalidad deseados; en alguna otra ocasión, durante el noviazgo, Lucinda ya lo había notado, sólo que esta vez parecía que Celeste estaba dispuesta a darse rienda suelta y contar lo que en anteriores ocasiones había callado. En los años que Lucinda anduvo fuera nuevos acontecimientos habían venido a ensombrecer cualquier posible solución de entendimiento entre el joven matrimonio. Ella y Celeste casi eran de la misma edad, apenas le sacaba tres años más de diferencia a la mexicana, así que podía entender sin gran complicación los derroteros que seguían mente y sentimientos, después de los años compartidos y a pesar del breve lapso de tiempo ausente. Desde de que la contrató para cuidar de su apartamento y del despacho ya contaba con ella como parte integrante del paisaje familiar de su vida cotidiana. Le pasó un brazo sobre el hombro y, en un intento por calmar su ansiedad, le advirtió que esperase un momento mientras se acercaba a la cocina a preparar un café para las dos...

-¿O tal vez prefieres una infusión...?

   Celeste no contestó; se enjugaba el rostro con el pañuelo, hecho un ovillo entre sus manos. Cuando Lucinda llegó con las tazas, la chica parecía haberse calmado algo; no hizo falta volver a preguntarle, ella sola se soltó.

-...Ha sido una semana terrible, no puedo soportar la idea de volver a dormir allí, con él cerca. No puedo, señorita Margot...

    Lucinda le recriminó la expresión mientras vertía dos terrones de azúcar en su taza:

-Por favor, Celeste, no me llames así, hay suficiente confianza. No sabía que andábais tan mal, no hasta ese extremo, Celeste, ¿discutisteis de repente o qué...?

-Augusto se presentó un día instándome a ir con él para firmar la venta de la casa... No podía creérmelo, Lucinda...

-¿Quieres decir que vendió vuestra casa sin tu consentimiento...?

-Sí, así es... Sabía que yo no estaba de acuerdo, que no estoy dispuesta a cambiarme de vivienda, sobre todo ahora que tenemos casa desde que hace dos años nos casamos y que es nuestra. Estamos pagando la hipoteca, pero con el tiempo será nuestra, un hogar propio... -sollozó de nuevo al concentrarse en el significado de las palabras pronunciadas. Iba a continuar hablando cuando Lucinda le interrumpió:

-¿No habrás firmado, claro...?

-Mi primera reacción fue resistirme, al principio. Pero ayer firmé, me resultó imposible rehusar: él me amenazó...

-¿Te pegó, Celeste, llegó a pegarte el muy...?

-Casi hubiera preferido que así lo hubiera hecho, pero su amenaza fue velada, más demoledora... Si persistía en negarme aseguró que llevaría la situación por otros derroteros de los que me arrepentiría, ¿acaso te parece poca amenaza...?

-Me parece una locura lo que estás contándome...

-Al día siguiente me llevó a cenar, hablamos mucho... Me mostró los planos del chalet que ha decidido comprarse en las afueras, se trata de una urbanización de lujo. Para mí fue el detonante, salté, no pude contenerme ante tal alarde de egoísmo: “¿Y yo qué? ¿dónde encajo yo en estos planes?”, le dije. Créeme que acabo de descubrir a otro hombre distinto, Lucinda, nunca imaginé que significara tan poco para él, nada más que un mero interés económico para ir avanzando hacia la planificada consecución de sus propios fines... Me siento fatal, no puedo soportar su presencia en la casa, junto a mí...

-Lo siento, Celeste. Es una lástima, sí...

-Discutimos. Hemos hablado mucho durante estos días, mientras ha durado el acoso; me ha dicho cosas horribles, señorita Margot... No me quiere, no le importa separarse, incluso me ha animado a hacerlo, ¿tú lo entiendes? Y no hay otra, no. No se trata de una tercera persona, no es eso. Es un monstruo aborrecible, aunque me resisto a desearle lo peor, le odio... -Celeste dio un sorbo de té, se secó de nuevo las lágrimas y prosiguió...

-Necesito quedarme aquí algunos días, señorita Margot, a dormir, no quiero volver a aquella casa... En el momento de la firma nos entregaron una cantidad de dinero a partes iguales; el resto lo harán dentro de dos meses, también repartido a la mitad. Se trataba de un matrimonio de mediana edad que necesitaba el piso... -los suspiros entrecortados la dificultaban hablar-. Mi piso, Lucinda, mi casa.

-Puedes quedarte, Celeste, arreglaré la habitación de invitados que nadie usa, eso no es problema. Aunque lo primordial es que aclares tu relación con él, el futuro de vuestra relación, no sé si me comprendes...

-No puedo verle, no soporto su presencia, sus ruidos, sus portazos...

-Anda, ponte hoy cómoda aquí y trata de calmarte. Pero no bajes la guardia, si te ausentas demasiado de la casa puede acusarte de abandono del hogar. Puedes contar con mi ayuda, te entiendo, pero has de ser consciente de los riesgos que asumes, no vaya a resultar peor el remedio...

   Lucinda observó como Celeste se recomponía la falda en un ademán de sentirse a gusto y no pudo ocultar un gesto de malestar al comprobar las secuelas de una relación en sus horas finales.

 

 

.

 

 

 

 

*”Una señal de Luz” es una novela original de © Luis Tamargo.-

http://leetamargo.blogspot.com

 

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6 comentarios

leetamargo -

...No es cuestión de suerte lo de Luz, pero ese tal doctor no es ninguna joya. Veremos, Trini...
MUY FELIZ 2009: LeeTamargo.-

Trini -

Creo que esta ve el doctor Edouard no se va a salir con la suya, ya que Lucinda me parece un hueso duro de roer...

Un abrazo Luis y feliz año nuevo

LeeTamargo -

...Pues ha debido ser por poco, White. Es que se concentra uno tanto en la faena que...
FELIZ NAVIDAD, AMIGA:
LeeTamargo.-

white -

Que conste que volví como todos los viernes, pero no había nadie en casa.
Felices Fiestas.

LeeTamargo -

...Para conocerse nunca se llega tarde. Sabes que valoro tu visita, White...
GRACIAS, AMIGA: LeeTamargo.-

white -

es curioso cómo nos imaginamos a los demás y cómo son cuando los conocemos.
No pude acudir a la cita del viernes pero he venido en cuanto he podido.
Buena semana
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