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LEE TAMARGO

Capítulo XII: OTRA LLAMADA PERDIDA

Capítulo XII: OTRA LLAMADA PERDIDA

    La visita imprevista de Celeste cambió los planes de descanso que Lucinda tenía destinados para su último fin de semana de vacaciones, así que ese mismo domingo optó por bajar al despacho y echar una ojeada al informe que la policía francesa le facilitó sobre el caso de la multimillonaria desaparecida. Fue el único momento de la tarde en que pudo estar a solas y se felicitó de haberse traído consigo el teléfono móvil. Cuando sonó Lucinda reconoció enseguida el número del señor Donato y recordó la llamada pendiente del día anterior; agradeció además que le obligara a interrumpir la forzada lectura del informe que acababa de abrir con un exceso de pereza.

-¿Luz?

-Sí, señor Donato, le debía la llamada.

-¿Estás bien, Luz?

-Bien, sí, recién incorporada al trabajo, en casa esta vez.

  La voz del señor Donato sonaba honda, de sugerente modulación, que se correspondía con fidelidad a su figura cuando se estaba en su presencia. A Lucinda le infundía respeto, casi en la misma proporción que la admiración que le profesaba.

-Me alegro, Luz, sólo deseaba oírte decir eso.

   Lucinda iba a replicar con un cumplido de agradecimiento, pero siguió escuchando aquella voz que le contagiaba confianza y le acariciaba con matices de cercanía.

-Me alegro mucho que me digas esto, querida Luz, sobre todo hoy. ¿Sabes la fecha que es, verdad?

   Un fugaz rayo de lucidez pareció desvanecer el intimismo de la charla, pero Lucinda recapituló con rapidez.

-...Sí -Lucinda respondió con obligada seriedad-, es una fecha más que llevo presente, día tras día, para siempre. Pero una más.

   Podía interpretarse como una intencionada malicia forzar el recuerdo de una jornada aciaga, pero viniendo del señor Donato, no sólo resultaba disculpable para Lucinda sino además de útil maniobra que le ayudaba a reforzar cualquier atisbo de debilidad. A Lucinda le resultó imposible sustraerse al recuerdo que aquella fecha había evocado; se remontó a otro tiempo y a otro lugar. De no haberse interpuesto el destino aquella fecha habría representado hoy su aniversario de boda. Se llamaba Sergio, su novio de siempre; y se habían comprometido a vivir una vida en común. Sin embargo algo no salió según lo planeado y el final trágico que supuso la muerte de Sergio impidió la unión de la pareja en feliz matrimonio, al tiempo que provocó un giro nuevo, una vez más, en su vida. Ahora, el implacable señor Donato le sometía a prueba.

-No hay por qué preocuparse, señor Donato. Gracias por su atención, algunos peajes sólo se pagan una vez.

-Me alegras, Luz. Mucha suerte.

   El abrazo telefónico que Lucinda le envió de despedida coincidió con el áspero ruido del aparato al desconectar; el señor Donato había colgado. Durante unos instantes a Lucinda le dio la impresión de sumirse en el pozo sin fondo del que tanto se vanaglorió, minutos antes, de haber superado. Aquel vértigo no le era desconocido y regresaba ahora para poner a prueba sus defensas. Si algo le enseñó aquel dolor fue que nunca le abandonaría; tal vez lograra mitigarlo, desviar la diana de sus dardos envenenados, pero siempre estaría ahí, al acecho, aguardando la mínima ocasión de flaqueza. Sería así mientras estuviese viva y ella había apostado por luchar y vivir.

-Un abrazo, señor -musitó al aire.

   Cuando colgó, sólo entonces, fue cuando Lucinda se entregó de lleno, sin miedo, al recuerdo de Sergio. También él pertenecía a aquel mundo, era agente secreto de estupefacientes, que trabajaba de infiltrado en una misión que consistía en desenmascarar a los integrantes de una banda que traficaba con drogas; era su última misión, antes de la boda.

   Si la desaparición de su madre fue un inesperado golpe del destino, la muerte de Sergio representó otro no menos duro. Lo de su madre llegó en una adolescencia avanzada, que cambió el curso de sus vidas. Guardaba en lo recóndito de su memoria la imagen oficial de una foto de prensa en la que aparecía el vehículo rescatado de las aguas fangosas, tras la riada que provocó el temporal. Los titulares transmitían un mensaje confuso, una invitación a la duda con la supuesta infidelidad de la esposa del inspector jefe de policía y el contable de una modesta compañía teatral; su padre decidió retirarse a Los Llanos, una población no demasiado alejada del centro neurálgico de Madrid, pero sin los efectos secundarios añadidos de la capital. Algo en sus vidas dejó de encajar y, aunque la convivencia persistió en un principio, no pudo ser lo mismo. La falta de su madre significaba la pérdida de una pieza imprescindible y, convertida en una muchacha mayor de edad, Lucinda eligió regresar a su ciudad natal, a la búsqueda de un origen propio. Su padre no se opuso, aceptó sin remedio el giro que tomaban sus vidas porque, en el fondo, comprendía el sentido y la reacción de su hija; era su vida, al fin y al cabo a ella correspondía construirla. Le costó mucho más asumir su intención de convertirse también en policía, tal vez porque conocía el oficio desde adentro, los riesgos inherentes a la profesión. Sin embargo movió los hilos de su influencia para ayudarla en sus comienzos; incluso llegó a consolarle la relación amorosa que su hija entabló en el trabajo, con aquel agente especial. No dejaban de ser dos jóvenes enamorados con las lógicas expectativas de un futuro en común y él no había dejado de ejercer de padre en la distancia, le gustaba verla feliz. Lucinda daba sus primeros pasos en solitario, espoleada por una búsqueda personal, tras la pista, una señal que le revelara la dirección correcta, un sentido a su vida. Enseguida destacó como alumna aplicada y aventajada agente. Conoció a Sergio por la misma inercia de sus pasos, inevitable. Fueron años de proyectos y de consolidar experiencias a base de entusiasmo y tenacidad. Sergio era un profesional respetado, considerado entre sus colegas; aunque no exento de riesgo, su trabajo les permitiría edificar el hogar conjunto que se habían propuesto. Bajo aquel mismo techo compartirían los secretos, las guardias, viajes imprevistos, ausencias y silencios de las misiones encomendadas; era el precio requerido y para lo que se preparaban concienzudamente.

   Sergio le contó algunos pormenores del caso que llevaba entre manos; ella lo seguía con expectación, ya que sería su última misión de solteros. Anhelaba llegado el momento de casarse y estaba previsto que, aquella última semana, coincidiese la fecha del final del caso con la inmediata celebración de su matrimonio. Era el trabajo de muchos años lo que andaba en juego: Sergio se había infiltrado en el engranaje de la organización, una peligrosa mezcla de diferentes mafias que, en difícil equilibrio, defendían un interés común. Había detectado a los cargos intermedios y, a través de ellos, a los dirigentes; tuvo que asumir ciertas obligaciones para no infundir sospechas, incluso una relación sentimental con la madame oriental que se había encaprichado de sus encantos. Gracias a ella le resultó más fácil integrarse. En una ocasión Sergio le mostró a Lucinda el tatuaje con el que tuvo que marcarse, en la base de la nuca, para entrar a formar parte del clan que tenía su base de operaciones en una cadena de prostíbulos que regentaba su apasionada amante asiática: drogas, armas, prostitutas, un amplio círculo sobre el que se estrechaban ahora los lazos de la ley. El era el ejecutor y, como en cualquier otro trabajo, aquel era su peaje. Lucinda soportó la situación porque Sergio le confesaba los poderosos motivos de sus sentimientos más íntimos y, confiada en el pronto final de aquella misión, Sergio concluiría su misión y regresaría a su redil, junto a ella.

   Lucinda encaró la recta de aquella semana final con todos los preparativos ultimados: el vestido, el banquete, las invitaciones y los invitados constituían una infinidad de detalles en los que pensar y con los que mantenerse ocupada. Nada hacía presagiar que la reunión del final de la jornada deparase otro acontecimiento tan diferente. La presencia del señor Donato en el edificio de la central, en cierta medida, la alertó; era la segunda ocasión que le veía en persona. La primera vez era apenas una niña desconsolada por la muerte de su madre; recordaba cómo la consoló y el trato delicado y exquisito con que se ocupó de ella. En otras ocasiones fue por mediación de su padre, siempre a través de llamadas telefónicas, pero la sola presencia de su persona, aún en la distancia, impregnaba la realidad circundante de su vida cotidiana de una atmósfera especial que convertía el instante presente en situaciones importantes.

   Sus compañeros le arroparon mientras recibía la noticia de boca del señor Donato. Cuando los agentes entraron al recinto no hallaron a ningún integrante de la banda; de alguna manera habían adivinado sus intenciones y habían escapado. A Sergio le hallaron en la bañera de la habitación de la madame oriental, desnudo, con una jeringuilla clavada en el brazo. Un hilillo de sangre teñía el agua, ya fría; la misma sangre con la que,  a modo de tinta, habían utilizado para escribir en el espejo la palabra “traidor”. Fue otro golpe terrible para Lucinda que, a base de lágrimas y de tiempo, logró ir superando; a veces, incluso creía que sólo lo conseguía a ratos. Pero lejos de arredrarse se espoleó más aún al límite; algunos vieron en su dedicación una vía de escape a la tristeza que la desgracia le condenaba y alabaron su lucha. Era una auténtica policía, pero encontró en las tareas de detective un valioso complemento, a la vez que aliciente, para no estancarse y proseguir, crecida, afianzada en la fe de su capacidad, en la promesa oculta de que ella no se rendiría tan fácil.  

 

 

 

 

 

 .

 

 *"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

 http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

 

 

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6 comentarios

leetamargo -

...Sí, Trini, este pájaro sabía de otros vuelos. Pero todavía queda aterrizar, amiga... GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

Trini -

Este profesor sabe de todo, quén iba a imagiar que sabríapilotar una avioneta. En fin, que lo pillaan en otra ocasión, eso epero.

Un abrazo, Luis

LeeTamargo -

...Te agradezco los ánimos, amigo Dino: Que pases unas felices fiestas y en el 2009 más y mejor...
GRACIAS, AMIGO: LeeTamargo.-

Dinosaurio -

Es una buena novela, Lee, con una trama trepidante. Me gusta.
Yo también te deseo unas felices fiestas y que descanses.
Un fuerte abrazo.

leetamargo -

...Estaba ocupado ultimando el capítulo, White, pero llegas a tiempo: ¡Feliz Navidad y un 2009 pleno de buenas letras que compartir, amiga! MUCHA FELICIDAD:
LeeTamargo.-

white -

No me he resistido a volver a tocar a la puerta. Ya habías llegado.
Lo dicho, te deseo una Feliz Navidad y que el año nuevo llene de ilusión tu vida y la de los tuyos.
HAsta el año que viene.
Un fuerte abrazo, amigo
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