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LEE TAMARGO

Capítulo XIII: UN CASO SIN PISTAS

Capítulo XIII: UN CASO SIN PISTAS

    Hasta ese lunes, sin embargo, no se percató de que el buzón estaba repleto; se notaba que otras tareas habían tenido ocupada a Celeste. Entre las cartas había un sobre escrito de puño y letra por el propio Donato. Lucinda fue el primero que abrió y, con media sonrisa, pudo leer "bienvenue", en un francés perfecto. El señor Donato, una vez más, se ofrecía en su ayuda, pero ella prefería intentar avanzar sola, aunque no negaba que tranquilizaba su autoestima el saberse protegida. Adentrarse en la investigación, incluso equivocarse, formaban parte del reto que Lucinda había aceptado; aquellas eran las reglas del juego y, aunque poco amiga de dejar algo al azar, ya esquivo de antemano, así las había asumido con todo el abanico posible de consecuencias.     

   Esa tarde siguió estudiando el dossier, aunque para entonces contaba ya con una serie de datos que, a modo de hitos invisibles, anunciaban la dirección que seguir a tientas. La tal señora Le Notre debía de ser inmensamente rica, tanto que sus familiares habían acabado por inquietarse en exceso ante su ausencia, sobre todo, preocupados por el futuro de una fortuna huérfana. Se trataba de una mujer anciana, ni siquiera madura, cuyo papel en la función principal de la empresa no era activo; tan sólo su firma acompañaba cada una de las decisiones, condición indispensable para ser llevadas a efecto, de ahí también la urgente necesidad de dar con su paradero. Además, la mujer padecía achaques propios de la edad, una artritis acusada que le ataba de por vida al consumo de antiinflamatorios, y otro tipo de achaques psicológicos, si cabe más delicados, que le habían obligado a consultar su caso con un psiquiatra especialista. Lucinda anotó el nombre del mencionado doctor y, durante un largo rato, buscó su teléfono en la ingente colección de guías telefónicas que Celeste había desordenado con intención de limpiar el estante. Cuando lo encontró lo anotó en el mismo papel, junto al nombre del médico, que guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, pero pospuso la llamada para la tarde; antes había quedado con Celeste para comer y no quería faltar a la cita ahora que su amiga la necesitaba tanto.

   Celeste ya estaba esperando, sentada en la terraza del restaurante de la plaza. Se saludaron sin formulismos y Lucinda notó, aún más claramente a la luz de la calle, el acusado lastre de secuelas que aquella situación personal estaba marcando en el rostro entristecido de su amiga.

-Voy a darte la dirección de un amigo asesor, Celeste -Lucinda tendió sobre la mesa un papel de color verdeazulado con unas letras garabateadas en tinta líquida-. Trabaja en un Gabinete jurídico que me ha gestionado documentos en alguna ocasión. Creo que ahora lo que necesitas es que alguien te aconseje bien sobre los próximos pasos que has de seguir.

   Celeste recogió el papel, mientras lo leía despacio, tratando de descifrar la estilizada letra de su amiga.

-Gracias, Lucinda. No sé, estoy perdida, quizás tengas razón, tengo miedo...  

   Fue una comida frugal en la que Celeste apenas probó bocado, pero donde Lucinda consideró su presencia como un apoyo clave para alguien que estaba atravesando malos momentos. Lucinda, sin saber por qué, no perdió detalle del hombre que ocupaba la mesa situada detrás de ellas; le llamó la atención su actitud, reclinado sobre sí mismo, con las manos entrelazadas junto al vientre. Se trataba de un hombre de rasgos orientales que, a todas luces, daba la impresión de estar en trance o algo parecido. También Celeste lo notó e intercambiaron sus miradas. El hombre, de repente, elevó la cabeza hacia ellas, consciente de que habían advertido su presencia y les preguntó la hora.

-Son las cuatro y cuarto… -contestó Celeste, mientras el oriental se refugiaba en su postura original de ensimismamiento.

-…Ni siquiera ha dado las gracias –susurró Lucinda, acercándose al oído de Celeste.

  Después de tomar el café se despidieron. Celeste prometió que visitaría lo más pronto posible al asesor y quedó en volver a llamarla para mantenerla informada de la marcha de la situación. Apenas Celeste se había alejado unos metros Lucinda se apercibió del reloj caído en suelo, bajo el asiento donde había estado Celeste. Lo recogió y la llamó antes de que se alejara demasiado. Celeste confirmó que se trataba de su reloj; no tenía la correa rota ni se explicaba cómo había podido soltarse de su muñeca. También se dio cuenta de que no funcionaba.

-…Está estropeado ¡Qué raro! –exclamó, antes de despedirse de nuevo.

   Lucinda regresó a recoger su bolso de la mesa y se apercibió de que ninguna mesa de la terraza estaba ocupada, echó en falta entonces al oriental que poco antes estaba a su lado y que ya había marchado. Por unos instantes reflexionó... ¿A quién se había dirigido cuando preguntó la hora? Ella se había girado hacia él, pero fue Celeste quien se adelantó y contestó...

-Sí, qué extraño –se dijo y, sin que el asunto dejara de rondarle del todo por la cabeza, se apresuró de nuevo hacia su despacho. Agradeció tener tarea pendiente para aquella tarde nublada que poco parecía tener que ver con la jornada clara y soleada que transcurrió hasta entonces.

    Las primeras llamadas resultaron infructuosas. Tal vez la consulta de aquel médico comenzase más tarde o, también cabía dentro de lo posible, que se tratara de su tarde libre. Lucinda insistió varias veces más a lo largo de la tarde y, sólo al final, poco antes de cerrar, alguien descolgó al auricular al otro lado. Una voz de mujer madura se presentó como la encargada de la limpieza; explicó que el doctor estaba de vacaciones, que no regresaría hasta la semana siguiente y, ante la insistencia de Lucinda por localizarle con urgencia, después de aclararle que era detective y llevaba un caso personal, le proporcionó su número de teléfono de la casa de la costa. Sin embargo Lucinda no se atrevió a llamar hasta la mañana siguiente.

     La voz del doctor Edouard carraspeó, ronca, sin poder disimular cierta sorpresa, la extrañeza propia de quien no espera llamada alguna durante su período vacacional, según dejó expresamente indicado. Lucinda se presentó, expuso de modo introductorio el motivo de su llamada y la importancia de cualquier dato que pudiera aportar sobre el carácter o conducta de su antigua paciente desaparecida. Sin embargo la preocupación del doctor giraba en torno al modo en que la detective que le llamaba requiriendo tal cantidad de información se había hecho de su teléfono particular.

-Sí, sí, claro que conocí a esa paciente -afirmó el doctor Edouard-, de hecho guardo archivadas las sesiones de la terapia que recibió este paciente. Pero, cómo decirle, se trata de una información clínica, científica, con datos de gran valor técnico desde el punto de vista de un profesional de la psiquiatría, pero que nada tienen que ver, desde luego, con el tipo de información que usted o alguien profano a la medicina pueda utilizar...   

-Por supuesto que le entiendo, doctor, pero se trata de la desaparición de una persona que, por lo visto, no andaba del todo en sus cabales, de ahí que su colaboración pueda resultarnos tan valiosa.

-Lo sé, usted intenta realizar su trabajo -manifestó comprensivo el doctor, aunque en tono de reproche- y debe usted comprender que forma parte del mío respetar el secreto profesional.

   Lucinda notó que un silencio demasiado prolongado se interponía en la conversación y, con ánimo de que no se enfriase el intento, solicitó algún detalle digno de destacar o decisivo para su caso. Pero, a cambio, recibió una respuesta tajante del doctor:

-Lo siento. -se despidió.

   Lucinda se quedó a solas con el teléfono en la mano y, en un impulso reflejo, repitió la llamada, aunque sin éxito. Insistió una vez más, pero el contestador telefónico se activaba como un guardián autómata. Disculpó lo que, a su modo de entender, le pareció una falta de tacto por parte de un veterano profesional de la salud. A este tipo de especialistas acudían pacientes tan raros que tampoco resultaba extraño que ellos mismos pudieran tener sus propias manías. En cualquier caso no insistiría la búsqueda por esta vía. Si hubiera tenido alguna información sobre la señora Le Notre lo más probable es que el médico se la hubiera proporcionado o, cuando menos, apuntado o dejado vislumbrar con una leve pista al respecto, característica del ritual científico que en ocasiones dejan traslucir en términos del teatro propio de su gremio. Pero fue un intento nulo.

 

 

 .

 

*"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

 http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

 

 

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2 comentarios

LeeTamargo -

...No me he olvidé, CieloAzzul, me alegra reencontrarte por aqui, además en estas fechas: ¡Felices fiestas y que sigamos compartiendo letras y lecturas en el 2009!
FELIZ 2009!
LeeTamargo.

cieloazzul -

Hola Lee!
me recuerdas!!
linkeando encontré la ruta para leerte nuevamente!!!
y aprovecho para desearte un magnifico 2009!
un abrazo!
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