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LEE TAMARGO

Capítulo XVII: ENTRE COLEGAS

Capítulo XVII: ENTRE COLEGAS

    Lo primero que hizo Lucinda nada más llegar a su despacho fue marcar el número de teléfono de la Oficina Principal de Policía.

-Con el departamento de Internos, por favor.

  Al otro lado sonó la voz de Julio Blázquez, el jefe en persona:

-¡Lucinda! Ya me enteré de que habías llegado, ¿qué tal te fue con los gabachos?

-Bien todo, Julio, trabajando por aquí de nuevo. Necesitaba que me consultases unos datos.

-¿Un nuevo caso? Estamos a tope de trabajo, espero que no tengas prisa.

-Bueno, ya sabes, no, pero sí. El nombre es Augusto, desconozco apellidos. Pero mexicano y recepcionista del Hotel Alameda Central no habrá muchos.

-Tomo nota, Lucinda, te llamaré si encuentro algo.

-No, mejor me acerco yo mañana a primera hora, Julio.

-Bueno, está bien, a ver qué encontramos.

  El teniente colgó el auricular con un gesto urgente de compromiso, tenía que reconocer que trataba con una auténtica profesional. Lucinda se había asegurado así que se pondría manos a la obra y, en efecto, no se equivocaba.

  Lucinda llegó a la mañana siguiente con un margen suficiente para que el teniente tuviera tiempo de dar con algún resultado; puestos a pedir favores se dejó afuera las prisas, así como las exigencias. Además, desde su vuelta, no había pisado aún las oficinas centrales, le agradaba comprobar por sí misma lo que allí había cambiado. Sin embargo, el teniente estaba ocupado al teléfono, "una llamada larga de Jefatura", según la secretaria, por lo que tomó asiento en uno de los amplios sillones de cuero sintético que había en la salita que, a no ser por un par de acuarelas urbanas que colgaban tras un ficus artificial, apenas había cambiado en aquellos tres últimos años. Tomó una revista de la mesita del recibidor y se dispuso a entretener la espera, mientras un discurrir de agentes de paisano animaba los pasillos; en las mesas de la enorme sala asomaban las cabezas de otros agentes tras las pantallas de los ordenadores en un ambiente concentrado y cordial de trabajo. A Lucinda le llamó la atención la cantidad de mujeres policías que ocupaban las mesas; algo sí había cambiado.

   Un joven encorbatado, con las mangas arremangadas de la camisa, se le acercó y le ofreció uno de los vasos de café de la pequeña bandeja que llevaba. Primero rehusó con un gesto de la mano, pero enseguida rectificó.

-Bueno, mejor sí. Gracias.

   El joven sonrió y después se dirigió a la mesa de la secretaria, donde posó otro vaso; el que quedaba lo dejó en la mesita del recibidor. Lucinda dedujo que era el café de Julio Blázquez, que seguía pegado al teléfono.

   Cuando por fin salió, el teniente se disculpó y ambos se saludaron con confianza, aunque correctos. El teléfono volvió a sonar y, con un gesto apresurado del brazo, Julio le invitó a entrar en el despacho contiguo. Antes de cerrar la puerta tras ellos se dirigió a la secretaria:

-No me pases llamadas, por favor, al menos en unos minutos.

   Lucinda se sentó al tiempo que dejaba escapar un comentario cargado de ironía...

-Creo que aquí no hay que preguntar sobre las prisas, todos las tenemos.

-Supongo que tu misión en el país galo fue más descansada. Aquí todos los días es lo mismo.

-No te creas, Julio, la calle también tiene sus peros.

   El teniente abrió una carpeta que descansaba en un lateral de la mesa, hojeó dos páginas por las dos caras y le tendió una foto.

-¿Me preguntabas por este?

-Sí, nada importante, mera rutina de comprobación.

   En la foto, el que hasta hacía poco fue el marido mexicano de Celeste aparecía entre un grupo de personas en círculo, frente a la salida trasera de un local nocturno; en los cubos de basura podía leerse el nombre del club. Lucinda prestó atención a los detalles; era una foto con poca luz, de noche, tomada desde una ventana alta, tal vez desde la azotea.

-Bueno, no hay nada malo en que a nuestro amigo le guste el bailoteo, ¿verdad? -apuntó con cierto sarcasmo.

-Sí, pero no es tu amigo quien me preocupa sino este otro personaje que parece llevar la voz cantante a su lado -dijo señalando la figura de un hombre alto, cuadrado como un armario, que llevaba un traje blanco y corbata oscura-. Es a este a quien vigilamos, pero tu amigo no es ningún desconocido, por supuesto.

-¿De quién se trata? -inquirió Lucinda, hasta cierto punto sorprendida de haber hallado fundamento para su curiosidad.

-No te puedo desvelar mucho y no puedes preguntármelo tú, Lucinda, que has trabajado en casos similares y conoces las medidas de seguridad y los riesgos que corremos en dichas misiones de calle. Creo que con esto te he dicho bastante.

-Vaya, vaya, así que tenemos más tarea de limpieza...

-No es el importante, un mero distribuidor que sirve al gordo, pequeñas minucias que viven a costa de otros -el teniente afinaba los matices como si se tratara de un diagnóstico-. Apenas unos años de prisión para volver a repetir la jugada; no nos interesa.

-Entonces nada que hacer... -las palabras de Lucinda sonaron a cierto desconsuelo.

-Puedes decirle a tu cliente que no es de fiar, pero poco más.

-Eso ya lo sé, pero... ¿ni siquiera asustarle?

  Julio iba a sonreír ante el exagerado tono sarcástico de Lucinda, pero se contuvo al contemplar el semblante adusto de la detective.

   Se estaban despidiendo cuando llamaron a la puerta y asomaron las mangas de una camisa blanca con una bandeja de humeante café. Era el joven agente que antes se lo había ofrecido a Lucinda.

-Disculpa, Julio, no sabía que cambiaste a este despacho. Te he calentado otro.

-Pasa, Ernesto -el teniente reaccionó, diligente-. Te presento a Lucinda Ródenas, de Servicios Centrales.

  Lucinda le tendió la mano en un saludo distendido

-Ernesto, Ernesto Mouro, de Formación de Equipos -se presentó el agente.

-Lleva poco entre nosotros, pero su labor es inestimable -apostilló el teniente.

-Sí, los efectos no han tardado en notarse -añadió el joven sin soltar la bandeja del café.

  Los tres rieron por la ocurrencia. Abandonaron el despacho y Lucinda se despidió del joven, mientras Julio le acompañaba hasta la salida.

 

    A Julio Blázquez se le volvió a enfriar el café. Junto a la máquina de refrescos se encontró a Ernesto Mouro.

-A la tercera va la vencida -bromeó.

   El joven agente dejó de leer el informe que tenía entre manos y, con una sola pregunta, enseguida entabló conversación.

-…El Ródenas, ¿viene de los Ródenas de la Central?

-Veo que afinas puntería, muchacho -Julio aprovechó la hora del café para charlar animado-. Es su hija.

-¡La hija del gran jefe! -al joven se le escapó un silbido de exclamación- Un buen partido, sin duda.

   Julio adivinó la intención y rompió una lanza a favor de la chica.

-No pienses que lo tuvo fácil por eso. También pasó lo suyo. Antes de hacerse policía salió con un agente especial de esta oficina, uno de los mejores. Hacían buena pareja.

-¿Hacían...?

-Era excepcional, uno de esos agentes que parecen hechos a la medida, como los que tú formas y desearías para tus equipos. Trabajaba en una misión de calle, en uno de esos casos de drogas en los que sólo tienes que indagar, informar y disimular. Pero él se metió demasiado, se enredó con la chica que había que vigilar, una distribuidora más, pero mujer sagaz, que le puso a prueba; para evitar sospechas él se acostó con ella, incluso se entregó a la droga, se arriesgó en exceso. Tal vez pensó que podría con ella, que podría recuperar la situación, que la integridad de sus habilidades, con su entrenamiento, le permitiría la vuelta atrás; tal vez así lo creyó o tal vez cayó de verdad en sus redes. Nunca lo supimos y nunca lo contó. Cuando se llevó a efecto la redada, ya era tarde. Apareció muerto, con una jeringuilla clavada en el brazo. No se encontró ninguna pista de la mujer ni de la droga y la operación tuvo que ser abortada.

-Un fracaso, en fin.

-Y una traición. Para Lucinda Ródenas, su novia, fue algo más que una desgracia o un desencanto. Llevaban siete años juntos en un fiel noviazgo con mayores y serias pretensiones. Fue a partir de entonces cuando ella eligió ser detective además de policía.

  Ernesto escuchó atento y se quedó en silencio, en señal de respeto, invadido por el hormigueo adormecedor del café humeante que sostenía en su mano.

 

.

 

 

 *"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

 http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

 

 

 

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6 comentarios

leetamargo -

...Puedes leerlo en este blog, Carla, cada capítulo es un post. Me alegra haber despertado tu interés, amiga... SALUDÁNDOTE:
LeeTamargo.-

Carla -

parece un libro muy interesante. habrá que leerlo.

LeeTamargo -

...Hasta aquí la obra que quería mostrar, White. Pero cierto, la vida sigue y, por el camino, variaciones y nuevos capítulos se suceden; se ampliará el trabajo y mañana, pasado mañana, el mes que viene o al año siguiente acabará por ser otra. Pero esta es la muestra que quería enseñar, que se puede leer. Gracias por seguirme hasta aquí, amiga...
TE SALUDO: LeeTamargo.-

white -

He estado un poco perdida y no te he dejado reseña de mi paso por el final de tu novela: Me ha sabido a poco, a muy poco, uno siente la necesidad de continuar mirando por la mirilla de la vida de la protagonista, pero cada escritor pone el punto y final cuando la historia ha terminado, o por lo menos se ha detenido, si es que ha de continuar.
Saludos

LeeTamargo -

...Gracias, Mariana, aunque para mí no hay satisfacción que iguale a la que se experimenta mientras se escribe... TE SALUDO:
LeeTamargo.-

Blog literatura -

Felicitaciones. Siempre es una satisfacción muy grande tener nuestro nuevo libro entre las manos.
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