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LEE TAMARGO

Capítulo XIX: VUELO DEMASIADO BAJO

Capítulo XIX: VUELO DEMASIADO BAJO

   Una niebla densa empañaba el ventanal central del aparato, señal de que se acercaba al norte previsto. Si el cálculo no le fallaba alcanzaría las costas británicas al día siguiente; aquel aparato disponía de autonomía suficiente para librar ese objetivo en su escapatoria. Pero no era eso lo que le preocupaba, sino la intempestiva vibración que provenía de uno de los motores, del derecho creyó observar, después de atender al ruido provocado por una pequeña chispa que, con esporádica irregularidad, venía encendiéndose desde las dos últimas horas. Una hora más tarde la chispa daba paso a una explosión, pequeña, pero estridente y el profesor fugado se alarmó hasta el punto de que tomó en serio la posibilidad de descender con el aparato. Debía de haberse desviado en exceso de la ruta trazada porque la niebla iba en aumento y, había supuesto en un principio, que el norte quedaba más cercano. Tal vez los vientos cambiantes le alejaron, pero aún seguía sin divisar el mar y, aunque lo tuviese enfrente, sería incapaz de verlo a causa de la espesa capa de niebla que atravesaba. El motor izquierdo explosionaba con repetida frecuencia y, cuando se paró por un breve instante la primera vez, el profesor supo que volvería a hacerlo hasta pararse del todo. Así que no tenía mucho tiempo que perder, trató de volar bajo arriesgando, tratando de esquivar el relieve montañoso de la zona, pero necesitaba un lugar despejado para intentar un aterrizaje forzoso. Llovía y un fuerte viento arrastraba la niebla a jirones, mientras zarandeaba el aparato que, por todos los medios, trataba de mantener en equilibrio. Le pareció  vislumbrar un claro, un espacio lo suficientemente largo y llano para aterrizar; escrutó entre la niebla gris, sí, parecía un buen sitio para intentarlo, no disponía de otro en cualquier caso, se arriesgaría. Apretó los dientes y, con más firmeza los mandos, para soportar el impacto con tierra, que le vapuleó. Pudo distinguir el campo verde que se extendía frente a él, mientras atravesaba aquel telón de neblinosa incertidumbre; en el fondo pardo de sus ojos brillaba la luz de una esperanza, tal vez tuviera suerte, pensó.

 La cabina de la avioneta devoraba capas y capas de niebla que se rompían al contacto, en un continuo suceder, vertiginoso, que amenazaba también con tragarle en aquel torbellino sin control. De repente un cercado de piedras surgió de la nada y el tren de aterrizaje quedó sesgado, interrumpido en su trayectoria. El morro del aparato se hundió en el terreno sin detener su alocado avance. El profesor sujetaba los mandos para mantenerse erguido en el sitio más que por recuperar la dirección del aparato. Sin embargo el terreno blando, acolchado por la hierba, pareció ceder de forma brusca y al profesor todavía le dio tiempo a ver la carretera que, a través de una cortina espesa de niebla, surgió inesperada, amenazante...

 

   Era la misma niebla con la que el doctor Edouard se topó a pocos kilómetros de la entrada a Santander, la misma que le obligó a reducir la marcha y conducir más despacio, cauteloso. Apenas podía distinguir un palmo delante del vehículo y el exceso de atención le obligó a apagar la música que, repetitiva, le había hecho compañía durante todo el trayecto. Le disgustaba la niebla, los remolinos de colores que se dibujaban en su horizonte ciego; con razón constituía su peor enemigo, ahora con las manos al volante. Vaciló, pensó en pararse y aguardar, al tiempo que escrutaba el incierto tramo de asfalto opaco que le habría gustado adivinar frente a él. Entonces fue cuando escuchó el ruido aquel, extraño y rotundo, que no acertaba a catalogar. No tuvo tiempo de mirar a su costado, al otro lado de la ventanilla, ni de protegerse del impacto arrollador de la avioneta desbocada que arrollaba todo a su paso. Fue un choque brutal, demoledor: ambas máquinas colisionaron con estruendo en un chirriar de metales arañados, rotos, que ardieron en fatal comunión, retorcidas en el asfalto. Luego, la explosión encendió un destello breve en el amanecer cercado de niebla.

   Cuando llegaron los camiones de los bomberos ya podían distinguirse las tintineantes luces azules de los coches de policía entre los restos de niebla que se resistían a abandonar aquella mañana gris. Era media tarde cuando hizo acto de aparición el inspector Ródenas, avisado del hallazgo y del fatal desenlace de su perseguido:

-Una mañana funesta... -farfulló cabizbajo, al descender del vehículo tras un viaje tan repentino como inesperado.

   Examinó los restos aún humeantes de los aparatos, ahora transformados en un amasijo de hierros ennegrecidos, diseminados por los alrededores. Los agentes reunidos en corro junto a él corroboraron sus pesquisas, incapaces de distinguir las partes pertenecientes a la avioneta o al automóvil:

-No se ha salvado nadie...

-Terrible, sí. -afirmó, conciso.

   Unos minutos antes había llamado a su hija, avisándole de que iba en dirección a Santander, pero el teléfono hizo un sonido extraño y aún no le había contestado.

 

   Esa noche Lucinda tenía la cena con Ernesto, quien se había encargado de prepararle una sorpresa sonada. Había reservado una mesa a la luz de las velas en “El Puerto”, uno de los mejores restaurantes de la ciudad, en el barrio pesquero; desde la cúpula del restaurante se vislumbraba el bamboleo de los veleros atracados en el muelle y la luz del faro aparecía y desaparecía en un extremo del horizonte de la costa cada once segundos. Lucinda parecía encantada por el ambiente y por la melodía cadenciosa que una banda de músicos se encargaba de animar en directo. Mientras hojeaba la carta, Lucinda reconoció al músico italiano que tocaba escondido tras el órgano electrónico del rincón; un estremecimiento le hizo tragar saliva. El pianista también pareció reconocerla, la saludó con una leve sonrisa y, con un discreto gesto del brazo, al chasquear los dedos, obligó a la banda a iniciar un nuevo tema. Ernesto la contempló abstraída, satisfecho de haberla impactado, pero ella atendía ausente a la música, trataba de reconocer la cadenciosa melodía que interpretaban…

-Un buen lugar con buena música, ¿te gusta? –preguntó.

-…Insensatez -apostilló ella.

-¿Cómo dices…? –Ernesto no parecía entender.

-No es nada, me trae recuerdos.

    Ernesto iba a preguntarle si eran buenos aquellos recuerdos, si podían contarse, pero Lucinda se levantó explicándole que iba a acicalarse un momento. Fue entonces, al salir al aseo, situado en la terraza principal, cuando su teléfono móvil parpadeó y dio la señal; al ver la llamada de su padre, le llamó. Al principio se sorprendió de que la casualidad le trajera de nuevo a su padre junto a ella, apenas unas semanas atrás de haberse encontrado después de tres largos años de ausencia; pero reaccionó con prontitud, le comunicó que enseguida se verían, tampoco deseaba aplazar aquella velada. Regresó a la mesa con gesto apresurado y le instó a Ernesto para que le esperase si tardaba un poco...

-Pero… -Ernesto se incorporó en el asiento, temeroso de que algo la hubiese disgustado y la empujara a abandonarle-, ¿qué pasa?

-Tranquilo, me toca a mí: ahora la sorpresa la traigo yo…

    Cuando arrancó el coche aún seguían sonando las notas armónicas del grupo musical y, sin perder ni un segundo, se puso enseguida en camino. Se preguntaba a qué oculta señal se debía, cuál era el oculto designio que se empeñaba en reunir allí, en torno a ella, tantas coincidencias. Sabía que la casualidad no casaba dentro de sus planes ni tampoco contaba entre sus creencias, sino que lo sucedido sólo se debía a un motivo tan oculto como significativo. Sí, no podía haber otra explicación...

   Atravesó el cordón policial que le separaba de su padre, mostrando la placa que le identificaba, para ahorrarse vanas explicaciones y, cuando llegó hasta él, contuvo un saludo más cercano y familiar, aunque más afín a sus sentimientos que el protocolario. Se alegraba de tenerle enfrente de nuevo; de alguna manera le hacía sentirse más en casa. Él también disimuló cualquier muestra de afecto al saludar y, apretándole la parte interna del codo, adoptó un cierto aire de gravedad mientras relataba algunos pormenores del caso al Oficial de turno, a la vez que le hacía a ella también partícipe de la información. Los tres pasearon junto a los restos calcinados del aparato y lo que quedaba del chasis del vehículo accidentado. En una improvisada camilla descansaba lo que iban encontrando de los desaparecidos tripulantes, apenas unos pedazos desperdigados que los agentes iban reuniendo dentro de una lona impermeable. El inspector Ródenas cambió el itinerario de la inspección para evitar a Lucinda la visión de unas imágenes demasiado desagradables. Pero ella le seguía sin poder dar crédito a lo que le contaba.

-Así que el profesor que se fugó en la avioneta ha tenido que llegar hasta aquí para estrellarse... -Lucinda disimulaba mal la sorpresa y sabía que su padrastro la conocía lo bastante como para no creerla. 

   Ródenas iba a contestar cuando su presencia fue requerida por un alto cargo de la Policía judicial. Se incorporó al círculo de oficiales que se cerraba en torno al vehículo del Jefe Superior de Policía y Lucinda observó cómo prestaba la máxima atención a la serie encadenada de explicaciones del alto cargo. Regresó al cabo de unos instantes y apenas le dio tiempo a su hija para preguntar.

-...¿Y sabes quién era el otro? ¿el del coche?

   Lucinda se hallaba a dos metros de las cenizas humeantes del automóvil y miró a su padre con gesto inquisitivo. Pero el inspector prefirió hacerse de rogar.

-Podemos afirmar que mi caso se ha resuelto solo -Ródenas se regocijaba con el gesto mudo de impaciencia de su hija-. ¿Pero qué me dices del tuyo...?

-¿Qué quieres decir? Diablos, no entiendo...

-Bueno, sin duda, deberíamos hacernos muchas preguntas, ya que quien tendría que contestarlas no va a respondernos nunca. -El inspector disfrutaba manteniendo el suspense.

-¡Suéltalo ya, demonios! -Lucinda le apremiaba, aunque gustaba de ver a su padre así, divertido.

-Me pregunto qué le habría traído aquí al psiquiatra que llevaba a la paciente francesa desaparecida. Sí, esa adinerada señora que tanto echan en falta sus herederos y que tú investigabas... -planteó el inspector tratando de no mirar directamente a Lucinda. El misterio estaba servido y los efectos se dejaron notar de inmediato. Una sucesión de vívidas imágenes pasaron rápidas frente a Lucinda, mientras su instinto de detective se ocupaba de ajustar los datos al desarrollo de los hechos. No, ella no creía en las casualidades; las coincidencias siempre obedecían a un motivo más o menos desconocido, pero un poderoso motivo en cualquier caso. Entonces le explicó a su padre que en la conversación mantenida por teléfono con el psiquiatra se había prestado a hablar con ella, después de un primer intento infructuoso y hasta desagradable. Le comentó el aparente enfado inicial, fruto de lo inesperado de la sorpresa y su posterior rectificación y el ofrecimiento voluntario a compartir detalles sobre el caso; incluso contempló la posibilidad de acercarse hasta Santander para colaborar con información sobre el caso con motivo de un próximo viaje de trabajo.

   Lucinda manejaba los hilos con habilidad, con la misma con la que el inspector hilvanaba probables engranajes, no por ello menos reales.

-...Aunque quedó siempre en avisarme antes... -Lucinda repasaba en voz alta la secuencia de su conversación con el doctor.

-Sí, claro, solícito y de buena voluntad, una vez que reflexionó sus alternativas posibles. -El inspector pensaba también en alto para que Lucinda prosiguiera con el seguimiento de la secuencia.

-¿Y para qué iba a venir antes, quiero decir: a hablar antes, sin avisar...?

-A no ser que ocultara algo...

-Alguna aviesa intención...

-Más mala intención que la de acabar con un problema.

-¿...Quieres decir que era culpable? -se adelantó Lucinda.

-Bueno, lo has dicho tú, niña. Si hay algo que me gusta de ti es que...

   El inspector no llegó a acabar la frase que la propia Lucinda se conocía de memoria. Fue ella quien se encargó de continuarla en tono de réplica:

-...¡es que no hace falta que me digan las cosas!

-¡Luz, hija!

   Ambos rieron abiertamente, sin importarles la compañía de los agentes que vagaban de uno a otro lado, dentro de aquel ambiente enrarecido por la niebla y la tragedia. El inspector Ródenas pasó un brazo sobre los hombros de su hija.

-Acompáñame -dijo ella, rodeándole por la cintura-, quiero que conozcas a alguien.

  Abandonaron el grotesco escenario de hierros retorcidos abrazados, padre e hija, dispuestos a no desaprovechar la oportunidad que otra vez el destino disponía, a modo de señales luminosas, para dedicarse un rato más de atención, apenas unos instantes de breve eternidad entre tantas obligaciones, ajetreos y ausencias, decididos sin necesidad de proponérselo, a disfrutar de su mera presencia y ahuyentar las distancias. Cuando se alejaban en dirección al vehículo un repentino resplandor encendió las nubes flotantes de niebla dejando que un haz de destellos rotos iluminara el fin de la tarde.

.

 

 

*"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

 http://leetamargo.blogspot.com

 

- F I N -

 

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5 comentarios

LeeTamargo -

...Verás, David, lo que me importa es si leíste algo en este blog que te gustó o que destacarías por algo en especial, tu impresión u opinión, un intercambio de pareceres. Si me visitan muchos o pocos es lo de menos, creo que ese es un criterio equivocado. Pero, claro, es mi opinión personal, lo de "participar" en la red es algo tan relativo, casi estadístico diría yo...
LeeTamargo.-

david -

Hola.
Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog
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Muchas Gracias por tu tiempo... y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer.

Un saludo.

DAVID T.
Webmaster de Publizida.es

leetamargo -

...Resulta que aquí sí se publica el mensaje, pero a un post del año 2005 es imposible contestar. He republicado en varias ocasiones y nada...

LeeTamargo.-

leetamargo -

...Gracias por contestar, Gatopardo, me alegra encontrarte por aquí. Mejor trataré con Roberto vía email, porque no consigo dejar comentarios en el blog... GRACIAS, TE SALUDO:
LeeTamargo.-

Gatopardo -

Estas navidades, aprovechó Roberto Abizanda, nuestro anfitrión de blogia, para migrar nuestros blogs a un servidor mejor y más potente. Avisa dentro de la zona de administración que si no funciona algo hay que republicar el blog, y si hay algún problema suplementario, escríbele a info@blogia.com que suele solucionarte el problema en cuanto tiene un ratico libre.

Por cierto, aunque no suela comentar, sigo leyéndote con placer.

Un gran abrazo
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