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LEE TAMARGO

SIGUE SIN FUNCIONAR...

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  ...A la espera de que esto se arregle no olviden, amigos/as, que también pueden encontrarme aquí:

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  ¡ BIENVENIDOS/AS !

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A QUIEN PUEDA INTERESAR O PUBLICAR...

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      ...A quien pueda interesar, a quien quiera publicar:

   A través de este cuaderno virtual he ido dando a conocer mis escritos. Me gusta escribir, siempre he escrito y -no lo voy a ocultar- voy a seguir en esta tarea que tantas satisfacciones personales me procura. En cierto sentido me pasa lo mismo que al mundo editorial, a veces vislumbro confuso el horizonte, aunque no resulta difícil imaginar la cantidad de intereses entremezclados que no nos dejan distinguir los claros del bosque. Con las cifras, sin embargo, siempre me ha ocurrido algo curioso, en cuanto aparecen sobre el escenario las musas salen huyendo, después de todo el trabajo que costó acercarlas; pero reconozco lo inevitable del trámite comercial. He participado en diversos certámenes, eso sí, sin obtener premio literario alguno; antes de una manera regular, asidua, pero ahora menos, casi desmotivado de intentar el milagro, como si esa fuera la solución a mis ganas de escribir. No, no lo hago por eso, ni por dinero, ni tampoco estoy dispuesto a realizar ningún desembolso económico. He recibido ofertas de publicación por Internet que suenan a fraude –algunas constatadas posteriormente en algún conocido-, y otras que me hacían desconfiar, porque publicar un libro no se puede hacer a la ligera, sin saber con quién tratas o si el fruto que saldrá corresponde al proyecto deseado. Publicar es algo delicado, ya que ha costado mucho esfuerzo parir esa obra y se merece todo el cuidado. Preferiría el trato directo siempre, ultimando detalles que puedan tocarse o arreglarse en persona, en caso de dudas; en caso contrario, me quedo como estoy, con el trabajo hecho, a la espera de tiempos mejores.

  Sin embargo las editoriales hoy en día tienen que enfrentar todo tipo de crisis, algunas muy particulares; tiene que ser duro sobrevivir dentro de esa vorágine, donde las pequeñas o medianas empresas sufren los embates de las grandes, para quienes equivocarse supone menos gasto, es decir, pérdidas o riesgo. Nunca resultó fácil trabajar, ni escribir, ni publicar, pero soy de la opinión de que lo bien hecho se nota. Mi currículum no llenará una página entera, porque me gano el jornal con mi trabajo y escribo después, mientras o antes, cuando el pan de los míos está asegurado, pero escribo siempre, a la par, y creo que en estos escritos hay textos interesantes, por los que lectores desconocidos y desinteresados me han alentado, felicitado y hecho partícipe de su agrado y aceptación; ese es el lado amable de la red. Ahórrense críticas negativistas, que no las pido; la crítica literaria es una ciencia que tampoco se puede pretender en este breve espacio. Todos sabemos que un texto puede vestirse a posteriori, si tiene cuerpo, que los correctores harán mejor su trabajo si el contenido merece. No pido eso, no pido nada: ofrezco. Me dirijo a esa editorial o profesional de las letras que encuentre interesante este material escrito que aquí expongo. Si alguien desea publicarme encontrará en esta página una muestra variada, pero completa, de mis escritos: Poesía, relatos y novelas… 

 

   Tres son las novelas que pueden leerse en esta página. La primera fue “EL CANTOR DE OLAS”, una novela de juventud, impregnada de aliento marino y poético;  “DONDE EL RÍO REGRESA”, es otro tipo de viaje, una lección que extraer de la experiencia; y “UNA SEÑAL DE LUZ”, novela de nuestros días, más actual, que responde al reto de una narradora femenina. Aún quedan otras más en camino que, poco a poco, seguiré subiendo a este espacio virtual. Para leer, para disfrutar, para compartir. A quien pueda interesar...

   Los relatos están agrupado en una trilogía, de la que publiqué en autoedición los dos primeros volúmenes, “ERA UN BOSQUE” (2004) y “A MEDIA DISTANCIA” (2006); queda pendiente el tercer ejemplar, “EN LA OTRA ORILLA”. Y todavía hay un cuarto libro suelto, “VENTANAS ENCENDIDAS”, listo para editar si alguna editorial muestra su interés.

   Con los poemas aquí expuestos y algunos más autoedité mi primer libro de Poesía, “ESCRITOS PARA VIVIR” (1998); todavía queda más material para otro volumen ya concluído, de título “POEMÁGENES”, a la espera de esa editorial interesada o con ganas de trabajar.

  Para cualquier consulta o duda es fácil contactar conmigo a través del blog; el email lo tenéis en esta misma página.

   Gracias si llegasteis a leer hasta aquí.

    Un saludo.

 

 

 

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¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

UNA SEÑAL DE LUZ: Sinopsis de la Novela

UNA SEÑAL DE LUZ: Sinopsis de la Novela

    A lo largo de las páginas de esta novela hemos recorrido, de la mano de Luz –ya Lucinda para los amigos lectores-, nuestra protagonista detective y policía, varios escenarios donde diferentes casos nos han mostrado a una mujer de nuestros días, con miedos, sentimientos e incertidumbres de hoy, es decir, humana también, a la vez que profesional, que nos han acercado a su historia personal; aunque se trata de una historia ficticia, no por ello dejan de resultar posibles sus atisbos de realidad.

 Empezamos a conocerla en París, disfrazada de otra personalidad, mientras trata de desempeñar su labor, una misión secreta que finaliza de modo imprevisto, antes de lo deseado, a causa de la intromisión de un extraño personaje, un músico asesino que se encapricha de ella. De vuelta a España, su país, a su ciudad natal, se reencuentra con el inspector Ródenas, su padrastro, el único lazo familiar que la queda, pero con el que mantiene estrechos vínculos afectivos. Comienza a investigar un caso nuevo, al tiempo que el inspector intenta resolver el suyo. Por el camino descubriremos distintos personajes que se suceden: un maníaco, profesor de literatura, que escapa al cerco policial en una avioneta; un psiquiatra que asesina a sus clientes más problemáticos, casi siempre mujeres adineradas; Celeste, la empleada mexicana que pide consejos de amiga a su jefa; su madre, Luz Margot, que falleció en accidente de automóvil; el señor Donato, amigo de la familia y una autoridad en la sombra; Sergio, su antiguo novio, que desapareció en circunstancias escabrosas; Julio Blázquez y Ernesto Mouro, compañeros de trabajo, colaboradores y algo más. Cada cual protagoniza su propio caso dando lugar a historias que se entrelazan, obedientes a una causa y desarrollo exclusivo. Pero, al final, comprobaremos cómo será una extraña coincidencia de la casualidad o el destino, más que las señales razonablemente profesionales a través de las que tanto se obstina por indagar, la que hará coincidir los desenlaces de ambos casos en una solución común y definitiva.

   No es esta una novela policíaca ni siquiera porque la protagonista ejerza su profesión. Al contrario, aunque no manda sobre los interrogantes que persigue, nuestra protagonista se tiene que rendir, sin condiciones; sin concesiones, porque existen respuestas que siguen su curso y se abren paso por sí mismas cuando se trata de vida.

   Espero que disfruten, si no lo han hecho ya, con la lectura: ¡Gracias, amigos/as!...

 

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 *"UNA SEÑAL DE LUZ", es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

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Capítulo XIX: VUELO DEMASIADO BAJO

Capítulo XIX: VUELO DEMASIADO BAJO

   Una niebla densa empañaba el ventanal central del aparato, señal de que se acercaba al norte previsto. Si el cálculo no le fallaba alcanzaría las costas británicas al día siguiente; aquel aparato disponía de autonomía suficiente para librar ese objetivo en su escapatoria. Pero no era eso lo que le preocupaba, sino la intempestiva vibración que provenía de uno de los motores, del derecho creyó observar, después de atender al ruido provocado por una pequeña chispa que, con esporádica irregularidad, venía encendiéndose desde las dos últimas horas. Una hora más tarde la chispa daba paso a una explosión, pequeña, pero estridente y el profesor fugado se alarmó hasta el punto de que tomó en serio la posibilidad de descender con el aparato. Debía de haberse desviado en exceso de la ruta trazada porque la niebla iba en aumento y, había supuesto en un principio, que el norte quedaba más cercano. Tal vez los vientos cambiantes le alejaron, pero aún seguía sin divisar el mar y, aunque lo tuviese enfrente, sería incapaz de verlo a causa de la espesa capa de niebla que atravesaba. El motor izquierdo explosionaba con repetida frecuencia y, cuando se paró por un breve instante la primera vez, el profesor supo que volvería a hacerlo hasta pararse del todo. Así que no tenía mucho tiempo que perder, trató de volar bajo arriesgando, tratando de esquivar el relieve montañoso de la zona, pero necesitaba un lugar despejado para intentar un aterrizaje forzoso. Llovía y un fuerte viento arrastraba la niebla a jirones, mientras zarandeaba el aparato que, por todos los medios, trataba de mantener en equilibrio. Le pareció  vislumbrar un claro, un espacio lo suficientemente largo y llano para aterrizar; escrutó entre la niebla gris, sí, parecía un buen sitio para intentarlo, no disponía de otro en cualquier caso, se arriesgaría. Apretó los dientes y, con más firmeza los mandos, para soportar el impacto con tierra, que le vapuleó. Pudo distinguir el campo verde que se extendía frente a él, mientras atravesaba aquel telón de neblinosa incertidumbre; en el fondo pardo de sus ojos brillaba la luz de una esperanza, tal vez tuviera suerte, pensó.

 La cabina de la avioneta devoraba capas y capas de niebla que se rompían al contacto, en un continuo suceder, vertiginoso, que amenazaba también con tragarle en aquel torbellino sin control. De repente un cercado de piedras surgió de la nada y el tren de aterrizaje quedó sesgado, interrumpido en su trayectoria. El morro del aparato se hundió en el terreno sin detener su alocado avance. El profesor sujetaba los mandos para mantenerse erguido en el sitio más que por recuperar la dirección del aparato. Sin embargo el terreno blando, acolchado por la hierba, pareció ceder de forma brusca y al profesor todavía le dio tiempo a ver la carretera que, a través de una cortina espesa de niebla, surgió inesperada, amenazante...

 

   Era la misma niebla con la que el doctor Edouard se topó a pocos kilómetros de la entrada a Santander, la misma que le obligó a reducir la marcha y conducir más despacio, cauteloso. Apenas podía distinguir un palmo delante del vehículo y el exceso de atención le obligó a apagar la música que, repetitiva, le había hecho compañía durante todo el trayecto. Le disgustaba la niebla, los remolinos de colores que se dibujaban en su horizonte ciego; con razón constituía su peor enemigo, ahora con las manos al volante. Vaciló, pensó en pararse y aguardar, al tiempo que escrutaba el incierto tramo de asfalto opaco que le habría gustado adivinar frente a él. Entonces fue cuando escuchó el ruido aquel, extraño y rotundo, que no acertaba a catalogar. No tuvo tiempo de mirar a su costado, al otro lado de la ventanilla, ni de protegerse del impacto arrollador de la avioneta desbocada que arrollaba todo a su paso. Fue un choque brutal, demoledor: ambas máquinas colisionaron con estruendo en un chirriar de metales arañados, rotos, que ardieron en fatal comunión, retorcidas en el asfalto. Luego, la explosión encendió un destello breve en el amanecer cercado de niebla.

   Cuando llegaron los camiones de los bomberos ya podían distinguirse las tintineantes luces azules de los coches de policía entre los restos de niebla que se resistían a abandonar aquella mañana gris. Era media tarde cuando hizo acto de aparición el inspector Ródenas, avisado del hallazgo y del fatal desenlace de su perseguido:

-Una mañana funesta... -farfulló cabizbajo, al descender del vehículo tras un viaje tan repentino como inesperado.

   Examinó los restos aún humeantes de los aparatos, ahora transformados en un amasijo de hierros ennegrecidos, diseminados por los alrededores. Los agentes reunidos en corro junto a él corroboraron sus pesquisas, incapaces de distinguir las partes pertenecientes a la avioneta o al automóvil:

-No se ha salvado nadie...

-Terrible, sí. -afirmó, conciso.

   Unos minutos antes había llamado a su hija, avisándole de que iba en dirección a Santander, pero el teléfono hizo un sonido extraño y aún no le había contestado.

 

   Esa noche Lucinda tenía la cena con Ernesto, quien se había encargado de prepararle una sorpresa sonada. Había reservado una mesa a la luz de las velas en “El Puerto”, uno de los mejores restaurantes de la ciudad, en el barrio pesquero; desde la cúpula del restaurante se vislumbraba el bamboleo de los veleros atracados en el muelle y la luz del faro aparecía y desaparecía en un extremo del horizonte de la costa cada once segundos. Lucinda parecía encantada por el ambiente y por la melodía cadenciosa que una banda de músicos se encargaba de animar en directo. Mientras hojeaba la carta, Lucinda reconoció al músico italiano que tocaba escondido tras el órgano electrónico del rincón; un estremecimiento le hizo tragar saliva. El pianista también pareció reconocerla, la saludó con una leve sonrisa y, con un discreto gesto del brazo, al chasquear los dedos, obligó a la banda a iniciar un nuevo tema. Ernesto la contempló abstraída, satisfecho de haberla impactado, pero ella atendía ausente a la música, trataba de reconocer la cadenciosa melodía que interpretaban…

-Un buen lugar con buena música, ¿te gusta? –preguntó.

-…Insensatez -apostilló ella.

-¿Cómo dices…? –Ernesto no parecía entender.

-No es nada, me trae recuerdos.

    Ernesto iba a preguntarle si eran buenos aquellos recuerdos, si podían contarse, pero Lucinda se levantó explicándole que iba a acicalarse un momento. Fue entonces, al salir al aseo, situado en la terraza principal, cuando su teléfono móvil parpadeó y dio la señal; al ver la llamada de su padre, le llamó. Al principio se sorprendió de que la casualidad le trajera de nuevo a su padre junto a ella, apenas unas semanas atrás de haberse encontrado después de tres largos años de ausencia; pero reaccionó con prontitud, le comunicó que enseguida se verían, tampoco deseaba aplazar aquella velada. Regresó a la mesa con gesto apresurado y le instó a Ernesto para que le esperase si tardaba un poco...

-Pero… -Ernesto se incorporó en el asiento, temeroso de que algo la hubiese disgustado y la empujara a abandonarle-, ¿qué pasa?

-Tranquilo, me toca a mí: ahora la sorpresa la traigo yo…

    Cuando arrancó el coche aún seguían sonando las notas armónicas del grupo musical y, sin perder ni un segundo, se puso enseguida en camino. Se preguntaba a qué oculta señal se debía, cuál era el oculto designio que se empeñaba en reunir allí, en torno a ella, tantas coincidencias. Sabía que la casualidad no casaba dentro de sus planes ni tampoco contaba entre sus creencias, sino que lo sucedido sólo se debía a un motivo tan oculto como significativo. Sí, no podía haber otra explicación...

   Atravesó el cordón policial que le separaba de su padre, mostrando la placa que le identificaba, para ahorrarse vanas explicaciones y, cuando llegó hasta él, contuvo un saludo más cercano y familiar, aunque más afín a sus sentimientos que el protocolario. Se alegraba de tenerle enfrente de nuevo; de alguna manera le hacía sentirse más en casa. Él también disimuló cualquier muestra de afecto al saludar y, apretándole la parte interna del codo, adoptó un cierto aire de gravedad mientras relataba algunos pormenores del caso al Oficial de turno, a la vez que le hacía a ella también partícipe de la información. Los tres pasearon junto a los restos calcinados del aparato y lo que quedaba del chasis del vehículo accidentado. En una improvisada camilla descansaba lo que iban encontrando de los desaparecidos tripulantes, apenas unos pedazos desperdigados que los agentes iban reuniendo dentro de una lona impermeable. El inspector Ródenas cambió el itinerario de la inspección para evitar a Lucinda la visión de unas imágenes demasiado desagradables. Pero ella le seguía sin poder dar crédito a lo que le contaba.

-Así que el profesor que se fugó en la avioneta ha tenido que llegar hasta aquí para estrellarse... -Lucinda disimulaba mal la sorpresa y sabía que su padrastro la conocía lo bastante como para no creerla. 

   Ródenas iba a contestar cuando su presencia fue requerida por un alto cargo de la Policía judicial. Se incorporó al círculo de oficiales que se cerraba en torno al vehículo del Jefe Superior de Policía y Lucinda observó cómo prestaba la máxima atención a la serie encadenada de explicaciones del alto cargo. Regresó al cabo de unos instantes y apenas le dio tiempo a su hija para preguntar.

-...¿Y sabes quién era el otro? ¿el del coche?

   Lucinda se hallaba a dos metros de las cenizas humeantes del automóvil y miró a su padre con gesto inquisitivo. Pero el inspector prefirió hacerse de rogar.

-Podemos afirmar que mi caso se ha resuelto solo -Ródenas se regocijaba con el gesto mudo de impaciencia de su hija-. ¿Pero qué me dices del tuyo...?

-¿Qué quieres decir? Diablos, no entiendo...

-Bueno, sin duda, deberíamos hacernos muchas preguntas, ya que quien tendría que contestarlas no va a respondernos nunca. -El inspector disfrutaba manteniendo el suspense.

-¡Suéltalo ya, demonios! -Lucinda le apremiaba, aunque gustaba de ver a su padre así, divertido.

-Me pregunto qué le habría traído aquí al psiquiatra que llevaba a la paciente francesa desaparecida. Sí, esa adinerada señora que tanto echan en falta sus herederos y que tú investigabas... -planteó el inspector tratando de no mirar directamente a Lucinda. El misterio estaba servido y los efectos se dejaron notar de inmediato. Una sucesión de vívidas imágenes pasaron rápidas frente a Lucinda, mientras su instinto de detective se ocupaba de ajustar los datos al desarrollo de los hechos. No, ella no creía en las casualidades; las coincidencias siempre obedecían a un motivo más o menos desconocido, pero un poderoso motivo en cualquier caso. Entonces le explicó a su padre que en la conversación mantenida por teléfono con el psiquiatra se había prestado a hablar con ella, después de un primer intento infructuoso y hasta desagradable. Le comentó el aparente enfado inicial, fruto de lo inesperado de la sorpresa y su posterior rectificación y el ofrecimiento voluntario a compartir detalles sobre el caso; incluso contempló la posibilidad de acercarse hasta Santander para colaborar con información sobre el caso con motivo de un próximo viaje de trabajo.

   Lucinda manejaba los hilos con habilidad, con la misma con la que el inspector hilvanaba probables engranajes, no por ello menos reales.

-...Aunque quedó siempre en avisarme antes... -Lucinda repasaba en voz alta la secuencia de su conversación con el doctor.

-Sí, claro, solícito y de buena voluntad, una vez que reflexionó sus alternativas posibles. -El inspector pensaba también en alto para que Lucinda prosiguiera con el seguimiento de la secuencia.

-¿Y para qué iba a venir antes, quiero decir: a hablar antes, sin avisar...?

-A no ser que ocultara algo...

-Alguna aviesa intención...

-Más mala intención que la de acabar con un problema.

-¿...Quieres decir que era culpable? -se adelantó Lucinda.

-Bueno, lo has dicho tú, niña. Si hay algo que me gusta de ti es que...

   El inspector no llegó a acabar la frase que la propia Lucinda se conocía de memoria. Fue ella quien se encargó de continuarla en tono de réplica:

-...¡es que no hace falta que me digan las cosas!

-¡Luz, hija!

   Ambos rieron abiertamente, sin importarles la compañía de los agentes que vagaban de uno a otro lado, dentro de aquel ambiente enrarecido por la niebla y la tragedia. El inspector Ródenas pasó un brazo sobre los hombros de su hija.

-Acompáñame -dijo ella, rodeándole por la cintura-, quiero que conozcas a alguien.

  Abandonaron el grotesco escenario de hierros retorcidos abrazados, padre e hija, dispuestos a no desaprovechar la oportunidad que otra vez el destino disponía, a modo de señales luminosas, para dedicarse un rato más de atención, apenas unos instantes de breve eternidad entre tantas obligaciones, ajetreos y ausencias, decididos sin necesidad de proponérselo, a disfrutar de su mera presencia y ahuyentar las distancias. Cuando se alejaban en dirección al vehículo un repentino resplandor encendió las nubes flotantes de niebla dejando que un haz de destellos rotos iluminara el fin de la tarde.

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*"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

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- F I N -

 

Capítulo XVIII: UN PARÉNTESIS OBLIGADO

Capítulo XVIII: UN PARÉNTESIS OBLIGADO

     Tan sólo habían pasado dos días desde que Lucinda visitó las oficinas de la Jefatura Central de Policía y, en la segunda tarde, la llegada imprevista de Celeste al Gabinete la sobresaltó.

-Te eché en falta esta mañana, pero no te esperaba ahora, ¿pasa algo?

   Celeste se acicaló el pelo sin lograr despojarse de las prisas; tomó asiento frente al despacho de su jefa, como si de una cliente se tratara y, con gran esfuerzo, intentó evitar la tartamudez que la atenazaba.

-Es sobre Augusto... Verás, me llamó su abogado para confirmarme que ya estaban firmados los papeles de la separación.

-Bien, entonces...

-Le han detenido, está en la cárcel. El abogado me contó que hubo una redada en una discoteca a la que yo sabía que él solía acudir algún que otro viernes; le detuvieron con una papelina de cocaína en la americana. Pero después, dentro del coche y en la habitación donde se alojaba, encontraron suficientes sacos de droga para condenarle por unos cuantos años.

-Todo un personaje, por lo que veo.

   Celeste no ocultaba su nerviosismo.

-El abogado me dijo que el viaje a París tenía que ver con ese tipo de negocios -Celeste dudaba-. Me cuesta creer, él no parecía que...

-No parecía tantas cosas. No tiene nada que ver ya contigo, no sé qué puede preocuparte.

-Sí, ya, pero... Es increíble.

   Lucinda pasó su brazo sobre los hombros de Celeste, que se dejó abrazar.

-Sí, es increíble lo que cada uno puede merecer.

 

    El resto de la tarde fue un continuo suceder de llamadas telefónicas, de abrir y cerrar carpetas sin resultado cierto; se encontraba perdida en el caso de Le Notre, sin atisbo alguno de una posible salida. No había acabado la tarde cuando su teléfono móvil sonó de nuevo; le sorprendió el prefijo que delataba el origen francés de la llamada. Lucinda contestó con interés.

-Bonsoir, madame...

   Al otro lado reconoció la voz de Ferdinand, el inspector galo que coordinó su anterior trabajo en el país vecino. Se alegró de escuchar su timbre aguardentoso, aunque algo más aflautado. Le urgía a un vuelo relámpago para identificar a un detenido clave en la investigación que la brigada francesa venía realizando. Puesto que ella había intervenido en la primera parte de aquella misión se requería su presencia, que se estimaba podría resultar reveladora. Se trataba de una gestión rápida que supondría tan sólo un día de viaje; saldría en el primer vuelo de la mañana siguiente y, tras la rueda de reconocimiento, estaría de vuelta con el último vuelo de la tarde. El inspector detalló los horarios del avión mientras Lucinda los anotaba en la esquina de una de sus tarjetas de visita.

-Ya está todo arreglado. Apenas le dará tiempo para acostumbrarse de nuevo a la piel de Dafne -bromeó el inspector francés-, pero estaremos encantados de volver a saludarle.

-A la orden entonces -Lucinda contestó con seria profesionalidad, consciente de las responsabilidades que contraían aquellas misiones de colaboración entre las policías de diferentes países-, allí nos veremos.

 

    Para Lucinda no supuso ningún inconveniente regresar al escenario de Dafne, al contrario, pudo rememorar la atmósfera cotidiana de las calles de París que, frescas aún en su memoria, rezumaban de transeúntes en ordenado trajín. El trayecto desde el aeropuerto de Orly acabó, para su sorpresa, en un céntrico hospital en vez de en la sede de la Comandancia de la Policía francesa, como supuso en un inicio. Allí fue recibida por el inspector jefe Ferdinand, que no escatimó en todo tipo de muestras de afabilidad hacia su persona; luego, tomaron el ascensor hacia la última planta, donde unas dependencias servían de celda para encarcelados que precisaban asistencia médica. Se trataba de una rueda de reconocimiento un tanto especial. Lucinda entró en una habitación custodiada por dos agentes; en la única cama que ocupaba la estancia alguien reposaba. A petición del inspector, Lucinda observó la estropeada fisonomía de la mujer de rasgos asiáticos que  permanecía inmóvil en el lecho. Una enfermera se aprestó en apartar las sábanas para facilitar la inspección y, entonces sí, Lucinda reconoció el tatuaje que aquel cuerpo arrugado mostraba bajo la nuca. Conocía aquel símbolo de la rueda del yin y del yan, que su propio novio se vio obligado a llevar tatuado, en el mismo lugar, para lograr ser admitido en el entorno de los traficantes que al final acabaron con su vida. Así que aquella oriental era la madame que regentó el prostíbulo que servía de tapadera a la mafia de la droga. El inspector francés le explicó que la habían hallado tras la última redada, abandonada en una de las habitaciones, imposibilitada por su enfermedad terminal. 

-Sí, creo que es ella –corroboró Lucinda-. Sí, seguro.

   Agradeció, después de todo, las buenas costumbres francesas; la temprana hora del almuerzo le permitiría estar de regreso a casa antes de tiempo. Insistió en una frugal comida con el pretexto del viaje de regreso; en compañía del inspector compartió mesa con dos enfermeras y el jefe del servicio médico de cuidados paliativos en el comedor del personal sanitario. Desvelaron detalles de la operación policial y, también, algunos datos clínicos sobre la enferma detenida, un caso de sida degenerativo, en fase final, sin remedio; sólo esperar. Lucinda hizo ademán de sentirse triste, pero no pudo. Tampoco podía seguir el hilo de la conversación que mantenían entre sí sus acompañantes. Sin saber por qué le vino a la mente la vívida imagen de aquel incidente del reloj estropeado cuando tomaba café con Celeste en la terraza, mientras un hombre oriental parecía absorto tras ellas; se acordó del reloj, de la extraña concentración que mantuvo el hombre consigo mismo y, durante unos instantes, se recreó en aquella curiosa experiencia que de repente afloraba y a la que acababa de hallar un sentido, se descubrió reflexionando sobre los grandes fuerzas ocultas que gobiernan el mundo, poderes que desconocemos hasta dónde pueden llegar o de lo que podemos ser capaces de hacer, según la intención; hasta qué punto podían controlarse esas fuerzas seguiría siendo un misterio. Lucinda se miró el reloj de forma instintiva y entonces sus acompañantes se percataron de la hora, dando paso por fin a las despedidas, que resultaron igual de frugales.

   El vuelo de vuelta salió puntual, sin turbulencias, por una vez todo parecía ocupar su sitio. Desde el cielo un mapa de luces iluminaba los alrededores y la autovía de entrada a la ciudad; en pocas ocasiones antes Santander le pareció tan cercana. El avión dibujó una elipse suave y se dejó posar en tierra, sin brusquedad. De alguna manera Lucinda se alegró de haber llegado al hogar. Sí, eso era, por fin se sentía en casa.

    La sala de llegadas del aeropuerto acusaba la escasa afluencia de viajeros y acompañantes en mitad de semana. Lucinda pasó de largo de las cintas transportadoras del equipaje y se encaminó a la salida. No esperaba a nadie y se sorprendió al reconocer al final del pasillo al agente Mouro, que algunos días antes conoció en la Comisaría central. Se acercó hasta ella con la mano extendida en señal de saludo.

-No me diga que el señor Blázquez le ha enviado a recogerme...

-No. Vengo por propia iniciativa, si me lo permite. Ernesto, Ernesto Mouro...

-Sí, me acuerdo –le saludó ella con cordialidad-, pero no hay ninguna necesidad de...

-Lo sé. Vengo porque quiero.

   Lucinda no pudo esquivar la insistente sonrisa del agente.

-Verá, Julio comentó lo de su viaje relámpago de hoy e imaginé que debería encontrarse cansada. Además, nuca he estado en París, siempre quise conocerlo y...

   Lucinda rió con fuerza.

-Usted siempre me hace reír, oiga.

-Ernesto.

-Ernesto, sí.

-¿Entonces querrá que la lleve a su casa? Se ahorrará tener que esperar un taxi a estas horas.

   A Lucinda le volvió a entrar la risa.

-De acuerdo, acepto su generosa invitación.

   El tráfico fluido acortó el trayecto, apenas hubo tiempo para hablar de París. Cuando se apeó del automóvil, Lucinda se asomó a la ventanilla para despedirse:

-Bueno, le debo un café, Ernesto.

-Me conformo con una cena, aunque sea a partes iguales.

   Lucinda volvió a reírse.

-Es usted tremendo...

-Entonces hasta mañana a esta hora –apuntaló el agente.

-Bueno, verá...

-¿Trato hecho?

-Está bien, trato hecho.

      Lucinda subió los escalones al apartamento envuelta en el halo de una sonrisa contagiosa; quería mantenerse fría para reflexionar, pero no podía, la calidez de aquel recibimiento inesperado había desviado el propósito de su atención. Necesitaba reflexionar sobre las impresiones de aquel breve, pero intenso viaje; sobre la mujer oriental que mantuvo relación con su antiguo amor, causa de sus posteriores desdichas; sobre los curiosos designios del destino que, al final, devolvía respuestas cuando el problema había dejado de existir. El recuerdo de Sergio había acabado por difuminarse en la neblina del tiempo. Sin embargo, evocó sin dificultad la figura del joven Ernesto, gentil y gracioso, esforzándose por cerrar una cita y lográndolo sin dificultad. Tal vez había llegado el tiempo para reflexionar o para dejar de hacerlo y darse una oportunidad.

 

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 *"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

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Capítulo XVII: ENTRE COLEGAS

Capítulo XVII: ENTRE COLEGAS

    Lo primero que hizo Lucinda nada más llegar a su despacho fue marcar el número de teléfono de la Oficina Principal de Policía.

-Con el departamento de Internos, por favor.

  Al otro lado sonó la voz de Julio Blázquez, el jefe en persona:

-¡Lucinda! Ya me enteré de que habías llegado, ¿qué tal te fue con los gabachos?

-Bien todo, Julio, trabajando por aquí de nuevo. Necesitaba que me consultases unos datos.

-¿Un nuevo caso? Estamos a tope de trabajo, espero que no tengas prisa.

-Bueno, ya sabes, no, pero sí. El nombre es Augusto, desconozco apellidos. Pero mexicano y recepcionista del Hotel Alameda Central no habrá muchos.

-Tomo nota, Lucinda, te llamaré si encuentro algo.

-No, mejor me acerco yo mañana a primera hora, Julio.

-Bueno, está bien, a ver qué encontramos.

  El teniente colgó el auricular con un gesto urgente de compromiso, tenía que reconocer que trataba con una auténtica profesional. Lucinda se había asegurado así que se pondría manos a la obra y, en efecto, no se equivocaba.

  Lucinda llegó a la mañana siguiente con un margen suficiente para que el teniente tuviera tiempo de dar con algún resultado; puestos a pedir favores se dejó afuera las prisas, así como las exigencias. Además, desde su vuelta, no había pisado aún las oficinas centrales, le agradaba comprobar por sí misma lo que allí había cambiado. Sin embargo, el teniente estaba ocupado al teléfono, "una llamada larga de Jefatura", según la secretaria, por lo que tomó asiento en uno de los amplios sillones de cuero sintético que había en la salita que, a no ser por un par de acuarelas urbanas que colgaban tras un ficus artificial, apenas había cambiado en aquellos tres últimos años. Tomó una revista de la mesita del recibidor y se dispuso a entretener la espera, mientras un discurrir de agentes de paisano animaba los pasillos; en las mesas de la enorme sala asomaban las cabezas de otros agentes tras las pantallas de los ordenadores en un ambiente concentrado y cordial de trabajo. A Lucinda le llamó la atención la cantidad de mujeres policías que ocupaban las mesas; algo sí había cambiado.

   Un joven encorbatado, con las mangas arremangadas de la camisa, se le acercó y le ofreció uno de los vasos de café de la pequeña bandeja que llevaba. Primero rehusó con un gesto de la mano, pero enseguida rectificó.

-Bueno, mejor sí. Gracias.

   El joven sonrió y después se dirigió a la mesa de la secretaria, donde posó otro vaso; el que quedaba lo dejó en la mesita del recibidor. Lucinda dedujo que era el café de Julio Blázquez, que seguía pegado al teléfono.

   Cuando por fin salió, el teniente se disculpó y ambos se saludaron con confianza, aunque correctos. El teléfono volvió a sonar y, con un gesto apresurado del brazo, Julio le invitó a entrar en el despacho contiguo. Antes de cerrar la puerta tras ellos se dirigió a la secretaria:

-No me pases llamadas, por favor, al menos en unos minutos.

   Lucinda se sentó al tiempo que dejaba escapar un comentario cargado de ironía...

-Creo que aquí no hay que preguntar sobre las prisas, todos las tenemos.

-Supongo que tu misión en el país galo fue más descansada. Aquí todos los días es lo mismo.

-No te creas, Julio, la calle también tiene sus peros.

   El teniente abrió una carpeta que descansaba en un lateral de la mesa, hojeó dos páginas por las dos caras y le tendió una foto.

-¿Me preguntabas por este?

-Sí, nada importante, mera rutina de comprobación.

   En la foto, el que hasta hacía poco fue el marido mexicano de Celeste aparecía entre un grupo de personas en círculo, frente a la salida trasera de un local nocturno; en los cubos de basura podía leerse el nombre del club. Lucinda prestó atención a los detalles; era una foto con poca luz, de noche, tomada desde una ventana alta, tal vez desde la azotea.

-Bueno, no hay nada malo en que a nuestro amigo le guste el bailoteo, ¿verdad? -apuntó con cierto sarcasmo.

-Sí, pero no es tu amigo quien me preocupa sino este otro personaje que parece llevar la voz cantante a su lado -dijo señalando la figura de un hombre alto, cuadrado como un armario, que llevaba un traje blanco y corbata oscura-. Es a este a quien vigilamos, pero tu amigo no es ningún desconocido, por supuesto.

-¿De quién se trata? -inquirió Lucinda, hasta cierto punto sorprendida de haber hallado fundamento para su curiosidad.

-No te puedo desvelar mucho y no puedes preguntármelo tú, Lucinda, que has trabajado en casos similares y conoces las medidas de seguridad y los riesgos que corremos en dichas misiones de calle. Creo que con esto te he dicho bastante.

-Vaya, vaya, así que tenemos más tarea de limpieza...

-No es el importante, un mero distribuidor que sirve al gordo, pequeñas minucias que viven a costa de otros -el teniente afinaba los matices como si se tratara de un diagnóstico-. Apenas unos años de prisión para volver a repetir la jugada; no nos interesa.

-Entonces nada que hacer... -las palabras de Lucinda sonaron a cierto desconsuelo.

-Puedes decirle a tu cliente que no es de fiar, pero poco más.

-Eso ya lo sé, pero... ¿ni siquiera asustarle?

  Julio iba a sonreír ante el exagerado tono sarcástico de Lucinda, pero se contuvo al contemplar el semblante adusto de la detective.

   Se estaban despidiendo cuando llamaron a la puerta y asomaron las mangas de una camisa blanca con una bandeja de humeante café. Era el joven agente que antes se lo había ofrecido a Lucinda.

-Disculpa, Julio, no sabía que cambiaste a este despacho. Te he calentado otro.

-Pasa, Ernesto -el teniente reaccionó, diligente-. Te presento a Lucinda Ródenas, de Servicios Centrales.

  Lucinda le tendió la mano en un saludo distendido

-Ernesto, Ernesto Mouro, de Formación de Equipos -se presentó el agente.

-Lleva poco entre nosotros, pero su labor es inestimable -apostilló el teniente.

-Sí, los efectos no han tardado en notarse -añadió el joven sin soltar la bandeja del café.

  Los tres rieron por la ocurrencia. Abandonaron el despacho y Lucinda se despidió del joven, mientras Julio le acompañaba hasta la salida.

 

    A Julio Blázquez se le volvió a enfriar el café. Junto a la máquina de refrescos se encontró a Ernesto Mouro.

-A la tercera va la vencida -bromeó.

   El joven agente dejó de leer el informe que tenía entre manos y, con una sola pregunta, enseguida entabló conversación.

-…El Ródenas, ¿viene de los Ródenas de la Central?

-Veo que afinas puntería, muchacho -Julio aprovechó la hora del café para charlar animado-. Es su hija.

-¡La hija del gran jefe! -al joven se le escapó un silbido de exclamación- Un buen partido, sin duda.

   Julio adivinó la intención y rompió una lanza a favor de la chica.

-No pienses que lo tuvo fácil por eso. También pasó lo suyo. Antes de hacerse policía salió con un agente especial de esta oficina, uno de los mejores. Hacían buena pareja.

-¿Hacían...?

-Era excepcional, uno de esos agentes que parecen hechos a la medida, como los que tú formas y desearías para tus equipos. Trabajaba en una misión de calle, en uno de esos casos de drogas en los que sólo tienes que indagar, informar y disimular. Pero él se metió demasiado, se enredó con la chica que había que vigilar, una distribuidora más, pero mujer sagaz, que le puso a prueba; para evitar sospechas él se acostó con ella, incluso se entregó a la droga, se arriesgó en exceso. Tal vez pensó que podría con ella, que podría recuperar la situación, que la integridad de sus habilidades, con su entrenamiento, le permitiría la vuelta atrás; tal vez así lo creyó o tal vez cayó de verdad en sus redes. Nunca lo supimos y nunca lo contó. Cuando se llevó a efecto la redada, ya era tarde. Apareció muerto, con una jeringuilla clavada en el brazo. No se encontró ninguna pista de la mujer ni de la droga y la operación tuvo que ser abortada.

-Un fracaso, en fin.

-Y una traición. Para Lucinda Ródenas, su novia, fue algo más que una desgracia o un desencanto. Llevaban siete años juntos en un fiel noviazgo con mayores y serias pretensiones. Fue a partir de entonces cuando ella eligió ser detective además de policía.

  Ernesto escuchó atento y se quedó en silencio, en señal de respeto, invadido por el hormigueo adormecedor del café humeante que sostenía en su mano.

 

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 *"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

 http://leetamargo.galeon.com/leemislibros.html

 

 

 

Capítulo XVI: GOLPE DE FORTUNA

Capítulo XVI: GOLPE DE FORTUNA

   Celeste le había telefoneado con urgencia esa mañana, pero Lucinda no aseguró poderle dedicar un espacio de tiempo apropiado hasta la tarde, en la sobremesa. Sin embargo a Lucinda le fallaron los cálculos y terminó antes de lo que tenía previsto; no había una mesa libre en la terraza de la Plaza, así que decidió hacer tiempo dando un breve paseo hacia  la zona del puerto; el mar la relajaba. Bajó por el empedrado antiguo de la calle; ya podía notarse el olor fuerte a salitre y también a pescado. Se apartó para que aparcara una furgoneta coloreada con tonos chillones que no respetó el descolorido paso cebra; o tal vez no la había visto. De su interior descendió un joven de pelo largo, uno de media melena, otro con barba y gorro de lana, otro rubio y otro más. Lucinda les observó en mitad de la carretera con los brazos cruzados, pero pronto se arrepintió del gesto… Había llamado la atención de uno de ellos que la miraba con insistencia. Ella también se acordaba, era el italiano loco aquel que conoció en París y que después detuvieron por equivocación. El joven de media melena se le acercó…

-…¿Dafne?

-Creo que se equivoca usted… -Lucinda intentó disimular.

-¡Mais c´est pas posible! –Renato se llevó las manos a la cabeza, sin dar crédito al parecido- ¿Vous connaissez la rue Chemin vert? ¿Cést posible, mademoiselle?

-Oiga, ¿pero qué dice? No le entiendo nada, le digo que se confunde…

   Los amigos de Renato acudieron junto a él al apercibirse de lo comprometido de la situación e intentaron hacerle desistir de su repentino empeño; se lo llevaron del brazo, entre risas, mientras él se giraba y pugnaba por volver atrás de nuevo. Lucinda dio media vuelta y regresó sobre sus pasos hasta desaparecer por uno de los grandes arcos que daban entrada a la Plaza. Ahora sí encontró una mesa vacía y se sentó a esperar a Celeste, todavía le costó recuperarse del sofoco que le provocó del inesperado encuentro. Lucinda ocupó el tiempo de espera en reflexionar sobre lo curioso de los avatares del destino y los que su profesión le prodigaba; besarse o relacionarse con un extraño porque tal vez le llevara a una nueva pista sobre la misión que tocaba resolver conllevaba sus riesgos. Como profesional se había acostumbrado a asumir el papel y a tragar todo tipo de consecuencias añadidas, pero tenía que reconocer que algunas situaciones eran para exasperarse con motivos fundados.

   Cuando la mexicana llegó a la terraza de la Plaza Mayor donde se habían citado, Lucinda ya tenía servido un té a la menta y, apenas se saludaron. Celeste no pudo disimular las ganas que tenía de contar.

-Supongo que hay novedades...

-Sí, de eso se trata -Celeste se prestó a dar rienda suelta a todo cuánto tenía guardado, nada más tomar asiento-, creí que no ibas a preguntarme, chica.

   Explicó con todo tipo de detalles cómo regresó a casa, siguiendo la acertada indicación de Lucinda, pues había estado arriesgando la situación con su supuesto abandono del hogar. Después se puso en contacto con el abogado que ella le había recomendado. Le dijo que venía de su parte y él le atendió con delicadeza y atención; le orientó sobre los trámites pertinentes para defenderse y, a tal fin, preparó la documentación necesaria para llevar a efecto la separación legal.

  Lucinda la interumpió:

-No me irás a decir que...

-Pues sí, amiga, me presenté en casa con las hojas que tenía que firmar para que nuestra situación de pareja finalizara de una vez por todas.

    A Lucinda se le escapó un chillido de satisfacción que también compartió Celeste entre risas.

-Le está bien merecido.

-¡Y tanto! -aseveró triunfante Celeste- A lo mejor se pensó que sólo él podía obligar a firmar; se la devolví completa. Si vieras la cara que se le quedó de mentecato al muy valiente.

-...Me imagino.

-Sí, muy valiente para con una mujer a la que simulaba amar, el muy ladino. Queda esperar la confirmación legal, que es ya un hecho. Llevó los papeles a su abogado y me harán saber nada más estén firmados; será pronto, antes de que marche a París de viaje, según me dijo ayer su abogado.

   Lucinda se quedó pensativa.

-...A París, precisamente.

-Sí, un viaje inesperado, de negocios, según me dio a entender.

-Lo cierto, Celeste, es que desde estos tres últimos años de mi estancia en Francia habíamos tenido tan pocas oportunidades de hablar, que todo esto colma mis deseos de retomar el hilo de los acontecimientos desde el punto en que se había quedado, aunque reconozco que hay detalles que dejan vacíos en mi curiosidad; lagunas considerables, diría yo, amiga, pues comenzaste a frecuentar la compañía de este hombre cuando yo estaba a punto de partir y nada sé de él, ni siquiera conozco su aspecto, sino es por ti -Lucinda se esforzaba por repasar los datos que le ayudaran a crearse un criterio fundado-. ¿Era también de allá, de tu tierra, no? No me viene su nombre...

-Sí, Augusto, un mexicano de Cuernavaca, aunque apenas llevaba un año aquí cuando le conocí.

-Supongo que eso ayudó a entablar relación, claro.

-Bueno, tampoco siento ese tipo de necesidad, Lucinda. Mi madre me trajo a España con trece años y ya me siento de acá; aunque tengo presente mi origen me he acostumbrado a esta tierra linda y a su gente. La verdad es que insistió tanto que, en cierta manera, me sentí presionada a salir con él. Me llamaba con insistencia al teléfono y, cuando no venía a buscarme, me salía al encuentro, así que empezó todo un tanto forzado, aunque sin llegar a estar a disgusto, por supuesto.

-Sí, Celeste, en poco más de un año de noviazgo os casasteis y en otro tanto ponéis punto final. Tal vez algo precipitados a la hora de un asunto tan... -Lucinda se esforzó por hallar la palabra precisa-, tan delicado como el convivir juntos, ¿no te parece?

-Sí, ahora lo veo, todo demasiado rápido.

-¿Qué le interesaba de ti, Celeste? -increpó Lucinda.

-...No entiendo, ¿interesar?

-Sí, de otro modo, ¿qué podías tener tú que a él le hiciera falta?

-...Bueno, yo ya trabajaba, me valía por mí misma. El se empeñó en comprar una vivienda cuanto antes. El primer piso lo compramos a medias, aunque la cantidad inicial la aporté yo y él, poco después, me la devolvió. Luego vendimos ese piso para adquirir el definitivo; en realidad dicha operación sirvió para ganar algunos millones con los que hacer frente al piso que queríamos para nosotros. A pesar de mis reticencias él sabía manejarse entre ese tipo de maniobras, me aseguraba que sabía lo se hacía y trataba de convencerme para que no me opusiera con mis incertidumbres. Pero pagábamos siempre a partes iguales.

-Es decir, Celeste, que sin ese aporte de tu capital sus operaciones financieras resultarían imposibles de realizar, ya que con sólo su parte no disponía de margen real, suficiente para especular.

-Ahora que lo dices, mirado así...

-Es decir que te necesitaba, entiéndeme, a tu dinero.

-Maldito... -Celeste farfulló entre dientes- Pues si trató de repetir la operación la segunda vez perdió los modales, se equivocó.

-...Lo vendió también, pero contigo dentro -Lucinda trató de calmarla y moduló la entonación de voz, mientras cambiaba de tema- ¿A qué dices que se dedicaba?

-Iba a hacer dos años que entró de recepcionista de hotel, en el Central, el de la Alameda; empezó ahí cuatro meses antes de casarnos. Ese hecho precisamente aceleró la fecha para celebrar nuestro matrimonio.

-Te necesitaba, Celeste, sobre todo tu capital para poder así perpetrar sus jugadas de futuro; muy analizadas desde luego, demasiado premeditadas, cierto, demasiado interesadas. Ahora no lo va a tener tan fácil él solo, a no ser que encuentre a otra a quien engatusar. Discúlpame la crudeza, pero es así, amiga.

   Celeste asintió con el gesto contenido, pero sin esa resignación que antes le atemorizaba. Ahora liberada de las circunstancias que la habían atenazado podía hablar sobre ello y analizarlo, sin sorprenderse, a medida que aparecían matices reveladores al enfocarlo desde nuevas perspectivas.

   Le molestaba, además de la traición, el que tuviera que haber sido un compatriota, uno de allá, de su país de origen el que había intentado aprovecharse de ella. Su juventud había transcurrido allí, desde que su madre emigró hacía dieciocho años ya. No les faltó trabajo; cuando su madre se jubiló ella le sustituyó en el puesto de limpiadora de la asesoría y también en el del gabinete de detectives. Conocía a Lucinda desde que su madre había empezado allí a trabajar, desde siempre y sólo podía estarle agradecida por la oportunidad brindada y, además, por la amistad sincera y abierta. Le dolía tener que reconocer lo precipitado de su entrega, de su confianza, del fracaso de su matrimonio. Podía al menos haberse resistido algo más, pero se cegó por un embaucador al acecho de la oportunidad propicia. Ahora lo tenía claro, aunque el precio había salido más que caro; doloroso.

-Me quedaré en casa de  mi madre por un tiempo, también ella necesita compañía.

-¿Dijiste que Augusto marchaba de viaje? -Lucinda parecía entregada a sus propias pesquisas- Acabo de acordarme que he de hacer un par de llamadas urgentes. Te dejo, Celeste, esto está pagado. Hablamos en otro momento, ¿de acuerdo?

  Se levantaron al tiempo del asiento para despedirse con un beso de amigas en la mejilla.

-Gracias -Celeste se despidió con una sonrisa de agradecimiento-.

-¡Hasta mañana!

 

 

 

 

 

*"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

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Capítulo XV: CONTINÚA LA FUGA

Capítulo XV: CONTINÚA LA FUGA

    Los ruidos de las hélices de los helicópteros sonaban con un intervalo de frecuencia cada vez menor, señal de que estaban estrechando el cerco en torno a él; al mismo tiempo podía oír también el de los motores de alguna avioneta, aunque se trataba de un ruido distinto: algún aparato estaba aterrizando no muy lejos de donde él se encontraba oculto. No podía malgastar más tiempo en aquella improvisada huída. Desconocía el bosque, se sentía incapacitado para calcular el perímetro de aquella zona boscosa en la que nunca se había adentrado, pero siguió el curso de la luz una vez logró escapar del primer peligro inminente y los ladridos de los perros quedaron atrás. Se detuvo para escuchar; no había duda, aquel ruido provenía de un aeropuerto cercano. De repente se le iluminaron los ojos del entendimiento y, en cuanto salió al claro, despejó cualquier duda. Se trataba del aeropuerto deportivo que se anunciaba a las afueras de Los Llanos. No había tenido tan mala suerte entonces.

      Apostado tras la primera hilera de árboles observó la evolución de la avioneta junto a los hangares. De ella se apeó un hombre que entró a la nave y, al cabo de unos minutos, regresó en una furgoneta de combustible; estaba repostando y, no pudo evitar una maliciosa sonrisa cuando contempló cómo sus perspectivas de esperanza se acrecentaban. Sí, no lo tenía todo perdido. Mientras el técnico continuaba con las tareas de llenar el tanque del aparato se fue acercando hacia la valla metálica que acordonaba el recinto; con ayuda del canto de una piedra puntiaguda, machacó los alambres hasta romper el nudo de la malla lo suficiente para que permitiera el paso de un hombre tan delgado como él. La pista del aeropuerto apenas presentaba señales de actividad; tan sólo dos hombres de buzo anaranjado hacían sonar las hélices intermitentes de otra avioneta, al otro lado de los hangares. Le favorecía la hora, era mediodía, muy probable por tanto que aquella gente marchara sin tardanza a comer. Sería su oportunidad.  

   Al cabo de un rato desaparecieron los dos hombres del buzo naranja en un vehículo todoterreno, pero el hombre de la avioneta continuaba concentrado en diversas faenas, una vez acabó de llenar el depósito de combustible. El profesor fugado le contemplaba entrar y salir del hangar; en una de sus idas y venidas sacó un bocadillo de una bolsa de deporte, por lo que tal vez estuviera dispuesto a completar el almuerzo allí mismo, sin abandonar el trabajo. Fuera lo que fuese lo que tuviera que hacer le urgía e importaba lo suficiente para comer de manera frugal, así que el profesor decidió pasar a la acción. Se arrastró bajo el borde doblado y roto de la valla metalizada que antes se había ocupado en cortar y, sin soltar la piedra que le había servido de única herramienta, se dirigió hacia el hombre que operaba en la avioneta, agachado ahora frente a una caja de herramientas extendida en el suelo. Al operario le pareció vislumbrar una sombra detrás, pero no tuvo tiempo de girarse ya que un certero golpe con la parte plana del pedrusco le dejó sin sentido sobre la pista. El profesor rebuscó entre los bolsillos del hombre hasta dar con un manojo de llaves que guardó; luego entró al hangar, alertado por si alguien más estuviera trabajando allí dentro, pero pudo registrar el local y, sin inconveniente, apropiarse de unos mapas que comprobó pertenecían a la zona; se llevó también una cartera con documentación personal, algunos billetes y tarjetas de crédito. Descolgó una gruesa cazadora de cuero marrón y, después de dar buena cuenta de los restos de otro bocadillo, subió al aparato con dos botellas de agua; todavía volvió a bajar para cargar con la caja de herramientas. Revisó los mandos y el resto de controles; el nivel de combustible, repleto. Perfecto, se dijo. La llave estaba puesta en el contacto, así que no tuvo que recurrir al manojo de llaves, pero aún así las guardó consigo. Después, por fin, hizo la primera prueba. Giró la llave y el motor rugió con un sonido redondo, casi que le pareció música celestial. La hélice giraba limpia, sibilante y uniforme. Sujetó los mandos y maniobró con suavidad para comprobar que la avioneta respondía a sus requerimientos. Ya enfilaba hacia la pista de despegue como antes, hacía muchos años, cuando practicaba con aeroplanos deportivos similares a aquel para sacar el carné de piloto de vuelos comerciales. Fue algo más que una afición, aunque las clases de literatura en el instituto resultaron más estables.

  La avioneta rugió de nuevo, con estridencia, antes de elevar el morro hacia las alturas y despegar con un vahído tembloroso que achacó a la falta de práctica; enseguida equilibró el bache inicial. Abajo, el bosque ocupaba mayor extensión geográfica de la que supuso, pero atrás dejaba el dibujo abigarrado de sus copas verdes, los montes sombreados, al borde del lago, entre los campos de Los Llanos. 

 

   Cuando llegó el inspector Ródenas era demasiado tarde. La primera pregunta la hizo desde el volante, sin apearse del automóvil:

-¿Sabía pilotar aviones?

-¿Quién iba a suponerlo...? -el agente intentó disculparse ante el inspector.

   Pero Ródenas volvía a la carga, con ironía, sin intentar ocultar el persistente enfado.

-...Sólo faltó una pancarta de despedida deseándole "feliz viaje"...

   Ahora sí que el profesor se les había escapado de las manos.

 

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*"Una señal de Luz" es una novela original de (c) Luis Tamargo.-

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