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LEE TAMARGO

CAMBIO DE AIRES

CAMBIO DE AIRES Fue una mala caída. Su madre ya le había advertido más de cien veces que tuviera cuidado con los árboles y, precisamente, había tenido que ocurrir ese día y allí, en la arboleda que rodea el internado del colegio Saint Paul. Ahora su madre y la familia quedaban lejos y desde luego que aquel verano se presentaba con un comienzo poco o nada halagüeño.
El profesor Tycho fue quien se hizo cargo de su convalecencia, un viejo catedrático casi a punto de jubilarse, más ocupado en pasear los libros que en dar clases que despertasen el de por sí distraído interés de algún alumno. El profesor vivía en un ático de la barriada nueva, frente al colegio, aunque desde su amplia balconada se podía contemplar la parte sur de la ciudad e incluso el puente que cruza sobre el río Delaware. Al menos aquella panorámica compensaría la monotonía de la claustrofobia que preveía para todo el tiempo que durase su obligada estancia allí. Sin embargo, enseguida comenzó a cambiar su concepto del profesor Tycho, apenas le hubo tratado un poco o, mejor dicho, en cuanto se dejó tratar. Bajo aquella apariencia de viejo serio y malhumorado se hallaba una vitalidad jovial y un espíritu simpático, desbordante de ternura. La primera sorpresa fue al deshacerse de sus hábitos de profesor al llegar a la casa; sin la toga y el sombrero de borla hasta el semblante del señor Tycho parecía sufrir una transformación. Sus bigotes canosos le daban un aspecto cómico, no resultaba difícil imaginárselo en sus años mozos preparando alguna que otra travesura. Su fama de hombre metódico y riguroso le había servido para espolear su conocimiento más allá de los libros o las aulas y, gratamente, sorprendía verle manejar los utensilios de cocina con la maestría de un experto al mismo tiempo que cantaba La Traviatta o declamaba sus versos griegos preferidos. Para todo pedía consejo o consentimiento, ya fuera para el menú del día o para la lectura de la tarde, incluso dejaba elegir qué tipo de música escucharían para aquel u otro momento. Era innegable que le sentaba bien sentirse ocupado en alguien, debió haberse encontrado demasiado sólo anteriormente, pero ahora en presencia de compañía recuperó con rapidez los resortes que mueven la convivencia. Aprovechaba para volcar toda la responsabilidad de la que era capaz cada vez que revisaba la cura; la herida pronto adquirió forma de cicatriz gracias a sus desvelos y ya había conseguido aventurar unos primeros pasos, titubeantes, cuando el profesor marchaba en las mañanas a sus quehaceres en el colegio. Así, los avances fueron notables y, en menos tiempo del previsto en un principio, se sintió con fuerzas y ánimo para continuar por sí sólo su interrumpida andadura.
A medida que se iba aproximando el tan ansiado instante de su salida, también por desgracia, ya empezaba a lamentar el inevitable hecho que ambos debían afrontar. Sin duda el señor Tycho lo extrañaría todavía más que él; se había preocupado en hacer agradable su permanencia en la casa y ahora resultaba más que probable que aún padeciese más esa sensación de abandono después de su ausencia. Aquella noche era la última, preveía que al día siguiente sería ya capaz de saltar, además no había parado quieto en toda la mañana, mientras el profesor asistió a la ceremonia festiva de la clausura del curso.
El señor Tycho llegó con gesto preocupado por la tardanza, repartiendo disculpas, pero sin poder ocultar su ilusión casi infantil de felicidad... Esa noche celebraron la fiesta a su modo, su despedida particular; había traído el postre que sobró del colegio y que había pedido a tal efecto a la encargada de la cocina que, algo extrañada por la caprichosa osadía del viejo profesor, se lo preparó y envolvió con mimo. Durante la cena el señor Tycho cantó y lloró de risa al recordar los primeros chistes de estudiante y alguna de las traviesas novatadas de las que fue objeto al llegar a la universidad. Luego, como no podía faltar, declamó a Platón y a Aristóteles, se deleitó con algunos pasajes de La Odisea y de La Guerra de las Galias, conjeturando hipótesis acerca de la indolencia de la vida en aquel tiempo. A veces se quedaba sólo, perdido en la pura elucubración y hasta se reía de sus propias ocurrencias... No cabía duda de que disfrutaba, se lo estaba pasando en grande. Sí, era un hombre excepcional, no podía tener queja del trato dispensado. A pocas personas había llegado a conocer tan de cerca y tan bien, gracias a aquellas circunstancias especiales.
A la mañana siguiente, puntual como de costumbre, el profesor marchó pronto al colegio. Salió sin meter ruido, con cuidado de no despertarlo. Pero él llevaba en vela largo rato, desde que el alba se anunció en las rendijas de la ventana. Había llegado el momento de su partida, pero antes echó una rápida ojeada al lugar que hasta entonces había sido su refugio. Luego se acercó a la balconada y saltó... Los primeros aleteos sobre los tejados le supieron a gloria, estaba en plena forma. Remontó cielo arriba, siguiendo el curso del río, contento. A su madre, además, iba a parecerle mentira todo lo que había aprendido con aquella experiencia.


*("Este relato se lo tenía prometido a mi amiga Imaginate); la imagen la copié de su blog -¡con permiso!- y a ella se lo dedico", Luis Tamargo.-
http://imaginate.blogia.com

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17 comentarios

LeeTamargo -

...También ocurre así, Odyseo: aunque el profesor de esta historia es un hombre ya maduro, hecho y formado, que no necesita cambiar apariencias para alardear o seguir modas al uso. Digamos que a estas alturas se llena con experiencias más simples e intensas donde el escudo y la habilidad merecen insignificante consideración.
Agradezco tu interpretación, amigo!
OK, SALUDOS, ODY:
LeeTamargo.-

odyseo -

Es curiosa la cantidad de personas así que podemos encontrar. Tras una superficie áspera y desagradable ocultan a un ser rico en experiencias e ilusiones. Sin embargo, creo que todos tienen en común la falta de habilidades sociales para sacar la valentía suficiente y tirar por la borda su escudo protector.

LeeTamargo -

...Cierto, Mariose, y me alegro si así contribuyo a recordarlo o a descubrirlo. Encantado de compartir, amiga! GRACIAS, MARIOSE:
LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Sí, Mary, a veces circunstancias aparentemente sencillas nos sacan de la rutina aportándonos la riqueza de una experiencia sin igual. Agradezco tus palabras, amiga!
OK, SALUDOS: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Me alegro de que hayas disfrutado de la lectura, Grial! ¡Gracias por tu visita, amiga!
TE SALUDO: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Bueno, Magda, esta vez me propuse llevar al lector hasta el final haciéndole creer que estábamos hablando de una persona, de ese modo la metáfora aún resulta más efectiva.
Por cierto, ¿qué es eso de "Arena"? ¿qué texto me publicaron, puedes darme algún dato más...? Gracias, Magda, pero no me he enterado!
OK, GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

Mariose -

Me suena este relato, al leerlo tuve la impresión que me paseaba de nuevo por tus letras. Es necesario volar aunque sea internamente.
feliz semana

_Mary_ -

¡¡Luis!!
Muy gratos momentos para una vida monòtona y la experiencia de compartir tiempos, habrà cambiado su existencia que ya serà igual.
Me ha encantado el relato, creo haberlo leìdo entre tu obra.
Saludos desde Mèxico, querido amigo, muchas gracias por tus visitas a mi espacio.

Grial -

Increible,....un placer leerte una vez más.
Precioso post.
UN beso :)

Magda -

Lee, felicidades por tu texto publicado en Arena. Excelente que así haya sido :)))

Magda -

Es una belleza de relato. Felicidades Lee. Además de todas las metáforas que conlleva me gusta una en especial: el qué y el cómo de la experiencia vivida.

Besos.

LeeTamargo -

...Bueno, Imaginate, en esta historia sí que se trata de un pájaro de verdad. A mí también me gusta la idea porque involucra al hombre en la naturaleza y porque el pájaro representa la libertad, volar, las alas de la imaginación...
OK, ME ALEGRO: LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Tu visita siempre es bien recibida, Ligus. Por supuesto que tus halagos también, amiga!
GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

LeeTamargo -

...Sí, Lyzzie, también creo que notó más la ausencia el profesor que el pájaro alumno. Pero qué bien que así sea, que la apariencia no lo contenga todo, ¿no crees...? OK, GRACIAS:
LeeTamargo.-

imaginate -

Me gusta la idea de que el hombre fuese un pájaro :))

un placer leerte LeeTamargo

besos xd

Ligus -

Aunque haya tardado en entrar sigues excelso como siempre Lee, te dejo un caluroso saludo con mis mejores deseos.

Lyzzie -

Qué solo debió de sentirse el profesor Tycho cuando se marchó. Es curioso que las personas no somos lo que aparentamos sino que hay todo un mundo que nos envuelve y nos define. Una historia excelente! Besos!
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