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¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

 

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LA OCTAVA PLANTA

LA OCTAVA PLANTA

    Sin dejar de apuntarme a la cara con su dedo, la voz de mi amigo se tornó casi confidente, pero firme...

-...Y no preguntes, ¿oyes? Tu misión aquí consiste en bajar y subir con los clientes, nada más... Obedece al mayordomo jefe en todo, no olvides llevarte el uniforme el viernes y volver a traerlo el lunes, ¿oíste?...

-De acuerdo... -musité, mientras mi compañero desaparecía tras la puerta giratoria del hotel sin volverse hacia atrás.

   En verdad que debía estarle agradecido pues con su favor me brindaba la oportunidad de sustituirle en su período de vacaciones, como en anteriores ocasiones, y así enriquecer mi maltrecha economía necesitada de una estabilidad más perdurable. En los otros hoteles tuve ocasión de familiarizarme con su puesto de recepción, pero esta vez lo novedoso de la tarea consistía en acompañar a los clientes en sus idas y venidas en el ascensor. En apariencia, una tarea fácil y cómoda, aunque no exenta de una monótona fatiga como enseguida tuve ocasión de comprobar.

    Mi antiguo amigo me había asegurado que desde su cambio al nuevo hotel había mejorado de categoría y, en principio, lo achaqué a las cinco estrellas que destacaban en el rótulo. Una vez dentro, comprendí que aquellos anchos espacios marcaban la diferencia con los hoteles precedentes y, sobre todo, el mero hecho de que el ascensorista hubiera de trabajar uniformado.

   Desde la terraza de la décima planta podía contemplarse una panorámica sobre la bahía de la ciudad; las oficinas y dependencias administrativas ocupaban la novena planta. De la tercera, descendieron las hermanas Kossack, un par de gemelas nonagenarias que podían permitirse el lujo de residir permanentemente en el hotel. El restaurante se encontraba en la primera planta, y en la segunda los salones para convenciones o reuniones. En el cuarto piso estaba la sala destinada a los enseres de la limpieza y allí también se había habilitado un hueco para el vestuario del personal. Se podía intuir que uno había llegado a la planta quinta por el pestilente aroma que dejaba en el ambiente el hilo de humo de los puros del señor Bruhnin, siempre trajeado y de elegantes maneras. Y de la sexta, sobre todo, temía el escandaloso tropel de muchachos excursionistas que en desordenada algarabía vociferaban y competían con sus alaridos y risas estridentes. El trajín en el hotel resultaba incesante y se renovaba a diario con nuevos clientes. Me fijé en especial en la bella chica que recogía en la séptima planta y que destacaba por su porte distinguido, un ceñido vestido la entubaba de lentejuelas hasta los pies, pero dejaba al descubierto unos hombros contorneados, casi perfectos... Seguí con los ojos cerrados el sugerente rastro que desprendía su perfume, pero desperté brusco a la realidad, fustigado por lo insólito de un detalle recién descubierto. Acababa de percatarme que nadie bajaba ni subía de la octava planta... Sí, en los pocos días que llevaba allí no conocía a nadie que se alojara en ella. A la hora del almuerzo, libre de pasajeros, decidí investigar el misterioso hecho. Mi zozobra se tiñó de inquietud, el ascensor pasaba de largo de la séptima a la novena o viceversa, sin obedecer el mando. Lo comenté a las chicas de la limpieza y entre los botones que, con esquiva extrañeza, no atinaron a darme explicación alguna.

   Aquel viernes el mayordomo jefe me acompañó durante toda la tarde en el trayecto del ascensor. Casi al acabar la jornada me aseguró que no hacía falta mi presencia en el hotel durante la semana siguiente y que, debido a mi carácter amenazante, podía darme por despedido. Iba a rechistar, pero recordé las palabras de mi amigo y, por respeto, callé. Recuerdo igualmente su teatral transfiguración cuando quise contarle lo sucedido a su regreso.

-Estás loco si crees que con amenazas o insultos vas a provocarme. Ya me lo contó el mayordomo jefe. Me equivoqué, no quiero nada contigo...

   Después de tanto tiempo un nudo de perplejidad aún acompaña mi desolada decepción. Resultan curiosos los avatares que esconde el destino. Por fin encontré mi camino, hoy trabajo y viajo por las comarcas de la zona norte. Eso sí, nunca me alojo en un hotel de más de cuatro plantas...

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*Es Una Colección "Son Relatos", (c) Luis Tamargo.-

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EL DUENDE PARTICULAR

EL DUENDE PARTICULAR

     Al doblar la curva del río, entre la espesura de hayas, hay una gran piedra plana, redonda, semiroída en uno de sus cantos. Sentado en ella, apoyado sobre la cagiga milenaria puede contemplarse el río. El agua juega y arremolina espuma entre los surcos de las rocas enmohecidas. Un hilo de luz se asoma por el techo de hojas y, desde arriba, dibuja un arcoiris en la orilla, un manto multicolor que envuelve al hada del arpa, que danza y deja bailar sus dorados cabellos al sol, rodeada por un séquito de diminutos duendes, numerosos y curiosos, que se acercan y rodean la gran piedra plana. Algunos, de nariz arrugada, son feos y se esconden detrás de los árboles. El más bello se acerca y mueve los labios. No me habla, pero le escucho y, mientras se acompaña de suaves movimientos y ademanes delicados, me explica que lo veo porque soy niño. Se llama Particular, respondiendo a mi pregunta y continúa explicándome que él es el duende que me corresponde. Sí, de acuerdo al carácter de cada uno nos acompaña uno u otro duende y, por un instante, suspiro aliviado de que no sea uno de los que se ocultan tras las peñas. Con gestos elegantes se da prisa en aclararme que no somos niños siempre, que luego crecemos y es natural que así sea, pero que perdemos el alma niña y nuestro espíritu queda enturbiado por el tiempo. Después, un día, cuando contamos el secreto desaparece finalmente el hechizo.

   Aún resuena el eco del duende en mis recuerdos. A la entrada del río, hoy, un cartel de grandes letras se anuncia: "Se Vende Finca Particular"… Lleva ahí tantos años como los que yo anduve fuera del hogar. Ahora sé que no existe riqueza alguna capaz de comprar lo que ese bosque esconde. Y si lo hubiera, andaría igualmente sobrado de ignorancia al desconocer el verdadero valor de tesoro tan incalculable.

   Hoy espero al otro lado del puente y, desde la orilla, a veces veo llegar algún niño que regresa por el camino vecinal, junto al río. No parecen ni tristes ni alegres… Son sólo niños, verdaderos niños que el río contempla a su paso.

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*Es una Colección “Son Relatos”, © Luis Tamargo.-

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A LA DERIVA

A LA DERIVA

    El contorno costero había desaparecido de la línea, ahora limpia, del horizonte. Había navegado sin descanso, obsesionado por perder de vista cualquier atisbo de tierra firme. Aquel año el curso había sido demasiado intenso e, incluso, su padre se había excedido en su exigencia por no desaprovecharlo insistiendo de continuo en la parte del futuro que estaba en juego. Por eso, todo el objetivo de aquellas vacaciones era relajarse distendidamente hasta la saciedad y, así primero, había que aislarse de todo ruido que sonase a recuerdo de hábito rutinario. Para ello cogió el velero de su padre y salió mar adentro. No dijo nada, tan sólo dos días y volvería, renovado. Esa noche el mar también dormía y balanceaba el balandro con su mecer calmo.

    Sin embargo, como en otras ocasiones, aquel maldito juego mental no le dejaba conciliar el sueño. Lo achacó a la influencia cercana de las obligaciones cotidianas, de las que aún no había logrado desembarazarse en su totalidad. Ahora que necesitaba descansar y dormir era cuando se le planteaban a modo de desafío aquel tipo de dilemas que le hacían perder el tiempo, pero imposibles de eliminar a su pesar. El reto en sí era sencillo… Había dedicado la tarde a practicar nudos en cubierta, mientras las velas se dejaban llevar por una brisa suave y generosa. Practicó los nudos marineros que ya conocía, se ató un brazo, las piernas, utilizó también las cornamusas y, a la vez, aprovechó para intentar aprender algún otro nudo nuevo. Y ahora, en vez de descansar, aquella pesadilla sin fin le debatía en si un hombre atado por el tobillo a un cabo que arrastraba un velero, empujado por el viento, tenía posibilidad de salvación. Para él no había problema pues, incorporándose para agarrarse el pie y alcanzar el cabo, sólo había que jalar la cuerda con uno y otro brazo hasta subir a cubierta. Sin embargo, otra voz en su cabeza le intranquilizaba con la posibilidad de que la creciente velocidad del velero, impulsado por fuentes vientos, resultaba proporcionalmente superior al esfuerzo necesario del hombre, no para alcanzar su pie y el cabo, sino incluso para poder incorporarse. Ante tal impetuoso avance el hombre, incapaz de reaccionar y moverse, vería cómo el cielo desaparecía bajo el mar, hundiéndose entre bocanadas de agua.

    En la mañana del día siguiente el helicóptero, desde arriba, logró atisbar el velero y dio parte a Comandancia Marítima. Por fin, la lancha guardacostas encaminó su rumbo al barco desaparecido durante dos días. Ya antes, su padre había avisado, preocupado por la tardanza. Al llegar a la amura de babor, los guardacostas encontraron un cabo atado a bordo del que pendía el cuerpo del joven, por un tobillo, semihundido y ahogado en el mar. Es una peligrosa maniobra, parecieron decirse con su mirada mientras rescataban el cadáver del agua. Un cambio imprevisto del viento puede jugar una mala pasada, lo saben todos los marinos. Una trasluchada de popa golpea al tripulante, desprevenido, que pierde el equilibrio y cae al agua, quedando así a merced del oleaje mientras su barco sigue alejándose… Pero, ¿por qué llevaba atado su tobillo aquel muchacho…?

   El mar silencioso callaba sus olas entre los reflejos luminosos del sol que nacía. Como si el viento anduviera escondido ni siquiera había brisa y las velas flameaban al sol, quietas.

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* Es una Colección “Son Relatos”, © Luis Tamargo.-

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EL CUADRO

EL CUADRO

    A lo largo de mi azarosa existencia he podido conocer los más variados paisajes y, lejos de sentirme utilizado, ahora reconozco la riqueza y privilegio que ha supuesto distinguir el semblante de quien tenía enfrente. Añoro los primeros tiempos, aquellas tardes de buhardilla entre tanto lienzo amontonado, los primeros colores, manchas tímidas de aventurero trazo. Eran los comienzos, uno podía ya permanecer eternamente condenado a quedarse reducido a un boceto o, por el contrario, convertirse en un suceder de bocetos ininterrumpido. Tuve suerte de las manos en que caí y hasta donde he llegado. Esta vez el viaje ha sido muy largo, pero algo me dice que posiblemente aquí perdure con carácter indefinido, a juzgar por el modo que tienen de observarme.

   Digo que mi vida es un privilegio porque nunca acabo de aprender lo extensa que llega a ser la gama de las emociones humanas. El rostro más afable puede transformarse en gesto soez, despreciable. Y, sin embargo, quien parecía distraído de pronto se desata en exacerbados elogios... El cobalto profundo del oleaje, la polícroma textura de las rocas, parcheadas, sobre el cielo diáfano, difuminado de grises limpios... Otros callan, solo miran. Estos son con quienes puedo hablar, son los interlocutores. Aún recuerdo la viva impresión que dejó en mí grabada mi primer interlocutor; siempre se le recuerda después que ha desaparecido.

   Pero hoy ha sido una jornada distinta, insólita para mí. Se ha formado un gran revuelo en la sala principal y luego, en los pasillos, la gente ha circulado con prisas y desconcierto. Los guardas de seguridad han llegado dispuestos a alejar de las obras al pájaro que, quizás equivocado, vino a parar al museo. Al final consiguieron sacarlo de la estancia y todo ha vuelto a la rutinaria calma familiar. Quizás demasiado rutinaria ahora que otra mirada se posó en mí... El ave me miró, cierto, me contempló con sus ojos de pájaro, verdaderos. Pude notar sus alas golpeando la tela del lienzo, de suave roce, como el mejor de los pinceles. El ave buscaba salir, una ventana, una escapatoria y su batir de alas, intenso, me estremeció, me habló del mar y del cielo, del bosque en la montaña, de pájaros que vuelan...

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*Es una Colección "Son Relatos", (c) Luis Tamargo.-

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OTRO CAPÍTULO DE EL MONTAÑÉS

OTRO CAPÍTULO DE EL MONTAÑÉS

    No era la primera vez que utilizaba el paso oriental, la antigua ruta que unía el norte asiático con los bosques americanos, pero sí lo era atravesarla en pleno invierno. Durante los últimos meses había compartido correrías con otro trampero lapón, un experimentado indígena que también acusó las ventajas de estar bien acompañado en épocas difíciles. La destreza con el cuchillo y la afinada puntería en el tiro les permitió sobrevivir en las duras condiciones que el temido invierno allí imponía. Además, los aires de guerra que asolaban la región creaban aún menores expectativas de futuro. Sin embargo, la oportunidad del negocio con los renos que surgió casualmente quedaba mermada si tenían que participar ambos, no daba para tanto y, allí, las oportunidades no podían desecharse, pues significaba errar el tiro.

   A la mañana siguiente le despertaron los disparos y el bullicio de las calles. En la choza no quedaba ni rastro del compañero ni de sus enseres. Había desaparecido y se había llevado también su caballo y silla incluída. El Montañés apretó con rabia el fusil con el que dormía y salió a la calle. El humo que levantaban los ataques y los saqueos entre la población obligaban a la huída inminente. Hubo de cruzar la frontera a pie, evitando los caminos donde se ocultaban los bandoleros prestos al pillaje. Tardó semanas en bordear montañas, días enteros en escalar sus riscos, hasta llegar por fin a los hielos. Mucho antes ya empezó a dejarse notar el frío. No fue difícil hacerse de un trineo, gracias a su habilidad con el hacha los leñadores no despreciaron la ayuda de un par de fuertes brazos voluntariosos.

   El paisaje ahora era blanco brillante por los cuatro costados y aún pudo toparse camino al gran lago con las pistas heladas, que hacían daño con solo mirarlas. En medio de una de ellas, desde la distancia, pudo reconocer a un viejo conocido... El hielo había cedido al paso del lapón que, hundido con el peso de toda su mercancía, tendía la mano desesperada en señal de auxilio. La gélida grieta ya se había tragado su trineo y parte de los perros. El Montañés no quiso mirar atrás, indiferente y distante, prosiguió su marcha adelante intentando eludir el borde lateral de la pista central. Ser compañero es una palabra muy seria y él era poco amigo de hablar en vano. Ni le importó ni acabó de ver cómo la mano rígida de su antiguo compañero se sumergió al tiempo que el último de los perros.

   Le observaron como a un loco a su llegada al campamento de Tsulum, el puesto más avanzado al norte. Nadie en su sano juicio recorrería en solitario la estepa congelada, por lo que su hazaña le granjeó la confianza de los guías. Después de un día de descanso se puso nuevamente en marcha acompañado esta vez de tres trineos, los de los guías que también se dirigían al estrecho. La travesía fue igualmente dura y los perros llegaron exhaustos a la otra margen. El siguiente tramo montañoso fue preciso hacerlo a caballo, pues había que recorrer los sinuosos senderos nevados entre la roca. Al reemprender el viaje, el celaje que iba cobrando la mañana no hacía augurar una fácil jornada y el cielo cobró el color oscuro del final de la tarde, como si no hubiera amanecido. Los guías miraron hacia arriba, en dirección de donde soplaba el viento helado, sin poder disimular el gesto de preocupación por el temporal que se cernía sobre los cuatro jinetes. De inmediato, una endiablada ventisca pareció adivinar sus temores y vino a sumarse a las complicaciones, impidiendo vislumbrar el camino que debían seguir delante suyo. Casi al borde del precipicio se detuvieron intentando hacerse entender mediante señas, era necesario resguardarse y esperar. Sin embargo, un tremendo estruendo irrumpió brusco, seguido de un imprevisto alud que arrollaba todo a su paso. Apenas hubo tiempo para maniobrar, la nieve se llevó de un golpe hombres y caballos confundidos en la nieve, sepultados en aquella muerte blanca. A El Montañés le sonrió mejor fortuna, la avalancha le hizo sobrevolar las copas del bosque que descansaban precipicio abajo y su cuerpo chocó contra las ramas de los árboles antes de caer al tapiz acolchado del frío suelo.

   No recobró el sentido hasta varios días después, en la tienda de la vieja india Gundira, que velaba el cuidado de sus heridas. Y todavía tardó más en articular palabra. Desconocía la lengua de los Shumsira, pero sobraban gestos para darse cuenta de que la hospitalidad que le regalaban obedecía a un precio previamente pactado. Durante la noche y cuando la vieja Gundira salía al poblado para atender las tareas del día, su nieta se acostaba junto al cuerpo entumecido de El Montañés y le daba calor. El trampero fue así recobrando fuerzas y pudo descubrir el oculto trato que la vieja perseguía. Su interés consistía en aprender la técnica de los nudos para las trampas y en especial para la pesca, se lo había visto hacer a los europeos. A El Montañés no le disgustó el trueque, lecho y alimento a cambio de trampas y pescado. Aunque aún mantenía un brazo en cabestrillo casi se divirtió mientras duraron la enseñanza y práctica de sus artimañas de trampero.

   Una mañana se desprendió de los vendajes que le habían atenazado el brazo, repuesto por el ungüento de la vieja india, liberado y dispuesto a utilizar ya ambas manos. Aquel hecho supuso, sin embargo, el fin de su placentera convalecencia. La vieja Gundira empuñó la lanza con una fiereza exagerada para su edad y, con la punta amenazándole el pecho, puso fin obligado a su estancia en el poblado. El Montañés se alejó a lomos de su montura, regalo de los indios Shumsira, una yegua cobriza a la que llamó Estrella, como a la primera que tuvo. Desde lo alto del cerro contempló el valle, el poblado descansaba en un remanso del río... No pudo despedirse de la joven india, sin duda, aquel hubiera sido un buen lugar para vivir.

   Todavía cabalgó las orillas de las selvas que se adentraban al interior y, hacia el sur, descendió los rápidos alternando canoa y montura. El horizonte de polvo le confirmó que ya andaba cerca de las ciudades. Le hablaron de las minas que daban oro, de la riqueza que brotaba virgen de la tierra y, así, tuvo ocasión de cruzar la gran llanura desértica por los tortuosos caminos del ferrocarril. Para alcanzar el altiplano, no obstante, aún quedaba algo más que un largo trecho.

   ...El Montañés se recostó en el asiento del vagón, el sombrero le caía en el rostro, casi le cubría el mentón. En el hueco de su antebrazo, el fusil. Y con las manos entrelazadas sobre el pecho tarareó una tonada... Sí, era la primera vez que se oía a sí mismo en mucho tiempo.

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*”Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta”, (c) Luis Tamargo.-

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CUALQUIER ESQUINA

CUALQUIER ESQUINA

    La ciudad callaba, sólo un viento racheaba las calles vacías mientras los perros más madrugadores vaciaban los contenedores en busca de algo más provechoso que el frío. Un bote de lata calló al suelo y, con estruendo, rodó hasta sus pies, pero no se inmutó. Los plásticos volaban en traviesas filigranas, y una hoja de periódico chocó contra su rostro; tan sólo resopló, el viento volvió a llevarse el papel de nuevo. Era la esquina de Ron, él ya no se acordaba desde hacía cuánto. Envuelto entre cartones se hacía el remolón para despertarse, además, la helada mañana tampoco ayudaba; poco a poco se desentumecía. Algún vehículo aislado anunciaba el amanecer de otra jornada gris al borde del empedrado, duro, pero ya familiar. Se incorporó con perezosa lentitud, casi hasta sentarse, porque aquello le llamó atención, si algo había capaz aún de sorprenderle entre aquellos andurriales. Enfrente, un furgón blindado aparcó haciendo rechinar las ruedas al subir sobre la acera. Ya lo había visto en tres o cuatro ocasiones anteriores, de los más de once años que llevaba sobreviviendo en los alrededores de su esquina predilecta. No tenía otro lugar adonde ir; tampoco es que le hubiera tomado cariño al sitio, pero allí aguardaba algo, lo sabía, tal vez aquella vez fuera la señal... Los cuatro hombres que descendieron del furgón abrieron las puertas traseras: uno subió rápido los escalones que conducían al Museo de Arte, junto al Conservatorio, para abrir la entrada principal, mientras el conductor sujetaba el portón del vehículo. Los otros dos cargaron el peso de un enorme paquete embalado, que introdujeron al Museo con cuidado de no tropezar en los escalones. Ahora no tardarían en salir y cargar con otro pesado paquete, quizás varios en esta ocasión, si hubiera suerte.

   Cuando finalizaron la descarga los hombres volvieron al interior del vehículo, y no fue hasta que desaparecieron de su vista, cuando Ron se decidió a reincorporarse del todo. Cruzó la calzada y enfiló la calle cercana, un tanto tambaleante, hasta dar vuelta a la manzana; allí descendió por las escalinatas del puente y se adentró en el túnel, no sin mirar hacia atrás de continuo, receloso. Después de asegurarse de que nadie venía detrás, se agachó, levantó la tapa de la alcantarilla y se introdujo en la cloaca. "Por fin en casa", se animó. Se atusó los bigotes y aplastó las barbas con las palmas de ambas manos, para darlos forma y, confiado ahora en la intimidad del hogar, aprovechó para estirarse, igual que sus vecinos los gatos callejeros.

   Luego se adentró por aquel laberinto de pasillos que conocía a la perfección, era capaz de recorrerlo sin necesidad de iluminación, después de frecuentarlo durante tanto tiempo. El hedor resultaba pestilente a medida que avanzaba hacia el fondo, y la oscuridad era absoluta; el ruido silbante de las ratas le orientaba, incluso tropezó con alguno de sus cuerpos blandos, antes de llegar al muro. Palpó en cuclillas el borde del zócalo hasta dar con la estrecha trampilla a la que la faltaban dos barrotes. El óxido y la erosión de la humedad habían hecho el trabajo, aunque también él contribuyó limando sus extremos durante interminables meses de ocioso aburrimiento. Se dejó rodar y pasó al otro lado, un reducido tabique de separación que por seguridad bastaba para albergar a una persona. Ahora la claridad se filtraba en forma de minúsculos puntitos por la rejilla de ventilación. La desmontó sin dificultad, había ensayado durante años aquella maniobra, y todo estaba listo, preparado para ser usado cuando llegase el momento.

   También conocía de memoria la distribución de aquel almacén interior, perteneciente al Museo, y los tesoros que, en escrupuloso orden, descansaban entre sus paredes. Se había paseado a sus anchas entre ellos, curioseando su posible valor, sin prisas, a la espera de que todos los factores aledaños favoreciesen la circunstancia idónea; algo le decía que, al igual que en las anteriores ocasiones, había llegado la hora de actuar. Buscó entre los enseres y enseguida localizó el nuevo material que acababa de entrar al Museo; el enorme cuadro se apoyaba contra dos columnas ya sin embalaje. "Demasiado grande", pensó. Desembaló una de las cajas y se fijó en un candelabro de cuatro brazos de oro. Ahora sí, junto a los estantes, halló los dos lienzos que ya antes había elegido, y no tardó en liberarlos de sus bastidores, enrollarlos y salir por donde había entrado. Encajó de nuevo la rejilla y se deslizó bajo el tabique. Algo más adelante se desvió en una de las galerías, posó el preciado cargamento y, a tientas, dio con el adoquín suelto del que extrajo su enorme bolso de viaje. Se quitó la roída y maltrecha gabardina, que dobló en el hueco libre de la baldosa, y la sustituyó por un grueso abrigo de ante. Volvió a enrollar los lienzos despacio y, con el candelabro, los metió en el bolso. Antes de salir prestó atención a cualquier posible ruido anómalo en el exterior y, una vez se aseguró, abandonó la alcantarilla.

   Desde el final del puente hasta el Parque Central, apenas separaba un centenar de pasos antes de encontrar la primera boca de metro. Ron se apostó a la entrada del vagón, mezclado entre los demás pasajeros, sin soltar su maleta de viaje, mientras escudriñaba con interés cada señal; quedaban cinco paradas, quince escasos minutos para llegar a la estación de trenes.

   Ron sabía que con ese mismo intervalo de tiempo un ferrocarril de cercanías le dejaría en su destino. Lo tenía tan cerca y lo sabía tan bien que, quizás por eso, no lo repetía con asiduidad; sólo en ocasiones señaladas, como aquella, cuando todo parecía concordar y obligarle a regresar a casa.

   Distinguió el letrero del andén antes de que el tren comenzara siquiera a frenar. Cuando descendió evitó la salida principal y, por un lateral, se alejó del concurrido centro del pueblo. Un camino vecinal se adentraba entre fincas y huertas colindantes y, al fondo, podía vislumbrarse la silueta del castillo medieval, circundado de viñedos, que se abría grandioso a medida que se iba aproximando.

    La sirvienta, una señora mayor de uniforme, fue la primera en salir a recibirle, nerviosa, aunque acostumbrada a estas bruscas apariciones del señor Barón. Antes, hizo sonar la campanilla para advertir a su marido de la presencia del amo, que acudió raudo; ambos ancianos cuidaban del palacio y se ocupaban durante todo el año de los quehaceres necesarios de su vivienda, era su trabajo.

–...¡Señor, no sabíamos...!

El Barón no le dejó continuar, con un gesto de su brazo saludó, breve, al tiempo que interponía un margen prudente de distancia.

–Prepáreme algo caliente, no dispongo de mucho tiempo.

–¿Cómo las otras veces, señor Barón? Entonces querrá que...

–¡Sí, como siempre! –le interrumpió de nuevo, tajante, mientras accedía sin detenerse a la gran escalera de caracol que conducía a los aposentos.

   Una vez arriba, el Barón desenrolló los lienzos y, de un armario bajo, sacó un hatillo de herramientas de mano: un martillo pequeño de carpintero y cuñas de madera de diferentes tamaños. Dedicó el resto de la mañana a montar las telas sobre la nueva estructura. Finalmente los contempló sin ocultar cierto gesto extasiado, ya colgados en su ubicación definitiva. En el centro del salón, sobre la mesa, el candelabro de oro lucía todo su brillo. Se acercó al cuadro más grande y acarició la firma, que deletreó...

–...T i z i a n o...

   No consiguió, sin embargo, distinguirla en el otro; lo dificultaban dos iniciales un tanto borrosas. En los últimos diez años aquella habitación había multiplicado su valor; las pinturas llenaban la estancia con un aire sobrio, distinguido, propio de una auténtica mansión señorial.

    Cuando bajó, la pareja de ancianos le esperaba junto a la entrada, al pie de la escalera. Ella aguantaba entre las manos una taza de consomé ya templado, que el Barón bebió en dos largos tragos. Después, les dirigió una mirada contenida de solemnidad, a modo de despedida.

–...Los negocios no pueden esperar.

   Le vieron salir a grandes zancadas, ligero, sin otro equipaje que su bolso vacío, acostumbrados a sus espaciadas idas y venidas sin anunciar. Le conocían desde la infancia; ya trabajaban allí cuando vivían sus padres y, después de su fallecimiento, aún continuaban. Con la desaparición de la señora, no obstante, el Barón cambió la apática ociosidad por los viajes de negocios, cada vez más prolongados.

   Ron apresuró el paso dentro del camino vecinal, ya podía presentir el ajetreo de la estación con su murmullo de gente. Más allá, al otro lado, la ciudad aguardaba en una encrucijada de calles mudas, cómplices, donde la vida se disfrazaba de asfalto para, tal vez, un día volver a sonreírle a la vuelta de cualquier esquina.

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   *Es Una Colección “Son Relatos”, © Luis Tamargo.-

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LEYENDA DE TIERRA NEGRA

LEYENDA DE TIERRA NEGRA

    Una vez arriba, desde la cima, El Montañés pudo contemplar entre halos de niebla la emblemática Shamphuroa, una de las siete ciudades sagradas, la dedicada al Trueno y consagrada a la enigmática diosa. Entre ambos mediaba una barrera insalvable que la naturaleza dispuso a modo de frontera protectora, les separaba el sobrecogedor cañón de Troujjon, tan profundo que nadie nunca escuchó la caída de una piedra troujja, de reputada dureza. El Montañés se había propuesto esquivar la garganta sin fondo, así que escogió bordearla, aunque ello significase atravesar el bosque de la Tierra Negra, tan espeso como dos noches a caballo, pero no existía otra alternativa. Cuentan que las temibles tribus que habitan el bosque se convierten en árboles cuando llega la oscuridad, pero El Montañés hizo oídos sordos a estas palabrerías y descendió, lomo abajo, a su encuentro. El día acababa de comenzar y no tenía tiempo que perder. Antes, a la entrada de la espesura, desmontó junto al riachuelo para que la yegua bebiera. Luego, se despojó de su vestimenta y, desnudo, embadurnó su cuerpo entero y el de la yegua con una mezcla de barro fresco y musgo. Arrancó dos manojos de muérdago que se colgó al cuello y, una vez guardó las ropas en la alforja, emprendió la marcha haciael interior del bosque…

   Desde un principio imprimió un ligero trote a su montura con la intención de extenderse el menor tiempo posible en tan sórdida travesía, prefería no tentar a la suerte y evitar comprobar lo que había de cierto en aquellas diabólicas supersticiones. Agradeció al menos no sufrir los fragores del tórrido sol que caía sobre la zona en esas fechas de bonanza, pero pronto la máscara de barro que les cubría comenzó a agrietarse y, una vez seca, desprendía un cierto olor desagradable, que resultaba incómodo de soportar. Después de haber cabalgado durante toda la mañana comenzó a disgustarle el continuo reino de sombras y humedales que pisaba. Sin desmontar, echó mano de las bayas frescas que guardaba en la alforja y, desafiando al descanso, aprovechó a reponer fuerzas sin dejar de avanzar. A ratos, se inclinaba sobre la montura para zafarse de las ramas bajas que como garras se enredaban y entorpecían la marcha; en otros, el sendero se abría a golpe de machete. A medida que se internaba la vegetación se iba espesando y, así, la tarde instauraba su oscuro dominio de sombras casi de improviso. Supo que le quedaba poco cuando el vuelo raso de un mochuelo amenazó con chocar contra su rostro y, sobre todo, cuando pudo observar el fondo blanco de unos ojos que le vigilaban desde la corteza de un tronco. Entonces arremetió a fondo contra la yegua y espoleó hasta el límite la intensidad de la carrera en una frenética huída hacia la salida del bosque que, ahora, se había transformado en una jauría de árboles salvajes que le perseguían enloquecidos. Una nube de dardos caía a su paso clavándose en la capa de barro endurecido a modo de escudo. El Montañés frotó la yesca sobre el muérdago y, a galope tendido, arrastró las matas incendiadas durante una distancia lo suficiente precisa para extender las llamas a su alrededor. Los árboles bramaban mientras el fuego crecía e iluminaba los rostros de terror de los que ahogaban sus espasmos de muerte entre una nube de polvo y humo. En el último tramo, ayudado por la visibilidad del claro, pudo comprobar que los golpes de machete partían obstáculos y ramas como cabezas y brazos sangrantes, tal era la avalancha de atacantes que se cernían hasta que de un salto veloz, por fin, la yegua cobriza abandonó la frontera frondosa de lo que antes había sido un silencioso bosque.

   Atrás quedaba ya la Tierra Negra, pero El Montañés no giró la vista para otear la columna de humo que se elevaba sinuosa. Aún siguió camino adelante, impasible al peligro que acababa de desaparecer tras sus espaldas. Hombre y caballo sin denuedo, continuaron así hasta poco antes de que un nuevo alba pidiera permiso a la hermosa ciudad de Samphuroa para rendir el tributo de su luz a los pies de su diosa sagrada. Para entonces El Montañés ya se había recuperado de la cabalgada, después de un baño y ligero descanso a las puertas de la entrada amurallada y, mezclado entre las gentes del mercado de la ciudad, escrutaba las almenas de las torres altas en busca de una señal propicia que le indicara el tejado bajo que cobijarse en las noches sucesivas.

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*”Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta”, (c) Luis Tamargo.-

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