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LEE TAMARGO

Relatos

DEMASIADO DEPRISA: Relato

DEMASIADO DEPRISA: Relato -¿Quieres hacer el favor de pararte quieto, Mike?... Me estás poniendo nervioso!
Mike movía las piernas en el asiento de atrás sin lograr encontrar acomodo, incluso Mollie, a su lado, se protegía con el codo de sus inquietos embistes.
-...¿Es que esta tartana no puede correr más deprisa? -gritó Mike, defendiéndose.
Llevaban toda la mañana dentro del vehículo, el espacio insuficiente y la fatiga hacían ya mella hasta en el más paciente. Tom, al volante, de carácter más templado, se giraba repetitivo con esporádicas ojeadas hacia el asiento trasero, donde Mollie y Mike forcejeaban y discutían. Ella se recolocó la falda y se atusó la media melena arrubiada al tiempo que recriminaba la intranquila actividad de su compañero de asiento...
-Si vuelves a pisarme te parto la cara!
En el asiento delantero, Willfred, el gordinflón, reía con estentóreas carcajadas que acompañaba siempre de exagerados aspavientos al golpearse en las rodillas.
-Les hemos dado esquinazo, Tom, eres un campeón! -vociferaba entre una y otra risotada.
Mike debió volver a las andadas pues Mollie acabó por plantarle un sonoro bofetón que no consiguió sino acrecentar las risas de Willfred.
-...Aprieta, Tom, véte más rápido! -suplicó Mike, que se tapaba la mejilla enrojecida con el brazo.
-No, ahora no. Ahora toca esperar... -Tom sacó ese tono condescendiente que da la veteranía de erigirse en líder de la banda y que explicaba por qué era él quien manejaba el volante.
Desde la ventanilla observaron la sucursal bancaria al otro lado de la calle. Era casi mediodía y el ajetreo alcanzaba su punto álgido, el tráfico intenso inundaba la avenida central y un continuo fluir de gentes se mezclaba con los ruidos entre las luces intermitentes de los semáforos.
Mollie se fijó en el niño que surgió de la transversal dispuesto a cruzar la calle en dirección al puesto de helados. En ese momento el heladero recogía el carrito. Un vehículo apareció de súbito en la curva cuando el semáforo aún no se había cerrado. Desde las ventanas una pareja de ancianas se estremeció, mientras alertaban al chico... Mollie se tapó la boca con las dos manos, pero no pudo evitar se le escapara un grito.
-¿...Qué pasa? ¿por qué has tenido que chillar así ahora, eh? -increpaba Mike, molesto, intentando ponerse en pie dentro del coche.
Willfred parecía haber tocado techo son sus carcajadas y sólo emitía un resoplido entrecortado, del todo ininteligible. Tom devolvió la calma una vez más con su aplomo de jefe experimentado, sus palabras surtieron el efecto deseado y todos regresaron concentrados a la realidad que les tenía allí reunidos:
-Mirad, ahí llega lo que estábamos esperando!
En la acera de enfrente acababa de aparcar una furgoneta blindada, como cada sábado último de mes, para recoger la recaudación del banco. Dos agentes uniformados se apearon en actitud alerta, vigilando hacia todos los lados con movimientos mecánicos y rápidos. Uno de ellos portaba las sacas, mientras el otro no despegaba las manos del cinto. Su actitud vigilante escrutaba entre los transeúntes como si pudieran adivinar quién podía convertirse o no en un peligro potencial.
-...Llegó el momento, muchachos! Estad preparados... -les conminó Tom.
-¿Tenéis todos las armas listas? -Will acababa de hacer la pregunta cuando Mike chilló histérico, desde atrás.
-No, ahora no! Vienen...
Tom pudo vislumbrar desde el retrovisor el automóvil de la policía que, lento, se acercaba hasta detenerse justo detrás suyo. Las risas de Willfred se helaron y Mike parecía petrificado, inmóviles, cuando vieron descender del coche al policía y acercarse hasta ellos. El agente saludó, se asomó a la ventanilla y observó a los integrantes del grupo y el interior del coche...
-...Venga, chicos, ya está bien por hoy! Este no es sitio para jugar...
Casi al mismo tiempo llegaba la madre de Mollie, que desde el jardín había contemplado toda la maniobra.
-...Se lo tengo dicho mil veces, agente, pero no puede una descuidarse. A casa, Mollie, sal de ahí!
Los cuatro chicos salieron asustados, serios, cruzando miradas de complicidad. Tom no dejaba de observar de soslayo al agente, que con los brazos en jarras, sonreía.
-Sí, señora, vendrán a retirarlo. Ya lleva aquí abandonado más de cinco meses.
Willfred hinfló los mofletes intentando contener la risa, mientras Mike echaba a correr calle abajo, apresurado, por lo que pudiera acontecer. Mollie entró en la casa farfullando, delante de su madre, incómoda por su repentina aparición...
-...Vaya, mami, precisamente ahora que...
Tom se volvió hacia el policía con las manos en los bolsillos, encogiendo los hombros:
-No hemos hecho nada! Eso no anda.


*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo.-
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EL CUADRO: Relato

EL CUADRO: Relato A lo largo de mi azarosa existencia he podido conocer los más variados paisajes y, lejos de sentirme utilizado, ahora reconozco la riqueza y privilegio que ha supuesto distinguir el semblante de quien tenía enfrente. Añoro los primeros tiempos, aquellas tardes de buhardilla entre tanto lienzo amontonado, los primeros colores, manchas tímidas de aventurero trazo. Eran los comienzos. Uno podía ya permanecer eternamente condenado a quedarse reducido a un boceto o, por el contrario, convertirse en un suceder de bocetos ininterrumpido. Tuve suerte de las manos en que caí y hasta donde he llegado. Esta vez el viaje ha sido muy largo, pero algo me dice que posiblemente aquí perdure con carácter indefinido, a juzgar por el modo que tienen de observarme.
Digo que mi vida es un privilegio porque nunca acabo de aprender lo extensa que llega a ser la gama de las emociones humanas. El rostro más afable puede transformarse en gesto soez, despreciable. Y, sin embargo, quien parecía distraído de pronto se desata en exacerbados elogios... El cobalto profundo del oleaje, la polícroma textura de las rocas, parcheadas, sobre el cielo diáfano, difuminado de grises limpios... Otros callan, solo miran. Estos son con quienes puedo hablar, son los interlocutores. Aún recuerdo la viva impresión que dejó en mí grabada mi primer interlocutor; siempre se le recuerda después de que ha desaparecido.
Pero hoy ha sido una jornada distinta, insólita para mí. Se ha formado un gran revuelo en la sala principal y luego, en los pasillos, la gente ha circulado con prisas y desconcierto. Los guardas de seguridad han llegado dispuestos a alejar de las obras al pájaro que, quizás equivocado, vino a parar al museo. Al final consiguieron sacarlo de la estancia y todo ha vuelto a la rutinaria calma familiar. Quizás demasiado rutinaria ahora que otra mirada se posó en mí... El ave me miró, cierto, me contempló con sus ojos de pájaro, verdaderos. Pude notar sus alas golpeando la tela del lienzo, de suave roce, como el mejor de los pinceles. El ave buscaba salir, una ventana, una escapatoria y su batir de alas, intenso, me estremeció, me habló del mar y del cielo, del bosque en la montaña, de pájaros que vuelan...


*Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/elcuadro.htm"

Relato: ERA UN BOSQUE

Relato: ERA UN BOSQUE ...Era un bosque, diríase que unido más que apretado, aunque de lejos semejaba una compacta masa arbórea. De cerca, sin embargo, era PaloAncho el encargado de marcar las diferencias. Todo el bosque parecía girar en torno a él, grave y serio, rodeado de convecinos que respetaban su edad. Fue AltoyDelgado quien dio la noticia. Se cimbreó ligeramente, agradecido a la brisa, para susurrar en las hojas de su compañera el mensaje que todos anhelaban compartir. Llevaban largas semanas expectantes por los acontecimientos. Nunca conocieron dos veranos seguidos tan largos, sin descanso ni pausa para sus fatigados troncos. Primero, comenzaba el humo levantando nubes redondas y cenicientas sobre sus copas. Luego, venían las despedidas de sus hermanos. El encinar de Loma Llana ya había desaparecido el año anterior. Y también el Robledal Centenario y las Hayas Bellas descarnaron, asomando solo sus puntas negras, la ladera de Montaña Blanca que ahora, desde el Acebal Solitario, temeroso, ofrecía su agreste tristeza al desolado paisaje.
Los eucaliptos se estremecieron nuevamente, unos con otros, alarmados por el oscurecido cielo, salpicados por el hollín, por el amenazante crepitar...
TalloEsbelto abrazó el cuerpo de BuenaSavia, acurrucaron sus ramas, besándose. Contemplaron amorosos los brotes nuevos que nacían, verdes, y los retoños que a su lado ya crecían, juntos. Dejaron resbalar sus lágrimas sin piedad, sin compasión, irremediablemente. Y lloraron, lloraron ante el inminente final...
Tanto y tanto lloraron que al despertar de aquella mañana se dieron cuenta de que llovía. Irremediablente llovía. La lluvia se había unido a su honda pena con su lamento de salvación. Los árboles lloraron y la lluvia caía...
Era un bosque, diríase que unido si uno se iba acercando...


*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", Luis Tamargo.-
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Relato: ...LAS GASTA MÁS DURAS

Relato: ...LAS GASTA MÁS DURAS Le odiaba tanto que hasta me asusté de mí mismo. El propósito inicial que me llevó a la granja escuela “Los Corzos” había dado giro un giro tan insospechado como indeseable. Para algunos que hemos nacido en el medio rural el campo es nuestra única salida. Las grandes urbes quedan lejos a veces e, incluso, representan un entorno hostil e incierto, por lo que trabajar el campo significa algo más que ganarse el sustento; me había propuesto hacerlo bien, convertirme en un profesional. Cuando finalicé el segundo nivel de las enseñanzas agropecuarias surgió la posibilidad de continuar mi curso de especialización en la Hacienda “Los Corzos”; me atrajo especialmente la idea de que no me alejaba demasiado de la comarca y que, por primera vez, tendría contacto con los viñedos, mundo que me apasionaba.
Sin embargo, enseguida pude percibir que el aire que se respiraba en “Los Corzos” se salía de lo habitual. Su capataz, al que llamaban Bravo Jo, era un hombre corpulento y de gran envergadura, entrado ya en redondeces más por el descuido que por los años. Su voz ronca y cascada gritaba en vez de hablar y, de su sarcástico tono, lo que más desagradaba eran sus estentóreas carcajadas que siempre comenzaban de un minúsculo hilo de risa sostenido entredientes.
-...Si algo queda por recoger mi amigo el espantapájaros me lo contará -Fueron sus primeras palabras, mientras señalaba hacia el otro lado de la huerta.
Llevaba ya más de una semana entregado de pleno a la insigne tarea que me había encomendado. En la huerta que se extiende frente a la cuadra, había un gran magnolio cuyas anchas hojas caían sin descanso y que había de rastrillar en un montón. Cada mañana el montón de hojas aparecía revuelto y nuevamente disperso, con lo que debía volver a reunir las hojas recogidas y las nuevas. La desolación de ver mis sueños tan alejados del principal interés, hacía crecer en mí un sinsentido imposible de disimular en la expresión de desgana de mi rostro. Los demás lo contemplaban mayormente en silencio, con la experiencia callada de quienes antes padecieron ya la bravuconada. El mal sabor de boca que a alguno le quedó le impidió después volver a sentirse solidarios. Otros marcharon o casi huyeron. El compañero de mesa me contó que el pasado año uno de los muchachos apareció ahorcado en el desván; fue una etapa tensa y reciente en que muchos vieron peligrar su futuro, pero sin poder poner otro remedio sino esperar el fin del curso y así trasladarse a otro centro de personal más cualificado.
Al fin y al cabo, yo había tenido suerte, según mi compañero, pues mi castigo, aunque continuado era leve. Con él, sin embargo, según contó, no anduvo tan repartido sino que se ensañó todo de un golpe. Me enseñó la cicatriz que le quedó de aquella novatada, cuando al intentar sostener la soga que aguantaba la carga, previamente desatada, el peso de la violenta caída le deshizo el pulgar derecho. No perdió el dedo, pero se le dejó inservible, me explicaba mostrándome su inutilidad...
-La vida las gasta más duras -le susurré, tratando de consolar.
-...No, el diablo -apuntó mi amigo.
Aquella tarde rastrillé cada hoja muerta que caía a la huerta. Al lado, un vasto maizal se extendía ahora vacío, custodiado tan solo por un abandonado espantapájaros que con su rígida mueca no conseguía ahuyentar las bandadas de cuervos y urracas que repicaban entre las briznas. Con el atardecer casi no distinguía ya las hojas en la yerba, pero rastrillé mecánicamente y, azuzado por el desconsuelo, lloré. Sí, lloré amargamente, de rabia, molesto al recordar las palabras de Bravo Jo:
-A lo mejor al espantapájaros no le caes bien...
Sus risotadas seguían oyéndose aún después haberse marchado y el eco macabro de su fechoría me hería más que la broma en sí.
A la mañana siguiente, cuando me disponía a reanudar las tareas en el establo, el revuelo de la granja me inquietó y, rápido, me acerqué al grupo de muchachos que enseguida abrieron cerco al grotesco espectáculo con el que se encontraron... En el rellano del abrevadero, el cuerpo de Bravo Jo yacía tendido, inerte, atravesado por una gruesa vara que asomaba más de dos cuartas por su boca. Muerto y empalado, le tapaba la frente el desaliñado sombrero del espantapájaros; en una mano, apretada, la nariz de zanahoria y en la otra, también contraída, aguantaba el rastrillo. El silencio que reinaba nos obligaba a mirarnos unos a otros, pero ningún atisbo de pesar afloró ante aquel horror. Al dispersarnos a nuestras labores lo hicimos percibiendo los otros sonidos de la mañana, casi podía tocarse el aroma de la yerba fresca, antes desapercibida. En la huerta, no me sorprendió encontrar el montón de hojas intacto. Sin embargo, el espantapájaros había desaparecido... Era curioso, hasta los pájaros parecían respetar el campo en su ausencia...


*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", Luis Tamargo.-
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POBRE MERI: Relato

POBRE MERI: Relato

Regresaba a casa desde el norte, apurando kilómetros y horas de carretera sin descanso, con el ánimo ansioso por abrazar a la Mami y que sus dos pequeños retoños le enredasen la barba con sus abrazos traviesos. No podía apartar de su mente las palabras de la Mami, especialmente ahora que con tanto esfuerzo había logrado ahorrar lo suficiente para adquirir el "Pobre Meri", su propio camión. Nuevo y flamante, había respondido a la perfección en su primera travesía larga. Ahora, con el vehículo de su propiedad se sentía más dueño de su trabajo y más motivado para realizar grandes sacrificios a sabiendas que revertirían en el colegio y los libros de los niños y en la casa de la Mami. Atrás dejó los grandes puertos mercantes donde entregó la mercancía y, raudo, descendía por las interminables autopistas que distaban aún dos días del hogar.
La Mami, como buena mujer del interior, siempre le insistía en la necesidad de extremar las precauciones, no por desconfianza o falta de cortesía sino a fin de prevenir algún daño o pérdida de lo que con tantos sudores les había costado conseguir. Ahora por fin tenían la finca y, solo dios sabe, cuánto costó levantar la casa, piedra a piedra, cada viga y cada teja. Los pequeños podrían criarse con comodidad y sin estrecheces de espacio. Y el camión era su vida, así llegó hasta hoy, trabajando con denuedo cada palmo de asfalto. Por eso la Mami entendió lo que significaba el "Pobre Meri" para él, era su sueño.
Se acercaba a la gran cadena montañosa que sirve de frontera natural entre ambas regiones y se había propuesto amanecer al otro lado para ganarle un día al viaje de regreso. Al borde de los arcenes, mientras subía, ya aparecía la nieve con su huella ancha y plana, inmaculada, cada vez más ancha. En lo alto, la niebla obligaba a circular despacio para distinguir el carril entre la carretera blanca. Por eso le llamó la atención el verde color del vestido que lucía aquella autoestopista, mientras caminaba por la orilla con el brazo extendido. Vaya lugar para quedarse parado!, pensó. Los copos de nieve caían espaciados, pero densos y, al respirar, el aliento se transformaba en vaho. También pensó en las palabras de la Mami, todo cuidado era poco para proteger la fuente de manutención de la familia, pero no pudo menos que sentir lástima por la precaria situación de aquella muchacha, abriéndose camino en solitario en pleno temporal.
El "Pobre Meri" saludó con un resoplido de motor nuevo la entrada en la autovía llana y recta, aunque también nevada. Liberado de la carga y del freno que supone la lenta ascensión, se dejó rodar ahora más ligero con la intención de repostar antes de que anocheciera. Allí, aprovechó a tomar algo caliente mientras llenaban sus depósitos de combustible. Desde el escaparate del establecimiento pudo contemplar cómo la muchacha del vestido verde descendía de un turismo recién llegado, semioculto de nieve.
Puso en marcha el "Pobre Meri" y, en la salida de la gasolinera, se detuvo frente a la muchacha autoestopista que desafiaba todas las compasiones. Pudo además comprobar que iba en manga corta y que la tela de su vestido resultaba escasa para abrigar a cualquiera de aquel gélido clima imperante. Así, desoyendo los ecos de los consejos de la Mami, hizo un ademán a la muchacha para que montara en el camión, dispuesto por su parte a poner fin a lo que podía deparar en desgracia de seguir haciendo oídos sordos.
La muchacha se sentó al lado y se quitó el gorro verde. Tenía la cara y el cabello mojados y, también, los brazos. Sostenía entre las manos una vara con una estrella verde en su extremo y, al verla tiritar, le ofreció su cazadora de cuero. Agradeció el gesto con una mirada lánguida y le respondió que se dirigía al Hospital universitario de la Gran Villa, en la siguiente población. Eran fechas de carnavales escolares y no pudo dejar de pensar en sus pequeños y en las ganas locas de estrecharles en sus brazos. La muchacha no habló más en todo el trayecto. Podía comprender su inseguridad, su miedo al desconocido que, al fin y al cabo, podía resultarle también su persona. Al llegar al cruce la joven le hizo la señal de alto y nuevamente le dio las gracias, acompañando cada giro de cabeza con su triste y lánguida mirada. Salió apresurada, recogiéndose los bajos del vestido mientras corría hacia los pórticos del edificio hospitalario.
Sonrió nervioso; al menos la Mami no tendría ningún motivo para preocuparse y él podía sentirse satisfecho de haber realizado una buena acción exenta de peligro. La noche se cernió sobre la carretera oscura y, acusando el cansancio, condujo hasta medianoche. Aquel hostal de carretera venía que ni pintado para descansar y emprender la última etapa de vuelta a casa, tan solo a una jornada de distancia.
…Despertó sudoroso y, sobresaltado, se asomó a la ventana. No estaba el "Pobre Meri", no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Los frotó, incapaz de creerlo: se lo habían llevado! Maldita pesadilla!… Le agarraron por detrás, se abalanzaron sobre él, sujetando su cabeza, restregándole la barba con sus brazos tiernos… Papá, ha vuelto, ha vuelto! La Mami sonreía con los brazos a horcajarras y los pequeños encaramados a su espalda le daban la bienvenida entre gritos para terminar de despertarle. Volvió a asomarse, inquieto, pero el "Pobre Meri" seguía estando allí, donde antes parecía haber desaparecido.
Bajó al camión y abrió las puertas para inspeccionarlo, revisó cada rincón, cada detalle. En el asiento del copiloto descansaba una varita con una estrella verde… Los niños chillaban… ¡"Pobre Meri" ha vuelto! ¡Ha vuelto "Pobre Meri"!


*Es Una Colección "Son Relatos", (c) Luis Tamargo.-

http://sonrelatos.galeon.com/pobremeri.htm

LA CARAVANA: Relato

LA CARAVANA: Relato

Todos los días ocurría lo mismo, la entrada a la ciudad se veía colapsada por la numerosa afluencia de vehículos que regresaban de sus trabajos. Al menos era necesario invertir algo más de dos horas en cada ida y vuelta para alcanzar el destino. Era difícil acostumbrarse a la misma larga espera siempre a la última hora del día. Jean había probado de todo para hacer de ese momento algo productivo, primero aprovechó para repasar los informes que quedaron pendientes en la oficina, pero así no lograba sino llevarse más deberes a casa por lo que, luego, optó por escuchar la colección de música que Mirna le regaló por Navidades, incluso, se aprendió un curso completo de italiano para comerciales, aunque flojeaba en la concatenación de frases en cuanto se salían del esquema preestablecido. Cualquier pretexto resultaba válido para tratar de distraer tan tortuosos instantes: los crucigramas, hablar por teléfono, yoga para conductores... Avistar la torre del puente de Aubry significaba reavivar la esperanza, era la señal esperada pues una vez traspasado el túnel la circulación se volvía inusitadamente más fluída y, casi con asombro, los conductores parecían descubrir que de nuevo los coches eran capaces de acelerar.
Hoy Jean estaba particularmente cansado, las últimas semanas habían sido especialmente duras con aquella amenaza de fusión en ciernes. No había podido desenvolver su trabajo con normalidad y tampoco había tenido un descanso para dedicárselo a Mirna, también bastante agobiada por su rutina diaria. Ella trabajaba al otro lado de la ciudad, así que hasta el atardecer no podían encontrarse ni hacer vida de hogar. Quizás por eso la llegada de los niños se retardaba tanto, de tenerles no podrían verles hasta la noche, así que era impensable organizar la vida de acuerdo a otro sistema que no fuera del trabajo a casa y con el tiempo justo. Eran jóvenes y podían resistir de momento el infame trajín pero, además, el fin de semana era corto incluso para descansar por lo que el agotamiento se acumulaba contribuyendo aún más a un incierto futuro de paz y estabilidad. Se estiró en el asiento y estrujó los nudillos produciendo ese chasquido de huesos que a ella tanto le molestaba. La fila de coches avanzó unos metros, imperceptible, antes de volver a estancarse bajo un tórrido sol que ya comenzaba a perder fuerza.
Veinte minutos antes había pasado frente a la bifurcación que lleva a la pequeña población de Grenach, recordaba con agrado el día que Mirna y él se acercaron a conocer la aldea. A él le llamó la atención aquella casa de piedra y madera con su huerto anexo que descansaba en el lomo de la ladera, de espaldas a la autopista. Lástima que ella era lo que se dice una mujer urbana, nacida, criada y desarrollada en la ciudad, gustaba de tener todo a mano, las comodidades y sus inconvenientes. Aunque él también nació en la ciudad le atraía la idea de rodearse del entorno calmo y saludable del campo, estaba dispuesto a realizar sacrificios, a intentarlo, porque el proyecto lo merecía y solo el mero hecho de prepararlo le distanciaba de la preocupación obsesiva a que le sometían sus faenas cotidianas. Le dolía el muslo en su parte interna de pisar el embrague tan sostenido, la hilera de automóviles se movía perezosa sin permitir relajar la tensión del pie. A ratos la caravana se detenía para, en espaciados trompicones, reanudar la lenta marcha.
Apagó brusco la radio, interrumpiendo el discurso de noticias sobre las elecciones con que llevaban bombardeando las ondas desde hacía meses. Su ánimo no era esa tarde el óptimo y, contrariado, empezaba a mostrar los primeros síntomas de impaciencia y fatiga mental, aquella condenada cola no se movía. Salió del coche para despojarse de la americana y, sudoroso, volvió al asiento, se remangó las mangas de la camisa mientras resoplaba con malhumor. Su mirada chocó con la de una señora que conducía, en paralelo, y que repentinamente cambió la vista quizás para esquivar el impulso feroz de sus pensamientos. Jean agachó la cabeza tratando de serenarse y reflexionar, ella no tenía la culpa... Los tres carriles de la carretera estaban infectados de coches, de máquinas humeantes y ruidosas que apenas avanzaban un palmo desde hacía casi una hora, mientras lo que restaba del sol de la tarde se preparaba para esconderse detrás de las colinas tristes, aburridas ante panorama tan grotesco, incapaces de llegar a comprender. Un nuevo trompicón vapuleó las filas de coches que, casi al unísono, se movieron para adelantar unos pocos metros.
Cuántas tardes detenidas ante el mismo paisaje quieto, cuántas horas de espera para repetir a la mañana siguiente, al siguiente día, cada semana y cada mes, durante todo el año incluyendo los festivos. Cuántas veces mientras esperaba le pasó por su imaginación hacerlo, sí, llevar adelante aquella locura, dejar aquel puesto que tantos años de estudio le costó, la empresa de prestigio por la que cualquier profesional que se precie pagaría por entrar, abandonar las crueles rencillas, las batallas de celos entre competidores en su trepidante carrera por acceder a escalones más altos, sí, olvidar aquella vorágine despiadada que le robaba la tranquilidad y, con el tiempo, lo sabía, su alma. Le había ya hecho añicos el ansiado espíritu hogareño que tanto acarició cuando iba a casarse con Mirna, a ella también le había defraudado, había cambiado su carácter, resignado tal vez, esclavizados ambos por las circunstancias. La cola no se movía desde hacía diez minutos y Jean notaba bullir la quemazón, su descontento había aumentado en tan grandes proporciones que, sorprendido, se encontraba cargado de toda la energía necesaria para atreverse a dar el paso... Decidido, salió del vehículo, abrió el maletín y lo tiró contra el suelo pisoteando los papeles que no volaron. Dejó la puerta del coche abierta y, mientras se alejaba andando en dirección contraria, se desanudó la corbata y la tiró al aire sin mirar, sin importarle donde cayera... Qué diantres! Al demonio todo!...
Estaba harto de las colas, de las esperas, de su vida milimetrada e insignificante, de su escaparate de pareja fija, de no oponerse a la corriente irremediable que le devolvía al rebaño, de no poder cambiar el rumbo de los acontecimientos ni el de una noche siquiera. Volvería a Grenach, anotaría el teléfono del cartel que colgaba de aquella casa de madera y piedra, tanto dinero de tanto trabajar habrían de servirle ahora de utilidad para comprarla, para transcurrir sus días al ritmo de la paz y el calor junto a una Mirna más feliz, ella tenía que comprenderle, era su amor lo que estaba en juego... Estaba más que asqueado, pero ahora de repente se sentía fuerte y lleno con esa decisión, casi empezaba a sentirse libre caminando entre los vehículos que, estrepitosos, hacían sonar sus bocinas sin dejar de vociferar...
-¿Eh, oiga, qué hace? ¡Venga, hombre!...
El estruendo creciente de los bocinazos fue lo que le hizo despertar, sobresaltado, agarró el volante con las dos manos y metió la marcha. Aquellos diez minutos últimos le parecieron una eternidad. No podía verse la torre de Aubry porque estaba justo encima, pero la caravana entraba ya a la boca del puente. Delante, las luces de los vehículos desaparecían con rapidez, ávidos por alcanzar la salida del túnel...


*Es una Colección "Son Relatos", (c) Luis Tamargo.-
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LA CHICA DE LA PLAYA: Relato

LA CHICA DE LA PLAYA: Relato El sol alcanzaba su punto álgido en la mañana y la playa se había transformado en un hervidero de gentes que se tostaban concienzudamente, como si ello formara parte obligada del programa estival de sus vacaciones en la costa. No estaba dispuesto a dejar que la rutina ni tampoco la muchedumbre le aguaran la vacación, así que escogió aquel espolón apartado en un extremo de la playa, donde las piedras convivían en abundancia con la arena haciendo desistir al resto de los turistas de frecuentar aquella incómoda orilla.
Extendió la toalla apartando algunas de las piedras y, desprovisto del bañador, se dispuso a conseguir un vistoso bronceado con el que alardear entre sus compañeros a la vuelta al trabajo.
Le llamó la atención aquella chica rubia que también se colocaba allí, justo en el límite donde comenzaban las piedras. En los cinco días que venía acercándose a la playa, ella había mantenido idéntica costumbre en el mismo lugar. No traía toalla, se sentaba sobre la arena y amontonaba una pila de piedras sobre las que posaba el libro que durante toda la mañana se afanaba en leer. Luego, se quitaba la parte de arriba de su minúsculo tanga blanco, antes de darse una zambullida en el mar. Su figura esbelta se abría paso entre los reflejos dorados del sol que destelleaban en el agua, mientras nadaba entre las partículas multicolores del espejo marino.
-¡Vaya hermosura! Parece una sirena... -pensó.
Después de coincidir tantos días en la misma playa podría afirmarse que se había creado cierta familiaridad de cercanía. Cuando ella regresaba de la orilla hacia el montón de piedras donde aguardaban su libro y su mochila, un reguero de gotas de agua brillantes dibujaba filigranas en su piel de oro. Su rostro era bello y, esta vez, volvió la cabeza hacia él y sonrió, natural; se sacudió el cabello y, distendida, volvió a sentarse en la arena, ahora de espaldas al libro, observando el cielo con los ojos cerrados, decidida a secarse.
Sabía que después acabaría por vestirse, recoger el libro en su mochila y alejarse hacia el paseo que bordeaba la playa. Por eso, para adelantarse, hoy se había propuesto provocar la conversación y, tratando de evitar imprevistos, optó por volver a ponerse el bañador. Sin embargo, de súbito, la muchacha comenzó a saludar con el brazo en alto a alguien que desde el paseo le correspondía el saludo. Después de recoger sus cosas, en un momento, ambas chicas desaparecían entre la gente por el paseo.
Al día siguiente lamentó perder la oportunidad de volver a intentarlo de nuevo, ya que la excursión planeada a Los lagos y la posterior cena en el Gran Casino así se lo impidieron. El viaje a los lagos resultó interesante, aunque pesado, casi tortuoso, debido a los altibajos del terreno durante el largo trayecto. Además, el calor tórrido se adueñó de todos los ocupantes del autobús y ya no les abandonó ni durante la cena de gala. Sofocado y sudoroso, prefirió retirarse antes sin importarle no asistir a la tan anunciada actuación del Ballet Nacional, por lo que salió fuera a la busca de un taxi que no parecía atreverse a aparecer. El aire, ahora más fresco de la noche, calmó la agobiante sensación de cansancio y caminó, tranquilo. Pudo reconocer al final de la ancha avenida el paseo de la playa que llevaba al hotel, así que se animó con la idea de regresar a pie por el borde de la playa.
Ya casi podía vislumbrar la zona de la playa sombreada de piedras donde se apostaba por las mañanas. El sonido de las olas que rompían en la orilla le refrescaba y aminoró el paso para disfrutarlo. Le pareció observar una sombra más oscura en el mismo lugar donde acudía la muchacha rubia y se esforzó en escudriñar en la oscuridad hasta que la vista pareció acomodarse y pudo distinguir la espuma de las olas, las piedras apiladas y alguien sentado allí, en la arena de la playa... Se paró frente a ella, apoyado en la barandilla del paseo. Sí, la chica de la playa estaba allí, frente al oleaje sonoro en medio de la noche estrellada. Al poco, ella se percató de su presencia y, volviéndose hacia él, movida por un resorte invisible, le hizo un gesto con el brazo. Cuando él se acercó, ella le recibió con una sonrisa al sentarse a su lado...
-Un poco tarde para tomar el sol, ¿no? -le preguntó, iniciando la charla.
-Este es el mejor sitio, siempre vengo aquí. A ti también te gusta, ¿eh?...
Le pareció sublime, encantadora, además de bella. Se explicaba con soltura, allí, sola en la playa, sus palabras fluían con confianza y naturalidad. Le habló de ella, de la isla, de los parajes insospechados que no conocen los turistas. Su voz invitaba a dejarse escuchar suave, dulce. El tono sensual de sus palabras le envolvió, cautivándole. Podía sentir su respiración acompasada junto a su rostro y sus hombros se tocaban en leve roce, sentados allí, solos en la playa. Incluso en los silencios, se dejaban conquistar por el susurro melodioso del cómplice oleaje.
El le contó de su viaje, apenas dos días aún para concluir sus vacaciones y, en verdad que lo lamentaba, pues ahora que la descubría a ella, al final, era cuando tenía que marchar. Ella escuchaba con sus ojos, casi acariciaba con ellos y, en actitud cariñosa, le prometió regalarle algún recuerdo inolvidable. Le calló la boca con un beso y, a partir de ahí, fueron las manos las que comenzaron a hablar... El roce de los cuerpos al conocerse se fundió entre rumores de olas y arena.
Amanecieron así en su sitio de la playa, tras una noche de olas y cuerpos abrazados. Aquel su último día en la isla fue único, el mejor, tan intenso que no logró evitar en años sucesivos regresar junto a ella, siempre que tuvo ocasión.
Luego, el tiempo transcurrió al igual para todos. Hoy ya quedó viudo, sus hijos crecieron y se jubiló. Su cabello se tornó canoso, el rostro ajado y sus manos arrugadas, pero regresa ávido de emoción a la playa, junto a ella, para sentir su tacto de piel de arena y los jadeos del mar...


*"Es Una Colección De Cuadernos Con Corazón", (c)Luis Tamargo.-
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CAMBIO DE AIRES: Relato

CAMBIO DE AIRES: Relato Fue una mala caída. Su madre ya le había advertido más de cien veces que tuviera cuidado con los árboles y, precisamente, había tenido que ocurrir ese día y allí, en la arboleda que rodea el internado del colegio Saint Paul. Ahora su madre y la familia quedaban lejos y desde luego que aquel verano se presentaba con un comienzo poco o nada halagüeño.
El profesor Tycho fue quien se hizo cargo de su convalecencia, un viejo catedrático casi a punto de jubilarse, más ocupado en pasear los libros que en dar clases que despertasen el de por sí distraído interés de algún alumno. El profesor vivía en un ático de la barriada nueva, frente al colegio, aunque desde su amplia balconada se podía contemplar la parte sur de la ciudad e incluso el puente que cruza sobre el río Delaware. Al menos aquella panorámica compensaría la monotonía de la claustrofobia que preveía para todo el tiempo que durase su obligada estancia allí. Sin embargo, enseguida comenzó a cambiar su concepto del profesor Tycho, apenas le hubo tratado un poco o, mejor dicho, en cuanto se dejó tratar. Bajo aquella apariencia de viejo serio y malhumorado se hallaba una vitalidad jovial y un espíritu simpático, desbordante de ternura. La primera sorpresa fue al deshacerse de sus hábitos de profesor al llegar a la casa; sin la toga y el sombrero de borla hasta el semblante del señor Tycho parecía sufrir una transformación. Sus bigotes canosos le daban un aspecto cómico, no resultaba difícil imaginárselo en sus años mozos preparando alguna que otra travesura. Su fama de hombre metódico y riguroso le había servido para espolear su conocimiento más allá de los libros o las aulas y, gratamente, sorprendía verle manejar los utensilios de cocina con la maestría de un experto al mismo tiempo que cantaba La Traviatta o declamaba sus versos griegos preferidos. Para todo pedía consejo o consentimiento, ya fuera para el menú del día o para la lectura de la tarde, incluso dejaba elegir qué tipo de música escucharían para aquel u otro momento. Era innegable que le sentaba bien sentirse ocupado en alguien, debió haberse encontrado demasiado sólo anteriormente, pero ahora en presencia de compañía recuperó con rapidez los resortes que mueven la convivencia. Aprovechaba para volcar toda la responsabilidad de la que era capaz cada vez que revisaba la cura; la herida pronto adquirió forma de cicatriz gracias a sus desvelos y ya había conseguido aventurar unos primeros pasos, titubeantes, cuando el profesor marchaba en las mañanas a sus quehaceres en el colegio. Así, los avances fueron notables y, en menos tiempo del previsto en un principio, se sintió con fuerzas y ánimo para continuar por sí sólo su interrumpida andadura.
A medida que se iba aproximando el tan ansiado instante de su salida, también por desgracia, ya empezaba a lamentar el inevitable hecho que ambos debían afrontar. Sin duda el señor Tycho lo extrañaría todavía más que él; se había preocupado en hacer agradable su permanencia en la casa y ahora resultaba más que probable que aún padeciese más esa sensación de abandono después de su ausencia. Aquella noche era la última, preveía que al día siguiente sería ya capaz de saltar, además no había parado quieto en toda la mañana, mientras el profesor asistió a la ceremonia festiva de la clausura del curso.
El señor Tycho llegó con gesto preocupado por la tardanza, repartiendo disculpas, pero sin poder ocultar su ilusión casi infantil de felicidad... Esa noche celebraron la fiesta a su modo, su despedida particular; había traído el postre que sobró del colegio y que había pedido a tal efecto a la encargada de la cocina que, algo extrañada por la caprichosa osadía del viejo profesor, se lo preparó y envolvió con mimo. Durante la cena el señor Tycho cantó y lloró de risa al recordar los primeros chistes de estudiante y alguna de las traviesas novatadas de las que fue objeto al llegar a la universidad. Luego, como no podía faltar, declamó a Platón y a Aristóteles, se deleitó con algunos pasajes de La Odisea y de La Guerra de las Galias, conjeturando hipótesis acerca de la indolencia de la vida en aquel tiempo. A veces se quedaba sólo, perdido en la pura elucubración y hasta se reía de sus propias ocurrencias... No cabía duda de que disfrutaba, se lo estaba pasando en grande. Sí, era un hombre excepcional, no podía tener queja del trato dispensado. A pocas personas había llegado a conocer tan de cerca y tan bien, gracias a aquellas circunstancias especiales.
A la mañana siguiente, puntual como de costumbre, el profesor marchó pronto al colegio. Salió sin meter ruido, con cuidado de no despertarlo. Pero él llevaba en vela largo rato, desde que el alba se anunció en las rendijas de la ventana. Había llegado el momento de su partida, pero antes echó una rápida ojeada al lugar que hasta entonces había sido su refugio. Luego se acercó a la balconada y saltó... Los primeros aleteos sobre los tejados le supieron a gloria, estaba en plena forma. Remontó cielo arriba, siguiendo el curso del río, contento. A su madre, además, iba a parecerle mentira todo lo que había aprendido con aquella experiencia.


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