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LEE TAMARGO

Relatos

UN SEÑOR DE GRIS

UN SEÑOR DE GRIS Ahogó el temblor de la noche con otro trago, pero las rayas del paso cebra bailaron como las teclas de un acordeón. Casi al final trastabilló con el borde de la acera y, sin caer, consiguió abrazarse a la farola salvadora que salió a su encuentro. No había tráfico ni gente paseando a aquellas horas. Algunas estrellas parpadeaban, pero hacía tiempo que había dejado de mirar hacia arriba. Divisó la silueta metalizada de la estatua a la entrada del parque, tras el seto contiguo estaba su campamento, aunque ya no recordaba desde cuándo. Dirigió sus pasos tambaleantes hacia la escultura y por fin se sentó a sus pies, aliviado de haber llegado con la botella intacta. Aquella no era su ciudad, pero hacía tantos años que vivía allí que ya no quería acordarse de la otra casa que perdió, ni de su esposa, ni del trabajo. Aunque quizás no fuera ese el orden y primero le abandonó ella y luego se entregó a beber sin cuidado... Sólo a él se lo había contado todo, al paciente personaje de aquella estatua desconocida, venerada en su silencio, pero también por ello confiable.
A veces le parecía estar hablando a voz en grito, pero lo cierto es que mantenía una conversación interior consigo mismo, hablaba y se hablaba, sin orientación, para volver al comienzo de una rueda donde resultaba imposible discernir el final. Por eso bebía, para dejar de escuchar la continua perorata, para evitar descubrir que su sordera venía de adentro. Podía estar durante horas contando sus penas a aquella estatua aunque sólo la estuviera mirando, pero ella le escuchaba atenta, sin perder detalle, condoliente y seria, prestándole el mínimo honor merecido. Incluso después, a lo largo de la jornada, sin importar por dónde vagaran sus pasos, la tenía presente y comentaba sus devaneos, para luego de regreso retomar el asunto con un familiar: “...Ya te dije, amigo, que no era ese el camino, pero aquí hemos llegado”.
Apuró un trago más, apoyado de espaldas a la estatua con las piernas estiradas hacia el seto, antes de guardar la botella bajo el gabán. Eran muchas voces las que se agolpaban en su cabeza mareándole, pero un sexto sentido le advirtió que aquellas que vociferaban con estridencia venían del exterior... Fue ese mismo sentido el que le despertó de repente a una realidad olvidada, sabía que corría peligro, se lo habían contado en las calles del centro, donde seguir viviendo así para algunos de los que conocía se había convertido en un infierno. A su amigo Jonás le quitaron de en medio el pasado invierno, mientras dormía envuelto entre cartones...
-¿...Qué te dije, amigo? –increpó a la estatua, reclinándose resignado a sus pies, incapaz de mover un músculo.
Las voces aumentaron el tono agresivo a medida que se aproximaban y ahora sumaban a los improperios el ruido de porras y cadenas... Todo le daba vueltas demasiado aprisa para entender o para tratar de hablar.
Cuando regresó del fondo de la noche lo hizo poco a poco siguiendo el rastro de una pregunta:
-¿Está usted bien, oiga...?
A su alrededor las sirenas luminosas de las ambulancias anunciaban una mañana distinta. El agente volvió a preguntarle, en cuclillas junto a él, mientras otros policías examinaban el resto de los cuerpos diseminados por el parque. Uno de los inspectores se acercó a ellos, observó las huellas de sangre que salpicaban las botas y el sable de la estatua del Libertador...
-No ha podido ser él, está como una cuba... -explicó el agente.
-Todos presentan herida de arma blanca, muertos, no ha quedado ni uno... ¡Vaya refriega! ¿Puede respondernos?
-¿...Oiga, qué ha pasado aquí?
-...Ellos vinieron a por mí, no les hice nada. Venían a por mí y un señor de gris les atacó, yo no les había hecho nada, nada...
-¿...señor de gris? -los policías cruzaron sus miradas. El pestilente olor a alcohol les obligaba a echarse atrás.
-Vamos, oiga. No puede quedarse ahí, necesita asearse y tendrá que responder algunas preguntas para nuestro informe, vamos...
El vagabundo a duras penas se incorporó apoyándose en el pedestal de la escultura al tiempo que balbuceaba un sentido: “...Gracias, amigo!”. El inspector le escrutó con detenimiento. A veces hablaba tan alto que no sabía si lo que se decía a sí mismo lo escuchaban los demás... Mientras se dirigía al furgón, acompañado por los agentes, volteó la mirada hacia atrás para despedirse de su hogar. La estatua custodiaba la entrada al parque, callada y firme, imperturbable al silencio en medio de la soledad.


*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo).-
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SILENCIO EN LA JUNGLA

SILENCIO EN LA JUNGLA Se agazapó sobre la roca, adaptando la palma de los pies a las aristas rugosas. Con la cabeza hundida entre las rodillas acechó la superficie cristalina de la orilla. Cuando la sombra del pez zigzagueó entre las rocas un movimiento certero de su brazo acertó a atravesarlo. En la vara puntiaguda la pieza cobrada daba coletazos desesperados mientras el salvaje recogía de la arena otra vara con cuatro pescados más ya inertes y se alejaba de la playa en busca de la zona arbolada en la que proveerse de algunas frutas.
Aún el sol no había alcanzado su punto más elevado cuando sonó de nuevo la sirena... Al igual que en anteriores ocasiones el salvaje ya sabía lo que aquello significaba. Paralizado, escuchó atento la estridente señal para, rápido y nervioso, dirigir sus pasos montaña arriba. Desde lo alto, observó la llegada del barco y al ruidoso grupo de turistas que alborotaban la pequeña cala con sus ropajes de llamativos colores. En su mirada neblinosa se apagó el brillo que antes le había mantenido ocupado y, a rastras, se adentró en la jungla en manifiesta actitud huidiza.
Una vez en la gruta apenas dio cuenta de la pesca que obtuvo durante la jornada, preocupado por la reciente visita a la isla; le inquietaban los viajeros, aquellos extraños que cada vez con más frecuencia invadían el silencio que imperaba en la jungla. En los últimos tiempos había aprendido a valorar el significado de aquel preciado silencio. La jungla proporcionaba todo lo que podía necesitar, alimento, techo y cobijo. El no podría soportar aquellas telas que aprisionaban los cuerpos ni tampoco le hacía falta cargar con tan raros equipajes, aunque no siempre fue así...
Aquella noche durmió acosado por incesantes pesadillas que ahuyentaron la placidez del descanso. Soñó cuando, más joven, los trajes elegantes apretaban su cutis afeitado de ejecutivo prometedor. Entonces la carrera hacia la cima se adivinaba libre de obstáculos si bien no de competidores, pero la rotundidad de sus triunfos bastaba para merecer la tan disputada plaza de la Jefatura comercial. De hecho, aquel viaje en hidroavión a las islas no representaba sino un avance del premio principal al que fueron invitados los mejores profesionales seleccionados. Sus expectativas eran inmejorables y excelentes sus resultados. Las únicas nubes que enturbiaron el horizonte de aquella decisiva reunión fueron las que cubrieron el atolón durante la mañana previa al viaje de partida. Luego, a la tarde, se desencadenó una tormenta atroz que envolvió al indefenso aparato al poco de iniciar el despegue. A merced de los embravecidos elementos, el hidroavión volteó sin control hasta romperse como un juguete entre las olas que asediaban sin piedad aquel apartado conjuntos de islotes que, hasta entonces solo fueron un reclamo paradisíaco.
La tragedia superó con creces el alcance de las posibilidades con las que contaban los dispersos habitantes de aquellos tranquilos lugares. Cuando menguó el temporal y pudieron acercarse a los restos del accidente tan solo hallaron enseres inservibles hechos añicos y cadáveres diseminados por el océano. Muchas esperanzas de futuro acabaron allí sus días, incluso algún cadáver no apareció, pero no por ello las grandes empresas dejaron de crecer. También entre sueños, nadó cegado por el oleaje hasta alcanzar la costa y, extenuado, se desplomó junto a la cueva que luego iba a servirle de morada. Era un cualificado profesional y, por tanto, estaba preparado para el éxito, recorrió la geografía costera de su nueva prisión, aprendió a cazar y a pescar y comenzó a descubrir el crudo sabor de sentirse vivo. Era un superviviente.
Al día siguiente, casi con talante obsesivo, volvió a vigilar los movimientos de aquel grupo de estrambóticos turistas, contemplaba sus risas, su lenguaje, sus bailes y fiestas en la orilla de la playa. Siempre ocurría así, las excursiones duraban un fin de semana, dos días completos en los que ni cazaba ni comía, concentrado únicamente en espiar las idas y venidas de aquellos molestos visitantes, en aguardar el ansiado momento de su regreso. Aquella segunda noche tampoco fue capaz de dormir en paz, soñó con gráficas y curvas de crecimiento coloreadas según los potenciales, de acuerdo al índice de mercado, local o de área, soñó con parámetros y estadísticas comparativas que reptaban frías sobre su desnuda espalda y, cuando irrumpió el alba en la gruta, él ya estaba montaña arriba oteando las maniobras de la embarcación. Con el sonido de la sirena anunciando el fin del viaje y la hora de la partida, su mirada recobró el destello brillante que lo convertía en un fuera de serie... Entonces podía cazar y dormir, ahora podía escuchar los susurros de la jungla que con tanto mimo le albergaba y, por fin, disfrutar del verdadero silencio del triunfo...


*"Es Una Colección De Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo.-
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LA CASA ROSA

LA CASA ROSA Dicen que no vieron la luna, que no apareció en todo el año. Otros lo achacaron a una fuerza sobrenatural, casi un castigo ejemplarizante contra los mundanos derroteros que escogían los cada vez menos humanos. Lo cierto es que la lluvia no cesaba, era excesivo tiempo el que transcurría sin que la lluvia no dejara de estar presente. De día y de noche, a cada momento, un llover incesante acompañaba cada quehacer, cada paso del mundo cotidiano que, a fuerza de su constante insistencia, podría decirse que se había convertido en algo familiar. En otros momentos, sin embargo, tal insistencia, muy lejos de acostumbrarnos, se volvía pesadamente odiosa, casi podía llevarle a uno al límite del sinsentido. Y luego, volvíamos a aceptarla, como un hábito ya inevitable, irremediable, casi parecía invencible.
Aquella mañana se levantó como siempre, acercándose a la ventana. Las gotas chocaban contra el cristal, estrepitosas, dibujando caminos de agua. Parecía que el día llorase, gris, agobiado también por el caer inagotable. Como lágrimas desbocadas, locas por buscar una salida, las gotas serpenteaban ramificando sus brazos líquidos. En uno de sus intrincados laberintos, los tentáculos de agua esbozaron algo parecido a un corazón y, entonces, como si despertara, le fue llamando la atención hasta que dio un respingo. El tono rosa del fondo, antes difuminado, cobró viva realidad, concretando su forma y, así, pudo distinguir el chubasquero rosa de la pequeña Patricia. Ella cruzaba la calle sola, pegada a la valla blanca, de madera, que bordea la casa. Desde la valla hasta la entrada hay un tramo amplio, adornado de jardines con rosales bien atendidos, con los setos recién podados y bien cercados, delimitando espacios. El pasillo central era de terrazo rojizo, punteado en los bordes por una cenefa de arabesco. En las esquinas de cada parcela ajardinada, inmensos tiestos, pétreos, imitando jarrones grecolatinos, sostenían variedades desconocidas en el continente de arbustos perennes. Y la puerta de la verja, negra, metálica, pues el antiguo portalón de madera, con tejadillo incluído, sucumbió al paso inexorable de los años.
La tía Silvia cuidó la casa con esmero, aunque se puede decir que fue después de su muerte cuando la casa adquirió el tono renovado que hoy conserva. De hecho, él mismo se preocupó de que la valla exterior fuera restaurada de nuevo y pintada cada año.
Le cogió especial afecto a aquel torreón, bajo y ancho, en un costado de la mansión, pero que sobresalía por encima de ella con su cúpula brillante de pizarra negra, sobre todo ahora, mojada, con la lluvia. Le daba al resto un toque señorial, un aspecto acaudalado de digna tradición y elegante modernidad bien hermanadas. Por eso se trasladó a las habitaciones de aquella parte del torreón, en realidad, al enorme salón de grandes miradores que por su extensión perfectamente podría servir como única vivienda.
La pequeña Patricia hacía ese mismo recorrido cada mañana, al colegio, excepto en verano, cuando acababan las clases, pero… ¿quién se acordaba ahora del verano? No había existido, parecía que había estado lloviendo toda la vida, siempre. Parecía imposible imaginar otro estado diferente a la lluvia, aunque todos lo desearan. Hasta el carácter de la gente se agriaba, tornándose más arisco y reservado. Había que salir a la calle, había que trabajar, estirar las piernas y entablar ganas de conversar, en algunas ocasiones, pero la maldita lluvia no cesaba, haciéndolo todo más incómodo.
Sin embargo, aquellos interminables días, tristes y oscuros, sirvieron para finalizar el asunto que llevaba entre manos desde hacía tanto tiempo. Antes había preparado los materiales durante meses, seleccionándolos convenientemente y mezclando cada pigmento con meticulosidad hasta lograr el tono deseado. Fueron incontables las combinaciones de colores que se sucedieron hasta dar con la gama perseguida y, después, con el tono definitivo. Tantos y tantos fueron los meses que duraron las pruebas que transcurrieron años. La lluvia vino a complicar las labores, confió en que mientras durasen los preparativos la condenada lluvia cejase en su empeño, pero continuó ajena a otros planes que no fueran tan obstinados como los suyos. Para ganarle tiempo a la lluvia, se ocupó en ir almacenando los colores conseguidos en aquellos botes metálicos. Destinó la parte baja del edificio a ordenar matemáticamente en hileras toda aquella colección de botes de color rosa, un rosa de tono vivo, chillón, imposible de ignorar y así diseñado, con escrupulosidad de alquimista, precisamente para no pasar desapercibido.
Todas las habitaciones de la mansión fueron de este modo llenándose de botes de color. Luego, los pasillos, las salas y, en vista de que la impertinente lluvia obstaculizaba el proyecto, siguió pintando los objetos, los muebles, las paredes repletas de rosa, los marcos de las puertas, las puertas y los pomos, las cerraduras también. Los cuadros antiguos que adornaron durante lustros los grandes salones acabaron por sustituir el retrato y los paisajes por el fondo rosa intenso, un rosa embriagante, enfermizo de su propia agresividad. Los techos y sus molduras también sucumbieron al rosa, incluso el cofrecillo de madera de la tía Silvia, donde guardó sus mejores alhajas y que tanto cuidó en vida. Así, el proyecto inicial de pintar la fachada y la valla, ante las adversas condiciones, se truncó para desgracia del interior de la casa. También las alfombras quedaron rosas, los interruptores, la gigantesca lámpara de perlas que presidía el comedor, lágrima a lágrima, una a una, de rosa… Y la lluvia impertinente, persistentemente advenediza, continuó como una maldición. No parecía que llegase el día sin que la lluvia acompañase cada latir, acompañando cada respiración… Ya había repasado cada rincón de la casa, cada objeto por minúsculo que fuese tampoco se libró de ser sometido al tono rosa más intenso inimaginable.
Fue la pequeña Patricia la primera que lo percibió. Cada mañana se había fijado, al pasar delante de la gran mansión, acicalada de su larga valla blanca, que una figura humana observaba asomada tras el enorme ventanal. Ya casi se había acostumbrado a esperar su aparición tras el cristal cuando ella alcanzaba la altura del portalón principal. La lluvia atosigante le había impedido reconocer algún rasgo concreto en aquella figura lejana, allí arriba en el torreón, pero sabía que ese alguien aparecería a su paso y, luego, lo comprobaba de reojo, aunque refugiada en su chubasquero rosa. Por eso le extrañó que durante aquella semana no surgiese su fugaz presencia en el torreón, después de haberlo hecho puntualmente durante todo el curso escolar y también en el anterior. Por eso se lo contó a su madre al llegar a la taberna. A Violeta, sin embargo, las observaciones de su hija Patricia le parecieron traspasar más allá del puro significado anecdótico, por lo que puso en marcha enseguida toda la maquinaria investigadora.
Cuando los gendarmes, acompañados del pertinente permiso, penetraron en la mansión ya vaticinaban el extraño cariz de la sorpresa que les aguardaba. Exploraron la gran casa, recorriendo sus pasillos de color rosa, abriendo cada puerta rosa, apartando de su paso las cantidades ingentes de botes de pintura, unos vacíos, otros aún repletos de color, de un llamativo rosa, casi hiriente. Todas las galerías del ala norte rebosaban de botes de color, ordenadamente dispuestos en hileras. Subieron los peldaños rosas y, asombrados, se miraron entre sí, al contemplar los cuadros colgados, donde el rosa invadía desde los marcos hasta los fondos. La puerta de la sala alta del torreón se encontraba entreabierta y, cruzando el umbral, no atinaban a distinguir de entre los muebles y enseres de la habitación, contagiados de tanto color rosa, ebrios del color e incapaces para tratar de diferenciar los espacios. Por fin, le vieron. Le encontraron postrado en su cama rosa, sobre el edredón de idéntico color, tendido a lo largo con sus manos cruzadas sobre el pecho, sobre su abrigo rosa, con una ligera sonrisa rosa, una especie de mueca. Les costó un gran esfuerzo a los agentes dar crédito a lo que hallaron ante sus ojos, atónitos, un cuerpo humano enteramente cubierto de pintura rosa, desde sus cabellos, hasta cada pliegue de las orejas, las manos entrelazadas, la ropa, los zapatos rosas, los calcetines que dejaban entrever una pierna velluda de hombre, pero rosa.
Un remolino de gente se agolpó a la entrada de la mansión cuando sacaron el cuerpo cubierto en una funda de plata. El murmullo se elevó en el breve instante en que lo trasladaron dentro del furgón policial y, luego, continuó resonando avivado por las preguntas y los curiosos… Y continuó así, sonando breve, regular, constante, hasta fundirse con el otro sonar incesante, el de la lluvia que, lejos de regalar un descanso a las gentes de la población, insistía pertinaz y desazonadamente con su interminable caer de agua, de gotas de lluvia sin fin.


*"Es Una Colección De Cuadernos Con Corazón", (c)Luis Tamargo.-
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SIEMPRE AMIGOS

SIEMPRE AMIGOS Tampoco esa mañana le costó madrugar, a pesar de que era su última semana en la biblioteca. Durante más de veintinueve años no había faltado jamás a su puesto de trabajo, ni una enfermedad ni un momento siquiera de perezosa desgana se cruzaron en su camino o por su mente. Si bien recordaba la dureza de los comienzos, acostumbrado a otros quehaceres donde la fuerza física predominaba y a ir dando tumbos también de un trabajo temporal a otro, pronto se le hizo cómodo el ritmo cuadriculado, pero armónico de su horario cronometrado en la biblioteca. A decir verdad, para nada sospechaba que aquella ocupación se convertiría al paso de los años en la estabilidad definitiva, gracias a ella pudieron hacer realidad sus proyectos de familia. Aunque no tuvieron hijos, adquirieron una hermosa casa que Emily se ocupó gustosa en tener siempre bien arreglada, tan limpia y presentable que “si les visitara la misma realeza de nada habrían de preocuparse”, ejemplo con que solía ella misma defenderse de los continuos intentos de su marido por convertirla en un anexo del trabajo.
-...Libros, libros, ¿acaso vas a ofrecer sólo eso a las visitas?
Sin embargo, las visitas no sólo no resultaban escasas sino que podía afirmarse que no existieron. Les bastaba, no obstante, con su ordenado círculo repetitivo de conductas vitales, de casa a la biblioteca y vuelta a lo mismo; algún paseo o excursión, en aisladas ocasiones, y otra vez de regreso a la inflexible rutina del hogar. Después de toda una vida, ahora Theo veía llegar el trabajo a su hora final, al viernes siguiente ya estaría jubilado, precisamente ahora que más necesitaba distraerse con una tarea, ahora que faltaba su esposa y el único tiempo que sobraba lo acaparaba su ausencia.
El año anterior Emily le dejó para siempre tras una larga convalecencia de la que no logró recuperarse. Primero empezó con ligeros mareos hasta que terminó por perder la memoria por completo, ni a él le reconocía, así que Theo se vió obligado a recurrir a un sanatorio donde atendiesen a su esposa como era debido. No era lo mismo salir del trabajo y estar con ella, antes de regresar a casa, pero al menos le hablaba y, aunque ella no atendía, a él le confortaba su sola presencia. Sin embargo, ahora le asustaba enfrentarse a todo el día por delante, sobre todo ahora que había adquirido un ritmo metódico de vida, desde luego no era el mejor momento para empezar de nuevo y tampoco tenía el ánimo dispuesto para ello.
Desde la desaparición de Emily lo pensó muchas veces, no quería tener un final así, perder el puro entendimiento le parecía lo más horroroso que podía sucederle a una persona. Él vivió a su lado en sus últimos momentos y lamentaba los estragos de la enajenación, todo el bagaje cultural del ser humano se borraba sin remedio ni futuro. Tampoco es que en su juventud destacara en sus estudios, pero aquel puesto de bibliotecario le había ayudado a ganarse el jornal y, además, le había propiciado una cultura nada desdeñable que atesoraba con merecido orgullo.
Primero en los ratos libres, luego llevaba las lecturas a casa y las devolvía como un estudiante inscrito más. A su esposa no le desagradaba la idea de que él leyera casi como si devorase los libros, le atraía su avidez de conocer, sólo se mostraba adusta ante la insistencia por transformar su salón de estar isabelino en una habitación plagada de sosas estanterías repletas de libros. Ahora, sin embargo, Theo dio por fin rienda suelta a su sueño y cuando volvía del trabajo podía sentarse en su salón rodeado de los clásicos del saber de todos los tiempos, ella si viviese se lo disculparía. Su vida se había convertido al final en un ir de la biblioteca a otra, pero tal era su deseo y felicidad. A veces buscaba durante horas hasta hallar el manuscrito referido por la bibliografía, entonces su satisfacción era inmensa, aprovechaba cualquier instante de calma para leerlo en la mesa de su trabajo. En una ocasión la búsqueda le llevó varios meses hasta dar con un ejemplar empolvado por el que recibió las felicitaciones de sus superiores, se trataba de un volumen único de considerable valor que enseguida pasó a la sala de personalidades ilustres, mejor que en la de atención al público. Sobre todo por las tardes, cuando marchaban los más jóvenes, gozaba de una mayor oportunidad para dedicarse de pleno a sus libros.
Sin embargo la preocupación le rondaba desde hacía ya semanas, desde que una tarde se topó con un cliente que le preguntó por un título, mientras rebuscaba entre los estantes de la biblioteca. No había nada de extraño en solicitar una lectura juvenil si bien quien se lo pedía iba ataviado de pirata... Lo volvió a encontrar algunas tardes más junto a otro acompañante, revolviendo entre los libros de aventuras, pero no quiso prestarles más atención de la debida. Además andaba muy enfrascado en la lectura de “La Batracomiomaquia”, una joya que se había regalado él mismo para celebrar su jubilación como más le gustaba y que pensaba continuar en casa.
En aquel su último día de despedida le distrajo el tono elevado de las voces detrás de los estantes. Se acercó para reclamar el silencio apropiado que debía respetarse en aquel lugar, a pesar de que la sala de lectura estaba vacía... Esta vez fue el acompañante del pirata el que habló:
-¿...No me diga que no sabe quién soy?
-Por favor, señores, hablen más...
-Pero a mí sí, ¿no?... -le interrumpió el vozarrón del pirata- ...Pues claro, hombre,...Jhon Silver! ¡El mismo! ...Le presento a mi amigo, el capitán Nemo! ...¿A que ahora sí?
-...Miren, señores, no sé si... -Theo balbuceaba, arrinconado en una esquina de la biblioteca tratando de poner en orden sus aclaraciones ante un par de hombretones que no parecían tener intención de atender a razones...
-¡No me diga ahora que no...! -volvió a inquirir el de la barba más recortada.
-...Sí, claro, les leí de muchacho, pero... -trató de objetar sin éxito.
-¡Pues entonces, amigo! ...Mira, ven, vamos a firmarte una dedicatoria por tu amable detalle...
Theo andaba de verdad inquieto, pues ahora que recordaba al que se hacía llamar Nemo lo había visto en la calle, en el trayecto desde su casa, en varias ocasiones. Aquella situación no podía traer nada bueno para su necesidad de paz y bienestar, cuánto debió sufrir la pobre Emily...
A la mañana siguiente, cuando la señora de la limpieza abrió la biblioteca se encontró a Theo tumbado sobre la mesa, con el rostro hundido en un libro... Se temió lo peor y, apresurada, alertó al guarda que entraba en ese momento. Para cuando llegó el director de la biblioteca ya se había personado la policía, entre todos aguardaban el diagnóstico del forense, encerrado en la biblioteca con su ayudante y el difunto Theo...
-...Ya es mala suerte, se jubilaba mañana! -se lamentaba la limpiadora, afectada.
El director de la biblioteca se aflojó la corbata para respirar mejor, iba a cumplir los mismos años que aquel empleado...
-Sí, era su último día...



*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c)Luis Tamargo.-
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FLOR DE ISLA

FLOR DE ISLA Su nombre significaba Flor de Isla y fue un regalo del jefe Ngo de los Thaá. Su sucesor, primer hijo varón de su segunda esposa, llevaba ya varias semanas enfermo, postrado en la cabaña principal. Ya antes había visto ese temblor sudoroso y frío, lo ví llevarse vidas sin importar barreras de tiempo y edad. La costa más próxima distaba cinco días de navegación y, aún así, había que confiar en que no cambiasen los vientos. Elevando sus brazos al cielo y al tiempo que los abría, solemne, el Gran Jefe me miró prometiendo el regalo más deseado a quien fuera capaz de devolver la salud de su hijo.
No había tiempo que perder. Impulsado por la valentía que contagia disponer de vidas ajenas en manos responsables, icé de nuevo las velas y zarpé, presuroso por aprovechar las fuertes rachas de vientos, los mismos vientos rápidos que me habían traído.
Aquel brazo de tierra se asomaba al océano, refrescando al continente. En la Misión había conocido la vacuna, aquel medicamento que obraba el milagro. Una vez alcanzada la costa había que adentrarse por senderos pedregosos, sumergidos en la selva, hacia el interior, abriendo camino para entrar al claro donde se alzaba el campamento. Allí, la Misión reposaba su mísera escasez, aunque espaciosa.
De vuelta y con todo, la travesía me había costado nueve largos días de prisa sin pausa, intensos de ajetreo. Por eso, al llegar a la Isla atraqué en la ensenada, junto a la barra de arrecifes y, en veloz carrera, crucé la playa protegiendo entre mis manos la medicina mágica, como un tesoro sagrado. Al atravesar el umbral, el jefe Ngo se incorporó y desalojó de un gesto a los cuidadores... Preparé la mezcla, asombrado de mi propia calma y, por vía intravenosa, inyecté el fármaco milagroso en el brazo del inerte muchacho, bajo la atenta mirada, seria, de su padre, ahora esperanzado.
Fue al salir de la choza cuando todo el cansancio acumulado se agolpó sobre mis piernas, ahora fatigadas por el peso de la carrera. De repente, sobre mi espalda, pareció apoyarse toda la carga del esfuerzo sostenido en solitario desafío. Y así, de regreso al barco, me senté en la arena blanda y cálida de la playa, dorada de atardeceres que, solícita, me invitaba a la promesa del descanso merecido. El leve rumor de olas se encargó del resto...
El despertar del silencio fue gradual, poco a poco cada parte se iba sumando al todo. Los árboles de la selva frotaban sus ramas, rozándose las hojas, acariciadas por la brisa. Las aves sobrevolaban la playa en alegre bullicio y el oleaje chapoteaba, travieso, contra los costados del velero. Los obenques tensaban el cielo, en lo alto, tintineando una melodía marinera... Y allí, junto a mí, sentada a mi lado en el lecho de arena, ella me observaba, impasible... Seria, tímida, graciosa e intrigante, contemplando el océano distante en absorta intimidad. Sus ojos oscuros, de plateado brillo, destelleaban sobre la tez aceituna de su piel morena. Sus labios, de suave carnosidad, al pronunciar su nombre... Tituanyé, nombre de mujer, significa Flor de Isla y era el regalo del Gran Jefe por salvar su cetro predilecto.
Mientras adujaba las drizas, desde cubierta, seguí observando su plácida belleza, quieta, en la orilla de la playa, con expresión imperturbable jugueteaba con los dedos de sus menudos pies en la espuma de las moribundas olas. Y en su mirada, el fondo del mar, inescrutable y atrayente... La eternidad misma en su remanso de paz detenida. Bien pudieran sucederse crepúsculos y auroras, brumas, mareas o racheados vientos, que su inflexible determinación ya estaba anclada en ese lugar por siempre, encrucijada de encuentros ya decididos.
Al caer la tarde me acerqué y, sentado a su lado, me rendí. Ella me derrotó al rendirse antes que yo. Así fue como nos entregamos, aventurados a conocernos, rendidos al misterio de una promesa urdida por invisibles lazos. Cuando pronuncié su nombre, Tituanyé sonrió y me invadió el escalofrío familiar de haber soñado siempre ese instante. Pestañeó justo cuando el cielo se jalonaba de estrellas, cuando la luna bañaba sus reflejos de plata en el mar de la noche. Así nos amamos y acabamos por entregarnos, fundidos... El mar, la noche estrellada, olas y luna con la canción del viento meciendo nuestros cuerpos, al son de arena y brisa enamoradas...
Nuestros días en la Isla fueron largos, de eterna plenitud, pletóricos de intensidad. Ella se convirtió en mi sombra con vida propia. Tituanyé era un sueño al que, subyugado, me entregué. Acariciar la piel suave de su talle era real, abrazar sus caderas de voluptuosa inocencia, sus senos turgentes besando mi pecho, sentir el jadeo de su apasionado aliento, respirando al unísono...
Zarpé, pero no era yo. Al doblar el Cabo, dejé que el viento de popa me empujase impetuoso, a su merced, lejos de aquella costa, alejándome del recuerdo, pero no era yo. No podía ser yo...
Siempre su nombre en el corazón del alma, su risa de olas desgranando estrellas como lágrimas libres, libres, susurrando al oído del viento... Flor de Isla ! Volveré, Tituanyé !...



*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
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PAISAJE CON ROSTRO

PAISAJE CON ROSTRO La pradera tupida extendía su manto uniforme sobre el cuero cabelludo del terreno, bordeando cada contorno a ras del horizonte. Las nubes cenicientas, cejas oscuras, en lo alto, arqueaban su abigarrada forma y la frente del cielo dejaba de arrugarse cuando la noche caía. El brillo de las estrellas, entonces, custodiaba el sueño en los ojos del valle.
Desde el promontorio, la cordillera montañosa se deslizaba firme, nariz rocosa, rotunda. Y a ambos lados, la pendiente descendía escarpada para encontrarse, suave, y después fundirse con los pómulos cercanos de los montes próximos. En un tiempo, frondosos bosques poblaron su relieve. Hoy, más claros y diáfanos, dejaban al aire las cicatrices de su áspera piel curtida.
Antes de alcanzar los acantilados, hacia el sur, encontrábamos la sima del Gran Lago, estrecha grieta alargada, boca pronunciada, peo ligeramente elevada, que daba cobijo a un pequeño mar interior, nutrido de innumerables afluentes, todos ellos subterráneos. Era ésta una zona de marcados contrastes, en ocasiones drásticos, de coléricas tormentas y erupciones o bien de templada brisa y vientos rápidos que arrastraban a su paso las claridades del talud, como si esbozaran una sonrisa a la tarde huidiza...


*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo).-
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PASAJEROS: Relato

PASAJEROS: Relato El pitido del tren se ahogó en la llanura. No fue hasta después de pasar el túnel cuando se dio cuenta de la llamada perdida que parpadeaba en su aparato móvil, por eso no lo oyó antes. Salió del compartimento para hablar con más confianza y devolvió la llamada.
-Bien, Jorge, bueno... Atendedle hasta el final, ha de morir de viejo, nada de disparos, ¿entendiste? Bueno, me mantendrás informado, ¿eh? ...Sí, sí, llegaré para el fin de semana, ¿vale? Vale.
Los granjeros de hoy en día si querían subsistir debían competir con las nuevas armas que marcaban la pauta, las labores del rancho tenían que apoyarse con una gestión organizada acorde al mercado actual. Su viaje de negocios permitía que los esfuerzos dedicados a su ganado y a los sembrados no fueran al traste y además siguieran progresando. Para él habían quedado ya atrás las meras tareas agrícolas, si bien necesarias, aunque añoraba los viejos tiempos en que el patrón había de saber no solo realizarlas sino supervisarlas, compartiendo el sudor entre sus asalariados. A su padre se lo escuchó en incontables ocasiones, mientras empacaba la hierba o reunía el ganado hacia el abrevadero, pero a él le habían tocado otros modos de trabajar el rancho heredado del abuelo. En el campo, tradición y modernidad disputan una curiosa convivencia donde resultaba difícil establecer los márgenes... Y ahí estaba él, de viaje hacia la gran ciudad para hacer posible la vida en el rancho. Le tenía preocupado desde hacía varias semanas la enfermedad del caballo del abuelo, ya muy viejo; ahora agonizaba. La llamada del capataz le mantenía al día sobre la evolución de la montura preferida de su abuelo. En vida le había escuchado las batallas y aventuras que corcel y jinete atravesaron en leal compañía, su abuelo lo contaba con afecto y dejaba escapar un cierto tono agradecido al recordar lo que nunca podría volver a repetir. Poco antes de morir, el abuelo le pidió aquel particular deseo que ahora él se preocupaba por cumplir... Al fiel alazán no debería faltarle de nada, incluso ni el día de su muerte. Nunca comprendió aquel falso amor de rematar de un tiro al caballo herido, así que se lo hizo prometer al muchacho, aquel caballo moriría de viejo, como él. Ahora que el muchacho había crecido ya sabía lo que había de hacer, había preparado la fosa en la ladera alta del monte, desde allí la vista abarcaba las largas praderas que descendían al paso del río, hacia la cordillera rocosa que dejaba asomar las primeras nieves en sus cumbres... Nada más que hacer, tan sólo esperar, así que se cubrió la cara con el sombrero dispuesto a descansar el resto del trayecto.
Enfrente, una pareja de ejecutivos se acomodaba al vaivén del vagón sin mediar palabra entre ellos. Uno junto al otro, viajaban en incómodo mutismo. El más serio se atusaba la corbata de continuo en nervioso gesto por finalizar el viaje, ávido por abandonar la compañía de aquel jefe lo antes posible. El gerente, algo más joven, le había entregado en mano un expediente disciplinario, cuatro horas antes de la charla y posterior cena de celebración que previamente el veterano delegado había organizado con un grupo de los clientes más selectos. La reunión así como la cena transcurrieron en un ambiente cordial y de cumplida corrección: el delegado con el puñal clavado en la espalda, los clientes atentos y preocupados en la mesa por corresponder al delegado frente a su superior y, ajeno a todo, el jefe perdido entre ellos, más concentrado en poner término a su estratagema que en conocer los pormenores que afectaban al trabajo de su zona. El delegado podía barruntar las consecuencias del temporal que se avecinaba, se quedaría sin puesto de trabajo, pero habría de luchar sus derechos frente al juez. Tan imbuído estaba en las dimensiones del problema que casi adivinó que aquella era su parada y, antes de que chirriasen los frenos, se incorporó del asiento. El jefe alardeó de nuevo de un corazón de hielo al despedirse...
-¡Que tengas un buen fin de semana!
El delegado no se volvió ni tendió la mano, solo le espetó un adiós.
Cerca de la ventanilla, la señora que se escondía tras unas gafas de sol, sacó otro cigarrillo que devoró con ansiedad, igual que los anteriores. Como si siguiera un metódico ritual, salía al pasillo cada vez que finalizaba un cigarro para volver a fumar otro. Tal vez fuese un modo de disimular dentro del compartimento, que no pensaran que fumaba sin parar... Entre pitillo y pitillo ahuecaba su cabello rubio con movimientos cortos de sus manos. Las gafas ocultaban unos ojos fatigados, tristes de apenas dormir en varias noches seguidas. Unos ojos a los que ya poco les importaba que el humo fuese dañino, pues había males peores. Aquellos ojos que expiaron ventanas y puerta del motel donde su marido se había hospedado, tras aquella repentina reunión que surgió de la nada. Así que eso es lo que había ocurrido veces anteriores, en tantas ocasiones como urgencias de negocio, tantas como chicas de alterne, como clubs de carretera que jalonaban el regreso a casa... Hasta que no lo vió con sus propios ojos no había querido creerlo, pese a las advertencias y sospechas. El mero hecho de seguirlo y vigilarlo certificaba el engaño, ya lo condenaba. Se tropezó en el pasillo con un tropel de gente que bajaba y subía cargada de maletas, luego volvió junto a la ventanilla para seguir observando la noche a través de sus gafas oscuras. No había hecho más que encender un nuevo cigarro cuando se incorporó brusca e interceptó el paso al interventor...
-...Daston Ville! Señora, hace dos estaciones que lo hemos dejado atrás! ¿No escuchó el aviso...?
La señora entró precipitadamente en el vagón, tropezó al granjero, recogió su bolso y marchó como una exhalación. El joven iba a colocarse de nuevo el sombrero sobre el rostro y reanudar su sueño cuando volvió a sonar el teléfono que colgaba del cinturón. Gracias a las prisas de aquella viajera esta vez sí lo oyó...
-Vaya, Jorge, lo siento... Era de esperar. Ya sabes lo que has de hacer, sigue las indicaciones que os dí al pie de la letra, ¿eh? Sí, sobre la loma, sí, la zanja ya está hecha, sí... Llegaré el viernes. Hazlo bien, vale.
El granjero no pudo disimular un gesto de congoja, el caballo del abuelo había muerto de viejo, por fin descansaría bajo la mullida hierba de la loma, sobre las vastas praderas que primero cabalgó, el abuelo podía sentirse orgulloso. Sí, era curioso cómo su labor desde aquí resultaba imprescindible para verla finalizada allí... Misterios de los nuevos tiempos que su heredada alma de granjero se limitaba a asumir sin comprender. En el fondo, él pertenecía a aquel mundo y las prisas, protocolos y penurias de la vida urbana no casaban con su rústico carácter, quizás por eso no le afectaban. Observó ahora los rostros sin interés que ocupaban el vagón, de verdad que tenía ganas de llegar al rancho... Se moría por subir a la loma alta y contemplar el valle a sus pies.


*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", Luis Tamargo).-
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Relato: LA OCTAVA PLANTA

Relato: LA OCTAVA PLANTA Sin dejar de apuntarme a la cara con su dedo, la voz de mi amigo se tornó casi confidente, pero firme...
-...Y no preguntes, ¿oyes? Tu misión aquí consiste en bajar y subir con los clientes, nada más... Obedece al mayordomo jefe en todo, no olvides llevarte el uniforme el viernes y volver a traerlo el lunes, ¿oíste?...
-De acuerdo... -musité, mientras mi compañero desaparecía tras la puerta giratoria del hotel sin volverse hacia atrás.
En verdad que debía estarle agradecido pues con su favor me brindaba la oportunidad de sustituirle en su período de vacaciones, como en anteriores ocasiones, y así enriquecer mi maltrecha economía necesitada de una estabilidad más perdurable. En los otros hoteles tuve ocasión de familiarizarme con su puesto de recepción, pero esta vez lo novedoso de la tarea consistía en acompañar a los clientes en sus idas y venidas en el ascensor. En apariencia, una tarea fácil y cómoda, aunque no exenta de una monótona fatiga como enseguida tuve ocasión de comprobar.
Mi antiguo amigo me había asegurado que desde su cambio al nuevo hotel había mejorado de categoría y, en principio, lo achaqué a las cinco estrellas que destacaban en el rótulo. Una vez dentro, comprendí que aquellos anchos espacios marcaban la diferencia con los hoteles precedentes y, sobre todo, el mero hecho de que el ascensorista hubiera de trabajar uniformado.
Desde la terraza de la décima planta podía contemplarse una panorámica sobre la bahía de la ciudad; las oficinas y dependencias administrativas ocupaban la novena planta. De la tercera, descendieron las hermanas Kossack, un par de gemelas nonagenarias que podían permitirse el lujo de residir permanentemente en el hotel. El restaurante se encontraba en la primera planta, y en la segunda los salones para convenciones o reuniones. En el cuarto piso estaba la sala destinada a los enseres de la limpieza y allí también se había habilitado un hueco para el vestuario del personal. Se podía intuir que uno había llegado a la planta quinta por el pestilente aroma que dejaba en el ambiente el hilo de humo de los puros del señor Bruhnin, siempre trajeado y de elegantes maneras. Y de la sexta, sobre todo, temía el escandaloso tropel de muchachos excursionistas que en desordenada algarabía vociferaban y competían con sus alaridos y risas estridentes. El trajín en el hotel resultaba incesante y se renovaba a diario con nuevos clientes. Me fijé en especial en la bella chica que recogía en la séptima planta y que destacaba por su porte distinguido, un ceñido vestido la entubaba de lentejuelas hasta los pies, pero dejaba al descubierto unos hombros contorneados, casi perfectos... Seguí con los ojos cerrados el sugerente rastro que desprendía su perfume, pero desperté brusco a la realidad, fustigado por lo insólito de un detalle recién descubierto. Acababa de percatarme de que nadie bajaba ni subía de la octava planta... Sí, en los pocos días que llevaba allí no conocía a nadie que se alojara en ella. A la hora del almuerzo, libre de pasajeros, decidí investigar el misterioso hecho. Mi zozobra se tiñó de inquietud, el ascensor pasaba de largo de la séptima a la novena o viceversa, sin obedecer el mando. Lo comenté a las chicas de la limpieza y entre los botones que, con esquiva extrañeza, no atinaron a darme explicación alguna.
Aquel viernes el mayordomo jefe me acompañó durante toda la tarde en el trayecto del ascensor. Casi al acabar la jornada me aseguró que no hacía falta mi presencia en el hotel durante la semana siguiente y que, debido a mi carácter amenazante, podía darme por despedido. Iba a rechistar, pero recordé las palabras de mi amigo y, por respeto, callé. Recuerdo igualmente su teatral transfiguración cuando quise contarle lo sucedido a su regreso.
-Estás loco si crees que con amenazas o insultos vas a provocarme. Ya me lo contó el mayordomo jefe. Me equivoqué, no quiero nada contigo...
Después de tanto tiempo un nudo de perplejidad aún acompaña mi desolada decepción. Resultan curiosos los avatares que esconde el destino. Por fin encontré mi camino, hoy trabajo y viajo por las comarcas de la zona norte. Eso sí, nunca me alojo en un hotel de más de cuatro plantas...


*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo).-
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