UN SEÑOR DE GRIS
Ahogó el temblor de la noche con otro trago, pero las rayas del paso cebra bailaron como las teclas de un acordeón. Casi al final trastabilló con el borde de la acera y, sin caer, consiguió abrazarse a la farola salvadora que salió a su encuentro. No había tráfico ni gente paseando a aquellas horas. Algunas estrellas parpadeaban, pero hacía tiempo que había dejado de mirar hacia arriba. Divisó la silueta metalizada de la estatua a la entrada del parque, tras el seto contiguo estaba su campamento, aunque ya no recordaba desde cuándo. Dirigió sus pasos tambaleantes hacia la escultura y por fin se sentó a sus pies, aliviado de haber llegado con la botella intacta. Aquella no era su ciudad, pero hacía tantos años que vivía allí que ya no quería acordarse de la otra casa que perdió, ni de su esposa, ni del trabajo. Aunque quizás no fuera ese el orden y primero le abandonó ella y luego se entregó a beber sin cuidado... Sólo a él se lo había contado todo, al paciente personaje de aquella estatua desconocida, venerada en su silencio, pero también por ello confiable.A veces le parecía estar hablando a voz en grito, pero lo cierto es que mantenía una conversación interior consigo mismo, hablaba y se hablaba, sin orientación, para volver al comienzo de una rueda donde resultaba imposible discernir el final. Por eso bebía, para dejar de escuchar la continua perorata, para evitar descubrir que su sordera venía de adentro. Podía estar durante horas contando sus penas a aquella estatua aunque sólo la estuviera mirando, pero ella le escuchaba atenta, sin perder detalle, condoliente y seria, prestándole el mínimo honor merecido. Incluso después, a lo largo de la jornada, sin importar por dónde vagaran sus pasos, la tenía presente y comentaba sus devaneos, para luego de regreso retomar el asunto con un familiar: ...Ya te dije, amigo, que no era ese el camino, pero aquí hemos llegado.
Apuró un trago más, apoyado de espaldas a la estatua con las piernas estiradas hacia el seto, antes de guardar la botella bajo el gabán. Eran muchas voces las que se agolpaban en su cabeza mareándole, pero un sexto sentido le advirtió que aquellas que vociferaban con estridencia venían del exterior... Fue ese mismo sentido el que le despertó de repente a una realidad olvidada, sabía que corría peligro, se lo habían contado en las calles del centro, donde seguir viviendo así para algunos de los que conocía se había convertido en un infierno. A su amigo Jonás le quitaron de en medio el pasado invierno, mientras dormía envuelto entre cartones...
-¿...Qué te dije, amigo? increpó a la estatua, reclinándose resignado a sus pies, incapaz de mover un músculo.
Las voces aumentaron el tono agresivo a medida que se aproximaban y ahora sumaban a los improperios el ruido de porras y cadenas... Todo le daba vueltas demasiado aprisa para entender o para tratar de hablar.
Cuando regresó del fondo de la noche lo hizo poco a poco siguiendo el rastro de una pregunta:
-¿Está usted bien, oiga...?
A su alrededor las sirenas luminosas de las ambulancias anunciaban una mañana distinta. El agente volvió a preguntarle, en cuclillas junto a él, mientras otros policías examinaban el resto de los cuerpos diseminados por el parque. Uno de los inspectores se acercó a ellos, observó las huellas de sangre que salpicaban las botas y el sable de la estatua del Libertador...
-No ha podido ser él, está como una cuba... -explicó el agente.
-Todos presentan herida de arma blanca, muertos, no ha quedado ni uno... ¡Vaya refriega! ¿Puede respondernos?
-¿...Oiga, qué ha pasado aquí?
-...Ellos vinieron a por mí, no les hice nada. Venían a por mí y un señor de gris les atacó, yo no les había hecho nada, nada...
-¿...señor de gris? -los policías cruzaron sus miradas. El pestilente olor a alcohol les obligaba a echarse atrás.
-Vamos, oiga. No puede quedarse ahí, necesita asearse y tendrá que responder algunas preguntas para nuestro informe, vamos...
El vagabundo a duras penas se incorporó apoyándose en el pedestal de la escultura al tiempo que balbuceaba un sentido: ...Gracias, amigo!. El inspector le escrutó con detenimiento. A veces hablaba tan alto que no sabía si lo que se decía a sí mismo lo escuchaban los demás... Mientras se dirigía al furgón, acompañado por los agentes, volteó la mirada hacia atrás para despedirse de su hogar. La estatua custodiaba la entrada al parque, callada y firme, imperturbable al silencio en medio de la soledad.
*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo).-
http://leetamargo.mybesthost.com/usdegris.htm
Se agazapó sobre la roca, adaptando la palma de los pies a las aristas rugosas. Con la cabeza hundida entre las rodillas acechó la superficie cristalina de la orilla. Cuando la sombra del pez zigzagueó entre las rocas un movimiento certero de su brazo acertó a atravesarlo. En la vara puntiaguda la pieza cobrada daba coletazos desesperados mientras el salvaje recogía de la arena otra vara con cuatro pescados más ya inertes y se alejaba de la playa en busca de la zona arbolada en la que proveerse de algunas frutas.
Dicen que no vieron la luna, que no apareció en todo el año. Otros lo achacaron a una fuerza sobrenatural, casi un castigo ejemplarizante contra los mundanos derroteros que escogían los cada vez menos humanos. Lo cierto es que la lluvia no cesaba, era excesivo tiempo el que transcurría sin que la lluvia no dejara de estar presente. De día y de noche, a cada momento, un llover incesante acompañaba cada quehacer, cada paso del mundo cotidiano que, a fuerza de su constante insistencia, podría decirse que se había convertido en algo familiar. En otros momentos, sin embargo, tal insistencia, muy lejos de acostumbrarnos, se volvía pesadamente odiosa, casi podía llevarle a uno al límite del sinsentido. Y luego, volvíamos a aceptarla, como un hábito ya inevitable, irremediable, casi parecía invencible.
Tampoco esa mañana le costó madrugar, a pesar de que era su última semana en la biblioteca. Durante más de veintinueve años no había faltado jamás a su puesto de trabajo, ni una enfermedad ni un momento siquiera de perezosa desgana se cruzaron en su camino o por su mente. Si bien recordaba la dureza de los comienzos, acostumbrado a otros quehaceres donde la fuerza física predominaba y a ir dando tumbos también de un trabajo temporal a otro, pronto se le hizo cómodo el ritmo cuadriculado, pero armónico de su horario cronometrado en la biblioteca. A decir verdad, para nada sospechaba que aquella ocupación se convertiría al paso de los años en la estabilidad definitiva, gracias a ella pudieron hacer realidad sus proyectos de familia. Aunque no tuvieron hijos, adquirieron una hermosa casa que Emily se ocupó gustosa en tener siempre bien arreglada, tan limpia y presentable que si les visitara la misma realeza de nada habrían de preocuparse, ejemplo con que solía ella misma defenderse de los continuos intentos de su marido por convertirla en un anexo del trabajo.
Su nombre significaba Flor de Isla y fue un regalo del jefe Ngo de los Thaá. Su sucesor, primer hijo varón de su segunda esposa, llevaba ya varias semanas enfermo, postrado en la cabaña principal. Ya antes había visto ese temblor sudoroso y frío, lo ví llevarse vidas sin importar barreras de tiempo y edad. La costa más próxima distaba cinco días de navegación y, aún así, había que confiar en que no cambiasen los vientos. Elevando sus brazos al cielo y al tiempo que los abría, solemne, el Gran Jefe me miró prometiendo el regalo más deseado a quien fuera capaz de devolver la salud de su hijo.
La pradera tupida extendía su manto uniforme sobre el cuero cabelludo del terreno, bordeando cada contorno a ras del horizonte. Las nubes cenicientas, cejas oscuras, en lo alto, arqueaban su abigarrada forma y la frente del cielo dejaba de arrugarse cuando la noche caía. El brillo de las estrellas, entonces, custodiaba el sueño en los ojos del valle.
El pitido del tren se ahogó en la llanura. No fue hasta después de pasar el túnel cuando se dio cuenta de la llamada perdida que parpadeaba en su aparato móvil, por eso no lo oyó antes. Salió del compartimento para hablar con más confianza y devolvió la llamada.
Sin dejar de apuntarme a la cara con su dedo, la voz de mi amigo se tornó casi confidente, pero firme...