Blogia
LEE TAMARGO

Relatos

MERECE LA PENA

MERECE LA PENA Si algo me gustaba de aquella pensión era la serena tranquilidad del barrio en que se aposentaba. En definitiva, la modesta población de San Lorenzo era de por sí apacible y monótona, casi hasta el aburrimiento. Por eso la escogí como el marco ideal para sentar las bases de mi futura obra y, allí, en la pensión de la calle Doctor Fleming establecí la sede permanente de mi estudio de pintura. Mi propósito consistía en romper las penurias y tópicos que asolan a los artistas, esclavos de una vida sometida a los mandatos últimos de las primeras necesidades, el pan, la ropa, la oficina, el coche... Demasiadas obligaciones acaban por inutilizar el talento y este, como joya atesorada, debe hallar rienda suelta a su expresión sin límites, imposiciones o ataduras que impidan su natural desenvolvimiento. Esto es lo que perseguía, no perder la espontaneidad debería constituirse en la máxima de un artista que se precie. Era un modo de vida y, por tanto, había que protegerlo.
La luz de la tarde impregnó muchos de los cuadros que durante horas incontables acabé de finalizar allí, en el estudio de la segunda planta. No me habría importado tampoco alquilar el ático de arriba, pues las pinturas se amontonaban, lienzo sobre lienzo, contra las paredes repletas de mi modesto y diminuto apartamento. Además, me frenó el hecho a considerar de obligarme a pagar un alquiler más, lo que me llevaría ineludiblemente a la rueda trepidante de la que me empeñaba en huir. Por eso, aquella mañana me sobresaltaron los ruidos provenientes del apartamento superior, hasta entonces desocupado. La tranquilidad que disfruté en solitario hasta aquel momento pareció anunciar su irremediable final con aquel taconeo repetido de unos zapatos que caminaban arriba, de un lado para otro, ahora arrastrando algún objeto pesado o bien golpeando el suelo del piso con un caer estrepitoso y descuidado.
La señora de la pensión me explicó sin entrar en demasiado detalle, al escuchar mi esperada pregunta, que había alquilado la buhardilla a una mujer recién llegada, no se acordaba de dónde si es que se lo había dicho. Y rápidamente, como si temiera un bombardeo de preguntas en exceso curiosas, desapareció por una de las puertas del enorme pasillo que cruzaba de lado a lado la planta baja, destinada en su totalidad a la vivienda de los propietarios del negocio.
Cuando subí a mi habitación pude observar a través del hueco en el rellano de la escalera que su puerta estaba abierta. Una claridad inmensa irradiaba desde adentro, quizás el balcón también estuviera de par en par ventilando la habitación hasta ahora deshabitada. Me descubrí curioso, casi que impertinente, intentando inconscientemente crear excusas para averiguar quién y con qué se ocupaba la morada que descansaba encima mío. Esa tarde me costó trabajo concentrarme para proseguir con la marcha de mis pinturas iniciadas. Escuché un fuerte portazo de arriba, tal vez causado por una corriente de aire desprevenida y me pareció una disculpa aceptable para salir afuera a entablar una posible conversación. Nadie en el rellano y la puerta, de nuevo, volvía a permanecer abierta... Decidido a inventar cualquier pretexto subí escaleras al ático hasta llegar ante la puerta. Nadie adentro, sin embargo se podían contemplar los muebles y adornos y busqué los detalles capaces de hablarme sobre la naturaleza de la persona que allí vivía. Escuché ruido de agua en la otra habitación, posiblemente se encontraba en el baño. En efecto, me asustó cuando de súbito hizo acto de aparición, únicamente cubierta con una camiseta corta y una braguita blanca y fina, tanto que ocultaba solamente lo preciso. Se apercibió de mi presencia cuando se disponía a ordenar el equipaje de sus maletas extendidas sobre el sofá y, sin terminar de volverse hacia mí, me indicó en voz alta que la puerta estaba abierta, invitándome a traspasar el umbral. Pude comprobar que sostenía un cigarrillo entre los labios.
-Solo quería presentarme, escuché ruidos y... Soy el vecino de abajo.
-No molesta, no se preocupe. Adelante! -su tono no denotaba la amabilidad que se dice por cumplir, pero preferí pecar de prudente y posponer la visita.
-Cuando acabe de instalarse, tranquila, gracias... Ah! Y bienvenida!
A la tarde siguiente coincidimos en el rellano, ella regresaba de fuera, elegante, bien arreglada y, rápidamente, se aprestó en acabar la presentación de la otra tarde. Me ofreció subir al ático y me puse cómodo en el sofá mientras ella entraba al baño. Observé el ambiente acogedor de la sala frente al amplio ventanal que daba a los campos y jardines que preceden al bosque de San Lorenzo.
Escuché que me hablaba desde el baño, se quejaba del día tan intenso que había soportado. También, ensalzó la belleza de los bosques de San Lorenzo y las bondades de los pequeños pueblos que, en su natural humildad, esconden el secreto de la serena tranquilidad y del saber vivir, algo de lo que se han olvidado en las ciudades. Salió envuelta en una toalla y con el cabello mojado recogido en otra, a modo de turbante. Una mascarilla de intenso verde pistacho le cubría los párpados y seguía explicándose, mientras se frotaba los brazos con una crema incolora que desprendía un aroma fresco y penetrante. Se interesó por mí, de dónde era, a qué me dedicaba y se sorprendió con admiración al enterarse de que era pintor, sí, de lienzo y pincel fino, sí, sí, un artista. Entonces me habló de su trabajo, de su penosa labor de modelo publicitario y, a decir verdad, no me habría extrañado reconocer su rostro de entre algunas de las revistas de moda.
Su estancia en San Lorenzo se debía a un reportaje filmado en el entorno del bosque y de sus afamados jardines, que constituían el marco apropiado para aquel cortometraje de una nueva colonia, una innovadora fragancia para el mercado cosmético. El día anterior fue pesado y repetitivo, hubo que volver a filmar las mismas tomas hasta encontrar el efecto de luz apropiado o, mejor, la lente capaz de reflejarla con fidelidad. El fotógrafo acabó por poner nerviosas a las modelos con sus exigencias y hoy igualmente, las tomas se sucedieron compulsivamente, sin apenas descanso. Mañana sería otra dura jornada, pero disponía de todo el fin de semana para recuperarse y descansar. Se había propuesto no caer en la vorágine del ambiente que rodeaba al trabajo y por eso escogió aquella población cercana a los bosques y aquella modesta pensión, alejada de las compañeras y de los equipos de filmación, sí, merecía la pena.
Con ánimo de corresponder a su sincera claridad, le manifesté mi interés por su atractiva profesión, viajando, conociendo lugares nuevos a menudo de alto postín y disfrutando de personajes y ambientes selectos. Había vuelto a salir del baño luciendo un ajustado corpiño de flores que dejaba al descubierto el redondeado ombligo de su vientre moreno y liso, por encima de su braguita blanca y tan estrecha. Se estaba peinando su rubia melena cuando de pronto paró el movimiento del cepillo e, inmóvil en el centro de la habitación con los brazos caídos al suelo, parecía prestar atención a quién sabe qué mandato divino. Se le ocurrió de repente aquella idea, la de posar para mí, casi con fijación obsesiva, la de que tenía que pintarla, sí, se propuso llevarse de aquel lugar su retrato.
Acepté la idea instintivamente, no pensé en compromiso alguno pues es mi costumbre cotidiana andar entre colores y paletas y, por eso, sé apreciar el valor de un modelo espontáneo que se preste. Al marchar, quedamos en concretar el proyecto en ese fin de semana y, cuando quise cerrar la puerta, ella se interpuso y me susurró al oído que una puerta entreabierta es la mejor de las cerraduras y que siempre la encontraría así... Bajé los escalones, pero solo escuchaba la zozobra de mis latidos agolpados dentro del pecho. Sin embargo, esa noche dormí plácido y descansado como hacía tiempo que no lo recordaba.
A la noche siguiente sentí sus pasos subir hacia el ático muy de madrugada, sin duda, debió de tener otra dura jornada de trabajo o quizás de fiesta. Ya por la tarde me asomé a su puerta... El ruido de la ducha cesó y su cabeza enmarañada apareció tras la puerta del baño.
-Pasa, pónte cómodo... Pero antes trae tus bártulos, artista, empezamos ahora...
Sin rechistar, obediente, subí aquel juego de pinceles nuevo que guardaba para no sé qué sesión especial, también los lienzos de bastidor y el caballete de campo que para aquella ocasión me serviría que ni pintado. La luz que entraba por el ventanal de la sala creaba la atmósfera idónea y, rápido, dispuse todos los elementos y material necesario para convertir la habitación en un improvisado estudio. Ella atendía mis indicaciones, envuelta en su media toalla y con su inseparable braguita, tan diminuta y estrecha. Le expliqué el modo de tenderse en el suelo, la posición de las piernas entrecruzadas, de las manos posadas y expresivas, el ángulo del rostro y la leve torsión del cuello con la cabeza inclinada para que el escorzo lograra reflejar toda la delicadeza sensual de aquel bello cuerpo, sugerente. Una belleza que me impresionó y a la que, con el aliento contenido, procuré sobreponerme para que los primeros trazos delimitasen el marco de lo que sería el próximo escenario. También me preocupé de realizar descansos, no deseaba resultar igual de molesto que los fotógrafos con los que había trabajado. Ella lo agradeció, se sentía cómoda, sonreía y, de un golpe, se desembarazó de la toalla y su braguita...
-Así mejor... -musitó al tiempo que su mirada esbozaba una sonrisa picarona.
-Podemos continuar mañana, no es necesario agotarse ni acabar hoy... -intenté disculpar.
Pero ella se puso en pie y vino hacia mí...
-No, pónte cómodo tú también!
Tiró de las mangas de mi jersey y me lo quitó. Luego sentí sus pechos pegados a la piel de mi torso, sus pezones me acariciaban con suavidad de terciopelo y con su boca besaba mi hombro y me mordisqueaba el cuello. Posé los pinceles, sin poder evitar que alguno cayera. Sabía lo que iba a suceder casi como si lo hubiera imaginado, como si lo hubiera pintado. Los dos cuerpos desnudos rodaron sobre el suelo alfombrado, abrazados en una sola caricia, fundidos en un gemir de pequeñas pasiones encendidas que aumentaban en intensidad, ansiosas ya por desbordarse o ya por encumbrarse a otra cima más alta de placer. Así, hicimos el amor entregándonos por entero, hasta que el sueño nos acogió bajo su reinado nocturno. Desperté a medianoche, al lado de su cuerpo caliente y desnudo, juntos bajo el edredón, sin querer despertar nunca de aquel sueño.
En los días sucesivos compaginamos sesiones de fotos con las poses frente al lienzo. Nunca conocí una sensualidad así de salvaje y única y, también, sabía que al igual que llegó sin esperarlo volvería a marchar, quizás sin retorno. El final llegó triste, sí, pero lo celebramos con otra sesión doble de amor sin freno. Luego, por fin el adiós, una despedida con sonrisa...
Ahora miro hacia su puerta desde el rellano, esperando encontrarla entreabierta. Tal vez regrese algún día aunque tan sólo sea para recoger su pintura, el retrato que le dediqué. Tal vez algún día añore el tiempo detenido de los pueblos pequeños donde la vida recupera la respiración al compás del bosque y regrese para recobrar la tranquilidad del aroma que merece la pena.



*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.
http://leetamargo.mybesthost.com/merecela.htm

UN ÁRBOL LLAMADO...

UN ÁRBOL LLAMADO... Entre los humedales se fue abriendo paso ahora más ligero, aunque bastante fatigado. Atrás quedó el peligro de la zona pantanosa y de los tramos que hubo de atravesar con el agua llegándole hasta el pecho. Sujetando el machete por encima de la cabeza, con los dientes apretados, avanzó con lentitud cada centímetro, tragándose el sudor que goteaba de su barba rala, hasta que por fin el lodo se tornó firme y pudo correr hacia el bosque. Un suspiro de esperanza pareció resucitar de sus sofocados jadeos cuando penetró en la espesura. Sin detenerse, continuó la desenfrenada carrera, apartando a golpe de machete la maraña de lianas que obstaculizaba su camino. Un camino improvisado sobre la marcha, inventado por el afilado cincel del único arma del que ahora podía fiarse. También atrás quedó el galopar tumultuoso y los ladridos salvajes de las fieras desbocadas, alentadas por los gritos no menos fieros de sus perseguidores.
Corrió y corrió hasta caerse, hasta que todo ápice de energía se esfumó, desgastado. Su rostro quedó hundido en el barro del suelo, entre las hojas, al pie del gran tronco, bajo el frondoso techo del bosque.
Aquella zona de la costa oriental era conocida por la bravura de los piratas que la custodiaban y, por tanto, tan temida como evitada. Sin embargo, la galerna que le desarboló el palo mayor fue una más de las que frecuentemente se desataban en el área en aquella época del año, dejándole así a merced de las aristas rocosas de los arrecifes, sembrados indiscriminadamente por la mano del diablo. Advertido del riesgo, el inoportuno temporal vino a complicar el viaje inesperadamente.
Sin fuerzas para oponerse a los piratas que lo capturaron hubo de padecer un tortuoso cautiverio, interminable de no ser por el descuido igualmente inesperado de sus captores que, oportunamente, supo aprovechar. La persecución fue despiadada y, durante la carrera, habló consigo mismo repasando cada pregunta y respuesta, cada uno de los motivos que lo habían empujado tan lejos en el viaje de su vida. Recordaba la voz de su amigo Pablo animándole con tono amable, apaciguando sus miedos. Pensándolo bien no conocía a nadie con aquel nombre, pero sí reconocía la voz familiar del amigo. Le hablaba del hogar y de las gentes que amaba en la otra tierra firme, de donde partió. Sí, se decidiría a volver, iba siendo hora de regresar. Ahora mismo no existía nada que más deseara y, llorando, se abrazó a su amigo, desconsolado. Así, abrazado, se despertó, con sus brazos alrededor del enorme tronco redondo, queriendo abarcar el ancho contorno del árbol que cobijó su sueño… Pablo, Pablo!, gimió aún levemente, mientras despertaba, incrédulo.
De vuelta a casa fue lo primero que hizo, según vino proponiéndoselo durante todo el trayecto. Llegó al pueblo dispuesto a dedicarse en exclusividad a cumplir aquella promesa. La antigua casa de piedra seguía en pie, aunque en ruinas y, así, recorrió cada rincón de infancia y los recuerdos que aún pervivían en los lugares que amó. Dejó que sus pasos le guiasen o, tal vez, fue el propio sendero que llevaba a la fuente el que lo guió… Por un instante dudó y se preguntó por dónde… Por aquí, por aquí!, reconoció la voz, al final de la linde con el bosque. Se sentó allí, bajo el árbol grande, apoyado en el respaldo confortable de su grueso tronco y, extrayendo el libro del petate, leyó durante horas, ininterrumpidamente, hasta dormirse. Al despertar, se despidió… Hasta mañana, Pablo!
…Hasta siempre, amigo!, respondió el árbol, mientras se iba alejando.



*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.
http://leetamargo.mybesthost.com/unarbol.htm

EL REPORTAJE

EL REPORTAJE No había tiempo que perder y, de inmediato, puse manos a la obra. Abrí el maletín y rebusqué en el fondo hasta dar con el muestrario. Escogí el punto de vista más apropiado para el tema. Antes, avisé al narrador para que respetase la distancia, pues ya me disponía a manejar la herramienta. Habían sido unas jornadas de ardua tarea y enconado esfuerzo, cuando aún parecía imposible imaginar el aspecto final de la recompensa. Sin embargo, desde el principio flotó en el ambiente un cierto halo de compromiso que acabó por impregar de veracidad el espíritu que animaba cada intención. A tal fin, desatornillé un par de palabras, apresadas entre adjetivos. La frase henchida y, por fin, libre consiguió ahora acertar con la distraíada atención de aquel lector desconocido. Me paré a reflexionar sobre él, por unos momentos, pensé que se merecía le dedicara ese instante solidario, más que caritativo. Después, escuché... Y entonces la brisa adquirió el tono esperado.
Quizás la intensa concentración desatada bien merecía un descanso, tal vez un tentempié, pero ya no podía aguantarme más las ganas, así que me dirigí cuesta abajo, fuera del recinto, hasta la curva que se adentra entre los pinos. Allí, dejé la carretera y caminé sobre la hierba hasta el acantilado, me detuve en la orilla rocosa y aguardé el paso de la primera serie de olas. Luego, posé suavemente la obra sobre el agua para observar la evolución de sus movimientos.
Regresé al taller, pendiente arriba, ávido por dar la noticia. Todos esperaban con una pregunta dibujada en el rostro. Entonces, en voz alta, afirmé:
-Sí, flota!
Una sonrisa iluminó la tez del profesor, contagiado por el entusiasmo, que apostilló:
-¿Os dais cuenta...? Es posible!
Todos se arremolinaron frente al ventanal para contemplar la silueta elegante de la nave, recortada entre los azules de cielo y mar. La embarcación enfilaba rumbo al cabo, mar adentro, dejando a un lado el pequeño islote del faro. Callados, parecían asentir en silencio, agradecidos... Ahora, por fin, ya tenían algo que leer en la línea del horizonte.



*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.
http://leetamargo.mybesthost.com/elreportaje.htm

PURO MIEDO

PURO MIEDO No, no era pereza aquello que le atenazaba, impidiendo mover un brazo o una pierna. Era hombre de costumbres forjadas a base de constancia y empeño, “de pocos a pocos” como le oyó decir a su padre, también marinero. Tampoco se le podía llamar desidia a esa especie de indiferencia atroz, sobre todo ahora que era capaz de valorar el costoso precio de la experiencia, fruto de tantas jornadas de enconado esfuerzo. Resultaba entonces ridículo mostrar un gesto de congratulación y regalar el problema ya resuelto, adelantándose al final, como si nuestra generosidad quisiera hacerse merecedora de una medalla por su gesto heroico. No, no era petulancia ni falsa arrogancia, al contrario, habría tirado por la borda todas las condecoraciones si hubiera sido ese el remedio. Todavía le quedaba sino mucho, al menos, lo mejor por navegar, se lo había venido repitiendo durante todos estos años, cada vez que atravesaba aquel estrecho en la ruta transoceánica, al mando del ferry que a fuerza precisamente de método y disciplina se había transformado en su único hogar.
Desde la infancia se alimentó y nutrió del mar. Aún rememora con regocijo el día en que pudo mostrar a su padre el título de capitán que con tanto ahínco trabajó para ganarlo a pulso. Fue el sueño de su padre, modesto pescador en los caladeros del norte y ahora, a sus cincuenta y seis años, era su vida. No había hecho otra cosa que pilotar y navegar, recorrer rumbos y aprender para navegar mejor. En la actual compañía trasatlántica encontró sitio permanente durante los últimos diez años y, a estas alturas, solo le quedaba esperar, aguantar algunos años más haciendo lo que era suyo y le gustaba hacer, navegar, cruzar aquel estrecho que conocía palmo a palmo.
Realizaba una ruta preconcebida que poco variaba en su recorrido largo, pero no exento de mil encantos. El Capitán era un ferviente enamorado de aquella costa incomparable, casi amaba hasta la brisa gélida que en ocasiones soplaba al atardecer; entonces, salía a cubierta y dejaba que el viento jugara con los bucles de su cabello canoso. Sí, le gustaba esa sensación en su rostro curtido. Pero aquella tarde estaba raro, ni siquiera salió al puente de mando a otear el cielo, sobre todo porque antes, mucho antes de siquiera haber entrado al estrecho aquel iceberg disperso dio al traste con la ruta de las ilusiones. Antes, habían reconocido otras dos grandes moles de hielo flotante, aunque alejadas y, con cautela, siguieron evolucionando adelante. Pero aquel minúsculo trozo aislado tuvo la suficiente habilidad para pasar desapercibido al radar y rajar limpiamente el casco del barco.
No era desilusión, no. Tampoco podía llamársele así al embargo aquel de fuerzas que a medida que le abandonaban más fuertemente le hacían aferrarse al pasamanos helado del puente de mando. Mientras, el agua entraba por la herida abierta en el costado y, a borbotones, su peso sumergía al barco. Los acantilados estaban cerca y algunos de los botes neumáticos regresaban al buque una vez depositaban su cargamento de tripulantes a salvo en la costa. Tampoco podría decirse que fuera egoísmo o falta de solidaridad, pues aunque padeció avatares y tormentas de las que alardear entre los nietos de sus amigos, también había disfrutado hasta entonces del mero placer de estar en cubierta y compartir marinería como una persona más.
Aquella maldita tarde tomó un rumbo distinto y nuevo que no figuraba en sus cartas de navegación. Y tampoco era engreimiento, no, no era eso. La última lección era la más dura de aprender y, en el fondo, casi se reprochaba a sí mismo su fatal confianza. Ensimismado en sus reproches, rígido e inmóvil, desde la baranda del puente aún pudo escuchar los gritos enérgicos y desesperados que desde las lanchas le proferían...
-Ahora, Capitán! Ahora es el momento, ahora...
Entonces saltó, como impulsado por un resorte invisible. Cayó blando en la zodiac que le aguardaba, pues él era el último... Saltó justo a tiempo para que a los pocos segundos de haberse alejado lograran evitar el torbellino de agua que engullía finalmente a la nave hacia las profundidades. Los de la patrulla le observaron, callado e impasible, podían comprender presumiblemente su estado de ánimo. Aquello tampoco era cobardía, no. Solo quienes nacieron a bordo de un pesquero en una pequeña población de puerto de mar –también se lo oyó decir siempre a su padre -, sólo ellos podían permitirse tener miedo...



*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/pmiedo.htm

EL LAZO EN LA CAÑA

EL LAZO EN LA CAÑA Margari Noiz destacó siempre, incluso desde niña, su madre se encargó de ensalzar con una enorme lazada blanca su negra cabellera no bien hubo tenido la suficiente cantidad para recogérselo arriba y, después, a ambos lados en dos pobladas y hermosas coletas. De entre todos, era inconfundible y reconocible por sus cuidados lazos blancos de adolescente que siguieron acompañándole en sus años de juventud, realzando su figura esbelta que tan elegantemente contoneaba. Así, Margari creció en el seno de una familia también destacada, sino adinerada al menos distinguida por la riqueza que su padre, capataz de la antigua plantación de bambú, supo recolectar a base de esfuerzo y continuada dedicación.
Sin embargo, son los caminos del amor insospechados desde sus comienzos y, así, la joven vino a enamorarse del muchacho aquel que trabajaba en el cañaveral, junto a la gran playa, de aspecto tosco, semisalvaje, rudo y ágil, pero de suave tez oscura y profundos ojos de miel. Nunca se olvida la primera vez. Margari entró en la plantación, al caer la tarde, siguiendo las huellas de terciopelo del bello muchacho que la llevaba de la mano. Entre las cabañas, en la de los aperos, allí, él fue desnudándola con calma… Tan solo la dejó vestida con aquel gran lazo blanco que ceñía la larga melena de lacio cabello negro que resbalaba por su espalda, para amarla. Margari conoció el sabor cálido de la piel amada y, así, estremecida en temblor de tiernas caricias, se durmió entre sus brazos, abrazada al salvaje amor, al único capaz de haber conquistado sin rendición su corazón temprano. En ese mismo candor de los cuerpos recién estrenados al amor fue donde se despertó al impresionante espectáculo que se extendía ante sus ojos… Toda la orilla de la playa estaba sembrada de cañas de bambú y, cada una, con un lazo blanco que el viento hacía ondear en armoniosa danza. El regalo de amor que aquel muchacho le dedicó siempre lo recordaría, incluso más tarde, después de que su primer amor marchara y desapareciera para siempre.
También alcanzó la pintora Margari Noiz un lugar destacado en el correr de los años. La firma de la artista adquirió prestigio y renombre; paseó sus obras por variadas y diversas galerías a lo largo de medio mundo. No obstante, regresó a la playa, prefirió escoger la solitaria compañía de aquella orilla que tantos recuerdos entrañables escondía para ella. Allí erigió su casa, a pie de playa, y desde el porche de su amplia terraza, cuyos pilares descansaban en la misma arena que pisó de pequeña, podía contemplar y entablar estrecha comunión con su playa de ensueños. Sobre todo ahora, cuando se apunta el final para dejar adivinarse, cuando había dejado a un lado los pinceles, debido a una artritis degenerativa que le impedía sostener otro objeto que no fuera el bastón de bambú sobre el que torpemente se apoyaba para moverse. No perdonaba, sin embargo, su paseo marítimo al borde de las olas, aunque tanta playa ahora le sobraba para recorrer en toda su extensión sino con la memoria.
Esta mañana, sin embargo, Margari se ha tropezado en la orilla con una viva sorpresa, un reaparecido recuerdo que, asustada, le ha sobrecogido hasta conseguir inquietarle… Clavada en la arena de la orilla y bañada por las últimas olas moribundas, una caña de bambú, enhiesta y arrogante, otea el horizonte, adornada con un gran lazo blanco que la suave brisa marina vapulea… Le ha parecido escuchar al viento una canción olvidada y, sin sobreponerse, ha regresado hacia el porche de su casa, aunque a duras penas, ansiosa y jadeante.
Hoy leí la noticia en la prensa y me trajo el recuerdo de la historia que mi viejo compañero de viajes me contó en una de nuestras travesías oceánicas, en los buenos tiempos, cuando la juventud navegaba con su propia vela. La foto de la recién fallecida pintora que venía en el periódico me hizo pensar que aún podía haber durado algunos años más. La encontraron sentada en el porche de su casa en la playa, con la boca y los ojos abiertos, rígida. Mi viejo amigo de correrías me aseguró haberla llegado a conocer y, no quise entonces creerle, pero me confesó incluso haberla enamorado. Recuerdo vivamente su imagen, intrépida y aventurera; él sí que fue un viajero impenitente. Me pregunto qué habrá sido de su vida ahora que los años se han ido amontonado…
Doblé el periódico bajo el brazo y me incorporé del entumecido banco del jardín para regresar de vuelta al asilo. La tarde iba cayendo, implacable.


*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/lazoenla.htm

UNA DE DOS

UNA DE DOS Aquel año se había propuesto disfrutar de unas vacaciones diferentes. Hacía tiempo que venía acariciando la idea sin decidirse nunca del todo y ahora, una de dos, o se quedaba sin aventura o, de una vez por todas, ponía en marcha el proyecto. Partió con su furgoneta dirección a la costa del sur con la intención de recorrer todo el litoral, se trataba sin duda de un periplo curioso e improvisado, sin ataduras y con el firme propósito de no planear nada con antelación. La aventura iba ya por su segundo día y atravesaba la concurrida ciudad de Stroôm, paso obligado para alcanzar el hermoso tramo costero que conduce a Port Palmer, antigua población pesquera famosa también por su aguardiente. Precisamente mañana se celebraba la fiesta del exquisito licor y pretendía llegar allí antes que anocheciera.
Aliviado, terminó de salir del atasco en hora punta de aquella ciudad y tomó la carretera comarcal que se desviaba hacia el mar. En el siguiente cruce, le pareció reconocer el rostro de la muchacha que aguardaba junto a la señal de tráfico. Continuó algunos metros más adelante, antes de dar la vuelta para comprobar detenidamente si se trataba de verdad de la misma chica que él conocía. Efectivamente, al pasar de nuevo lento a su lado distinguió el lunar inconfundible de su pómulo izquierdo y detuvo su furgoneta, al tiempo que la muchacha se acercaba a la ventanilla.
-Sí, voy hacia Port Palmer. Si quieres venir, te llevo...-, respondió a la chica al mismo tiempo que levantaba las gafas de sol descubriendo el rostro.
Al reconocerle, a la joven le brillaron los ojos y, alegrándose por la sorpresa, tomó asiento a su lado mientras no dejaba de lanzarle un repertorio continuo de preguntas. Se conocían de los años del Instituto, incluso llegaron a tener un escarceo sentimental sin éxito y, más tarde, con la incorporación a la universidad siguieron destinos distintos. Le contó lo de su reciente trabajo estrenado como profesor de Biología y del proyecto solitario de sus vacaciones. Carla no podía salir del asombro, de tanta casualidad, precisamente allí, en aquel cruce de carretera dirección a casa de su amiga en Port Palmer para celebrar mañana su cumpleaños. Ella siempre fue un tanto maniática para explicar o querer entender ciertas coincidencias o situaciones y, sin tapujos, se propuso que había que celebrar aquel inesperado encuentro con un especial acontecimiento. Al fin y al cabo ya se conocían, en un tiempo incluso intentaron llegar a más. La proposición no pudo menos que sorprenderle, aunque lo disimuló, aceptando de buen grado la sugerente invitación.
- No has cambiado nada, Carla!...
El bosque que iban dejando a un lado del arcén le pareció el lugar idóneo para la ocasión y por qué dejarlo para más tarde... Una proposición tan atractiva se debe atender de inmediato. Abandonó el carril y, despacio, entró en la zona arbolada, adentrándose hasta el sitio mejor alejado para celebrar su euforia contenida y no ser molestados. Allí, entre la espesura del bosque rememoraron antiguas caricias olvidadas con ímpetus nuevos. El flirteo inicial dio paso pronto a mayores en la parte trasera de la furgoneta que se mecía con un ligero vaivén, provocado por el inquieto embiste de dos pasiones encontradas.
Ya caía la tarde cuando entraban en Port Palmer, después de una prolongada y satisfactoria sobremesa. La amiga de Carla esperaba a la entrada de la casa y saludaba sin poder ocultar su innegable acento, propio del dialecto de la comarca costera. Ingrid también era rubia, más incluso que su antigua novia y, al presentarle, insistió con amabilidad para que se quedara y asistiera a su fiesta del día siguiente. La verdad es que no le ayudó la excusa de que iba a continuar viaje, pues pensaba asistir a la fiesta del aguardiente, pero aquella imprevista invitación en el mismo lugar y en el mismo día le dejaba atrapado en una contradicción demasiado evidente, así que sin poder negarse aceptó quedarse solo por una jornada.
La fiesta del aguardiente comenzó aquella misma noche y durante la mañana siguiente continuaron los festejos, entre fuegos de artificio, concursos, bailes y degustaciones interminables del embriagante licor. A media tarde, Carla e Ingrid le aconsejaron bajar al salón principal de la gran casa y, a ser posible, con traje de gala. Se trataba de una fiesta muy especial, su cumpleaños coincidía con la fiesta mayor del pueblo y, en una especie de tradición establecida, se acostumbraba a celebrar aquella otra fiesta paralela, curiosa mezcla de disfraces y trajes regionales.
Llevaba esperando un rato en el salón principal y ya había llegado un número considerable de animados invitados, la mayoría engalanados de los más variopintos disfraces, divertidos, extravagantes, inauditos algunos de ellos. Las risas crecían en volumen elevando el tono festivo del salón que parecía quedarse pequeño ante la constante avalancha de gente que no cesaba en llegar. No llevaba en el equipaje de aquellas vacaciones ningún frac ni traje de gala, pero su americana de diario y aquella corbata multicolor daban el contrapunto ideal para cumplir el requisito previsto. Se alegró del acertado consejo de las chicas, pues así pudieron reconocerse entre aquel loco carnaval de estrafalarios adornos. Ellas estaban elegantes, preciosas, embutidas en sus vestidos de princesas orientales.
La música no le dejaba oir las palabras de Ingrid y se dejó llevar de la mano escaleras arriba. Al cerrar la puerta de la habitación, Ingrid se pegó a su cuerpo y, sobrecogido por la pregunta, se estremeció al sentir sus palabras resbalarle por el cuello erizándole cada centímetro de piel.
-Carla me aseguró que eres una joya única, ¿me dejas probarlo?...
Con dos rápidos movimientos de sus dedos se despojó del traje de fiesta y, desnuda entera, se abrazó a él, solícita. Sin despegarse, unidos, se acercaron a la cama y cayeron abrazados, enzarzados en la ardua tarea de explorarse con deleite, ajenos a ninguna otra fiesta que no fuera la suya.
La fiesta debió continuar hasta altas horas, aunque para él pasó desapercibida el resto de la madrugada, había tenido su fiesta particular y se felicitaba por ello. Cayó dormido con tanto trajín, con la mente puesta en la carretera del día siguiente, las emociones por el momento habían resultado intensas. Sin embargo, antes que amaneciera del todo notó el cuerpo de Carla que se acostaba a su lado, sin ropas, jugueteando con su cuerpo, entumecido aún de la noche pasada. La fiesta no parecía haber acabado para él, pues Ingrid se acostó al otro lado y entre las dos mujeres consiguieron enderezar de nuevo la alegría de su cuerpo, que despertó del todo. Fue una despedida apoteósica, una esperanzadora inyección de vitalidad. No siempre concurren circunstancias parecidas, pero al menos a él ya le había ocurrido.
Prosiguió el viaje por la costa en la mañana gris de brisa fresca, agradecida, frente al calor de días atrás. También atrás quedaron las chicas, sus entrañables momentos compartidos. Le asaltó la tentación de permanecer allí junto a ellas, pero una de dos, o proseguía solo adelante con su aventura o se arriesgaba a malgastar la experiencia. Sin duda, lamentaría tiempo después repetir una ocasión tan especialmente señalada, pero tardaría en borrar el grato recuerdo del sabor nuevo de aquella primera vez. La carretera sinuosa se retorcía persiguiendo las curvas a lo largo de la playa, pero él estaba en otra cosa, no atendía al paisaje.


*"Es Una Colección de Cuadernos Cn Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/unadedos.htm

CAMBIO DE AIRES

CAMBIO DE AIRES Fue una mala caída. Su madre ya le había advertido más de cien veces que tuviera cuidado con los árboles y, precisamente, había tenido que ocurrir ese día y allí, en la arboleda que rodea el internado del colegio Saint Paul. Ahora su madre y la familia quedaban lejos y desde luego que aquel verano se presentaba con un comienzo poco o nada halagüeño.
El profesor Tycho fue quien se hizo cargo de su convalecencia, un viejo catedrático casi a punto de jubilarse, más ocupado en pasear los libros que en dar clases que despertasen el de por sí distraído interés de algún alumno. El profesor vivía en un ático de la barriada nueva, frente al colegio, aunque desde su amplia balconada se podía contemplar la parte sur de la ciudad e incluso el puente que cruza sobre el río Delaware. Al menos aquella panorámica compensaría la monotonía de la claustrofobia que preveía para todo el tiempo que durase su obligada estancia allí. Sin embargo, enseguida comenzó a cambiar su concepto del profesor Tycho, apenas le hubo tratado un poco o, mejor dicho, en cuanto se dejó tratar. Bajo aquella apariencia de viejo serio y malhumorado se hallaba una vitalidad jovial y un espíritu simpático, desbordante de ternura. La primera sorpresa fue al deshacerse de sus hábitos de profesor al llegar a la casa; sin la toga y el sombrero de borla hasta el semblante del señor Tycho parecía sufrir una transformación. Sus bigotes canosos le daban un aspecto cómico, no resultaba difícil imaginárselo en sus años mozos preparando alguna que otra travesura. Su fama de hombre metódico y riguroso le había servido para espolear su conocimiento más allá de los libros o las aulas y, gratamente, sorprendía verle manejar los utensilios de cocina con la maestría de un experto al mismo tiempo que cantaba La Traviatta o declamaba sus versos griegos preferidos. Para todo pedía consejo o consentimiento, ya fuera para el menú del día o para la lectura de la tarde, incluso dejaba elegir qué tipo de música escucharían para aquel u otro momento. Era innegable que le sentaba bien sentirse ocupado en alguien, debió haberse encontrado demasiado sólo anteriormente, pero ahora en presencia de compañía recuperó con rapidez los resortes que mueven la convivencia. Aprovechaba para volcar toda la responsabilidad de la que era capaz cada vez que revisaba la cura; la herida pronto adquirió forma de cicatriz gracias a sus desvelos y ya había conseguido aventurar unos primeros pasos, titubeantes, cuando el profesor marchaba en las mañanas a sus quehaceres en el colegio. Así, los avances fueron notables y, en menos tiempo del previsto en un principio, se sintió con fuerzas y ánimo para continuar por sí sólo su interrumpida andadura.
A medida que se iba aproximando el tan ansiado instante de su salida, también por desgracia, ya empezaba a lamentar el inevitable hecho que ambos debían afrontar. Sin duda el señor Tycho lo extrañaría todavía más que él; se había preocupado en hacer agradable su permanencia en la casa y ahora resultaba más que probable que aún padeciese más esa sensación de abandono después de su ausencia. Aquella noche era la última, preveía que al día siguiente sería ya capaz de saltar, además no había parado quieto en toda la mañana, mientras el profesor asistió a la ceremonia festiva de la clausura del curso.
El señor Tycho llegó con gesto preocupado por la tardanza, repartiendo disculpas, pero sin poder ocultar su ilusión casi infantil de felicidad... Esa noche celebraron la fiesta a su modo, su despedida particular; había traído el postre que sobró del colegio y que había pedido a tal efecto a la encargada de la cocina que, algo extrañada por la caprichosa osadía del viejo profesor, se lo preparó y envolvió con mimo. Durante la cena el señor Tycho cantó y lloró de risa al recordar los primeros chistes de estudiante y alguna de las traviesas novatadas de las que fue objeto al llegar a la universidad. Luego, como no podía faltar, declamó a Platón y a Aristóteles, se deleitó con algunos pasajes de La Odisea y de La Guerra de las Galias, conjeturando hipótesis acerca de la indolencia de la vida en aquel tiempo. A veces se quedaba sólo, perdido en la pura elucubración y hasta se reía de sus propias ocurrencias... No cabía duda de que disfrutaba, se lo estaba pasando en grande. Sí, era un hombre excepcional, no podía tener queja del trato dispensado. A pocas personas había llegado a conocer tan de cerca y tan bien, gracias a aquellas circunstancias especiales.
A la mañana siguiente, puntual como de costumbre, el profesor marchó pronto al colegio. Salió sin meter ruido, con cuidado de no despertarlo. Pero él llevaba en vela largo rato, desde que el alba se anunció en las rendijas de la ventana. Había llegado el momento de su partida, pero antes echó una rápida ojeada al lugar que hasta entonces había sido su refugio. Luego se acercó a la balconada y saltó... Los primeros aleteos sobre los tejados le supieron a gloria, estaba en plena forma. Remontó cielo arriba, siguiendo el curso del río, contento. A su madre, además, iba a parecerle mentira todo lo que había aprendido con aquella experiencia.


*("Este relato se lo tenía prometido a mi amiga Imaginate); la imagen la copié de su blog -¡con permiso!- y a ella se lo dedico", Luis Tamargo.-
http://imaginate.blogia.com