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LEE TAMARGO

Relatos

NO TIENE PRECIO

NO TIENE PRECIO     Un estrecho brazo de tierra unía la península del recinto al resto de la ciudad. Algo le alertó de que había traspasado el umbral de alguna invisible frontera, tal vez influído por el hecho de que los vehículos no podían hacer lo mismo. El cielo cambiante del norte estaba hoy claro y la tarde, diáfana de azul, apropiada para el paso calmo y el trayecto breve. Miró el reloj en un gesto instintivo de rutina y, ante la primera bifurcación que salió al encuentro, optó por la senda de su izquierda, que ascendía zigzagueante bordeando la costa suave, ceñida a un mar bravo que ahora prefería mecerse en una tregua pausada de olas. No quería olvidar que se trataba de un mar fiero del que ya en otras ocasiones pudo comprobar su látigo de viento, cuando enarbolado de su coraza gris batallaba rudo y rugiente. Atrás quedaban ya, sepultados por el apacible entorno, el murmullo de tráfico y muchedumbres que poco antes le apresaban los sentidos.
    Ahora la costa abría su vereda al paseante para convertirlo en cómplice de la inmensidad que iba descubriendo. Se paró e hinchó los pulmones en un trago hondo, intencionado de aire, en un intento egoísta por apropiarse de aquel instante preciso. Le inundó entonces aquel sabor a salitre que recordaba de la niñez y, despiertos los poros a la percepción, se sorprendió capaz de escuchar y sentir con inusitada viveza.
    Arriba, una nube de gaviotas anunciaba su llegada. El Palacio de Convenciones se erguía majestuoso junto al Parador y, desde lo alto, el panorama se ampliaba para perderse en un horizonte limpio, aunque jalonado de rompientes. Se asomó al acantilado abrupto; enfrente, la costa suave saludaba entre distante y orgullosa. Volvió a respirar hondo queriendo alargar los segundos, antes de reanudar el camino de regreso.
    Inició el descenso a la sombra de los pinos y palmerales que tejían una liviana techumbre de frescor. Se agachó para recoger un par de piñones sueltos que olisqueó antes de guardar en el bolsillo. Un aroma de resina se expandía de entre los árboles y saturaba la tarde que se cernía entre apagados cantos de búhos y urracas. Mientras, al fondo, seguían sonando los chillidos intermitentes de las gaviotas vecinas. Echó un último vistazo a la playa, otra vez el paseo tocaba a su fin; podía divisar el muro de verjas que contorneaba la entrada al recinto.
   Tintineó la piel áspera de un piñón dentro del bolsillo cuando un estruendo de sirenas rompió el sosiego... Un tumulto de gente se agolpaba a la entrada principal en torno a una columna de humo. Enseguida reconoció a los dos hombres que se acercaban pendiente arriba corriendo hasta él... El jefe de seguridad habló primero:
 -¿Se encuentra bien, señor?
 -Sí, claro. ¿...Pasa algo?
   Otros dos agentes hicieron acto de presencia por el lateral de la costa y aún se sumaron otros dos más que pudo distinguir, apostados en el límite del arbolado.
 -Bueno, señor, esta vez el tiro les salió por la culata. El artefacto les explotó cuando lo manipulaban... Hay cambio de planes, señor. Salgamos del recinto por atrás, ya nos esperan.
 -...Pero es Navidad! Quería acercarme a los almacenes del centro para comprar algún regalo...
 -No se preocupe, señor, llegará a tiempo a la cena –bromeó su jefe de seguridad.
   Llegó rodeado de doce hombres al furgón militar que aguardaba al otro lado de las verjas. En su interior, el capitán le tendió un uniforme...
 -Debe cambiarse, señor Presidente... Ya sabe.
 -Déjeme su teléfono, oficial, necesito hacer una llamada... –casi suplicó en tono urgente mientras se desvestía.
   El Presidente marcó el número de su secretaria:
 -Señora Donovan! ...Sí, bien, sí... Mire, necesito que me compre un regalo para mi esposa. Una joya, sí... No, otro anillo no. Una pulsera o unos pendientes, cualquier joya, no importa el precio... Bien, estaré en una hora. Perfecto.
  Salió del furgón custodiado por dos oficiales en dirección al helicóptero que ya en marcha les esperaba. Pudo observar de soslayo el coche oficial que emprendía la salida escoltado por el grupo motorizado. El Presidente tomó asiento al tiempo que olisqueaba uno de los piñones recogido en su paseo. Se recostó con la cabeza atrás y los ojos entornados intentando rememorar el breve aroma de un recuerdo. Cuando sobrevolaba la capital de su distrito, la ciudad iluminada de fiesta se ofrecía como un crudo espejismo, tal vez demasiado real, demasiado caro.

 

   

*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

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OSCURO DESPERTAR

OSCURO DESPERTAR

 

 Cuando rebasé la curva no tuve dificultad en reconocer el lugar, la vegetación tupida marcaba los bordes del camino. Sí, conocía bien aquel sendero, cada piedra, cada tronco, la situación de cada planta o matorral, lo había recorrido tantas veces en sueños que casi era capaz de preveer el próximo detalle que aparecería ante mí... “Ahora la roca grande, tiene que estar por ahí”, me dije. En efecto, allí estaba suntuosa y enorme, a pesar de la oscuridad. Había repetido el recorrido de aquel sueño en tantas ocasiones que ya podía permitirme decidir... “Ahora haré esto otro en vez de ir por allí”. Rodeé la roca hasta dar con el objeto que descansaba en una de sus aristas planas, a modo de repisa. Esta vez pude distinguirla, se trataba de una brújula, dorada, con el fondo resaltado en rojo, sabía que no debía tocarla, pero al acercarme para observarla no supe por qué lo hice... ¡Maldita sea! El despertador sonó estridente, casi caí al suelo al intentar apagarlo. Maldije mil y una veces la torpeza con la que había obrado en mi sueño. Llevaba largos meses, casi años, persiguiendo los detalles de aquel sueño repetitivo, ya familiar. Se trataba de un reto, me había propuesto desvelar los entresijos de aquel paisaje que me resultaba tan habitual y por el que me manejaba con un cierta destreza... No sabía explicar por qué sucedía, pero aquel sueño era el único que era capaz de recordar. Podían transcurrir semanas o meses sin que apareciese o soñando con otros de los que luego no lograba acordarme. Pero en cuanto surgía el escenario de mi sueño parecía cobrar vida y todo cuanto acontecía adquiría una relevancia significativa.

    La primera vez que soñé con el sendero tortuoso fue al comenzar mi trabajo en la empresa, recién contratado. Para un joven ambicioso y con ganas de poner en práctica todo lo estudiado era esta una oportunidad inigualable que no podía desperdiciar. Quería aprender, mejorar y abarcar muchos campos, con prisa por sumar experiencia; me apasionaba mi trabajo de diseñador. Ya llevaba casi tres años allí, en aquella mediana empresa de equipamiento electrónico. Mi labor de publicista no había deparado importantes avances a la firma que representaba, pero al menos me valían para curtirme en los avatares profesionales del mercado. Todavía recordaba la cara de estupor del señor Thomas, el director de la Compañía, cuando llegué tarde el mismo día de la cita para firmar mi contrato. Luego, sin embargo, le cambió el gesto al comprobar que mi puntualidad y aplicación en las tareas se realizaban con ahínco y constancia. Justo con la renovación del primer año ya había alcanzado a divisar la gran roca de mi sueño. Era curioso, pero la brújula apareció cuando firmé por segundo año consecutivo... Claro que nunca me atrevería a contárselo a nadie, mucho menos a alguien del trabajo, ahora que ya empezaba a formar parte de la plantilla fija de la empresa; me tomarían por un chiflado y apreciaba demasiado mi trabajo para jugar con riesgos añadidos.

   En este último tiempo había conseguido que la remilgada señorita Mauldred también me preparase el café, en las reuniones de los miércoles, como a los demás; señal de que ya iba formando parte viva del equipo. También, a base de escuchar consejos más que de ejecutarlos, me había ganado la confianza del adjunto de redacción que ya se sentaba siempre a mi lado en cada reunión. Una de las más recientes confidencias que se le escaparon al redactor fue que la Compañía estaba a punto de adquirir renombre y mejorar de categoría, sobre todo a partir de la conclusión de aquel encargo que les reunía y que tanto apremiaba, de ahí la necesidad de que todas aquellas horas extras que había que invertir fructificasen. Aunque no se percibieran beneficios económicos iban a servir para impulsar nuestro nivel de profesionalidad. Era mucha la tarea y, por tanto, el cansancio acumulado tras duras semanas sin apenas tregua; llegaba a casa extenuado y resultaba más que fácil quedarse dormido...

   Aquella noche enseguida reconocí mi sueño, ya sabía lo que debía hacer... Esta vez rodeé la roca en sentido contrario a las agujas del reloj, observé la brújula y seguí la dirección que apuntaba... La noche estaba clara, asomaban tenues reflejos de luna entre la espesa vegetación, cuando vislumbré la cabaña. Una luz débil provenía de su interior, tal vez de un quinqué, pensé, mientras me acercaba con tiento. Amparado tras las hileras de árboles, observé la sórdida construcción de madera y avancé hacia la valla derruída que la circundaba. En uno de los laterales donde comenzaba el porche distinguí el respaldo de una mecedora, alguien descansaba en ella... Desde aquel ángulo era imposible reconocer rasgo alguno, además no me atrevía a dejarme descubrir, así que bordeé la cabaña en sentido inverso. Sin embargo, para mi sorpresa, cuando alcancé el otro extremo del porche contemplé la mecedora sola, vacía, sin nadie alrededor... Mis pasos crujieron por las tablas desgastadas del viejo porche cuando me aproximé con intención de atisbar dentro, pero una fría sensación me paralizó... Lento, miré atrás, hasta toparme de bruces con el rostro adusto del señor Thomas que me escrutaba debajo de un enorme sombrero de hongo. El susto fue tan mayúsculo que me hizo despertar...

    Aquel día acudí a la Compañía sin tiempo para desayunar y, por si fuera poco, quedaba el tramo de trabajo más arduo y sacrificado, tan sólo de pensar en toda la tarea que me quedaba por acometer ya comenzaba a flaquear. Aún me encontraba cansado, a pesar de haber dormido. Además, la mañana de aquel miércoles no podía presentarse más desoladora: la señorita Mauldred parecía haber vuelto a las andadas y, excepto a mí,  puso a todos su correspondiente taza de humeante café. Algo se debía celebrar pues también adornaban el centro de la mesa oval unos platitos de pastas surtidas. Estiré el brazo en un ademán inútil de alcanzarlas pues quedaban lejos de mi asiento, pero tropecé en el hombro del señor redactor que, con gesto de falsa ofensa, se cambió de sitio, justo al extremo opuesto de la mesa.  Casi con miedo me atreví a mirar al señor Thomas y cuando lo ví levantarse y dirigirse hacia mí me atusé el flequillo, nervioso... “Debo tener mala cara, sí”. Un sinfín de imágenes y pensamientos me resbalaban por la frente, no recordaba que alguien me hubiese devuelto aún los buenos días... El señor Thomas se aproximó y me tendió el sobre. Iba a preguntarle, pero se adelantó en la respuesta:

-Fírmelo y entréguelo!- espetó, tajante.

    Cuando acabé de leer ya no me importaban las pastas ni si había quedado gota de café. Tenía quince días para despedirme de mi hasta entonces actual empleo y lo peor era que así, sin ilusión, era incapaz de hacer nada bien. Sin embargo busqué el lado amable de la situación y me ahorré todo el montón de horas perdidas, robadas de mi ocio personal... “Estas cosas pasan”, reflexioné. A partir de ese momento también pude dormir mejor, al menos más descansado.

    Tardó mucho tiempo en repetirse el mismo sueño que tanto me asedió. Hace algunos días fui convocado para una entrevista de trabajo. Parecía interesante la oferta y la directora, una madura señora rubia aún de buen ver, apostó por un joven con algo de experiencia. Aquella noche volvió a reaparecer la cabaña, aunque abandonada... Ninguna luz brillaba adentro y en el porche solitario la mecedora descansaba vacía.  Esta vez sabía lo que tenía que hacer... Bordeé el porche en el sentido contrario a las agujas de un reloj, pero me sobrecogí al descubrir una figura recostada en ella, debajo del sombrero en forma de hongo asomaban unos bucles rubios. Retrocedí asustado y tropecé con la valla... El estruendo de la caída me despertó con un oscuro presentimiento.

   


   

*Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

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SI ALGUNA VEZ REGRESAS...

SI ALGUNA VEZ REGRESAS...    Cuando la luz de oro pálido se sumergía en el atardecer del océano se amaron, al amparo de los esbeltos cocoteros, convertidos en mudos testigos de todos los susurros que el viento del amor iba dejando a su paso. Al despedirse, él le tapó la boca con su mano...
-Cuando vuelvas colocas el quinqué en la ventana... -le musitó al oído, antes de subirse a la canoa y alejarse remando entre las ondas doradas del oleaje calmo.
   Esa era la señal, cuando la luz brillase en la ventana de la cabaña en la playa, él sabría que ella había vuelto y estaba allí esperando. Mientras tanto, aquella cabaña tan solo sería una más de las que bordean la costa de Tau Piun, un atolón desperdigado en infinidad de islas e islotes, unos habitados y algunos olvidados. La diminuta isla de Raon fue la escogida para su oculto amor.
   Allí, las distancias entre islas no existían y a golpe de remo era posible no solo transitar entre ellas sino también recorrerlas sin acabar nunca de visitarlas en su totalidad. Apenas unas yardas mar adentro y ya se podía vislumbrar la isla de Raon, casi insignificante y por tanto desapercibida. Sin necesidad de desembarcar, desde la canoa, se podía ya saber si la cabaña de la playa estaba o no habitada. Por eso la contraseña ayudaba a no equivocarse, si el quinqué alumbraba al atardecer de nuevo su amor se haría realidad.
   Cuenta la leyenda que la erupción del volcán Kratonga fue tan tremenda que aún pueden contemplarse restos de sus brasas en los atardeceres desde la isla, desde los restos que componen hoy el actual atolón. Sin embargo, esta historia para él no tenía otro sentido que la añoranza callada por su tierra ahora tan lejana. Allí, entre los edificios de la gran ciudad era inevitable no caer en el recuerdo entristecido, sobre todo, en ese momento íntimo en que el sol se oculta. Es entonces cuando al cerrar el local, antes de ir a acostarse, sube hasta la colina y desde su automóvil, en lo alto, contempla la ciudad con su parpadeo brillante de luces. Los edificios en la noche parecen ser los únicos que en ese momento no duermen y para él es ese el mejor momento del día.
   Primero fue el buque mercante, sí, aún recuerda cuando salió de la isla. Ya meses antes le habían advertido de la posibilidad de trabajar a bordo, las cosas en la isla no eran muy fáciles, así que cuando de improviso su contacto le avisó no tuvo tiempo para pensarlo ni dos veces. Ni siquiera pudo hablar con ella y explicárselo... Cada tarde no puede evitar imaginarla esperando en su isla, con su quinqué brillando ante una ventana solitaria. Fue lo más duro, su recuerdo le persigue cada noche.
   Luego consiguió encontrar trabajo en el puerto y, de ahí a montar su pequeño negocio de hamburguesería en el local alquilado de la subida a la colina, fue todo un rodar de sucesos en absoluto debidos al azar sino, al contrario, ganados a base de duro esfuerzo y sudor. Había ahorrado algo si bien no lo suficiente para regresar a la isla, aunque albergaba el sueño de volver algún día.
   A ella le extrañó, desde luego, su amor era tan grande, tan fuerte, parecía tan de verdad que presintió nubes oscuras desatadas por algún avatar desconocido que un dios enfurecido hubiera interpuesto en su horizonte. Iban viéndose así durante años, ciertamente se conocían desde la infancia, pero su linaje noble emparentado con la realeza de la isla no permitía la relación con extraños a la familia real. La tradición era muy estricta en este aspecto, por eso habían de encontrarse a escondidas, porque se querían con un cariño verdadero que creció como crecen los niños, sanos e inocentes, ajeno a todo impedimento artificial. Él era un buen muchacho, no podía entender el motivo tan importante que explicase su ausencia. La cabaña de la playa convirtió en esclavitud lo que hasta entonces fue un refugio de amor. Ella no dejó de atender a la cita y cada tarde, al ponerse el sol en el horizonte entre las islas, un quinqué brillaba tenue a la orilla de una playa abandonada.
   Su padre acabó por descubrirla. Aunque ya puesto en alerta desde hacía tiempo acerca de las idas y venidas en la canoa de sus hermanos, sus ausencias de la casa real fueron vigiladas y, una vez descubierta, el mandatario de la isla tomó la firme resolución de poner fin a tales encuentros encubiertos. En el continente encontró el sustituto idóneo para que la fiebre por el joven isleño se fuera esfumando como solo el tiempo es capaz de lograrlo con ayuda de la más obligada distancia. Así, la muchacha salió vuelo a aquel horizonte que desde su isla tantas veces contempló ocultarse, plácido. Esta vez, sin embargo, la ocupación que le habían buscado en el continente, además de hacer de ella una persona válida para ganarse el propio sustento también conseguiría mantener alejado todo contacto con su amor prohibido. Le imaginaba regresando un atardecer de tantos en la isla, acercándose a la cabaña entre curioso y extrañado... Luego, solo el chapotear del remo que se aleja en el agua, podía incluso escuchar el silbido de las canoas. El quinqué apagado, callado y triste, como su ilusión, descansaba en el fondo de su equipaje rumbo a un nuevo horizonte para su vida en el continente.
   Aquella noche subió, como tantas otras, a despedir la dura jornada desde lo alto de la colina. Se apoyó en el reposacabezas para observar el cielo. Abajo, un océano de edificios y ventanas se debatía en aparente calma con su rugir de olas incesante en busca de la otra orilla, tal vez la del día siguiente, pero... Algo llamó pasmosamente su atención. De entre toda aquella infinidad de luces nocturnas solo un brillo especial destacaba el de aquella ventana y la distinguía de las demás. No quería dar crédito a lo que sentía al contemplar el peculiar tintineo de aquel resplandor que reavivaba la llama más recóndita del cajón de sus recuerdos. Aguijoneado por la curiosidad puso en marcha el vehículo, decidido a explorar y dar con el paradero exacto donde habitaba aquella luz.
   Debería encontrarse, si su sentido de la orientación no le fallaba, por aquella zona, en alguna barriada cercana. Antes, descartó otras calles a fuerza de equivocarse, deambuló entre bloques y callejones, algunos incluso sin salida, hasta localizar al final la repisa donde descansaba el brillo que perseguía. El halo luminoso desató un sinfín de emociones desbordadas y, de golpe, le trajo la isla hasta ahí. Aunque sobrecogido, se apeó del coche y, bajo la ventana, aún sacó arrestos para silbar la tonada melodiosa con que se saludaban entre las canoas en las islas... Entonces la ventana se abrió y fue la isla entera la que se asomó.

   Al pie de la colina que otea la ciudad, donde antes estuvo la hamburguesería, hoy el Café Bar resplandece a la luz de los quinqués. Un mar de edificios se extiende ante el horizonte vivo y palpitante de la noche. Tan vivo y palpitante como el amor a la orilla de alguna playa, en algún lugar...

*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

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ALGO HABRÁ HECHO

ALGO HABRÁ HECHO     Acudió un año más a la cita con los antiguos compañeros de trabajo. Desde que la empresa en la que compartieron casi veinte años fue absorbida por otra enorme multinacional habían permanecido fieles a seguir celebrando aquella comida que servía de pretexto para volver a reunirles. Al igual que todos los demás, Constantino Do Santos no tenía inconveniente ninguno en desplazarse para tal evento, aunque en esta ocasión el lugar escogido estaba en su misma ciudad de residencia por lo que sumó una obligada responsabilidad al lógico entusiasmo. Se había ocupado con esmero de organizar el restaurante y preparar el menú cuidando cada detalle.
   Los comensales fueron llegando avanzado el mediodía entre apretones de manos, saludos y abrazos. Con los aperitivos las risas crecieron en intensidad y, sentados ya a la mesa, la conversación tomó los acostumbrados derroteros del recuerdo al rememorar con nostalgia situaciones y anécdotas pasadas. También dedicaron el consabido espacio a exponer los avatares de la situación actual; para todos fue difícil volver a iniciar su andadura laboral, cada uno a cuestas con su idiosincrasia particular. Pero unos más tarde que otros fueron resolviendo el problema de recuperar la normalidad.
   Hacía ya tres años que la nueva empresa prescindió de sus servicios y les despidió; y era la segunda ocasión en que de nuevo se reunían todos excepto Clemente, el compañero de habitación de Constantino Do Santos. Fue inevitable que resurgiera el tema en el transcurso de la comida, cuando uno de los más veteranos relató la encerrona en que la empresa metió a Clemente, acusándole de agredir al gerente para que su despido resultará así más económico. Pero Constantino no pudo contenerse:
 -...¡Algo habrá hecho!
   La respuesta no se hizo esperar y, al punto, la mesa se transformó en un hervidero de discusiones entrelazadas donde nadie se atrevía a juzgar al compañero que había sufrido idénticas penalidades que el resto. Otros a su vez aseguraban no entender nada, amparándose en que no habían estado allí presentes; mientras algún otro salió en defensa del ausente avalando su excelente carácter, incapaz de actuar de forma violenta. A la mayoría, no obstante, les quedaron claros los motivos que explicaban la ausencia de Clemente.
   Constantino había conseguido extender el escándalo en un intento poco elegante de que el bulo o la duda hallasen terreno abonado. Él sí que lo había pasado mal de verdad; el fin de la empresa coincidió con la fatal enfermedad y muerte de sus padres, uno seguido del otro. Además, le había costado mucho más que a nadie encontrar empleo de nuevo, había sido el último en incorporarse. Nunca reconocería rencor alguno en contra de su antiguo compañero de habitación, tan sólo una ligera envidia derivada de su valía natural, pero se había propuesto amargarle la reputación con tal de eludir su propia mala racha: siempre es mejor que hablen de otro...
   Después del café llegaron las copas y, de forma paulatina, el embrollo dio paso otra vez a las risas que de nuevo reestablecieron el ambiente distendido, propicio al alegre desenfado. Algunos distaban cuatro horas de carretera de regreso a sus destinos de origen y, así, fueron despidiéndose unos de otros en cordial camaradería, al tiempo que se emplazaban para la reunión del año próximo. Constantino se despidió del último de los compañeros que se había quedado rezagado con la excusa de compartir un consejo:
 -Eres injusto con Clemente. Al menos, deberías concederle el beneficio de la duda...
   Pero Constantino esquivó el reproche entre burlas y abrazos fingidos:
 -Anda, majo, que te vaya bien en la carretera... Y no bebas más!
    Finalizado su papel de anfitrión, se quedó a solas, contento por el desenlace de la velada. La tarde aún diáfana se resistía a caer y optó por regresar andando a su casa, evitando la aglomeración del centro; no le vendría nada mal un paseo. Sin embargo no tardó en toparse con un tumulto de gente arremolinada frente a las intermitentes luces de la policía. Se sorprendió porque la manifestación anunciada que leyó en la prensa de la mañana debería haberse celebrado ya. Tal vez no lo entendió bien, pero dispuesto a que aquel obstáculo no retrasara su marcha se desvió por las calles aledañas a fin de alejarse del murmullo de la muchedumbre que parecía perseguirle por cada esquina.
   Fue al doblar el edificio de la Abadía cuando se frotó los ojos para terminar de creer en lo que tenía delante... El tigre le había visto y arqueaba los bigotes con leves rugidos mientras avanzaba resuelto hacia él. Constantino enseguida se dio cuenta de la misión de aquel cordón policial que se había saltado; permaneció inmóvil, rezando porque no fuera demasiado tarde. El animal pasó junto a él y, por un instante, en medio de la calle, el hombre albergó la esperanza de ser ignorado. Pero en el último momento el tigre se abalanzó contra él con un certero zarpazo. Constantino Do Santos se dobló sobre su costado; sólo escuchó los gritos y luego los disparos... Y aquélla mancha roja de sangre cada vez más grande.

 

 

                         *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

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UNA COSA ANODINA

UNA COSA ANODINA

    Me pareció vislumbrarlo en una de esas veces en que me volví, mientras esperaba. Sí, me estaba mirando... Allí enfrente, erguida, con aquel porte tan distinguido, resultaba elegante, casi atractiva. Me miraba ahora atrevida y desafiante, pero envalentonada, como si su silencio quisiera provocarme... ¿A que no te atreves?
-Díos mío! -pensé-, voy a volverme loco! Justo lo que me hacía falta ahora, otro lío...
   Pero ella insistía y por encima del hombro echaba reojos que me iban consiguiendo poner más y más inquieto. Cuando cambió al gesto de indiferencia me fijé en ella con detenimiento, era fina, de perfil recto y sobrio, estaba maciza...
-Díos mío, otra vez! -me asusté al descubrirme pensando en ella, justo cuando de nuevo volvía a girarse hacia mí, esta vez de frente.
   De la sala contigua, por fin, salieron dos hombres trajeados. Uno era el Gerente que apenas diez minutos antes me había entrevistado, el otro un director de Recursos Humanos, según me explicó. Era la primera vez que nos presentaban, pero enseguida supe por el ademán que no habría otra. Sin embargo fue el Gerente larguirucho quien habló...
-Después de deliberar sobre su expediente, señor, hemos optado por prescindir de sus servicios...
   Seguí escuchando su discurso preelaborado en tono reiterativo y neutro, como el noticiero de las siete de la mañana, pero lo cierto es que ya no atendía sus palabras, casi que adivinaba lo que ya esperaba escuchar. Tan solo me fijé en ella, fría, ausente, con aquella postura distante que ya no dejaba lugar sino a la más anodina indiferencia.
   El Gerente continuó, tedioso, su breve monólogo y me incorporé maquinalmente, mientras sonaban sus últimas palabras...
-Ahí tiene la puerta...
   Entonces la atravesé, contagiado de aquel descaro con que antes ella me enfrentó y, al pasar a su lado, la miré a sus ojos inertes, de madera vieja. De cerca no parecía tan imponente, pero siempre fui un caballero y, a pesar de la enconada situación, tampoco era el momento idóneo para perder las formas. El Gerente se agarró a su cintura, extenuado por el sermón y, juntos, expectantes, me observaron mientras me alejaba pasillo adelante... Pero ya no miré atrás, estreché el pomo del ascensor al tiempo que con un pícaro guiño susurré...
-...El placer es mío!
   Al fondo sonó un portazo seco.

 


*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
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ISLA DEL DESEO

ISLA DEL DESEO

   Aquel no fue un año fácil, casi incluso que llegó a complicarse en exceso. Porque hay momentos en que la vida parece no ponerse de acuerdo y que envía las desgracias sin orden ni concierto o, al menos, eso le pareció a ella dentro del caos operante en que se encontró envuelta. Lo único bueno pertenecía incluso al pasado año recién finalizado, aquel viaje que ganó en un sorteo de radio y que tan a gusto recibió en un principio, también se vio afectado y sería imposible llevarlo a cabo con su novio de siempre a causa de la inevitable ruptura de sus relaciones sentimentales con que el año dio comienzo. Así que, a la vista de tanta contrariedad ofreció a su compañera de trabajo la plaza vacante del susodicho viaje, condición indispensable para hacerlo realidad. Matilde aceptó de buena gana, aunque sin mostrar en un principio exagerado entusiasmo. Yoli era una buena compañera e, incluso, a causa del viaje cabía la posibilidad de que su amistad fructificara del todo.
  Los días de la anterior semana a sus vacaciones pasaron en un soplo entre planes e ilusiones que, sin acabar de establecerse, ya se estaban nuevamente renovando. Ninguna de las dos dejaba nada atrás que les impidiese vislumbrar el horizonte despejado de sus proyectos y, libres del trabajo que antes les atenazaba, por fin llegó el tan ansiado día en que aquel vuelo les llevó hasta la isla de sus proyectos. Ya durante el trayecto que duró casi diez horas, tuvieron ocasión de conversar tocando los más variados temas, desde comentarios personales acerca de algunos cotilleos de moda de la vida cotidiana hasta opiniones más subjetivas aún, relativas a caracteres o sentimientos, incluso mezclando ambos extremos en un batiburrillo de reflexiones que buscaban confrontar modos de ver o pensar y hallar puntos en común que les ayudase a conocerse mejor.
  Yolanda le explicó lo de su noviazgo roto, el carácter desordenado del chico, además de su falta de sana ambición. Ella trabajaba desde los dieciocho años y eso marcaba una diferencia notable en otros aspectos donde la realidad del día a día no permitía deslices. Sin embargo, él en vez de proponerse metas que lograr para hacer efectivo el futuro propio en el que convivir junto a ella, se comportaba como un irresponsable muchacho que parece que siempre va a continuar igual. Yolanda le explicó cómo esa falta de seriedad era lo que más le disgustaba de él, pero Matilde escuchaba distante este tipo de réplicas y reproches en voz alta que su compañera le detallaba, como si no fuera con ella ese talante de abordar los acontecimientos. Para Yolanda fue, de nuevo, tropezar con el obstáculo insalvable que desde que conoció a su amiga se levantó entre ellas, prediciendo un futuro de difícil entendimiento para su amistad. Fue el único tema de conversación donde Mati, como su amiga insistió en que la llamara con confianza, no demostraba afinidad ni criterio alguno, al hablar de la forma de ser o actuar de los hombres. Lo achacó, tal vez, a lo temprano de su relación amistosa, quizás fuera preciso algo más de tiempo para que esa confianza saliera a flote, aunque es raro que entre mujeres eso no se deje notar en el detalle más sutil. Prefirió, no obstante, no darlo excesiva importancia y dejar que las vacaciones discurrieran espontáneamente.
   Nada más llegar al hotel les esperaba la guía del grupo para señalar unas indicaciones generales sobre la estancia en la isla. Luego, subieron a terminar de colocar sus equipajes en la habitación para después salir a cenar al porche en su primera noche de vacación. Durante la cena la conversación se hizo más esporádica, pues el cansancio del viaje se hacía notar y, además, habían tocado por ese día muchos y variados temas. Yolanda se fijó en el grupo de muchachos que habían llegado posterior a ellas y que, en otra mesa, armaban gran algarabía y jolgorio; algunos de ellos no estaban mal y habían dirigido la mirada a su mesa, pero tuvo reparo en hablar al respecto con Mati. Ella había acariciado la idea de renovar su bagaje emocional con la relación divertida de algún chico y no descartaba la posibilidad de un romance que diera impulso nuevo a su recién estrenada vida afectiva o, al menos, a sus vacaciones. Lamentó no encontrar complicidad con Mati hasta ese punto, pero quizás mañana después de haber descansado, los planes y deseos ocultos afloraran sin cortapisas, pues no resultaba fácil desembarazarse de las obligaciones ni de los hábitos que impone la absorbente rutina.
  A la mañana siguiente lució un sol endiablado, imperdonable desperdiciarlo sin tenderse en la playa sin otra preocupación que equilibrar el bronceado y dejarlo bien repartido por cada centímetro de piel de sus castigados cuerpos. Las playas en la isla eran lo suficientemente extensas para que, exceptuando los núcleos de entrada o salida, hubiera amplitud de espacios donde escoger tumbarse con tranquilidad. De cuando en cuando una nativa se acercaba con su cesto de refrescos y chucherías para ofrecer a los turistas. En una de esas ocasiones, a causa del calor, pidieron un refresco a una ellas, una mujer madura de color que, bajo su vestido blanco, aún resaltaba más el tono oscuro de su piel morena. Recogió afable las monedas y se desató el pañuelo blanco que llevaba a la cabeza para volver a atarlo, firme, de nuevo. Entonces, les preguntó si asistirían esa noche a la fiesta del Gallo Dulce y, ante la sorpresa de nuestras preguntas, la mujer les contó que habían llegado a la isla precisamente en la celebración de una de sus fiestas más conmemorativas... Se celebraba cada año coincidiendo con las dos noches más cercanas al plenilunio, siempre que las mareas lo permitían, y tenía lugar en la playa que llamaban del Medioeste, desde el acantilado que separa ambas playas. Era tradición en la isla, continuó explicando la señora de blanco, que en esa primera noche los jóvenes se desnuden y bañen así sus cuerpos en la playa; en la del este las muchachas y en la del medio los muchachos. Luego, a la segunda noche, tanto ellas como ellos irán a escoger su pareja sea en una u otra playa.
   -A veces se encuentran parejas que duran para siempre... -detalló la nativa.
  La señora acabó de relatar la ancestral costumbre de la isla y lamentó que últimamente muchos extranjeros se acercaran a la fiesta solo para fisgonear los cuerpos desnudos, sin ánimo de participar. Finalmente recogió su cesto y abrió mucho los ojos al recomendarles que nadie debería perderse una celebración como aquella, pues sus efectos beneficiosos no tardaban en notarse... “Todo se ve más claro. Suerte!”, dijo al despedirse.
  De vuelta al hotel hicieron planes para participar en esa fiesta de la que no hablaban los pasquines publicitarios, al menos, la noche se ofrecía tentadora. En el vestíbulo se cruzaron con el grupo de chicos que cenó la noche anterior junto a ellas, en el porche del hotel, y con ganas de agradar uno de ellos saludó con efusividad...
   - Se ha dirigido a ti, Mati,...como si te conociera!
   - Trabaja para el Sr. Dylon, de la promotora de nuestra empresa. Es uno de los distribuidores... -Mati lo dijo sin emoción, casi maquinalmente.
  Vaya, parecía que la noche, la fiesta o lo que sea, quizás las vacaciones, iban haciendo entrar en materia hasta a las más reacias... Al menos, su amiga, pensó Yolanda, iba rompiendo los hielos que abotargaban su timidez, se había fijado en el chico, algo fría en el comentario, eso sí, pero al menos algo era algo. Sí, al menos aquella fiesta iba a traer los aires renovados que tanto deseaban.
  Se dirigieron al acantilado que separaba las dos playas cuando la luna estaba redonda y clara presidiendo la playa. Abajo se podían distinguir los grupos de chicos y chicas que despojados de toda vestidura bañaban sus cuerpos en el mar. Se desnudaron, se miraron entre risas y, guardando las ropas en el hueco de una de las rocas, descendieron a la playa para sumarse a la fiesta de las mujeres. La temperatura no podía ser más idónea, incluso dentro del agua; la luna con su halo pleno de luz ayudaba en dar calidez a la noche o, también pudiera ser que fuera aquella bebida de los cestos que las muchachas repartían generosamente a todos los participantes. Lo cierto es que la noche transcurrió entre olas, cánticos y licor, hasta que los cuerpos cansados acabaron retirándose casi al mismo tiempo que lo hacía la luna.
  Yolanda y Mati se propusieron descansar lo que restaba del día para, también esa otra noche, terminar de asistir al festejo completo. Yolanda estaba decidida a disfrutar de aquella noche prometedora y, sonreía en silencio al pensar en su amiga, ya que esa noche se vería obligada a decidirse y actuar. Cuando llegaron a lo alto del acantilado observaron como hombres y mujeres acudían de una a otra playa buscándose, estableciendo parejas previamente elegidas o improvisadas sobre la marcha. Se desvistieron con impaciencia, guardaron las ropas entre las rocas y, cuando se disponían a descender por el acantilado, Mati le agarró de una brazo deteniendo su marcha. Yolanda miró atrás, inquisitiva...
   -¿Qué sucede? Vamos a la fiesta...
  Su amiga la miró con fijeza y, ahora, le sujetó también el otro brazo. Luego, le acarició el cabello, dejando resbalar la caricia de su mano por su rostro con suavidad.
   -No, no puedo... Me gustas tú...
  Las palabras de Mati sonaron como un trueno en la inmensidad de la noche silenciosa, ahora lo explicaban todo, la negativa a mostrar sus sentimientos, su actitud reacia a todo lo referente a los hombres o a razonar la directriz de sus emociones. Sin embargo, el calibre de aquel descubrimiento no le redimía de sus posibles consecuencias. Yolanda se abrazó a ella...
   -Te entiendo, también te quiero, pero no... -musitó, tratando de consolar a su amiga.
  Así, abrazadas y desnudas, permanecieron una junto a otra en la pendiente del acantilado durante toda la noche, ajenas a la fiesta, firmando el sello de una amistad mucho más duradera de la que ninguna hubiera imaginado. No presenciaron el final de la fiesta, cuando le cortan la cabeza al gallo para echarla al mar entre los gritos eufóricos y desorbitados de todas las parejas y asistentes, pero ni eso les importó; ahora se bastaban ellas mismas.
  El resto de los días de sus vacaciones transcurrió rápido, intenso. Ambas se confesaron, examinaron la naturaleza de sus pretensiones con confidencias íntimas, estrechando aún más sus lazos como amigas. De regreso a casa, ambas pudieron constatar el equilibrio milagroso que aquel viaje obró en sus vidas. Algo de cada una, único y exclusivo, se había propagado en la otra, a modo de compensación de lo que carecían. Mati aprendió a valorar el cariño de lo que más puede semejarse a una amistad verdadera, incluso la lección sirvió para encauzar su afectividad, pudo prescindir de la necesidad de contacto sexual con otra mujer y no sentirse indefensa por ello. Para Yolanda la experiencia sufrida vino a reforzar su idea realista de la amistad, le aportó ángulos nuevos e inexplorados de comprensión, quizás algo inusuales o atrevidos para ella, pero no por ello enriquecedores.
  La vuelta al trabajo no suele por costumbre acogerse con especial optimismo, casi hasta ellas mismas se sorprendieron. Pero el viaje de sus vidas ya había realizado un giro decisivo. Mati ascendió en su puesto, pasó a las oficinas de la promotora, quizás influída por su recién iniciado noviazgo con el chico que trabajaba como distribuidor para el Sr. Dylon o, quizás, de acuerdo al carácter mágico del viaje aquel que terminó de unirles para siempre. Sin embargo, para Yolanda no dejó de ser un año difícil... El viaje representó un ligero desahogo dentro de su caótico acontecer, pero incluso pertenecía al año anterior. Quizás para las próximas vacaciones, quizás el año próximo se le cumpliera un deseo.

 

 

 

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FINAL DE COSTA

FINAL DE COSTA No había letrero alguno; quizás por eso siguió la inercia de aquel cruce. Llevaba horas al volante y nada le habría desanimado más que haber leído la señal de alguna población cercana. Solo conducir, tragar kilómetros hacia un lugar sin nombre...
Nunca bendijo tanto el hallazgo fortuito de aquella villa como el efecto beneficioso que a partir de ese momento le acompañó. El carácter atormentado que le perseguía en los últimos años a causa de la enfermedad de Marie y, también, por la jubilación anticipada que le forzó a enfrentarse sin esperanzas a una batalla perdida, le habían transformado en un ser hosco y solitario. No le bastaban las respuestas de su médico, el Dr. Vincent, instándole con fingida profesionalidad a probar terapias psicológicas que le ayudarían a fortalecer su acrecentado pesimismo, ni tampoco iba a poner el resto de fe que le sobraba en aquellos rutinarios fármacos. Siempre fue hombre dinámico, de mente ágil que se tornaba vivaz cuando estaba ocupado, su estado ideall. Ahora, sin trabajo, intentaba suplir el espacio de sus actividades dedicando un tiempo a organizar sus colecciones de modelista, incluso llegó a terminar de una vez aquella fragata antigua que le regalaron sus compañeros en el homenaje de despedida.
Sin embargo, ni las maquetas de sus balandros ni los medicamentos ni los consejos del doctor Vincent poseían la consistencia suficiente para detener la tortuosa avalancha de ansiedad que supuso la muerte de Marie. Sin obligaciones era un hombre desarmado, pero sin lazos afectivos sus sentimientos caían desbocados en una vorágine sin fin de soledades. Por eso cogió el vehículo, su mundo de toda la vida se quedaba pequeño y su espíritu, hambriento de avidez, le empujaba a explorar horizontes distintos a la búsqueda de una novedad que tal vez le hiciera resucitar de aquella situación que le aprisionaba.
Aquélla tarde abandonó la autovía que le devolvía a casa y regresaba sin prisa por la comarcal. En muchas otras ocasiones pasó frente a aquel cruce, dejándolo a un lado, pero esta vez decidió tomarlo con un giro repentino, casi al tiempo que se dejaban caer las primeras gotas de lluvia. Al poco, la carretera se estrechó hasta borrarse la línea divisoria que marcaba la doble dirección y el firme dejó notar la superficie parcheada de sus baches. El aparente rodeo comenzó a extenderse más allá de su pretensión original, pero para entonces la lluvia era ya copiosa y el movimiento rápido del parabrisas le dificultaba conducir con seguridad. Una fuerte tormenta eléctrica se desató en apenas unos instantes y su resplandor intermitente se reflejaba fantasmagóricamente entre los árboles cercanos. Su preocupación crecía a la vez que el temporal y la noche cerrada iban en aumento, hasta que con un rescoldo de alivio divisó las luces de la pequeña villa. Circuló lento por lo que semejaba una calle principal, vacía de transeúntes. Aguardó con el motor en marcha hasta descubrir la figura de alguien a quien poder preguntar. Por fin distinguió al viejo pescador que esquivaba el chaparrón bajo los aleros. Aunque a este no le hizo mucha gracia abandonar por un momento su refugio de la orilla para responder a las dudas nerviosas de un conductor extraviado, así y todo, contestó sin un mal gesto...
-La carretera no sigue. Está usted en la costa! O vuelve por donde vino o...
Debió notar el rostro perplejo del hombre que le preguntaba y, mientras volvía a resguardo de los aleros, apostilló:
-Dos manzanas más al fondo tiene el hostal de la señora Olmos... Hace una noche de perros, oiga!
No le faltaba razón al viejo marino, nada mejor que la opinión de un experto pescador para seguir el consejo a pies juntillas, por lo que se dirigió en dirección al hostal dispuesto a capear la noche del modo más cómodo.
Cuántas veces le escuchó decir al doctor Vincent que no debía encerrarse ni aislarse, que necesitaba exteriorizar sus inquietudes, conversar, compartir tareas o colaborar en cualquier acción con implicaciones sociales. Cada vez que le soltaba la perorata lo acompañaba con un tratamiento de pastillas destinadas a frenar su ansiedad y controlar su sueño que, por el contrario, solo conseguían dificultar y reducir el tiempo destinado a dormir. Sin embargo, obligado a pernoctar en casa de la señora Olmos, dormía. La urgencia de las circunstancias impusieron que tampoco tuviera a mano las medicinas que metódicamente pretendían dominar su vida y, sin embargo, las tostadas rebanadas que la propia señora Olmos subía a la habitación ofrecían el remedio milagroso del mejor de los desayunos. Luego, quedaba toda la mañana por delante antes de que con ganas casi se deseara la hora de la comida.
El tiempo transcurría en la villa sin preocuparse de mirar el reloj, los paseos por el muelle o las tertulias en el bar del hostal entonaban las tardes de modo que parecía que el tiempo se hubiese tomado un respiro también para olvidarse de todo lo que no tuviera nada que ver con la calma o la paz. Las conversaciones con Mauri, el viejo pescador, repasaban hechos pasados aunque liberados de la importancia actual. Le agradaba escucharle, mientras el pescador preparaba un montoncito de tabaco para su pipa de motivos marineros y hablar con él, cuando la encendía y aspiraba, pues casi pertenecían a la misma generación si bien los avatares de sus vidas distaban en detalles considerables. La mar moldea la cruda arboladura de los hombres que la trabajan y el viejo Mauri desconocía el significado de la palabra médico... A diferencia del pescador, a él no le habían faltado penurias que solventar, sobre todo y muy a pesar suyo, los últimos padecimientos de su querida esposa, demasiado recientes aún, pero algo había en el modo de enfocar los problemas que originaba un abismo entre ambos a la hora posterior de extraer conclusiones. Con el viejo marino aprendió el secreto del optimismo, sobre el que tanto había oído predicar sin interés. Las lecciones que Mauri sacaba de un obstáculo pasado lograban hacer desaparecer el problema mismo e, incluso, su posible repetición. Y esto era algo que a él le regocijaba, tan asaltado por los mismos fantasmas, pues le entroncaba de nuevo a la realidad, sin cargas ni peso sobrante. Al final, una buena risotada entre amigos o un paseo por los acantilados desentumecían el óxido acumulado de la fatal seriedad y todo volvía a colocarse en el orden y en su sitio justo.
Los viajes a la villa se fueron haciendo más frecuentes. Primero, con excursiones o algún fin de semana, luego pequeñas temporadas que le devolvían a casa renovado. El propio doctor Vincent se mostraba satisfecho con los resultados de su tratamiento al comprobar los avances de su decaído ánimo. No podía imaginar que las medicinas descansaban al fondo de un cajón, tan abandonadas como sus intenciones de asistir a rueda terapéutica alguna. Solo de pensar que volvería a la semana siguiente a la villa una diáfana alegría se le reflejaba en el semblante,imposible de disimular.
Al principio fue tan solo una fugaz idea que se le pasó por cabeza. Luego, ayudado por el tiempo y el sosiego para la reflexión, fue madurando su proyecto hasta adueñarse por entero de su entusiasmo. Poco a poco fue cambiando vínculos, no tenía nada de descabellado trasladar su hogar a donde se sentía más a gusto. Además, hacía tanto que no sabía lo que era sentirse así, casi lo había olvidado.
Comenzó por desprenderse de su casa de la ciudad. Entre Marie y él habían conseguido convertirla en un hogar, pero ahora era demasiado grande para sus necesidades. En sus amplias habitaciones descansaban los recuerdos, hablando del pasado irremediable, recordándole los límites del futuro. No fue difícil desembarazarse de ella, estaba bien situada en el centro urbano. A cambio, un pequeño ático junto al hostal de la señora Olmos, en una callejuela paralela, sin tráfico y con vistas a los montes, desde donde se podía respirar el aroma de los robledales en otoño. Cuando la brisa del nordeste volvía a soplar entonces era el olor a salitre añejo el que inundaba cada rincón de la villa, algo que a él le hacía ensanchar los pulmones y tragar bocanadas. Era el olor del pueblo que reconocería entre un millón, inconfundible. Antes, unos meses atrás, apenas para él tenían significado los olores, ni la risa... Sí, ahora se sonreía para sus adentros al recordar las palabras del doctor Vincent en la última visita:
-...No se le ocurra abandonar el tratamiento! ...Si marcha de vacaciones a ese pueblo que dice, por lo que más quiera, siga tomando las pastillas!
Al doctor Vincent lo avisaron a media tarde. Debido a lo escarpado del lugar, ya anochecía cuando el médico forense llegó a los acantilados para levantar el cadáver. El cuerpo inerte de su antiguo paciente yacía entre los rocas, sin señales violentas, casi podría afirmarse que su expresión era plácida; lo examinó. Junto a él una pipa con tabaco sin encender descansaba en el suelo...
-Él no fumaba...
Finalmente, rellenó el último apartado del informe por fallecimiento: causa natural. De regreso por la autovía el doctor consultó el mapa... Los Acantilados! No existe ninguna población con ese nombre... El inspector que conducía el vehículo aseveró:
-Ahí se acaba la carretera... ¡Estamos en la costa!



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NO HAY MUROS

NO HAY MUROS Tenía la coartada perfecta; había quedado después del trabajo con Marcia, antes de la cena. Giulio llevaba largo tiempo dándole vueltas a aquella idea y había decidido llevarla a cabo esa misma noche. Quería de una vez por todas cambiar algo para que en el rostro de su madre se instaurase la sonrisa. Siempre la había escuchado maldecir, descontenta, siempre a disgusto con sus dos hermanas, dos tías con las que jamás tuvo contacto alguno. Tan sólo las conocía por la historia contada de su madre, repetida hasta el desencanto; no le gustaba verla triste, no, a nadie puede agradarle eso. Ni siquiera cuando la oía planear su mal ni cuando el rencor la poseía, tampoco ese efímero triunfo le bastaba. Deseaba que la felicidad se adueñara del gesto de su madre, sobre todo ahora que él se sentía así, tan enamorado y feliz junto a Marcia, su novia.
Se conocieron desde adolescentes y ya iban para su cuarto año de noviazgo, sabía que era su amor. Cumpliría la mayoría de edad el año próximo y comenzaría a trabajar de empleado fijo en el taller mecánico; ansiaba tener entre sus manos el carnet de conducir, los coches eran su pasión, sí, después de Marcia, claro.
Un par de meses atrás había muerto el abuelo, vivió con ellos sus últimos años y nunca llegó a comprender del todo las diatribas y enconadas discusiones que entablaba con su madre, aunque ahora parecía vislumbrar algo de luz al respecto, ahora que su madre no cejaba en continuar lamentando sus reproches en voz alta hacia las hermanas ausentes. Si aquellas amenazas iban a conseguir traer la paz tan añorada él se iba a encargar de cumplirlas: los terrenos del abuelo ocupaban una vasta extensión de aquella comarca ganadera, representaban una golosa tentación para las constructoras que rastreaban la zona en busca de parcelas favorables para su negocio. Al fin su madre logró lo que con tanto ahínco había perseguido, hizo que el abuelo, demasiado mayor para oponerse, cambiara el testamento a su favor, hasta entonces repartido a partes iguales entres las tres hermanas. Ya sólo necesitaba el espoletazo definitivo que provocara el estallido, deberían ser ellas las que interpusieran la demanda pues ni siquiera pensaba darles el placer de pagar las costas del juicio, donde todo estaba dispuesto en su favor...
Mientras se aseaba para salir, Giulio repasó mentalmente cada uno de los pasos de su oculto plan. Al caer la tarde se acercaría con el coche hasta el muro de piedra que separa las lindes, a esas horas apenas hay tránsito; le bastaría con un leve empujón para derribarlo. Se imaginaba el gesto despechado de sus desconocidas tías, pero sobre todo la faz satisfecha de su madre, relajada al verse las caras frente al estrado. Sí, ya era hora de que su madre también sonriera, era su turno. Nadie le vería en plena oscuridad; después debía bajar hasta el pueblo sin las luces puestas, no se trataba de un trecho demasiado largo, pero lo conocía de memoria, ya antes lo había recorrido con Marcia dentro del coche cuando buscaban algo de intimidad. Antes de ir al encuentro de Marcia, que le aguardaba en la verja del palacio consistorial, quería dejar el vehículo en el aparcamiento del taller, de ese modo no existiría ningún detalle que lo involucrara.
Al llegar junto al muro dejó caer la trasera con suavidad para evitar cualquier ruido. Empujó con fuerza marcha atrás, pero sin éxito; además cabía el riesgo de que el muro, casi tan alto como una persona, cediese el lado suyo y aplastara el vehículo. Las ruedas echaban humo y se encontraba empapado en sudor; aquella misión le estaba costando mucho más de lo que se había imaginado. Pisó a fondo el acelerador y, con un giro brusco hacia delante, se alejó justo antes de que el muro cayese destrozado en innumerables pedruscos desperdigados.
-...¡Por fin, ya está!
Ahora le quedaba bajar a ciegas, sin encender los focos. Giulio enfiló la pendiente que conducía a la población, se había hecho demasiado tarde. Aprovechó la inercia de la cuesta abajo para ganar tiempo y velocidad cuando tropezó con algo que no pudo distinguir en la oscuridad. El coche se tambaleó a un costado, después de haber arrastrado el tropiezo durante varios metros y, asustado, Giulio maniobró para pegarse de nuevo a la valla. La oscura silueta de los setos recortado en la noche le desorientaba y contribuía aún más a su nerviosismo. Por eso suspiró aliviado al distinguir la iluminación de la carretera local, encendió por fin las luces y se incorporó a ella con lentitud.
Aparcó según lo previsto, junto al taller mecánico; comprobó después la defensa trasera, apenas un rasguño de la presión contra el muro. Luego, introdujo las llaves del coche en el buzón del taller, allí las encontraría a la mañana siguiente el viejo Ramos, como tenían por costumbre. Miró el reloj preocupado mientras, a la carrera, se dirigía a la cita con Marcia. Bajó a saltos la escalinata de la plaza central, componiéndose el cabello y las ropas antes de llegar al lugar del encuentro, pero Marcia ya no estaba... Se lo había estado temiendo durante todo el maldito trayecto, aquel muro se había resistido tanto en caer...
-...Mañana se lo explicaré –se consoló de regreso a casa.
Sin embargo aquella mañana le costó desperezarse, no era habitual en él dormirse ni faltar al trabajo. Se despidió de su madre sin desayunar. Tampoco era el único en llegar tarde, el taller seguía cerrado; al viejo Ramos también parecían habérsele pegado las sábanas. Por instinto siguió la ruta de sus pasos en la noche anterior, le pareció escuchar voces y se asomó a la escalinata. Entonces distinguió el revuelo que formaba aquel grupo de gente junto al ayuntamiento. El viejo Ramos se encontraba entre ellos, en cuanto le reconoció se dirigió hacia él en un falso tono sosegado:
-...Giulio, hijo, ¡una lástima, hijo! –mientras posaba una mano en el hombro del muchacho.
-¿Qué pasa? No entiendo...
-La encontraron echa un nudo junto a la valla de la cuesta antigua, hijo... –Ramos se lamentaba sin despegar la vista del suelo-. Después de atropellarla huyeron, Giulio, la abandonaron allí, malherida, sin auxiliarla, hijo... El párroco asegura que está muerta, la pobre Marcia, muerta...
También la mirada de Giulio permanecía ausente, se acordaba con claridad de dónde echó las llaves, pero no recordaba con qué parte chocó del vehículo; aún no tenía el permiso, pero nadie le había visto, no podían implicarle. Ya no escuchaba las palabras huecas del viejo patrón, un largo escalofrío le impedía atender, mientras un muro invisible se erigía delante suyo... Algo parecido a la voz de una amenaza le condenaba, tardaría toda una vida en volver a sonreír.



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