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LEE TAMARGO

ÁNGELA BECERRA: Premio Azorín

ÁNGELA BECERRA: Premio Azorín

El amor no pasa de moda. Con una nueva inmersión en la novela romántica y lo que ella mismo calificó en su día como "idealismo mágico", la escritora colombiana y afincada en Barcelona, Ángela Becerra, obtuvo el premio Azorín. "Para mí son muy importantes los sentimientos, sin amor no tenemos vida. Por eso esta novela es un canto al amor, al porqué de los comportamientos humanos, a las emociones que nos hacen sentirnos vivos", manifestó la premiada.
Depués de su primera novela, "De los amores negados" (Planeta, 2004), la autora narra en "El penúltimo sueño" -obra que presentó al premio alicantino con el título provisional de "La promesa"- una historia de amor que arranca con el hallazgo de los cadáveres de dos ancianos que se suicidan en el barrio barcelonés del Born. A partir de este acontecimiento, los hijos de ambos (que no eran pareja reconocida) comienzan a rastrear el vínculo que les unía. Una investigación que les acerca hasta Cali en 1939. Allí, de adolescentes, se conocieron: ella era la hija de un multimillonario colombiano, moentras él era descendiente de un republicano español. El destino les desunió, pero se reencuentran muchos años después: "Se han separado, pero viven un amor que sobrevive a los años hasta hallar el camino que les conducirá a fundirse en plenitud", dice la autora.
Becerra, pese a su breve recorrido literario, es una escritora muy premiada. Sobre todo tras el eco clamoroso que su primera novela, "De los amores negados", tuvo en Colombia. Y es que con esa obra obtuvo el prestigioso Latino Literary Award 2004, considerado como el Grammy literario y otorgado por la comunidad latina de Estados Unidos en el marco de la feria Book Expo América, que anualmente se celebra en Chicago y que es la segunda feria literaria más importante, después de la de Francfort.


*(Extraído de Letras "La Razón", Marzo de 2005).-
http://leetamargo.mybesthost.com/entrerenglones03.html

PASAJEROS: Relato

PASAJEROS: Relato

El pitido del tren se ahogó en la llanura. No fue hasta después de pasar el túnel cuando se dio cuenta de la llamada perdida que parpadeaba en su aparato móvil, por eso no lo oyó antes. Salió del compartimento para hablar con más confianza y devolvió la llamada.
-Bien, Jorge, bueno... Atendedle hasta el final, ha de morir de viejo, nada de disparos, ¿entendiste? Bueno, me mantendrás informado, ¿eh? ...Sí, sí, llegaré para el fin de semana, ¿vale? Vale.
Los granjeros de hoy en día si querían subsistir debían competir con las nuevas armas que marcaban la pauta, las labores del rancho tenían que apoyarse con una gestión organizada acorde al mercado actual. Su viaje de negocios permitía que los esfuerzos dedicados a su ganado y a los sembrados no fueran al traste y además siguieran progresando. Para él habían quedado ya atrás las meras tareas agrícolas, si bien necesarias, aunque añoraba los viejos tiempos en que el patrón había de saber no solo realizarlas sino supervisarlas, compartiendo el sudor entre sus asalariados. A su padre se lo escuchó en incontables ocasiones, mientras empacaba la hierba o reunía el ganado hacia el abrevadero, pero a él le habían tocado otros modos de trabajar el rancho heredado del abuelo. En el campo, tradición y modernidad disputan una curiosa convivencia donde resultaba difícil establecer los márgenes... Y ahí estaba él, de viaje hacia la gran ciudad para hacer posible la vida en el rancho. Le tenía preocupado desde hacía varias semanas la enfermedad del caballo del abuelo, ya muy viejo; ahora agonizaba. La llamada del capataz le mantenía al día sobre la evolución de la montura preferida de su abuelo. En vida le había escuchado las batallas y aventuras que corcel y jinete atravesaron en leal compañía, su abuelo lo contaba con afecto y dejaba escapar un cierto tono agradecido al recordar lo que nunca podría volver a repetir. Poco antes de morir, el abuelo le pidió aquel particular deseo que ahora él se preocupaba por cumplir... Al fiel alazán no debería faltarle de nada, incluso ni el día de su muerte. Nunca comprendió aquel falso amor de rematar de un tiro al caballo herido, así que se lo hizo prometer al muchacho, aquel caballo moriría de viejo, como él. Ahora que el muchacho había crecido ya sabía lo que había de hacer, había preparado la fosa en la ladera alta del monte, desde allí la vista abarcaba las largas praderas que descendían al paso del río, hacia la cordillera rocosa que dejaba asomar las primeras nieves en sus cumbres... Nada más que hacer, tan sólo esperar, así que se cubrió la cara con el sombrero dispuesto a descansar el resto del trayecto.
Enfrente, una pareja de ejecutivos se acomodaba al vaivén del vagón sin mediar palabra entre ellos. Uno junto al otro, viajaban en incómodo mutismo. El más serio se atusaba la corbata de continuo en nervioso gesto por finalizar el viaje, ávido por abandonar la compañía de aquel jefe lo antes posible. El gerente, algo más joven, le había entregado en mano un expediente disciplinario, cuatro horas antes de la charla y posterior cena de celebración que previamente el veterano delegado había organizado con un grupo de los clientes más selectos. La reunión así como la cena transcurrieron en un ambiente cordial y de cumplida corrección: el delegado con el puñal clavado en la espalda, los clientes atentos y preocupados en la mesa por corresponder al delegado frente a su superior y, ajeno a todo, el jefe perdido entre ellos, más concentrado en poner término a su estratagema que en conocer los pormenores que afectaban al trabajo de su zona. El delegado podía barruntar las consecuencias del temporal que se avecinaba, se quedaría sin puesto de trabajo, pero habría de luchar sus derechos frente al juez. Tan imbuído estaba en las dimensiones del problema que casi adivinó que aquella era su parada y, antes de que chirriasen los frenos, se incorporó del asiento. El jefe alardeó de nuevo de un corazón de hielo al despedirse...
-¡Que tengas un buen fin de semana!
El delegado no se volvió ni tendió la mano, solo le espetó un adiós.
Cerca de la ventanilla, la señora que se escondía tras unas gafas de sol, sacó otro cigarrillo que devoró con ansiedad, igual que los anteriores. Como si siguiera un metódico ritual, salía al pasillo cada vez que finalizaba un cigarro para volver a fumar otro. Tal vez fuese un modo de disimular dentro del compartimento, que no pensaran que fumaba sin parar... Entre pitillo y pitillo ahuecaba su cabello rubio con movimientos cortos de sus manos. Las gafas ocultaban unos ojos fatigados, tristes de apenas dormir en varias noches seguidas. Unos ojos a los que ya poco les importaba que el humo fuese dañino, pues había males peores. Aquellos ojos que expiaron ventanas y puerta del motel donde su marido se había hospedado, tras aquella repentina reunión que surgió de la nada. Así que eso es lo que había ocurrido veces anteriores, en tantas ocasiones como urgencias de negocio, tantas como chicas de alterne, como clubs de carretera que jalonaban el regreso a casa... Hasta que no lo vió con sus propios ojos no había querido creerlo, pese a las advertencias y sospechas. El mero hecho de seguirlo y vigilarlo certificaba el engaño, ya lo condenaba. Se tropezó en el pasillo con un tropel de gente que bajaba y subía cargada de maletas, luego volvió junto a la ventanilla para seguir observando la noche a través de sus gafas oscuras. No había hecho más que encender un nuevo cigarro cuando se incorporó brusca e interceptó el paso al interventor...
-...Daston Ville! Señora, hace dos estaciones que lo hemos dejado atrás! ¿No escuchó el aviso...?
La señora entró precipitadamente en el vagón, tropezó al granjero, recogió su bolso y marchó como una exhalación. El joven iba a colocarse de nuevo el sombrero sobre el rostro y reanudar su sueño cuando volvió a sonar el teléfono que colgaba del cinturón. Gracias a las prisas de aquella viajera esta vez sí lo oyó...
-Vaya, Jorge, lo siento... Era de esperar. Ya sabes lo que has de hacer, sigue las indicaciones que os dí al pie de la letra, ¿eh? Sí, sobre la loma, sí, la zanja ya está hecha, sí... Llegaré el viernes. Hazlo bien, vale.
El granjero no pudo disimular un gesto de congoja, el caballo del abuelo había muerto de viejo, por fin descansaría bajo la mullida hierba de la loma, sobre las vastas praderas que primero cabalgó, el abuelo podía sentirse orgulloso. Sí, era curioso cómo su labor desde aquí resultaba imprescindible para verla finalizada allí... Misterios de los nuevos tiempos que su heredada alma de granjero se limitaba a asumir sin comprender. En el fondo, él pertenecía a aquel mundo y las prisas, protocolos y penurias de la vida urbana no casaban con su rústico carácter, quizás por eso no le afectaban. Observó ahora los rostros sin interés que ocupaban el vagón, de verdad que tenía ganas de llegar al rancho... Se moría por subir a la loma alta y contemplar el valle a sus pies.


*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", Luis Tamargo).-
http://leetamargo.mybesthost.com/pasajeros.htm

Leer a NICOLÁS CASARIEGO:

Leer a NICOLÁS CASARIEGO:

Ya con sus primeras páginas demostró que, aun siendo el más pequeño de una estirpe de escritores, su mirada y su voz eran propias. "Cazadores de luz", su segunda novela, ha quedado finalista en la última edición del Premio Nadal.


-Un lugar: "Mi casa y más desde que me espera en ella mi hijo".
-Una causa: "Combatir la mezquindad".
-Un recuerdo: "Mi padre dibujando croquis en su taller de arquitectura".
-Una confesión: "Me arrepiento del título de mi primera novela ("Díme cinco cosas que quieres que te haga"). Aunque es muy ingenioso, ahora hubiese elegido otro más sencillo".
-Un placer: "Dar un paseo, leer un buen libro, ver una buena película".
-Una fobia: "Conducir. Tengo el carné, pero no he conducido desde que me lo saqué".
-Un ejemplo: "Mi padre".
-Un secreto: "Hace diez años que no compro un CD de música. Ni en el top manta ni en ninguna otra parte".
-Un personaje: "Bartleby el escribiente, de Herman Melville".


*(Entresacado de "Personajes de capricho, por Javier Memba").-
http://leetamargo.mybesthost.com/entrerenglones02.html

LEER A Menchu Gutiérrez:

LEER A Menchu Gutiérrez:

Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) reaparece como un vendaval fresco de pura literatura. Nunca se ha ido, pero después de tres años sin apenas publicar -"Latente" (2002), fue su última novela- he ahí que regresa cargada de cosas que decir. Primero, en "Disección de una tormenta" (Siruela), obra que prolonga ese género tan bien armado que podría definirse como "narrativa simbólica" y que, sin remedio, constituye una punta de lanza en esa literatura que bucea en nosotros mismos y huye de cualquier concesión a lo comercial. Segundo, con su poemario "El ojo de Newton" (Pre-Textos), donde juega, como pocos, con la imaginación y las palabras. Y tercero, a partir del próximo lunes dirige un sorprendente y y variado "Seminario Interdisciplinar en torno a la idea de movimiento" en la Casa Encencida de Madrid.
-Usted lo abarca todo, como el movimiento...
-Me hace mucha ilusión ese seminario. Aunque también tengo un poco de temor... Pero estoy muy contenta de cómo lo he podido plantear. Será un acercamiento desde muchas perspectivas: la literatura de viajes, el paseo, el cine, la danza, el simbolismo... No sé cómo se me ocurrió, pero a mí me gusta relacionar las cosas y mis últimos artículos han girado sobre una palabra -transparencia, fuego, movimiento...- y buscarle múltiples significados, mirándola desde todos los aspectos posibles.
-Poéticamente, también, ¿no? Porque los últimos poemas de "El ojo de Newton" son eso, precisamente, múltiples miradas a una misma palabra.
-Exacto. Lo que intento es aún ir más allá. Y usar estas palabras -opaco, transparente, por ejemplo- e intentar que se comporten como nombres, adjetivo y adverbio de modo simultáneo. Mi intención perversa es que se comporten como las tres cosas a la vez. Yo creo que, al hacerlo, tienen una vibración especial. Y hasta reciben significados nuevos.
-¿No es este su libro de poesía más experimental?
-Éste es quizás el que se comporta más como un laboratorio, pero donde ya todos los ensayos se han hecho. Yo creo que es, sobre todo, un libro sobre el ojo de la imaginación, sobre todos los modos posibles de mirar como si fuera una mirada compuesta de todos los ojos que existen en nuestra naturaleza. Y todos los ojos, los humanos más que ninguno, son muy limitados y necesitan de los sentidos. Los ojos son también una fuente de engaño, aunque necesarios para vivir.
En medio de la vorágine comercial que viven las letras españolas, la obra de esta autora enlaza con el significado más profundo de la literatura: el simbolismo. Pocas obras novelísticas y poéticas son capaces de hacer que el lector mire hacia dentro de sí mismo reflexionando y cuestionándose.


*(Extraído de "Cultura y Espectáculos de La Razón", Febrero 2005).-
http://leetamargo.mybesthost.com/entrerenglones.html

Relato: LA OCTAVA PLANTA

Relato: LA OCTAVA PLANTA

Sin dejar de apuntarme a la cara con su dedo, la voz de mi amigo se tornó casi confidente, pero firme...
-...Y no preguntes, ¿oyes? Tu misión aquí consiste en bajar y subir con los clientes, nada más... Obedece al mayordomo jefe en todo, no olvides llevarte el uniforme el viernes y volver a traerlo el lunes, ¿oíste?...
-De acuerdo... -musité, mientras mi compañero desaparecía tras la puerta giratoria del hotel sin volverse hacia atrás.
En verdad que debía estarle agradecido pues con su favor me brindaba la oportunidad de sustituirle en su período de vacaciones, como en anteriores ocasiones, y así enriquecer mi maltrecha economía necesitada de una estabilidad más perdurable. En los otros hoteles tuve ocasión de familiarizarme con su puesto de recepción, pero esta vez lo novedoso de la tarea consistía en acompañar a los clientes en sus idas y venidas en el ascensor. En apariencia, una tarea fácil y cómoda, aunque no exenta de una monótona fatiga como enseguida tuve ocasión de comprobar.
Mi antiguo amigo me había asegurado que desde su cambio al nuevo hotel había mejorado de categoría y, en principio, lo achaqué a las cinco estrellas que destacaban en el rótulo. Una vez dentro, comprendí que aquellos anchos espacios marcaban la diferencia con los hoteles precedentes y, sobre todo, el mero hecho de que el ascensorista hubiera de trabajar uniformado.
Desde la terraza de la décima planta podía contemplarse una panorámica sobre la bahía de la ciudad; las oficinas y dependencias administrativas ocupaban la novena planta. De la tercera, descendieron las hermanas Kossack, un par de gemelas nonagenarias que podían permitirse el lujo de residir permanentemente en el hotel. El restaurante se encontraba en la primera planta, y en la segunda los salones para convenciones o reuniones. En el cuarto piso estaba la sala destinada a los enseres de la limpieza y allí también se había habilitado un hueco para el vestuario del personal. Se podía intuir que uno había llegado a la planta quinta por el pestilente aroma que dejaba en el ambiente el hilo de humo de los puros del señor Bruhnin, siempre trajeado y de elegantes maneras. Y de la sexta, sobre todo, temía el escandaloso tropel de muchachos excursionistas que en desordenada algarabía vociferaban y competían con sus alaridos y risas estridentes. El trajín en el hotel resultaba incesante y se renovaba a diario con nuevos clientes. Me fijé en especial en la bella chica que recogía en la séptima planta y que destacaba por su porte distinguido, un ceñido vestido la entubaba de lentejuelas hasta los pies, pero dejaba al descubierto unos hombros contorneados, casi perfectos... Seguí con los ojos cerrados el sugerente rastro que desprendía su perfume, pero desperté brusco a la realidad, fustigado por lo insólito de un detalle recién descubierto. Acababa de percatarme de que nadie bajaba ni subía de la octava planta... Sí, en los pocos días que llevaba allí no conocía a nadie que se alojara en ella. A la hora del almuerzo, libre de pasajeros, decidí investigar el misterioso hecho. Mi zozobra se tiñó de inquietud, el ascensor pasaba de largo de la séptima a la novena o viceversa, sin obedecer el mando. Lo comenté a las chicas de la limpieza y entre los botones que, con esquiva extrañeza, no atinaron a darme explicación alguna.
Aquel viernes el mayordomo jefe me acompañó durante toda la tarde en el trayecto del ascensor. Casi al acabar la jornada me aseguró que no hacía falta mi presencia en el hotel durante la semana siguiente y que, debido a mi carácter amenazante, podía darme por despedido. Iba a rechistar, pero recordé las palabras de mi amigo y, por respeto, callé. Recuerdo igualmente su teatral transfiguración cuando quise contarle lo sucedido a su regreso.
-Estás loco si crees que con amenazas o insultos vas a provocarme. Ya me lo contó el mayordomo jefe. Me equivoqué, no quiero nada contigo...
Después de tanto tiempo un nudo de perplejidad aún acompaña mi desolada decepción. Resultan curiosos los avatares que esconde el destino. Por fin encontré mi camino, hoy trabajo y viajo por las comarcas de la zona norte. Eso sí, nunca me alojo en un hotel de más de cuatro plantas...


*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo).-
http://leetamargo.mybesthost.com/laoctavap.htm

LEER a Ramón Gómez de la Serna:

LEER a Ramón Gómez de la Serna:

Periodista y escritor español, peculiar y original al que se le debe la creación de la greguería y cuya personalidad fue tal que se le conoce simplemente por Ramón.
Su obra se caracteriza por su arrolladora personalidad, hasta tal punto que creó un estilo conocido como el ramonismo, sinónimo de independencia, esteticismo y provocación. Autor prolífico de más de cien libros de todos los géneros como la novela, el ensayo, el cuento, el teatro o el artículo periodístico —del que fue maestro— y de la greguería, que él mismo definió como "metáfora más humor". Practicó el madrileñismo, una ligazón especial con esta ciudad de la que le atraía su vida cultural y bohemia y que definió como "Madrid es no tener nada y tenerlo todo". Sin embargo, no hay que confundirse y considerarlo como un frívolo divertido; fue un nihilista que ante la sociedad caótica y carente de valores que le tocó vivir respondió con la extravagancia casi esperpéntica.
No hace falta avisar, pero que sepa el lector que ésta no es una lectura al uso. De hecho, no conviene empezar el libro por la página uno y leerlo así, de corrido. Es mejor saltar, picotear, quedarse con aquella, reírse con ésta. Y es que así son las greguerías, un género aparte, fuera de convencionalismos. Como su inventor, Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), porque aunque existían ya antes, fue él quien las elevó a su altura. Un día de tormenta de verano, quizá aburrido, fue el origen de una extensa compilación de estos pensamientos durante años. Con "el atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero...". Un placer con una sonrisa.


*("Extraído del suplemento Magazine y otros", Febrero 2005).-
http://leetamargo.mybesthost.com/rgdlserna.html

Releer a CERVANTES:

Releer a CERVANTES:

El escritor y editor Emilio Pascual, Premio Nacional, aporta su visión de "El Quijote" bajo el epígrafe de "El Quijote o el Impredecible éxito de un fracasado". Aborda la situación de un Cervantes que regresa tras doce años de ausencia a Madrid donde encuentra un panorama poco acogedor. Fracasa en sus intentos de ser funcionario y no acaba de acertar como escritor: "La Galatea", sin ser un fracaso, tampoco llega a ser el éxito que tal vez esperó su autor. Así las cosas, Cervantes dedica otros quince años a vivir trampeando mientras escribe teatro. Bajo el síndrome del fracaso, escribe "El Quijote", "obra río en la que desembocan muchos afluentes que dormían en los cajones de la mesa del escritor. Y así, el éxito que buscó sin conseguirlo llega al fin a Cervantes a través de una creación centrada en personajes marginales".
Emilio Pascual, editor de la Colección "Tus Libros de Anaya" y especialista en literatura infantil, es además uno de los mayores especialistas en "El Quijote". Natural de Tejares (Segovia), es licenciado en Filología Hispánica. Dedicado al mundo editorial desde 1973, primero en Ediciones Paulinas y a partir de 1980 trabajó en la editorial Anaya. Traductor y estudioso, ha realizado ediciones críticas de autores como Antoine de Saint-Exupéry, Perrault, Quiroga, Cervantes, Defoe, entre otros. Ha publicado artículos en revistas especializadas, y entre sus obras más recientes destacan "Apócrifos del Libro" y "Trío de Color".


*(Entresacado de El Diario Montañés, Febrero de 2005).-
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DEMASIADO DEPRISA: Relato

DEMASIADO DEPRISA: Relato

-¿Quieres hacer el favor de pararte quieto, Mike?... Me estás poniendo nervioso!
Mike movía las piernas en el asiento de atrás sin lograr encontrar acomodo, incluso Mollie, a su lado, se protegía con el codo de sus inquietos embistes.
-...¿Es que esta tartana no puede correr más deprisa? -gritó Mike, defendiéndose.
Llevaban toda la mañana dentro del vehículo, el espacio insuficiente y la fatiga hacían ya mella hasta en el más paciente. Tom, al volante, de carácter más templado, se giraba repetitivo con esporádicas ojeadas hacia el asiento trasero, donde Mollie y Mike forcejeaban y discutían. Ella se recolocó la falda y se atusó la media melena arrubiada al tiempo que recriminaba la intranquila actividad de su compañero de asiento...
-Si vuelves a pisarme te parto la cara!
En el asiento delantero, Willfred, el gordinflón, reía con estentóreas carcajadas que acompañaba siempre de exagerados aspavientos al golpearse en las rodillas.
-Les hemos dado esquinazo, Tom, eres un campeón! -vociferaba entre una y otra risotada.
Mike debió volver a las andadas pues Mollie acabó por plantarle un sonoro bofetón que no consiguió sino acrecentar las risas de Willfred.
-...Aprieta, Tom, véte más rápido! -suplicó Mike, que se tapaba la mejilla enrojecida con el brazo.
-No, ahora no. Ahora toca esperar... -Tom sacó ese tono condescendiente que da la veteranía de erigirse en líder de la banda y que explicaba por qué era él quien manejaba el volante.
Desde la ventanilla observaron la sucursal bancaria al otro lado de la calle. Era casi mediodía y el ajetreo alcanzaba su punto álgido, el tráfico intenso inundaba la avenida central y un continuo fluir de gentes se mezclaba con los ruidos entre las luces intermitentes de los semáforos.
Mollie se fijó en el niño que surgió de la transversal dispuesto a cruzar la calle en dirección al puesto de helados. En ese momento el heladero recogía el carrito. Un vehículo apareció de súbito en la curva cuando el semáforo aún no se había cerrado. Desde las ventanas una pareja de ancianas se estremeció, mientras alertaban al chico... Mollie se tapó la boca con las dos manos, pero no pudo evitar se le escapara un grito.
-¿...Qué pasa? ¿por qué has tenido que chillar así ahora, eh? -increpaba Mike, molesto, intentando ponerse en pie dentro del coche.
Willfred parecía haber tocado techo son sus carcajadas y sólo emitía un resoplido entrecortado, del todo ininteligible. Tom devolvió la calma una vez más con su aplomo de jefe experimentado, sus palabras surtieron el efecto deseado y todos regresaron concentrados a la realidad que les tenía allí reunidos:
-Mirad, ahí llega lo que estábamos esperando!
En la acera de enfrente acababa de aparcar una furgoneta blindada, como cada sábado último de mes, para recoger la recaudación del banco. Dos agentes uniformados se apearon en actitud alerta, vigilando hacia todos los lados con movimientos mecánicos y rápidos. Uno de ellos portaba las sacas, mientras el otro no despegaba las manos del cinto. Su actitud vigilante escrutaba entre los transeúntes como si pudieran adivinar quién podía convertirse o no en un peligro potencial.
-...Llegó el momento, muchachos! Estad preparados... -les conminó Tom.
-¿Tenéis todos las armas listas? -Will acababa de hacer la pregunta cuando Mike chilló histérico, desde atrás.
-No, ahora no! Vienen...
Tom pudo vislumbrar desde el retrovisor el automóvil de la policía que, lento, se acercaba hasta detenerse justo detrás suyo. Las risas de Willfred se helaron y Mike parecía petrificado, inmóviles, cuando vieron descender del coche al policía y acercarse hasta ellos. El agente saludó, se asomó a la ventanilla y observó a los integrantes del grupo y el interior del coche...
-...Venga, chicos, ya está bien por hoy! Este no es sitio para jugar...
Casi al mismo tiempo llegaba la madre de Mollie, que desde el jardín había contemplado toda la maniobra.
-...Se lo tengo dicho mil veces, agente, pero no puede una descuidarse. A casa, Mollie, sal de ahí!
Los cuatro chicos salieron asustados, serios, cruzando miradas de complicidad. Tom no dejaba de observar de soslayo al agente, que con los brazos en jarras, sonreía.
-Sí, señora, vendrán a retirarlo. Ya lleva aquí abandonado más de cinco meses.
Willfred hinfló los mofletes intentando contener la risa, mientras Mike echaba a correr calle abajo, apresurado, por lo que pudiera acontecer. Mollie entró en la casa farfullando, delante de su madre, incómoda por su repentina aparición...
-...Vaya, mami, precisamente ahora que...
Tom se volvió hacia el policía con las manos en los bolsillos, encogiendo los hombros:
-No hemos hecho nada! Eso no anda.


*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/ddeprisa.htm