Blogia

LEE TAMARGO

Leer a CONCHA ESPINA :

Leer a CONCHA ESPINA :

Su producción es intensa: "La niña de Luzmela", "La esfinge Maragata", "Dulce nombre", "Flor de ayer", entre muchas otras. Obtiene el Premio Fastenrath, otorgado por la Real Academia Española. También el Premio Espinosa y Cortina, y el Premio Nacional de Literatura(1927). Trabajó y colaboró en numerosas revistas y diarios, al tiempo que simultaneaba sus novelas. Su candidatura fue presentada al Nobel, pero no lo obtuvo por un voto en contra: el de la Real Academia Española. Su obra fue conocida internacionalmente y es traducida a otros idiomas. Sin embargo, su figura no es reconocida para muchos críticos, que la consideran novelista menor, y no aparece en muchas antologías, manuales o enciclopedias. Se ha iniciado últimamente una relectura de su obra, que encuentra diferencias con los juicios establecidos por la crítica tradicional y revaloriza el papel de la escritora como mujer del siglo XX.


http://webs.demasiado.com/ltamargo/leepaisajes/index.html

Leer a JUAN RULFO:

Leer a JUAN RULFO:

"Y el mar allí enfrente, lejano,
dejando apenas restos de espuma en mis pies
al subir de su marea..."




En 1953 publicó "El llano en llamas" (al que pertenece el cuento "Nos han dado la tierra") y en 1955 apareció "Pedro Páramo". De esta última obra dijo Jorge Luis Borges: "Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda la literatura", y que fuera traducido a varios idiomas: alemán, sueco, inglés, francés, italiano, polaco, noruego, finlandés. Juan Rulfo fue uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX, que pertenecieron al movimiento literario denominado "realismo mágico", y en sus obras se presenta una combinación de realidad y fantasía, cuya acción se desarrolla en escenarios americanos, y sus personajes representan y reflejan el tipismo del lugar, con sus grandes problemáticas socio-culturales entretejidas con el mundo fantástico.

Fue un incansable viajero y participó en varios Congresos y encuentros internacionales, y obtuvo Premios como el Premio Nacional de Literatura en México en 1970 y el Premio Príncipe de Asturias en España, en 1983. Falleció en México en 1986.

http://webs.demasiado.com/ltamargo/jrulfo.html

LEER A ALBERTI :

LEER  A  ALBERTI :

EL CUERPO DESHABITADO

Yo te arrojé de mi cuerpo,
yo, con un carbón ardiendo.
-Vete.
Madrugada.
La luz, muerta en las esquinas
y en las casas.
Los hombres y las mujeres
ya no estaban.
- Vete.
Quedó mi cuerpo vacío,
negro saco, a la ventana.
Se fue.
Se fue, doblando las calles.
Mi cuerpo anduvo, sin nadie.

*(De "SOBRE LOS ÁNGELES", Poesía).

-LEER A ALBERTI:

La pluma de José Bergamín escribió del poeta: "Hay en la poesía de Rafael Alberti castidad -limpieza, pureza- segura, firme, dura, duradera: de cal y canto. Sus ángeles -o su ángel andaluz (arcángel tutelar)- le construyeron esta pared tan andaluza. De cal y canto, la poesía de Alberti se alza y afirma, vertical, pisando tierra, mirando al mar, entre dos cielos. Parte y define la luz misma como el muro encalado de un compás, o de un patio en la casa andaluza de tradición romana".

http://webs.demasiado.com/ltamargo/ralberti01.html

LEER A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ:

LEER A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ:

EL VIAJE DEFINITIVO

...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico...

Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

- LEER A JUAN RAMÓN:

"La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo bien que jugaba poco y que era gran amigo de la soledad; las solemnidades, las visitas, las iglesias me daban miedo. Mi mayor placer era hacer campitos y pasearme en el jardín, por las tardes, cuando volvía de la escuela y el cielo estaba rosa y lleno de aviones".
Los recuerdos infantiles acompañarán a Juan Ramón a lo largo de toda su existencia, y en ellos ya encontramos las raíces de su carácter, más contemplativo que activo; su tendencia a la soledad; su amor por lo sencillo. Estas primeras experiencias estéticas -luces y colores, olores y sonidos- afluyen una y otra vez en sus recuerdos posteriores.

http://webs.demasiado.com/ltamargo/juanramonj01.html

Más 5 del Viernes :

Más 5 del Viernes :

- LAS 5 DEL VIERNES:

1) ¿Hablas algún idioma extranjero? ¿Hay algún idioma que te gustaría aprender?
2) ¿Alguna vez has vivido en el extranjero?
3) ¿Te gustaria ir a vivir a otro país?
4) ¿Qué cosas piensas que extrañarías de tu país?
5) ¿Hay algún país en el que crees que no podrías acostumbrarte a
vivir?

¡Feliz fin de semana a todos y gracias por participar!
http://www.lascincodelviernes.blogspot.com

ENTRE SOMBRAS

ENTRE SOMBRAS

Era otra sombra más que, al amparo de la oscuridad, se abría paso entre los tejados de la ciudad dormida. Una media luna menguante rasgaba el cielo, pero nadie observó las sombras que se proyectaron en los edificios próximos ni oyó resbalar los pasos sobre las cúpulas doradas de Nathamyâe. En otro tiempo fue capital del imperio, aunque hoy solo la presencia del palacio imperial recordaba la solemnidad de su pasado glorioso. Sus dependencias guardaban otro vestigio de no menos valor, la hija única del emperador dormía plácida en la sala alta de la torre, custodiada por la guardia que su padre destinó a tal misión.
La antigua capital ocupaba un enclave privilegiado y, desde su otero estratégico, dominaba el estrecho de Isla Dhizdo, paso obligado al puerto de El Piergel y otras ciudades costeras. Allí, es frecuente en esta época el viento del sur que trae el calor que las dunas del desierto almacenaron durante el día y, desde lo alto de la torre, puede avistarse la costa cercana, al tiempo que se deja notar la brisa suave que inunda la estancia donde descansa la princesa, rendida, tranquila y ajena a las sombras que cruzan la noche.
Una de esas sombras se descuelga por la cornisa y, sigilosa, se adentra por la ventana en la habitación. Un brillo metálico delata el arma que empuña y, por breves instantes, cobra forma humana confundida entre los visillos. En la noche cálida la brisa costera mece los visillos transparentes que se adhieren al cuerpo del hombre que empuña la daga y de la otra sombra que, momentos atrás, acechaba oculta. Tampoco se oyó ni un grito, solo el deslizante filo entre los visillos y el hombre de la daga cayó desplomado torre abajo. El estrépito del arma no desveló el sueño en Palacio y, con el mismo sigilo que llegó, la primera sombra desapareció sobre las azoteas antes de que el alba despuntara vigilante.
Ya entraba la claridad del día entre los visillos salpicados de sangre cuando las voces, desde la calle, sacaron del sueño a la princesa. Se incorporó y, asustada por las manchas, apartó los visillos para asomarse y contemplar la fuente de tanto escándalo. Abajo, la guardia imperial se cernía sobre el cadáver inerte del fallido asesino. Al rato, otra sección de oficiales irrumpió en las dependencias de la princesa, aliviados al comprobar que no había peligro. Fue entonces cuando la joven reparó en el objeto posado sobre la mesa, junto a la cabecera de su dormitorio, lo sujetó entre sus manos y con curioso detenimiento observó al protagonista del que tanto había escuchado hablar a su padre... El cáliz sagrado de Rankha de nuevo regresaba a Palacio y con él las bendiciones de su significado secreto. Sin duda, vientos nuevos se unían a la suerte del imperio en inmejorable presagio. Por fin las mujeres volverían a reinar y ella podría ocupar el trono de su padre, el Emperador.
Entre las gentes de Nathamyâe se divulgó rápido el rumor del atentado y, también, la sucesión al trono de su nueva emperatriz. Para entonces, los guardias de Palacio controlaban las calles, extremando las medidas de seguridad, en previsión de posibles focos insurrectos. ...Pero El Montañés ya estaba de nuevo a bordo del bajel, la promesa quedaba cumplida, aunque su viaje no terminaba ahí. Mañana continuaría rumbo entre las islas, por fin sin obstáculos hacia el continente. El Montañés aprovechó la espera para descansar. Mientras, se dejaban caer las primeras sombras de la tarde.

*("Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta", de Luis Tamargo.-
http://home.graffiti.net/leetamargo:graffiti.net/elmontanes.html

HORIZONTE DE ARENA

HORIZONTE DE ARENA

Habría reconocido aquella figura envuelta en la capa en el último confín del mundo. No era la primera vez que se topaba con el canoso barbudo y sus inconfundibles cadenas doradas cruzándole el pecho, como tampoco era aquella la única tempestad de arena en mitad del desierto. El Montañés ya presintió algo antes de desatarse el airado vendaval, tal vez por los sospechosos movimientos de uno de los guías de adelante hacia atrás de la caravana y que después desapareciera al galope sobre el corcel fresco que condujo de las riendas durante todo el trayecto. El resto de los mercaderes intercambiaron miradas desconfiadas entre sí, aquello era lo que parecía y la emboscada estaba ya pergeñada. Pero ni los propios bandidos contaron con el caprichoso hado del desierto. El cielo oscureció al tiempo que un repentino viento sacudía las túnicas de los hombres que, cubriéndose el rostro, se apresuraron a parapetarse tras el cargamento de los camellos. El Montañés escogió una pronunciada duna, algo alejada del grupo y, tumbado boca abajo, aguardó a que la tormenta pasara por encima suyo. Le resultaba imposible ver ni oir, solo sintió los cascos de los animales golpear en el suelo. Cuando logró asomar la cabeza al frente fue cuando pudo observar cómo los malhechores, dirigidos por el barbudo de la capa, se hacían con el botín de la caravana y, también, comprobó cómo acabaron con la vida de los sobrevivientes, rematándolos sin escrúpulos. Ya conocía los modos de aquella banda de salteadores, su perplejidad vino al divisar entre la espesa niebla de arena la silueta recortada de los otros jinetes, inmóviles, escrutando las intenciones últimas del pillaje. Luego, cuando los ladrones pusieron fin a su faena y decidieron marchar, el otro grupo de jinetes fantasmas desapareció también, sigiloso, tras la duna... Algo en el lento y grácil cabalgar de aquellas monturas trajo a la mente de El Montañés el recuerdo de las leyendas, sí, otra vez las diosas del desiertosurgían en su camino.
Se arrastró hasta el lugar del asalto, entre los cuerpos semienterrados, atraído por los gemidos de uno de ellos, malherido. La daga le había atravesado el omóplato de parte a parte, pero sin conseguir matarlo. El Montañés lo envolvió con las ropas de otro cadáver y taponó la herida. Luego, lo izó del otro hombro y lo obligó a caminar en dirección a la duna que había servido de otero a los jinetes fantasmas. Se dejaron caer por la pendiente suave y larga y, a duras penas, aún remontaron otra duna más elevada. Entonces, desde lo alto, vislumbraron las copas verdes del oasis, semejaban torres fortificadas de un paraíso perdido en la arena. Y no era un espejismo porque ambos lo vieron y porque el herido pareció recobrar fuerzas acelerando el paso hacia el vergel.
Antes de alcanzar sus orillas las gentes del oasis salieron al encuentro. Se llevaron en palio al guía herido y agasajaron a El Montañés con comida y vestimenta limpia. Los efluvios del aguardiente, después, le ayudaron a descansar. A la mañana siguiente, El Montañés pudo disfrutar del primer baño en varios meses. Luego, le condujeron a la amplia sala donde, sentado, esperaba el hombre que rescató de la caravana. Su aspecto aseado y bien atendido le hacía parecer otro. Les dejaron a solas y conversaron durante horas, de modo que El Montañés pudo conocer algunos detalles importantes para entender el significado de los acontecimientos más recientes.
La historia del guía desveló la identidad del misterioso barbudo de la capa, jefe de la Guardia de Omar Muhar, primo hermano del Califa y heredero legítimo, según sostenían con violenta insistencia sus seguidores. El Montañés escuchaba con atención los detalles, solo interrumpidos por la sirvienta que, en silencioso respeto, entraba para ofrecerles infusiones o aguardiente. El Montañés aceptó la taza que le ofreció la mujer... Sus rasgos estilizados quedaron visibles al destaparse el velo mientras vertía el líquido. Cuando la bella mujer le tendió el brazo a El Montañés tampoco le pasó desapercibida la sensual firmeza de su mano, que apretó al tiempo que le preguntaba el nombre...
-Yaira, me llamo Yaira...-, musitó ella, apartando los ojos de su mirada intrigante.
A El Montañés no le quedó otro remedio que seguir atendiendo las explicaciones del amigo guía que, en señal de agradecimiento por haberle salvado la vida, le invitó a salir de la tienda para recoger el regalo al que tenía prohibido rehusar: un camello descansaba afuera, atado a la vegetación, era suficiente para llegar hasta El Pierjel y para, después de venderlo, comprar el pasaje rumbo al Continente.
Cuando tuvo que abandonar el campamento, El Montañés se despidió con un último vistazo sobre los muchachos que se agolpaban bajo las palmeras, junto a las tiendas donde descansaban los hombres y, a la sombra, algunas mujeres parecían también despedirse en silencio... Distinguió entre ellas a Yaira, que agrupaba a los niños, sin perderle de vista. Como buen beduino, su guía amigo le engañó con el regalo: no era rápido sino un viejo camello, pero no le mintió en los dos días que le separaban del afamado puerto de El Pierjel.
Era de tarde cuando la embarcación zarpaba. Desde cubierta, El Montañés aún pudo observar al grupo de jinetes que irrumpió con estruendo en el puerto y las cadenas de oro que el cabecilla lucía en el pecho. Se alegró por fin de dejar atrás el bullicioso ajetreo de aquel puerto atestado de gentes y pertrechos y, cuando la noche entraba, se recostó en popa. Por unos instantes, imaginó a Yaira despojada del velo, desnudo el torso a lomos de su montura, empuñando firme el arma a galope, entre dunas, hacia un horizonte de arena...

*("Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta", de Luis Tamargo).-
http://relatosweb.tuportal.com/elmontanes.html

EN EL TEMPLO

EN EL TEMPLO

Desde que El Montañés llegó a la costa pudo comprobar que las aguas verdes del Mar Menor escondían más secretos de lo que a simple vista pudieran ofrecer. Observó también la estrecha senda de arena que las olas descubrían al apartarse y que comunicaba con el Palacio de Morjor, horadado en las entrañas del islote del mismo nombre.
Aprovechó para reponer fuerzas y aguardó confundido entre las rocas del acantilado como otra sombra más, recortado entre los rojos y amarillos del crepúsculo. Aquella era la noche. Por eso, cuando el mar retrocedió El Montañés avanzó a pie por la orilla de aquella lengua de arena, para no dejar huella. Ya en la entrada se topó con el guardián, sorprendido en el primer sueño. Cuando el amanecer llegase lo encontraría así, dormido para siempre en la herida abierta de su cuello. El Montañés cruzó los amplios corredores con la daga del guardián. A través del enrejado pudo observar a las vírgenes en inquieto revuelo, nerviosas, quizás por las novedades que se presentían. Algunas aún sin velo acercaban su hermoso rostro al enrejado, curiosas. Del fondo del pasillo, apresurado, surgió el otro guardián que custodiaba la puerta del santuario, pero antes de que desenvainara la daga de El Montañés silbó una canción de muerte al clavarse en su pecho. No había tiempo que perder, así que exploró cada rincón del recinto hasta dar con lo que andaba buscando, justo sobre el altar. Luego, empuñando el vaso sagrado de Rankha, abandonó el Palacio por el pasillo de arena que se abría entre las olas.
Se dirigía al lugar donde le aguardaba su montura cuando algo hizo que se agazapara, inmóvil. Siempre ataba a su yegua con media vuelta, estaba enseñada a soltarse ella misma en caso de peligro, por lo que aquel resoplido impotente solo auguraba imprevistos. No tardó en distinguir al grupo de soldados del relevo de la guardia, apostados a la espera entre los árboles. Con sigilo, se arrastró en dirección al acantilado para ocultarse. Desde allí, podía observar el trajín de caballería que atravesaba el pasaje de arena hacia el islote del Palacio; habían dado ya la señal de alerta. Especialmente se fijó en aquel jinete de capa larga y turbante malva, parecía algo más que un cabecilla. Dos cadenas doradas le pendían del pecho y sus gestos eran enérgicos al impartir las órdenes.
A El Montañés le dio la impresión de que ocurría algo más que la precipitada organización de su captura, sobre todo, cuando el grueso de los jinetes marchó en su busca y el otro grupo que lideraba el de la capa permaneció en el islote. Enseguida obtuvo la respuesta. No era de extrañar que para un grupo de desalmados también resultaba tentador el bello tesoro que guardaban las paredes del Templo sagrado... Iban sacando a las vírgenes ultrajadas, después de satisfechos los instintos de su apetito más primitivo y, una a una, eran degolladas a la entrada del templo antes de caer al mar. La oportunidad era propicia para posteriormente echar la culpa al extranjero y proclamar la guerra a los profanadores.
Supo que la diversión había terminado cuando los gritos cesaron y salió el jefecillo con su melena cana al aire, sin turbante. Antes de que comenzaran a explorar cada rincón de entre las rocas El Montañés debía abandonar aquel acantilado. Entonces se acordó de que El Pierjel no quedaba lejos y que de su puerto partían de continuo bajeles con destino a los mercados del Este, donde no le resultaría difícil intercambiar el tesoro de Morjor por otros bienes más útiles. Apretó el vaso de oro bajo el cinturón y echó a nadar. Pero antes, de un último vistazo, se despidió de la triste belleza del islote sagrado... Los cuerpos de las vírgenes flotaban desnudos, tiñendo de sangre las olas que circundaban el templo.

*("Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta", de Luis Tamargo).-
http://home.graffiti.net/leetamargo:graffiti.net/elmontanes.html