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LEE TAMARGO

CAMBIO DE AIRES

CAMBIO DE AIRES

Fue una mala caída. Su madre ya le había advertido más de cien veces que tuviera cuidado con los árboles y, precisamente, había tenido que ocurrir ese día y allí, en la arboleda que rodea el internado del colegio Saint Paul. Ahora su madre y la familia quedaban lejos y desde luego que aquel verano se presentaba con un comienzo poco o nada halagüeño.
El profesor Tycho fue quien se hizo cargo de su convalecencia, un viejo catedrático casi a punto de jubilarse, más ocupado en pasear los libros que en dar clases que despertasen el de por sí distraído interés de algún alumno. El profesor vivía en un ático de la barriada nueva, frente al colegio, aunque desde su amplia balconada se podía contemplar la parte sur de la ciudad e incluso el puente que cruza sobre el río Delaware. Al menos aquella panorámica compensaría la monotonía de la claustrofobia que preveía para todo el tiempo que durase su obligada estancia allí. Sin embargo, enseguida comenzó a cambiar su concepto del profesor Tycho, apenas le hubo tratado un poco o, mejor dicho, en cuanto se dejó tratar. Bajo aquella apariencia de viejo serio y malhumorado se hallaba una vitalidad jovial y un espíritu simpático, desbordante de ternura. La primera sorpresa fue al deshacerse de sus hábitos de profesor al llegar a la casa; sin la toga y el sombrero de borla hasta el semblante del señor Tycho parecía sufrir una transformación. Sus bigotes canosos le daban un aspecto cómico, no resultaba difícil imaginárselo en sus años mozos preparando alguna que otra travesura. Su fama de hombre metódico y riguroso le había servido para espolear su conocimiento más allá de los libros o las aulas y, gratamente, sorprendía verle manejar los utensilios de cocina con la maestría de un experto al mismo tiempo que cantaba La Traviatta o declamaba sus versos griegos preferidos. Para todo pedía consejo o consentimiento, ya fuera para el menú del día o para la lectura de la tarde, incluso dejaba elegir qué tipo de música escucharían para aquel u otro momento. Era innegable que le sentaba bien sentirse ocupado en alguien, debió haberse encontrado demasiado sólo anteriormente, pero ahora en presencia de compañía recuperó con rapidez los resortes que mueven la convivencia. Aprovechaba para volcar toda la responsabilidad de la que era capaz cada vez que revisaba la cura; la herida pronto adquirió forma de cicatriz gracias a sus desvelos y ya había conseguido aventurar unos primeros pasos, titubeantes, cuando el profesor marchaba en las mañanas a sus quehaceres en el colegio. Así, los avances fueron notables y, en menos tiempo del previsto en un principio, se sintió con fuerzas y ánimo para continuar por sí sólo su interrumpida andadura.
A medida que se iba aproximando el tan ansiado instante de su salida, también por desgracia, ya empezaba a lamentar el inevitable hecho que ambos debían afrontar. Sin duda el señor Tycho lo extrañaría todavía más que él; se había preocupado en hacer agradable su permanencia en la casa y ahora resultaba más que probable que aún padeciese más esa sensación de abandono después de su ausencia. Aquella noche era la última, preveía que al día siguiente sería ya capaz de saltar, además no había parado quieto en toda la mañana, mientras el profesor asistió a la ceremonia festiva de la clausura del curso.
El señor Tycho llegó con gesto preocupado por la tardanza, repartiendo disculpas, pero sin poder ocultar su ilusión casi infantil de felicidad... Esa noche celebraron la fiesta a su modo, su despedida particular; había traído el postre que sobró del colegio y que había pedido a tal efecto a la encargada de la cocina que, algo extrañada por la caprichosa osadía del viejo profesor, se lo preparó y envolvió con mimo. Durante la cena el señor Tycho cantó y lloró de risa al recordar los primeros chistes de estudiante y alguna de las traviesas novatadas de las que fue objeto al llegar a la universidad. Luego, como no podía faltar, declamó a Platón y a Aristóteles, se deleitó con algunos pasajes de La Odisea y de La Guerra de las Galias, conjeturando hipótesis acerca de la indolencia de la vida en aquel tiempo. A veces se quedaba sólo, perdido en la pura elucubración y hasta se reía de sus propias ocurrencias... No cabía duda de que disfrutaba, se lo estaba pasando en grande. Sí, era un hombre excepcional, no podía tener queja del trato dispensado. A pocas personas había llegado a conocer tan de cerca y tan bien, gracias a aquellas circunstancias especiales.
A la mañana siguiente, puntual como de costumbre, el profesor marchó pronto al colegio. Salió sin meter ruido, con cuidado de no despertarlo. Pero él llevaba en vela largo rato, desde que el alba se anunció en las rendijas de la ventana. Había llegado el momento de su partida, pero antes echó una rápida ojeada al lugar que hasta entonces había sido su refugio. Luego se acercó a la balconada y saltó... Los primeros aleteos sobre los tejados le supieron a gloria, estaba en plena forma. Remontó cielo arriba, siguiendo el curso del río, contento. A su madre, además, iba a parecerle mentira todo lo que había aprendido con aquella experiencia.


*("Este relato se lo tenía prometido a mi amiga Imaginate); la imagen la copié de su blog -¡con permiso!- y a ella se lo dedico", Luis Tamargo.-
http://imaginate.blogia.com

Certamen "Villa de Colindres":

Certamen "Villa de Colindres":

- VII CERTAMEN LITERARIO DE RELATO BREVE "VILLA DE COLINDRES":
A finales de 1998 se falló por vez primera el concurso Villa de Colindres, destinado a premiar relatos en los que aparezca tratado el tema de la naturaleza y el medio ambiente. La presentación del volumen correspondiente a la VII edición tuvo lugar el pasado 23 de abril dentro de las celebraciones del Día del Libro. Ganó esta vez Vicente Fernández Saiz -accésit ya en 2004- con "El secreto de las marismas", hábil relato policíaco en torno al asesinato cometido para preservar un espacio natural; el segundo puesto fue para A. Olgoso, quien en "Los palafitos" presenta a un excursionista que descubre un maravilloso pueblo oculto a orillas de un lago. El jurado recomendó la publicación de "Billete al paraíso" donde J.J. Mogro Remolina aborda el tema de la inmigración ilegal en pateras y "Avalancha", relato satírico de J.A. Corral. Una edición muy elegante otorga aún más prestigio al certamen.


*("Extraído de El Diario Montañés", Mayo 2005).-
http://entrerenglones.blogspot.com

UN SEÑOR DE GRIS

UN SEÑOR DE GRIS

Ahogó el temblor de la noche con otro trago, pero las rayas del paso cebra bailaron como las teclas de un acordeón. Casi al final trastabilló con el borde de la acera y, sin caer, consiguió abrazarse a la farola salvadora que salió a su encuentro. No había tráfico ni gente paseando a aquellas horas. Algunas estrellas parpadeaban, pero hacía tiempo que había dejado de mirar hacia arriba. Divisó la silueta metalizada de la estatua a la entrada del parque, tras el seto contiguo estaba su campamento, aunque ya no recordaba desde cuándo. Dirigió sus pasos tambaleantes hacia la escultura y por fin se sentó a sus pies, aliviado de haber llegado con la botella intacta. Aquella no era su ciudad, pero hacía tantos años que vivía allí que ya no quería acordarse de la otra casa que perdió, ni de su esposa, ni del trabajo. Aunque quizás no fuera ese el orden y primero le abandonó ella y luego se entregó a beber sin cuidado... Sólo a él se lo había contado todo, al paciente personaje de aquella estatua desconocida, venerada en su silencio, pero también por ello confiable.
A veces le parecía estar hablando a voz en grito, pero lo cierto es que mantenía una conversación interior consigo mismo, hablaba y se hablaba, sin orientación, para volver al comienzo de una rueda donde resultaba imposible discernir el final. Por eso bebía, para dejar de escuchar la continua perorata, para evitar descubrir que su sordera venía de adentro. Podía estar durante horas contando sus penas a aquella estatua aunque sólo la estuviera mirando, pero ella le escuchaba atenta, sin perder detalle, condoliente y seria, prestándole el mínimo honor merecido. Incluso después, a lo largo de la jornada, sin importar por dónde vagaran sus pasos, la tenía presente y comentaba sus devaneos, para luego de regreso retomar el asunto con un familiar: “...Ya te dije, amigo, que no era ese el camino, pero aquí hemos llegado”.
Apuró un trago más, apoyado de espaldas a la estatua con las piernas estiradas hacia el seto, antes de guardar la botella bajo el gabán. Eran muchas voces las que se agolpaban en su cabeza mareándole, pero un sexto sentido le advirtió que aquellas que vociferaban con estridencia venían del exterior... Fue ese mismo sentido el que le despertó de repente a una realidad olvidada, sabía que corría peligro, se lo habían contado en las calles del centro, donde seguir viviendo así para algunos de los que conocía se había convertido en un infierno. A su amigo Jonás le quitaron de en medio el pasado invierno, mientras dormía envuelto entre cartones...
-¿...Qué te dije, amigo? –increpó a la estatua, reclinándose resignado a sus pies, incapaz de mover un músculo.
Las voces aumentaron el tono agresivo a medida que se aproximaban y ahora sumaban a los improperios el ruido de porras y cadenas... Todo le daba vueltas demasiado aprisa para entender o para tratar de hablar.
Cuando regresó del fondo de la noche lo hizo poco a poco siguiendo el rastro de una pregunta:
-¿Está usted bien, oiga...?
A su alrededor las sirenas luminosas de las ambulancias anunciaban una mañana distinta. El agente volvió a preguntarle, en cuclillas junto a él, mientras otros policías examinaban el resto de los cuerpos diseminados por el parque. Uno de los inspectores se acercó a ellos, observó las huellas de sangre que salpicaban las botas y el sable de la estatua del Libertador...
-No ha podido ser él, está como una cuba... -explicó el agente.
-Todos presentan herida de arma blanca, muertos, no ha quedado ni uno... ¡Vaya refriega! ¿Puede respondernos?
-¿...Oiga, qué ha pasado aquí?
-...Ellos vinieron a por mí, no les hice nada. Venían a por mí y un señor de gris les atacó, yo no les había hecho nada, nada...
-¿...señor de gris? -los policías cruzaron sus miradas. El pestilente olor a alcohol les obligaba a echarse atrás.
-Vamos, oiga. No puede quedarse ahí, necesita asearse y tendrá que responder algunas preguntas para nuestro informe, vamos...
El vagabundo a duras penas se incorporó apoyándose en el pedestal de la escultura al tiempo que balbuceaba un sentido: “...Gracias, amigo!”. El inspector le escrutó con detenimiento. A veces hablaba tan alto que no sabía si lo que se decía a sí mismo lo escuchaban los demás... Mientras se dirigía al furgón, acompañado por los agentes, volteó la mirada hacia atrás para despedirse de su hogar. La estatua custodiaba la entrada al parque, callada y firme, imperturbable al silencio en medio de la soledad.


*("Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo).-
http://leetamargo.mybesthost.com/usdegris.htm

Ediciones "LETRA CLARA" :

Ediciones "LETRA CLARA" :

En varias ocasiones algunos/as os habéis dirigido a mí con la pregunta de dónde encontrar mis libros. Os agradezco vuestro interés y, aunque mis esfuerzos se centran más en el disfrute de escribir, por fin ahora puedo comunicaros que en "Ediciones Letra Clara" podréis encontrarlos.
Dentro de la sección de Narrativa hallaréis "Era Un Bosque", mi primer libro de relatos breves. He aquí una breve sinopsis: http://www.letraclara.com/libroslibrerialetraclara/libreriaeraunbosque.htm
Los árboles de Luis Tamargo forman su bosque particular: "Era un bosque, diríase que unido, si uno se iba acercando". Árboles con nombre propio, que incluso pueden llamarse Pablo... Hayas, tilos, sauces, eucaliptos, abedules, fresnos, rumorean aquí a sus anchas. La lluvia, los árboles, el viento, la nieve y los ríos dejan al paisaje en un lugar, no sólo descriptivo, sino de auténtico protagonismo.
Luis Tamargo Alonso viene desde la poesía al relato, que es un camino donde se cruzan a menudo ambos géneros. El poema y el cuento viven del ritmo y de la musicalidad. El aliento poético está presente en este libro, como si la savia de los árboles que aparecen con tanta frecuencia en sus relatos, viniera de atrás, de su primera publicación.


Y en Poesía: http://www.letraclara.com/libroslibrerialetraclara/libreriaescritosparavivir.htm
"Escritos para vivir" recoge unos bellos poemas de la mano de Luis Tamargo (Autor de "Era un bosque"). El autor, un cazador de sombras que, tras una particular y tenaz persecución, cobra su pieza y lo celebra guardando amoroso sus poemas en una de esas múltiples carpetas extraviadas. Ahora los recupera antes de que las hojas se pongan amarillas."


En el catálogo de la librería virtual de la Editorial Letra Clara puedes encontrarlos, pedirlos por email o, también, puedes venir personalmente a:
C/ Ardemáns nº 18, Primero Izquierda, 28028 Madrid.
O, si lo deseas, puedes llamarnos a los teléfonos:
91 725 14 15 ó 91 356 67 00; o bien dirigirte a nuestra dirección de correo electrónico:
elc@editamostulibro.com
¡ GRACIAS A VOSOTROS !


http://www.letraclara.com/librerialetraclara.htm"

SILENCIO EN LA JUNGLA

SILENCIO EN LA JUNGLA

Se agazapó sobre la roca, adaptando la palma de los pies a las aristas rugosas. Con la cabeza hundida entre las rodillas acechó la superficie cristalina de la orilla. Cuando la sombra del pez zigzagueó entre las rocas un movimiento certero de su brazo acertó a atravesarlo. En la vara puntiaguda la pieza cobrada daba coletazos desesperados mientras el salvaje recogía de la arena otra vara con cuatro pescados más ya inertes y se alejaba de la playa en busca de la zona arbolada en la que proveerse de algunas frutas.
Aún el sol no había alcanzado su punto más elevado cuando sonó de nuevo la sirena... Al igual que en anteriores ocasiones el salvaje ya sabía lo que aquello significaba. Paralizado, escuchó atento la estridente señal para, rápido y nervioso, dirigir sus pasos montaña arriba. Desde lo alto, observó la llegada del barco y al ruidoso grupo de turistas que alborotaban la pequeña cala con sus ropajes de llamativos colores. En su mirada neblinosa se apagó el brillo que antes le había mantenido ocupado y, a rastras, se adentró en la jungla en manifiesta actitud huidiza.
Una vez en la gruta apenas dio cuenta de la pesca que obtuvo durante la jornada, preocupado por la reciente visita a la isla; le inquietaban los viajeros, aquellos extraños que cada vez con más frecuencia invadían el silencio que imperaba en la jungla. En los últimos tiempos había aprendido a valorar el significado de aquel preciado silencio. La jungla proporcionaba todo lo que podía necesitar, alimento, techo y cobijo. El no podría soportar aquellas telas que aprisionaban los cuerpos ni tampoco le hacía falta cargar con tan raros equipajes, aunque no siempre fue así...
Aquella noche durmió acosado por incesantes pesadillas que ahuyentaron la placidez del descanso. Soñó cuando, más joven, los trajes elegantes apretaban su cutis afeitado de ejecutivo prometedor. Entonces la carrera hacia la cima se adivinaba libre de obstáculos si bien no de competidores, pero la rotundidad de sus triunfos bastaba para merecer la tan disputada plaza de la Jefatura comercial. De hecho, aquel viaje en hidroavión a las islas no representaba sino un avance del premio principal al que fueron invitados los mejores profesionales seleccionados. Sus expectativas eran inmejorables y excelentes sus resultados. Las únicas nubes que enturbiaron el horizonte de aquella decisiva reunión fueron las que cubrieron el atolón durante la mañana previa al viaje de partida. Luego, a la tarde, se desencadenó una tormenta atroz que envolvió al indefenso aparato al poco de iniciar el despegue. A merced de los embravecidos elementos, el hidroavión volteó sin control hasta romperse como un juguete entre las olas que asediaban sin piedad aquel apartado conjuntos de islotes que, hasta entonces solo fueron un reclamo paradisíaco.
La tragedia superó con creces el alcance de las posibilidades con las que contaban los dispersos habitantes de aquellos tranquilos lugares. Cuando menguó el temporal y pudieron acercarse a los restos del accidente tan solo hallaron enseres inservibles hechos añicos y cadáveres diseminados por el océano. Muchas esperanzas de futuro acabaron allí sus días, incluso algún cadáver no apareció, pero no por ello las grandes empresas dejaron de crecer. También entre sueños, nadó cegado por el oleaje hasta alcanzar la costa y, extenuado, se desplomó junto a la cueva que luego iba a servirle de morada. Era un cualificado profesional y, por tanto, estaba preparado para el éxito, recorrió la geografía costera de su nueva prisión, aprendió a cazar y a pescar y comenzó a descubrir el crudo sabor de sentirse vivo. Era un superviviente.
Al día siguiente, casi con talante obsesivo, volvió a vigilar los movimientos de aquel grupo de estrambóticos turistas, contemplaba sus risas, su lenguaje, sus bailes y fiestas en la orilla de la playa. Siempre ocurría así, las excursiones duraban un fin de semana, dos días completos en los que ni cazaba ni comía, concentrado únicamente en espiar las idas y venidas de aquellos molestos visitantes, en aguardar el ansiado momento de su regreso. Aquella segunda noche tampoco fue capaz de dormir en paz, soñó con gráficas y curvas de crecimiento coloreadas según los potenciales, de acuerdo al índice de mercado, local o de área, soñó con parámetros y estadísticas comparativas que reptaban frías sobre su desnuda espalda y, cuando irrumpió el alba en la gruta, él ya estaba montaña arriba oteando las maniobras de la embarcación. Con el sonido de la sirena anunciando el fin del viaje y la hora de la partida, su mirada recobró el destello brillante que lo convertía en un fuera de serie... Entonces podía cazar y dormir, ahora podía escuchar los susurros de la jungla que con tanto mimo le albergaba y, por fin, disfrutar del verdadero silencio del triunfo...


*"Es Una Colección De Cuadernos Con Corazón", © Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/enlajungla.htm

Leer a MARCELO BIRMAJER:

Leer a MARCELO BIRMAJER:

Guionista cinematográfico de amplia trayectoria, Birmajer ha publicado varias colecciones de cuentos, entre los que sobresalen "Historias de hombres casados" (1999) y "Nuevas historias de hombres casados" (2001), a los que se añaden estos doce relatos, narrados en primera persona desde la perspectiva de Javier Mossen -indudable "alter ego" del autor-, escritor de mediana edad, dado a la evocación y a la melancolía, habitante del popular barrio bonaerense de Once, durante unos años que van desde la bonanza económica argentina en los años posteriores a la dictadura, hasta la precariedad de los últimos tiempos.
A menudo los textos se plantean como el encuentro del narrador con amigos del pasado y personajes insólitos, que facilitan el recuerdo o el análisis del mundo actual desde una perspectiva poco común.
Lenguaje cuidado, tono reflexivo e ironía controlada vehiculan historias como la del judío que conserva como experiencia máxima su participación en la guerra del Yom-Kipur; aunque las más significativas versan sobre las vivencias sentimentales -imaginadas o sugeridas- del protagonista y de otros amigos casados: el premio nobel que se encuentra de repente en un tren a una antigua admiradora de cuatro décadas atrás; la reaparición en un bar de la compañera más admirada de la juventud; el inesperado desenlace de la noche en que un productor de cine le llevó a su casa para encargarle un guión; el original "menage a trois" que acaban conformando dos antiguos compañeros de colegio y la esposa de uno de ellos, e incluso la peripecia del matrimonio conservador abocado a satisfacer durante la dictadura de Videla las secretas aficiones de un mirón adinerado. Un ligero toque absurdo aporta a algunos relatos frescura suplementaria.


*(Extraído de "El Diario Montañés", Mayo de 2005).-
http://entrerenglones.blogspot.com

LA CASA ROSA

LA CASA ROSA

Dicen que no vieron la luna, que no apareció en todo el año. Otros lo achacaron a una fuerza sobrenatural, casi un castigo ejemplarizante contra los mundanos derroteros que escogían los cada vez menos humanos. Lo cierto es que la lluvia no cesaba, era excesivo tiempo el que transcurría sin que la lluvia no dejara de estar presente. De día y de noche, a cada momento, un llover incesante acompañaba cada quehacer, cada paso del mundo cotidiano que, a fuerza de su constante insistencia, podría decirse que se había convertido en algo familiar. En otros momentos, sin embargo, tal insistencia, muy lejos de acostumbrarnos, se volvía pesadamente odiosa, casi podía llevarle a uno al límite del sinsentido. Y luego, volvíamos a aceptarla, como un hábito ya inevitable, irremediable, casi parecía invencible.
Aquella mañana se levantó como siempre, acercándose a la ventana. Las gotas chocaban contra el cristal, estrepitosas, dibujando caminos de agua. Parecía que el día llorase, gris, agobiado también por el caer inagotable. Como lágrimas desbocadas, locas por buscar una salida, las gotas serpenteaban ramificando sus brazos líquidos. En uno de sus intrincados laberintos, los tentáculos de agua esbozaron algo parecido a un corazón y, entonces, como si despertara, le fue llamando la atención hasta que dio un respingo. El tono rosa del fondo, antes difuminado, cobró viva realidad, concretando su forma y, así, pudo distinguir el chubasquero rosa de la pequeña Patricia. Ella cruzaba la calle sola, pegada a la valla blanca, de madera, que bordea la casa. Desde la valla hasta la entrada hay un tramo amplio, adornado de jardines con rosales bien atendidos, con los setos recién podados y bien cercados, delimitando espacios. El pasillo central era de terrazo rojizo, punteado en los bordes por una cenefa de arabesco. En las esquinas de cada parcela ajardinada, inmensos tiestos, pétreos, imitando jarrones grecolatinos, sostenían variedades desconocidas en el continente de arbustos perennes. Y la puerta de la verja, negra, metálica, pues el antiguo portalón de madera, con tejadillo incluído, sucumbió al paso inexorable de los años.
La tía Silvia cuidó la casa con esmero, aunque se puede decir que fue después de su muerte cuando la casa adquirió el tono renovado que hoy conserva. De hecho, él mismo se preocupó de que la valla exterior fuera restaurada de nuevo y pintada cada año.
Le cogió especial afecto a aquel torreón, bajo y ancho, en un costado de la mansión, pero que sobresalía por encima de ella con su cúpula brillante de pizarra negra, sobre todo ahora, mojada, con la lluvia. Le daba al resto un toque señorial, un aspecto acaudalado de digna tradición y elegante modernidad bien hermanadas. Por eso se trasladó a las habitaciones de aquella parte del torreón, en realidad, al enorme salón de grandes miradores que por su extensión perfectamente podría servir como única vivienda.
La pequeña Patricia hacía ese mismo recorrido cada mañana, al colegio, excepto en verano, cuando acababan las clases, pero… ¿quién se acordaba ahora del verano? No había existido, parecía que había estado lloviendo toda la vida, siempre. Parecía imposible imaginar otro estado diferente a la lluvia, aunque todos lo desearan. Hasta el carácter de la gente se agriaba, tornándose más arisco y reservado. Había que salir a la calle, había que trabajar, estirar las piernas y entablar ganas de conversar, en algunas ocasiones, pero la maldita lluvia no cesaba, haciéndolo todo más incómodo.
Sin embargo, aquellos interminables días, tristes y oscuros, sirvieron para finalizar el asunto que llevaba entre manos desde hacía tanto tiempo. Antes había preparado los materiales durante meses, seleccionándolos convenientemente y mezclando cada pigmento con meticulosidad hasta lograr el tono deseado. Fueron incontables las combinaciones de colores que se sucedieron hasta dar con la gama perseguida y, después, con el tono definitivo. Tantos y tantos fueron los meses que duraron las pruebas que transcurrieron años. La lluvia vino a complicar las labores, confió en que mientras durasen los preparativos la condenada lluvia cejase en su empeño, pero continuó ajena a otros planes que no fueran tan obstinados como los suyos. Para ganarle tiempo a la lluvia, se ocupó en ir almacenando los colores conseguidos en aquellos botes metálicos. Destinó la parte baja del edificio a ordenar matemáticamente en hileras toda aquella colección de botes de color rosa, un rosa de tono vivo, chillón, imposible de ignorar y así diseñado, con escrupulosidad de alquimista, precisamente para no pasar desapercibido.
Todas las habitaciones de la mansión fueron de este modo llenándose de botes de color. Luego, los pasillos, las salas y, en vista de que la impertinente lluvia obstaculizaba el proyecto, siguió pintando los objetos, los muebles, las paredes repletas de rosa, los marcos de las puertas, las puertas y los pomos, las cerraduras también. Los cuadros antiguos que adornaron durante lustros los grandes salones acabaron por sustituir el retrato y los paisajes por el fondo rosa intenso, un rosa embriagante, enfermizo de su propia agresividad. Los techos y sus molduras también sucumbieron al rosa, incluso el cofrecillo de madera de la tía Silvia, donde guardó sus mejores alhajas y que tanto cuidó en vida. Así, el proyecto inicial de pintar la fachada y la valla, ante las adversas condiciones, se truncó para desgracia del interior de la casa. También las alfombras quedaron rosas, los interruptores, la gigantesca lámpara de perlas que presidía el comedor, lágrima a lágrima, una a una, de rosa… Y la lluvia impertinente, persistentemente advenediza, continuó como una maldición. No parecía que llegase el día sin que la lluvia acompañase cada latir, acompañando cada respiración… Ya había repasado cada rincón de la casa, cada objeto por minúsculo que fuese tampoco se libró de ser sometido al tono rosa más intenso inimaginable.
Fue la pequeña Patricia la primera que lo percibió. Cada mañana se había fijado, al pasar delante de la gran mansión, acicalada de su larga valla blanca, que una figura humana observaba asomada tras el enorme ventanal. Ya casi se había acostumbrado a esperar su aparición tras el cristal cuando ella alcanzaba la altura del portalón principal. La lluvia atosigante le había impedido reconocer algún rasgo concreto en aquella figura lejana, allí arriba en el torreón, pero sabía que ese alguien aparecería a su paso y, luego, lo comprobaba de reojo, aunque refugiada en su chubasquero rosa. Por eso le extrañó que durante aquella semana no surgiese su fugaz presencia en el torreón, después de haberlo hecho puntualmente durante todo el curso escolar y también en el anterior. Por eso se lo contó a su madre al llegar a la taberna. A Violeta, sin embargo, las observaciones de su hija Patricia le parecieron traspasar más allá del puro significado anecdótico, por lo que puso en marcha enseguida toda la maquinaria investigadora.
Cuando los gendarmes, acompañados del pertinente permiso, penetraron en la mansión ya vaticinaban el extraño cariz de la sorpresa que les aguardaba. Exploraron la gran casa, recorriendo sus pasillos de color rosa, abriendo cada puerta rosa, apartando de su paso las cantidades ingentes de botes de pintura, unos vacíos, otros aún repletos de color, de un llamativo rosa, casi hiriente. Todas las galerías del ala norte rebosaban de botes de color, ordenadamente dispuestos en hileras. Subieron los peldaños rosas y, asombrados, se miraron entre sí, al contemplar los cuadros colgados, donde el rosa invadía desde los marcos hasta los fondos. La puerta de la sala alta del torreón se encontraba entreabierta y, cruzando el umbral, no atinaban a distinguir de entre los muebles y enseres de la habitación, contagiados de tanto color rosa, ebrios del color e incapaces para tratar de diferenciar los espacios. Por fin, le vieron. Le encontraron postrado en su cama rosa, sobre el edredón de idéntico color, tendido a lo largo con sus manos cruzadas sobre el pecho, sobre su abrigo rosa, con una ligera sonrisa rosa, una especie de mueca. Les costó un gran esfuerzo a los agentes dar crédito a lo que hallaron ante sus ojos, atónitos, un cuerpo humano enteramente cubierto de pintura rosa, desde sus cabellos, hasta cada pliegue de las orejas, las manos entrelazadas, la ropa, los zapatos rosas, los calcetines que dejaban entrever una pierna velluda de hombre, pero rosa.
Un remolino de gente se agolpó a la entrada de la mansión cuando sacaron el cuerpo cubierto en una funda de plata. El murmullo se elevó en el breve instante en que lo trasladaron dentro del furgón policial y, luego, continuó resonando avivado por las preguntas y los curiosos… Y continuó así, sonando breve, regular, constante, hasta fundirse con el otro sonar incesante, el de la lluvia que, lejos de regalar un descanso a las gentes de la población, insistía pertinaz y desazonadamente con su interminable caer de agua, de gotas de lluvia sin fin.


*"Es Una Colección De Cuadernos Con Corazón", (c)Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/casarosa.htm

Leer a PHILIP LAMANTIA

Leer a PHILIP LAMANTIA

Para muchos será un "poeta menor", esa frase que tanto dice y tanto oculta. Fue un hombre de su tiempo que no quiso -como los poetas más hondos- recorrer u hollar las sendas trilladas.
Philip Lamantia -hijo de emigrantes sicilianos- nació en San Francisco el 23 de octubre de 1927. Tenía 16 años cuando apareció un poema suyo en la revista "View", una de las más respetadas del momento. Quizá allí lo descubrió André Breton -entonces exilado, a causa de la guerra, en EEUU- y tras conocer algo más del joven que se quería intelectual y visionario, declaró que "era una voz de las que se alzan una vez cada cien años". Breton tenía sus prontos, pero no era ciego. Atraído por el surrealismo y su "Papa", Lamantia se marchó a Nueva York, donde trató a Breton, convirtiéndose en uno de los más nítidos surrealistas norteamericanos. Su primer libro, "Erotic Poems" (1949) fue definido como "aventuras en el puro automatismo psíquico". A Lamantia le gustaba la pintura de Miró y también la de Dalí. Y entendió que las drogas -como quería Huxley- eran un camino para abrir las puertas de la percepción y para experimentar con elmundo que no alcanzamos(...).
Philip Lamantia -como otros "beats"- viajó y vivió en el norte de Africa y en México. Ahí, singularmente, con la tribu india Cora, en Nayarit, se entregó -como antes Artaud- a la experiencia del peyote. Según otros, las drogas y cierta propensión depresiva acrecentaron la natural tendencia de Lamantia al aislamiento. A Breton le había escrito: "¡Rebelarse! Ese es el objetivo inmediato de los poetas". A partir de los pasados años setenta, su aislamiento fue casi absoluto.
Murió el pasado 11 de Abril en su casa de San Francisco. Parece un mundo y una época los que siguen muriendo.
Pueden leerse poemas suyos en "Antología de la Beat Generation" de Marcos Ricardo Barnatán (1970) y "Poesía beat" de Margaret Randall (1977).


*(Extraído de El Mundo, Abril de 2005).-
http://entrerenglones.blogspot.com