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LEE TAMARGO

Lee SON RELATOS

Lee SON RELATOS

 Mi segundo libro de relatos breves recién publicado, “A MEDIA DISTANCIA”, sale a la luz prologado por mi amigo, doctor y también escritor, don Javier Doménech. He ahí estas breves, pero plenas palabras de presentación de las que me honra ser testigo destinatario:.

P R Ó L O G O

  Al movernos por el paisaje de las creaciones artísticas, siempre luchan entre sí la magnificencia de lo grandioso frente al intimismo del sentimiento. Ambos son compatibles, complementarios y necesarios.  Según los momentos  podemos preferir escuchar una sinfonía de Beethoven más que una sonata de Mozart, podemos contemplar con más deleite una Anunciación de Fra Angélico  que un óleo de Rubens, o encontrar más placer sintiendo en nuestras manos una porcelana china que acariciando un mármol del Partenón. Por razones similares, deambular por las recoletas calles de una pequeña aldea puede producirnos más satisfacción que el esplendor de un paseo por los Campos Elíseos.

   La grandeza de las catedrales góticas nos asombra y nos maravilla, pero nuestra devoción no se mueve por sus dimensiones. El intimismo religioso  encuentra mejor acogida en una humilde iglesia mozárabe, en una pequeña capilla. De la misma manera que el barroco sonido de un órgano que hace vibrar una fuga de Juan Sebastián Bach, no tiene porqué ser superior al chisporroteo de una vela bajo un pequeño icono bizantino. La belleza de las cosas no depende de su tamaño, sino del sentimiento que genera en quienes las contemplan.

   Existen creadores que deslumbran por su exuberancia, por la genialidad de su lenguaje. Los versos de Calderón no pueden compararse con la sencillez de Gutiérrez de Cetina, ni Corneille con Verlaine, ni Shakespeare con Oscar Wilde o Goethe con Rilke. Junto a los autores que nos sobrecogen, abrumados por su grandeza en un síndrome de Stendhal que nos inmoviliza. Pero también existen los  maestros del intimismo, aquellos que hilvanan experiencias personales y las trasfieren de tal forma que al acabar su lectura, te inunda una sensación de bienestar o inquietud que te unen fuertemente al autor.

   De igual forma, existen músicos que embargan el ánimo en la grandeza sonora de hermosas composiciones orquestadas y otros que sólo precisan de las delicadas notas de un piano, o el intimismo de un grupo de cámara para transmitir el inmenso lirismo de su obra. No se requiere un gran coro para trasmitir la belleza de un canto, a veces son más sugerentes unas voces “a capella”. ¿Quién nos llega mejor al corazón, “Carmina Burana” de Orff o el “Ave María” de Schubert?

  Luis Tamargo describe con sencillez un mundo de pequeños cuadros en prosa, donde el lirismo se confunde con la descripción naturalista, con la sugerencia de un lenguaje evocador, con la vivencia personal que trasmite en muchos de sus relatos. La obra de Luis Tamargo posee matices de “literatura pictórica”, donde  las sombras, los matices, los claroscuros de sus narraciones nos recuerdan  las brumas marítimas de Turner. Su mundo de ensueños nos aproxima, en ocasiones,  al sorprendente  René Margritte, sin que distingamos bien si la luz o la noche dominan el cuadro. Pero donde sentiremos más próximo el hálito de Tamargo será con la obra de un pintor americano, Edward Hopper, auténtico genio de la nostalgia, la sencillez y la soledad. Cuando se contemplan sus escenas urbanas o el intimismo de sus habitaciones, nos invade una atmósfera de sencillez y auténtica realidad envuelta en poesía.

  En esa mezcla de Margritte, de Hopper, de Fra Angelico, de Rilke, de Chopin, de los anónimos canteros mozárabes, de la sencillez de una fila de chopos a la vera de un riachuelo, se mueve Luis Tamargo.

   Pleno de metáforas originalísimas, -“ojos inertes de madera vieja”-, con descripciones oníricas donde la imaginación y el ensueño se confunden en dentro de una inquietante niebla poética –“tenue sombra en un laberinto de misterios presentidos”-,  de desconcertantes sueños con evocaciones kafkianas –“Algo habrá hecho”, “Callejón perdido”-, de inquietantes vivencias kafkianas –“Vecinos lejanos”- o de íntimos deseos –“Siempre amigos”- la prosa de Luis Tamargo se desliza suave para sugerir múltiples sensaciones al lector. En ellas  la descripción de un mundo de vivencias íntimas, de velados temores,  se entrecruza con  la realidad vivida, con el ensueño anhelado, y la amargura de las experiencias personales se sublima en la poesía de los sentimientos sencillos.

    Así escribe Luis Tamargo. A muchos nos gustaría sentir como él.

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JAVIER DOMENECH

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                                                               ¡¡¡ GRACIAS, AMIGOS/AS, FELIZ LECTURA !!!

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*(Prólogo de Javier Doménech al libro “A Media Distancia”, © LuisTamargo).-

http://sonrelatos.galeon.com/distanciaslupdf.pdf

 

CUALQUIER ESQUINA

CUALQUIER ESQUINA

    La ciudad callaba, sólo un viento racheaba las calles vacías mientras los perros más madrugadores vaciaban los contenedores en busca de algo más provechoso que el frío. Un bote de lata calló al suelo y, con estruendo, rodó hasta sus pies, pero no se inmutó. Los plásticos volaban en traviesas filigranas, y una hoja de periódico chocó contra su rostro; tan sólo resopló, el viento volvió a llevarse el papel de nuevo. Era la esquina de Ron, él ya no se acordaba desde hacía cuánto. Envuelto entre cartones se hacía el remolón para despertarse, además, la helada mañana tampoco ayudaba; poco a poco se desentumecía. Algún vehículo aislado anunciaba el amanecer de otra jornada gris al borde del empedrado, duro, pero ya familiar. Se incorporó con perezosa lentitud, casi hasta sentarse, porque aquello le llamó atención, si algo había capaz aún de sorprenderle entre aquellos andurriales. Enfrente, un furgón blindado aparcó haciendo rechinar las ruedas al subir sobre la acera. Ya lo había visto en tres o cuatro ocasiones anteriores, de los más de once años que llevaba sobreviviendo en los alrededores de su esquina predilecta. No tenía otro lugar adonde ir; tampoco es que le hubiera tomado cariño al sitio, pero allí aguardaba algo, lo sabía, tal vez aquella vez fuera la señal... Los cuatro hombres que descendieron del furgón abrieron las puertas traseras: uno subió rápido los escalones que conducían al Museo de Arte, junto al Conservatorio, para abrir la entrada principal, mientras el conductor sujetaba el portón del vehículo. Los otros dos cargaron el peso de un enorme paquete embalado, que introdujeron al Museo con cuidado de no tropezar en los escalones. Ahora no tardarían en salir y cargar con otro pesado paquete, quizás varios en esta ocasión, si hubiera suerte.

   Cuando finalizaron la descarga los hombres volvieron al interior del vehículo, y no fue hasta que desaparecieron de su vista, cuando Ron se decidió a reincorporarse del todo. Cruzó la calzada y enfiló la calle cercana, un tanto tambaleante, hasta dar vuelta a la manzana; allí descendió por las escalinatas del puente y se adentró en el túnel, no sin mirar hacia atrás de continuo, receloso. Después de asegurarse de que nadie venía detrás, se agachó, levantó la tapa de la alcantarilla y se introdujo en la cloaca. "Por fin en casa", se animó. Se atusó los bigotes y aplastó las barbas con las palmas de ambas manos, para darlos forma y, confiado ahora en la intimidad del hogar, aprovechó para estirarse, igual que sus vecinos los gatos callejeros.

   Luego se adentró por aquel laberinto de pasillos que conocía a la perfección, era capaz de recorrerlo sin necesidad de iluminación, después de frecuentarlo durante tanto tiempo. El hedor resultaba pestilente a medida que avanzaba hacia el fondo, y la oscuridad era absoluta; el ruido silbante de las ratas le orientaba, incluso tropezó con alguno de sus cuerpos blandos, antes de llegar al muro. Palpó en cuclillas el borde del zócalo hasta dar con la estrecha trampilla a la que la faltaban dos barrotes. El óxido y la erosión de la humedad habían hecho el trabajo, aunque también él contribuyó limando sus extremos durante interminables meses de ocioso aburrimiento. Se dejó rodar y pasó al otro lado, un reducido tabique de separación que por seguridad bastaba para albergar a una persona. Ahora la claridad se filtraba en forma de minúsculos puntitos por la rejilla de ventilación. La desmontó sin dificultad, había ensayado durante años aquella maniobra, y todo estaba listo, preparado para ser usado cuando llegase el momento.

   También conocía de memoria la distribución de aquel almacén interior, perteneciente al Museo, y los tesoros que, en escrupuloso orden, descansaban entre sus paredes. Se había paseado a sus anchas entre ellos, curioseando su posible valor, sin prisas, a la espera de que todos los factores aledaños favoreciesen la circunstancia idónea; algo le decía que, al igual que en las anteriores ocasiones, había llegado la hora de actuar. Buscó entre los enseres y enseguida localizó el nuevo material que acababa de entrar al Museo; el enorme cuadro se apoyaba contra dos columnas ya sin embalaje. "Demasiado grande", pensó. Desembaló una de las cajas y se fijó en un candelabro de cuatro brazos de oro. Ahora sí, junto a los estantes, halló los dos lienzos que ya antes había elegido, y no tardó en liberarlos de sus bastidores, enrollarlos y salir por donde había entrado. Encajó de nuevo la rejilla y se deslizó bajo el tabique. Algo más adelante se desvió en una de las galerías, posó el preciado cargamento y, a tientas, dio con el adoquín suelto del que extrajo su enorme bolso de viaje. Se quitó la roída y maltrecha gabardina, que dobló en el hueco libre de la baldosa, y la sustituyó por un grueso abrigo de ante. Volvió a enrollar los lienzos despacio y, con el candelabro, los metió en el bolso. Antes de salir prestó atención a cualquier posible ruido anómalo en el exterior y, una vez se aseguró, abandonó la alcantarilla.

   Desde el final del puente hasta el Parque Central, apenas separaba un centenar de pasos antes de encontrar la primera boca de metro. Ron se apostó a la entrada del vagón, mezclado entre los demás pasajeros, sin soltar su maleta de viaje, mientras escudriñaba con interés cada señal; quedaban cinco paradas, quince escasos minutos para llegar a la estación de trenes.

   Ron sabía que con ese mismo intervalo de tiempo un ferrocarril de cercanías le dejaría en su destino. Lo tenía tan cerca y lo sabía tan bien que, quizás por eso, no lo repetía con asiduidad; sólo en ocasiones señaladas, como aquella, cuando todo parecía concordar y obligarle a regresar a casa.

   Distinguió el letrero del andén antes de que el tren comenzara siquiera a frenar. Cuando descendió evitó la salida principal y, por un lateral, se alejó del concurrido centro del pueblo. Un camino vecinal se adentraba entre fincas y huertas colindantes y, al fondo, podía vislumbrarse la silueta del castillo medieval, circundado de viñedos, que se abría grandioso a medida que se iba aproximando.

    La sirvienta, una señora mayor de uniforme, fue la primera en salir a recibirle, nerviosa, aunque acostumbrada a estas bruscas apariciones del señor Barón. Antes, hizo sonar la campanilla para advertir a su marido de la presencia del amo, que acudió raudo; ambos ancianos cuidaban del palacio y se ocupaban durante todo el año de los quehaceres necesarios de su vivienda, era su trabajo.

–...¡Señor, no sabíamos...!

El Barón no le dejó continuar, con un gesto de su brazo saludó, breve, al tiempo que interponía un margen prudente de distancia.

–Prepáreme algo caliente, no dispongo de mucho tiempo.

–¿Cómo las otras veces, señor Barón? Entonces querrá que...

–¡Sí, como siempre! –le interrumpió de nuevo, tajante, mientras accedía sin detenerse a la gran escalera de caracol que conducía a los aposentos.

   Una vez arriba, el Barón desenrolló los lienzos y, de un armario bajo, sacó un hatillo de herramientas de mano: un martillo pequeño de carpintero y cuñas de madera de diferentes tamaños. Dedicó el resto de la mañana a montar las telas sobre la nueva estructura. Finalmente los contempló sin ocultar cierto gesto extasiado, ya colgados en su ubicación definitiva. En el centro del salón, sobre la mesa, el candelabro de oro lucía todo su brillo. Se acercó al cuadro más grande y acarició la firma, que deletreó...

–...T i z i a n o...

   No consiguió, sin embargo, distinguirla en el otro; lo dificultaban dos iniciales un tanto borrosas. En los últimos diez años aquella habitación había multiplicado su valor; las pinturas llenaban la estancia con un aire sobrio, distinguido, propio de una auténtica mansión señorial.

    Cuando bajó, la pareja de ancianos le esperaba junto a la entrada, al pie de la escalera. Ella aguantaba entre las manos una taza de consomé ya templado, que el Barón bebió en dos largos tragos. Después, les dirigió una mirada contenida de solemnidad, a modo de despedida.

–...Los negocios no pueden esperar.

   Le vieron salir a grandes zancadas, ligero, sin otro equipaje que su bolso vacío, acostumbrados a sus espaciadas idas y venidas sin anunciar. Le conocían desde la infancia; ya trabajaban allí cuando vivían sus padres y, después de su fallecimiento, aún continuaban. Con la desaparición de la señora, no obstante, el Barón cambió la apática ociosidad por los viajes de negocios, cada vez más prolongados.

   Ron apresuró el paso dentro del camino vecinal, ya podía presentir el ajetreo de la estación con su murmullo de gente. Más allá, al otro lado, la ciudad aguardaba en una encrucijada de calles mudas, cómplices, donde la vida se disfrazaba de asfalto para, tal vez, un día volver a sonreírle a la vuelta de cualquier esquina.

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   *Es Una Colección “Son Relatos”, © Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/distanciaslupdf.pdf   

 

LEYENDA DE TIERRA NEGRA

LEYENDA DE TIERRA NEGRA

    Una vez arriba, desde la cima, El Montañés pudo contemplar entre halos de niebla la emblemática Shamphuroa, una de las siete ciudades sagradas, la dedicada al Trueno y consagrada a la enigmática diosa. Entre ambos mediaba una barrera insalvable que la naturaleza dispuso a modo de frontera protectora, les separaba el sobrecogedor cañón de Troujjon, tan profundo que nadie nunca escuchó la caída de una piedra troujja, de reputada dureza. El Montañés se había propuesto esquivar la garganta sin fondo, así que escogió bordearla, aunque ello significase atravesar el bosque de la Tierra Negra, tan espeso como dos noches a caballo, pero no existía otra alternativa. Cuentan que las temibles tribus que habitan el bosque se convierten en árboles cuando llega la oscuridad, pero El Montañés hizo oídos sordos a estas palabrerías y descendió, lomo abajo, a su encuentro. El día acababa de comenzar y no tenía tiempo que perder. Antes, a la entrada de la espesura, desmontó junto al riachuelo para que la yegua bebiera. Luego, se despojó de su vestimenta y, desnudo, embadurnó su cuerpo entero y el de la yegua con una mezcla de barro fresco y musgo. Arrancó dos manojos de muérdago que se colgó al cuello y, una vez guardó las ropas en la alforja, emprendió la marcha haciael interior del bosque…

   Desde un principio imprimió un ligero trote a su montura con la intención de extenderse el menor tiempo posible en tan sórdida travesía, prefería no tentar a la suerte y evitar comprobar lo que había de cierto en aquellas diabólicas supersticiones. Agradeció al menos no sufrir los fragores del tórrido sol que caía sobre la zona en esas fechas de bonanza, pero pronto la máscara de barro que les cubría comenzó a agrietarse y, una vez seca, desprendía un cierto olor desagradable, que resultaba incómodo de soportar. Después de haber cabalgado durante toda la mañana comenzó a disgustarle el continuo reino de sombras y humedales que pisaba. Sin desmontar, echó mano de las bayas frescas que guardaba en la alforja y, desafiando al descanso, aprovechó a reponer fuerzas sin dejar de avanzar. A ratos, se inclinaba sobre la montura para zafarse de las ramas bajas que como garras se enredaban y entorpecían la marcha; en otros, el sendero se abría a golpe de machete. A medida que se internaba la vegetación se iba espesando y, así, la tarde instauraba su oscuro dominio de sombras casi de improviso. Supo que le quedaba poco cuando el vuelo raso de un mochuelo amenazó con chocar contra su rostro y, sobre todo, cuando pudo observar el fondo blanco de unos ojos que le vigilaban desde la corteza de un tronco. Entonces arremetió a fondo contra la yegua y espoleó hasta el límite la intensidad de la carrera en una frenética huída hacia la salida del bosque que, ahora, se había transformado en una jauría de árboles salvajes que le perseguían enloquecidos. Una nube de dardos caía a su paso clavándose en la capa de barro endurecido a modo de escudo. El Montañés frotó la yesca sobre el muérdago y, a galope tendido, arrastró las matas incendiadas durante una distancia lo suficiente precisa para extender las llamas a su alrededor. Los árboles bramaban mientras el fuego crecía e iluminaba los rostros de terror de los que ahogaban sus espasmos de muerte entre una nube de polvo y humo. En el último tramo, ayudado por la visibilidad del claro, pudo comprobar que los golpes de machete partían obstáculos y ramas como cabezas y brazos sangrantes, tal era la avalancha de atacantes que se cernían hasta que de un salto veloz, por fin, la yegua cobriza abandonó la frontera frondosa de lo que antes había sido un silencioso bosque.

   Atrás quedaba ya la Tierra Negra, pero El Montañés no giró la vista para otear la columna de humo que se elevaba sinuosa. Aún siguió camino adelante, impasible al peligro que acababa de desaparecer tras sus espaldas. Hombre y caballo sin denuedo, continuaron así hasta poco antes de que un nuevo alba pidiera permiso a la hermosa ciudad de Samphuroa para rendir el tributo de su luz a los pies de su diosa sagrada. Para entonces El Montañés ya se había recuperado de la cabalgada, después de un baño y ligero descanso a las puertas de la entrada amurallada y, mezclado entre las gentes del mercado de la ciudad, escrutaba las almenas de las torres altas en busca de una señal propicia que le indicara el tejado bajo que cobijarse en las noches sucesivas.

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*”Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta”, (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/elmontanespdf.pdf

 

LEO, LEES, LEE...

LEO, LEES, LEE...

     Existen varios modos de llenar un fin de semana o de distraerse tras una dura jornada de trabajo. Pero pocos placeres comparables al de sumergirse en una lectura que, desde el principio, capte nuestro interés y, rendidos a su embrujo, entregarnos al deleite de descubrirla, con nuestros deseos y sentidos acaparados. Gracias a la lectura uno se adentra en el terreno mágico del silencio y, a partir de ahí, no sólo otros paisajes, personajes o situaciones son posibles sino que pueden transformarse en reales. Entre algunos de estos momentos inigualables están: "El corazón de las tinieblas", de Josep Conrad; "Luz de Agosto", de William Faulkner y "Bajo el volcán", de Malcolm Lowry. Estos libros constituyen una experiencia tan enriquecedora, que no puedo evitar el compartirla con ustedes:

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     En "EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS", Joseph Conrad cuenta la historia de un hombre que se adentra en el interior de la jungla africana, a través del río Congo. Es Marlow, el propio capitán del barco mercante quien narra la historia del viaje a su tripulación. Va en busca de Mr. Kurtz, responsable del marfil, pero su encuentro le marcará por siempre, ya que este personaje encarna la explotación sangrienta y más inhumana. Este conocimiento directo de los horrores de la colonización cambiará al viejo marinero, como así lo reconoce al recordar aquella expedición.   Influído por su propia experiencia como marino, Conrad describe con maestría el mundo del mar, de sus gentes, que tan bien conoció, y nos desvela la oscuridad de las pasiones humanas. Su estilo inconfundible hace que este polaco, que escribía en un idioma ajeno, sea hoy considerado uno de los principales escritores en lengua inglesa. Una lectura atractiva, que nos atrapa.

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 William Faulkner, en "LUZ DE AGOSTO", nos muestra la historia de Lena Grove, una mujer que emprende la búsqueda del hombre que la dejó embarazada. A modo de cronista, Faulkner nos lleva a través de sus personajes por una época que heredó la tradición del esclavismo y del segregacionismo y que, de forma inigualable, queda retratada. Así, Joe Christmas, un vagabundo de sangre negra que es linchado por asesinar a su amante blanca; tampoco podía faltar la figura del reverendo Hightower, representante de la sociedad puritana que, en sus discursos, rememora la guerra civil pasada. Faulkner narra costumbres, hechos y situaciones de una forma innovadora, trabajando historia e imaginación, por lo que no es de extrañar que influyese tan notablemente en los escritores posteriores.

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    "BAJO EL VOLCÁN" es una novela autobiográfica de Malcolm Lowry. Asistimos a las últimas horas del protagonista, Geoffrey Firmin, un ebrio cónsul inglés en Cuernavaca que, sumido en oscuros cargos de conciencia, se entrega a la bebida y a la autodestrucción. El cónsul está acabando un libro, mientras bebe cerveza, whisky, mezcal, tequila, entre alucinaciones de alcohólico y en el escenario apocalíptico de los volcanes Iztacúhuatl y Popocatépetl. Su exmujer, Ivonne, regresa junto a él en un intento inútil de reconciliación, pero ignora que él nunca recibió la carta donde le pedía perdón. Lowry refleja un ambiente caótico donde se anuncia ya la guerra en Europa; abundan las alusiones a la guerra de España, a la enfermedad del Papa, al antisemitismo y, en este sentido, hay una crítica social de México. Un universo fantasmagórico de miedos, culpas y remordimientos agobia al protagonista que, derrotado por su destino, al final, muere tiroteado por un policía, sin haber dejado de estar borracho durante toda la novela. Pocos diálogos y muchas descripciones, abigarradas y oscuras, que hacen pesada y difícil la lectura, donde locura y alcohol tejen un complicado, pero interesante espectro de los miedos que habitan en el interior del hombre y amenazan su existencia. A pesar de la complejidad y, aunque hay ratos que bien puede preguntarse el lector si acaso está también borracho, es aconsejable continuar la lectura hasta el final para apreciar el paralelismo entre su agonía y el volcán. La obra es un reflejo de la visión atormentada -no exenta de lirismo- del propio autor.

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Aprovecho para saludarles, amigos/as, y felicitarles también

 si eligieron leer como una auténtica forma de diversión.

 ¡Que pasen una feliz velada con la lectura!

  ¡ SALUDOS, AMIGOS/AS !

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Lee P O E M Á G E N E S

Lee   P O E M Á G E N E S

    Mis comienzos fueron en la Poesía. Luego, vino el mundo de Internet, los blogs y esta valiosa herramienta de comunicación que es la red; no anulará los libros, pero amplía y enriquece las posibilidades artísticas, de intercambio y de relación. Mi primera página web fue la de mis poemas, que titulé con un término nuevo: “P O E M Á G E N E S”. De hecho, registré bajo esta denominación el conjunto de mi obra poética, porque la expresión reúne esa idea, que me resulta atractiva y apropiada a la vez, una especie de mezcla creativa entre imagen y poesía. Podéis acceder a la web desde aquí:

http://poemagenes.galeon.com/poemagenes.html 

   A su vez “Poemágenes” se compone de pequeños poemarios: “En La Fuente De La Nogalera”, “Costa De Mar Humano”, “Marinero De Estrellas” y “Poemario De Rumbos” que, a lo largo de los años, se han ido sumando al eje principal de la obra. También les dediqué un blog, donde experimentar y aprender, al tiempo que acompañaba los versos con archivos de audio o video:

http://poemagenes.blogspot.com 

 Siempre apuesto por la lectura escrita, remedio idóneo para nuestros ratos íntimos o para leer en el metro, en el avión o en el autobús; cualquier momento que nos brinde esta oportunidad es bueno. Desde esta dirección cabe la posibilidad de descargar en formato pdf la colección de mis poemas para imprimirlos y, de este modo, poder leer mejor y disfrutar a nuestras anchas:

http://soncuadernos.galeon.com/poemageneslupdf.pdf

 La Colección completa de mi Poesía está formada por dos obras: “Escritos Para Vivir” y “Poemágenes”. Mi primer libro publicado en papel fue precisamente “Escritos Para Vivir”, en 1998, en homenaje a un querido amigo y profesor de Literatura, recién fallecido. Lo podréis encontrar en la librería virtual de Lulu.com y, también, en el catálogo de la Editorial Letra Clara , a través de los teléfonos 91 725 14 15 ó 91 356 67 00; o de la dirección de correo electrónico:
libreria@letraclara.com 

No hace falta recordaros que sois bienvenidos y que estáis invitados.

 Desearos tan sólo que paséis una feliz jornada de lectura, amigos/as.  

¡¡¡ GRACIAS A VOSOTROS/AS !!!

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LEER A Andrea Camilleri

LEER A Andrea Camilleri

   El escritor siciliano Andrea Camilleri, protagonista de un verdadero fenómeno editorial en Italia gracias al personaje del comisario de policía Salvo Montalbano (pieza central, hasta la fecha, de cuatro novelas y un libro de relatos). En febrero de 1999, con motivo de la presentación en España de los primeros títulos de la saga del comisario Montalbano, Andrea Camilleri y Vázquez Montalbán intercambiaron opiniones, en torno a unos vasos de cerveza y una grabadora...

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Andrea Camilleri: Ayer me regalaron una bioqrafía de Pepe Carvalho. La estuve hojeando antes de acostarme... ¿sabes qué me sucedió? Al final hay un cuestionario de unas cien preguntas, para saber si uno es un buen lector de Pepe Carvalho. Acabé bastante enfadado: sólo pude contestar correctamente a una docena de ellas.(...)

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Manuel Vázquez Montalbán: Yo creo que las diferencias y semejanzas entre nuestros personajes son, en el fondo, consecuencia de una misma actitud personal ante la novela policiaca. También tú tomas este género como una mera estrategia narrativa, un juego con el que plantear un acercamiento a la realidad arbitraria y proyectas una mirada distanciada e irónica a través de tu personaje, una mirada muy parecida a la de Pepe Carvalho. Ahora se abre una oportunidad muy interesante para el lector español: ver la inmensa variedad que ofrece el relato policiaco a través de una obra realmente atípica. Se ha relacionado a Montalbano con Maigret, y eso es inevitable, porque el proceso psicológico que sigue Montalbano es más parecido a Maigret que a cualquier otro personaje, pero es un mundo completamente aparte. Tu "parti pris" como intelectual, tu mirada política, son muy diferentes de los de Simenon. Gracias a la estrategia narrativa que supone la novela policiaca se puede abordar un discurso realista de una manera nueva. Estás describiendo la frontera que hay entre la política y el delito, entre lo ilegal y lo legal, la violación de un tabú como matar, los límites de las conductas, mientras estableces una complicidad con el lector. Los dos llegáis a la misma conclusión a través de un viaje de sorpresas que significan la indagación policial.
                        Otro aspecto importante es el papel de lo cultural en estas indagaciones de Montalbano: a veces la clave de un enigma es una clave cultural, un mito, una lectura clásica... Como lector, una de las cosas que más me han hecho disfrutar es el grado de sofisticación de este juego cultural que nos propone tu personaje.

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Andrea Camilleri: Para Montalbano los libros son tan importantes como para Carvalho, la diferencia está en que mi personaje no los quema. Seguramente a tu Carvalho los libros no le han sabido enseñar nada...

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Manuel Vázquez Montalbán: Sí, es cierto, los libros son importantes para los dos: para tu personaje en positivo y para el mío en negativo, por eso acaba quemándolos.

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Andrea Camilleri: Pero la elección de un libro para quemar equivale a la elección de un libro para leer. Veamos: el primer libro que quema tu Carvalho no es un libro cualquiera, sino una historia de España.

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Manuel Vázquez Montalbán: Sí, "España como problema", de Laín Entralgo. En tu caso, me parece fundamental el modo en que presentas Sicilia como un falso microcrosmos. Es un microcosmos, en efecto, pero hay que escuchar a Sciascia cuando respondía a la pregunta de por qué escribía siempre sobre Sicilia...

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Andrea Camilleri: Sciascia respondía: "Sicilia es el mundo".

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Manuel Vázquez Montalbán: La ambición de Sciascia era hacer una novela política, de indagación sobre el poder. En tu caso también están estos elementos, pero no son el objetivo. El objetivo es un viaje por una realidad en la cual los elementos de carácter ideológico o político están implícitos, pero sin la voluntad de Sciascia de hacer una metáfora política del doble poder.

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Andrea Camilleri: Mi primer libro se lo debo precisamente a él. Pasé un par de años recogiendo material sobre un episodio histórico de Sicilia y se lo entregué, por si le servía como base para una novela. Me invitó a tomar café en su casa y me dijo: "Es un material excelente; deberías escribir un libro". "¡Pero yo no sabría escribir un libro como tú!" "Justamente, de lo que se trata es de que lo escribas como harías tú. Ánimo." De eso ya hace bastantes años...

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Manuel Vázquez Montalbán: Cuando se produjo el gran momento de eclosión de tu obra en Italia, especialmente el año pasado, con cinco títulos en las listas de los libros más vendidos, se pudo escuchar comentarios del tipo "Claro, es una literatura que hace concesiones al gran público, una literatura comercial, el resultado de una operación de promoción muy bien estudiada..." Todo eso es insostenible: ha sido una imposición empujada por el propio valor de la obra, y a través de una pequeña editorial, de mucho prestigio, pero sin poder en los medios. Tu obra se ha impuesto a través de recomendaciones particulares.

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Andrea Camilleri: Es lo que yo llamo "el tam tam del público". Ése es el público que a mí me interesa, los 30.000 o 40.000 primeros lectores que pusieron en marcha el tam tam y operaron el "milaqro". Después la cosa se ha disparado de tal modo que me he convertido en una moda, algo ridículo, condenado a ser olvidado. No se puede pasar impunemente de vender 150.000 ejemplares a casi un millón en tan poco tiempo. Interiormente, no me ha cambiado nada. ¡A los 73 años nada cambia! Pero la vida social... ¡Es algo espantoso! Presentaciones, firmas, conferencias, entrevistas... Ni siquiera tengo tiempo para escribir. Y lo que es peor, la gente que se acerca a mí ¡para decirme lo que tengo que hacer con mi personaje! Hace poco unos sicilianos me pidieron que Montalbano no se case nunca con su novia... ¡porque es genovesa! ¡Una forastera! ¡Pretendían que le buscase una mujercita siciliana como Dios manda!
Me han ocurrido cosas de cine. Ahora suenan graciosas, pero en el momento son muy embarazosas. Como una señora que se esperó con sus dos nietos, muertos de sueño, hasta el final de una presentación que terminó a medianoche... ¡para que les tocara la cabeza a los niños! ¡Como si yo fuera Juan XXIII o Stalin! ¡Y los que se me acercan con un bolígrafo especial para que les firme un autógrafo en el brazo! A veces siento que me he convertido en una moda de cretinos. ¡Los lectores de novelas no hacen esas cosas! También he recibido cartas que me han puesto los pelos de punta, la de una chica de 24 años con una gravísima enfermedad degenerativa, para darme las gracias por haberle hecho sonreír tres veces. No puso su remite, y nunca le he podido contestar...
Nos preguntan si Carvalho y Montalbano podrían resolver un caso juntos.

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Manuel Vázquez Montalbán: Bueno, los casos nunca se resuelven... No sé, cada cual tiene su universo, su mundo propio... Es posible que ambos llegasen fácilmente a las mismas conclusiones... pero a través de restaurantes diferentes.

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Andrea Camilleri: Estoy de acuerdo.

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*(Extraído de La Vanguardia Magazine, 18 / 4 / 1999).-

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EN CIERTO SENTIDO

EN CIERTO SENTIDO

    Me di cuenta desde edad temprana, pero el primer recuerdo databa de apenas cumplidos siete años. Había olvidado el regalo de cumpleaños en la habitación de mis padres y, a medianoche, me entró la imperiosa necesidad de tenerlo entre mis dedos. Aquel soldado articulable era una especie de mascota y, desde mi cama, fui el primer sorprendido al comprobarme observando el dormitorio contiguo con toda clase de detalles. Ellos dormían a pierna suelta mientras, asombrado, recorría cada rincón de la estancia, escudriñando todos los pormenores, hasta dar por fin con el juguete, posado sobre la silla.
Años más tarde, en el Instituto, tuve una experiencia singular con la profesora de idiomas, una mujer de porte elegante que compaginaba perfectamente con aquel obsesionado interés suyo por la correcta dicción. No dejaré de reconocer que su atractivo repercutía en los maleables moldes de un muchacho en pleno proceso de desarrollo, vamos, que me gustaba. Quizás influido por ello, por sus maneras o por el perfume y la exquisitez de ropas con que se ataviaba, en una ocasión, pude contemplarla también durmiendo junto a su pareja, un señor gordinflón de acicalada barba. Su dormitorio, de aspecto pulcro, respiraba un aroma de esencias. Acabé el curso con la mejor puntuación en su asignatura y, además, con la felicitación de la propia profesora, sí, una perfecta señora. Para entonces era ya consciente de que podía entrar en otros sitios, aunque sin saber muy bien lo que hacer una vez allí; me fascinaba poder contemplar el lugar, los objetos, los gestos imperceptibles del rostro o los movimientos del cuerpo. Había aprendido a moverme, superado el desconcierto inicial. Podía ver mis manos y escuchar, pero resultaba imposible tocar nada, siempre que lo había intentado había terminado por despertarme de forma brusca y sudoroso, así que opté por el disfrute inocuo de la situación. Posteriormente, me fue de gran utilidad para el trabajo la información proporcionada por tan particular habilidad… Recuerdo a aquella directora general que no hacía sino extorsionar los esfuerzos de sus empleados, con la velada amenaza de que un hogar que se precie semejaba los mismos sacrificios que la empresa. Sin embargo, mis sospechas iban cobrando forma pues nunca logré introducirme dentro de su alcoba. Aquella mujer nunca durmió acompañada y, tras su caparazón, debía de sentirse de verdad sola.
Con el paso de los años he ido adaptándome a los misteriosos caprichos a los que me somete esta extraña percepción, pues nunca soy yo quien decide el momento o con quién experimentarla. Desde mi cama, como si estuviera dormido, puedo presentarme en otros lugares a millas de allí y observar aspectos inverosímiles de gente, casi siempre cercana a mí por algún motivo desconocido, aunque revelador.
El nuevo Gerente se incorporó hace un mes en unos cruciales momentos para la Compañía y, para mí, necesitado de esa normalidad, capaz de alejar cualquier nubarrón de incertidumbre, sobre todo ahora que acababa de firmar la hipoteca de la nueva casa. Quiero dar a Lena y a nuestro hijo, Tomy, unas comodidades mejores y bien merecidas. Con esa intención, la noche anterior estuvo de invitado en la casa estrenada y de la que me siento tan orgulloso. El nuevo Jefe se despidió a medianoche, había tarea acumulada que adelantar al día siguiente. Pero de madrugada, sin proponérmelo, me introduje en su dormitorio… Jadeaba entrecortado, a pesar de ser joven. Observé el rostro de la mujer de melena rubia que descansaba a su lado, algo mayor que él; las ropas descansaban esparcidas por el suelo sin orden ni concierto… Volví a acercarme a la mujer y, horrorizado, comprobé que se había convertido ahora en una morena, más joven que la anterior. El Gerente resoplaba en camiseta de tirantes, el pijama, arrugado a los pies de la cama, cayó al suelo cuando dio media vuelta… Desperté inquieto, al intentar jalar de la manta, cuando descubrí que la mujer acostada era ahora otra distinta, de pelo castaño corto, que resoplaba casi más que él… Quise advertirle, pero algo no me dejó.
A la mañana, en el desayuno, Lena opinó sobre las incidencias pasadas…
–Se notaba que lo hacía por cumplir, aunque espero que quedase contento.
Sin embargo, fueron las palabras de Tomy las que acertaron a despejar las dudas en cuanto abrió la boca:
–…¿Pero cuántas mujeres tiene ese hombre?...

Su pregunta me dejó perplejo, mientras la madre ignoró la aparente incongruencia. Tomy es un buen muchacho, deportista, está creciendo fuerte; quizás deba estar más cerca de él, ahora que su formación es tan decisiva. Algo me dice que, digno de su padre, aunque nunca antes lo hayamos comentado, en cierto sentido, nos entendemos.

 

*Es Una Colección “Son Relatos”,  © Luis Tamargo.-
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CALLEJÓN PERDIDO

CALLEJÓN PERDIDO

   La noche se rompía con alguna estridente carcajada que escapaba de aquella conversación. Los tres hombres regresaban a altas horas de su pequeña reunión particular, celebraban un pacto que durante largo tiempo habían tramado y que, después de mucho negociar y esperar, ahora, por fin, vería la luz. Nathan era el más joven en años y también, en experiencia. Apenas llevaba seis meses de director general en la Compañía, desde que se jubiló el anterior. Fue requisito indispensable esperar a sustituirle para llevar a cabo el plan; así lo pactó con Ern, a quien conocía de múltiples coincidencias en convenciones, y con quien acabó por cerrar una relación que traspasaba los umbrales de lo profesional. En realidad, la idea partió de Ern y, cuando Nathan fue presentado al señor Sebastián, pudo comprobar cómo aquel proyecto iba agrandándose, igual que una golosa bola en la que invertir el futuro más inmediato e incluso el de más allá. El trato consistía en firmar la compra de ambas empresas en una jugada maestra que sólo les reportaría beneficios, si no perdían de vista que la Compañía del señor Sebastián triplicaba a las de Nathan y Ern juntas. Primero, Nathan debía permitir que Ern comprara la suya y, después de aguardar los dos años que la ley establecía para una siguiente operación, firmarían la venta al señor Sebastián, con lo que ocuparían así el primer puesto en el escalafón internacional de la industria química. En todo momento, a cada uno de ellos, se les seguiría respetando su categoría y rango directivo, condición sine qua non y bajo contrato, según habían acordado en sus secretas negociaciones. La cifra de los miles de millones que esta maniobra les suponía, no tenía parangón con el centenar de puestos de trabajo que habría que eliminar para ajustar el régimen legal a sus propios intereses. Mañana, a primera hora firmarían la venta y, algo cargados de copas, se felicitaban por los nuevos y ricos tiempos que se avecinaban.
Ern soltó otra carcajada de las suyas cuando abandonaron la avenida principal para adentrarse por una de las transversales hacia el casco urbano. Al señor Sebastián se le notaba la experiencia en lo voluminoso de su barriga, más acostumbrada a banquetes de trabajo y digestiones económicas, pero donde siempre había hueco para una oportunidad de engrosar más amistades solventes. Entre risas, Nathan distinguió la figura de un vagabundo próximo a la esquina a la que se acercaban, pero siguió atento al hilo de la conversación. Ern contaba en ese instante un chiste de una enfermera sorprendida por el acoso de un cirujano, cuando Nathan observó la mirada fija y penetrante que el vagabundo mantenía sin titubear y que, con descaro, sostuvo cuando pasaron frente a él… A Nathan le dio la impresión de que sólo le miraba a él; quiso advertir a sus acompañantes, enfrascados aún en la broma, pero no pudo esquivar la atención del vagabundo, que con gesto desafiante parecía increparle…
–La luna no tiene precio, no tiene precio la luna….  –mientras señalaba con su brazo extendido al cielo. De repente, el vagabundo sonrió con una mueca grotesca que mostraba sus huecos y dientes negros, mientras reía de forma compulsiva y burlona.
La lluvia arreció de nuevo, y aceleraron el paso. Nathan no dejaba de mirar hacía atrás, al tiempo que preguntaba a sus amigos si habían oído a aquel loco…
–¿Qué dices, Nathan, de qué hablas? ¿No entendiste nada del chiste? Mira… –Ern se aprestó a repetirlo, mientras Sebastián comenzaba a reírse antes de tiempo.
Aún caminaron dos bocacalles más para cruzar el puente que conduce hasta el final de la alameda, antes de despedirse. Cuando llegó al apartamento Nathan estaba de verdad cansado; apenas se quitó los zapatos y la gabardina y, derrotado por la caminata y las copas, se dejó caer en la cama.
Sin embargo, lejos de hallar descanso en el sueño, Nathan despertó al rato, sudoroso y sobresaltado por una pesadilla difícil de concretar. Había soñado con el vagabundo, que corría tras él mientras profería gritos y reía, desdentado y grotesco… Nathan se incorporó, y se dirigió al baño para lavarse la cara, necesitaba despejarse; abrió el grifo y al mirarse en el espejo no pudo evitar un grito… Allí estaba él, era su cuerpo, sus brazos, su camisa… Pero no tenía cabeza. Podía mirarse, moverse, tocar, ver los muebles que tenía detrás, pero su cabeza no aparecía… Asustado, buscó en la habitación, debajo de la cama, en el armario ropero… No podía quitarse la imagen del vagabundo de la mente, oía su risa, sus burlas y, aunque no podía entender nada, ahí debía de estar la explicación, así que, rápido, se volvió a arreglar, y salió a la calle en busca del hombre aquel.
Llegó casi extenuado a la esquina donde vio al vagabundo la primera vez. Ahora se fijó bien en la placa oxidada de la pared en la que pudo leer: Callejón sin salida. Avanzó hacia el interior de la calle oscura, pero ni rastro del vagabundo. A los costados, distinguió algunos bultos de gente entre cartones y desperdicios; un grupo de harapientos, en torno a un fuego, ni siquiera le prestó atención cuando pasó con cautela. Al llegar al muro del fondo del callejón , comprobó que no había final y que, a través de un pórtico de arcos, la calle aún se prolongaba. Nathan siguió el pasaje semicircular hasta dar con una explanada en ligera pendiente hacia el río… Le sorprendió el duro contraste de la ciudad con aquel insólito paraje, que nunca habría imaginado encontrar allí. Lo cierto es que durante los últimos años su mundo no había sido otro, sino aquel enjambre de edificios en la jungla de asfalto y ruidos. Desde la otra orilla, un pálido clarear le anunciaba que amanecía. No se equivocó. Sin embargo, algo no marchaba bien… El sol apareció de pronto y, veloz, se elevó a la altura del mediodía para, sin tregua, comenzar a descender en un precipitado ocaso sobre la muralla que rodeaba el otro extremo de la ciudad. Era como si un día entero hubiera pasado ante él, en un abrir y cerrar de ojos. Nathan estaba desorientado, presintió que tal vez fuera tarde y decidió regresar…
De vuelta, en el callejón, las chispas de la hoguera iluminaron la silueta del vagabundo que cruzaba arrastrando despacio los pies. Nathan no quiso desaprovechar aquel encuentro casual y se apresuró hacia él…
–¡Oye, tú!...
De un rincón, surgieron varios perros en respuesta a la voz, que husmearon sus pies, aunque ninguno ladró. Casi al mismo tiempo, los pordioseros que se calentaban junto a la fogata voltearon sus cabezas al unísono, inquisitivos, con el semblante adusto, serios.
–…Oye, tú sabes, díme qué ha pasado con mi cabeza…
El vagabundo se había girado, ladeándose hacia él con una sonrisa hueca y, sin dejar de apuntar al cielo con su dedo encorvado, le respondió:
–Os creéis que podéis comprarlo todo, pero todo no se puede…
Entonces uno de los perros aulló, seguido por los ladridos del resto. Los hombres de la fogata se dispersaron y, del suelo, se incorporaron algunos, que dormitaban entre los cartones. A Nathan le recorrió un escalofrío de miedo, deseaba dejar atrás aquella locura, y salió a toda prisa del callejón…
Cuando despertó en la cama de su apartamento aún llevaba puesta la gabardina. El teléfono sonaba con insistencia, tenía la impresión de haberlo estado escuchando sonar toda la noche, pero, antes de responder, se dirigió de un salto al baño para mirarse en el espejo… Bien, era él, estaba entero. Ahora sí contestó. La voz de Ern sonaba enfadada del otro lado…
–¿Qué ha pasado, Nathan? Espero que tengas buenos motivos… Ayer te estuvimos llamando durante todo el día. Hemos estado esperándote para firmar, ¿se puede saber dónde te has metido…?
–…No firmaré, no…
–…¿Sabes lo que estás diciendo? Has perdido la cabeza… ¡Estás acabado, Nathan! –el tono de Ern exudaba una incontenible agresividad.
–No voy a firmar, es una cabezonada…
Nathan colgó despacio el auricular, sin importarle la sarta de amenazas que crecían en avalancha desde el otro lado; se atusó el flequillo, sentado a los pies de la cama y, por un momento, pareció respirar aliviado:
–…Cosas mías… –murmuraba.


 

 

*”Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón”, © Luis Tamargo.-

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