Blogia

LEE TAMARGO

LEER, LEER Y LEER...

LEER, LEER Y LEER...

    Las tres últimas lecturas en las que he andado ocupado me sirven para repasar, de forma breve, tres estilos, tres autores y modos de vivir: “Jubiabá”, de Jorge Amado; “Las tribulaciones del joven Törless”, de Robert Musil; e “Hijo de hombre”, de Augusto Roa Bastos. He ahí una breve semblanza:

.

 Jorge Amado ambienta “Jubiabá”, igual que muchas otras de sus obras, en la vida de Bahía, su ciudad natal. Es un observador que, desde un realismo comprometido, describe la magia de la gente humilde. Narra la historia de un negro boxeador, descendiente de los primeros negros nacidos en América, no muy lejanos de los antiguos esclavos, que sufre las mismas desigualdades sociales que le unen a los personajes que desfilan por la novela, hijos de esclavos, de la pobreza y la discriminación. Al mismo tiempo asistimos a un análisis antropológico de los ritos y celebraciones de una cultura que se niega a desaparecer; resulta especialmente interesante la descripción de la ceremonia de una macumba. Todo ello con el estilo ameno y humano de la prosa de Amado, que sabe pintar sentimientos y situaciones, que se deja leer fácil y disfrutar con avidez.

.
 

   Grata sorpresa descubrir al Robert Musil de “Las tribulaciones del estudiante Törless”. Nos presenta los problemas de la adolescencia del joven Törless, que abandona su familia para ir al internado de una escuela militar. La nostalgia y la soledad le crean un dilema interior, que resuelve entregándose al placer de escribir. Dentro del hermetismo del ambiente militar que caracterizaba aquella época histórica, los jóvenes dudan, se relacionan y transgreden los límites de una moral cerrada. Musil aprovecha para describir los estados íntimos del hombre en forma de filosofía y espiritualidad, que extrañan por su madurez y elaboración, tratándose de unos jóvenes. La prosa sorprende por su claridad, limpia y estructurada, en la exposición y desarrollo de los sentimientos, que analiza y razona; y en la expresión de los pensamientos, lúcida, que hace cómoda su lectura.

.

    En “Hijo de hombre”, Augusto Roa Bastos pone en boca del narrador los recuerdos de Itapé, lugar donde nació; y de sus gentes, con fama de herejes, como así lo atestigua la leyenda del Cristo del cerro, clavado en la cruz negra. En forma de diario relata la guerra del Chaco, contra los bolivianos, que tan profundamente marcó a la sociedad paraguaya. Las vidas individuales de los personajes que se suceden describen una realidad social injusta y la convulsión política que azotaba al país en aquel tiempo. La lectura se torna dificultosa en ciertos tramos, estos personajes surgen y desaparecen a lo largo de la novela en varias ocasiones. Las palabras y expresiones guaranís, con sus giros y matices naturales, tienen difícil traducción al castellano, pero Roa Bastos las intercala en un intento de aunar ambos idiomas, al menos en ese experimento lingüístico, del que se muestra  un experto y conocedor único. Merece la pena seguirle entre descripciones, costumbres y paisajes de un pueblo del interior como en el que se crió; del todo recomendable.

.

Luis Tamargo.-

¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !
http://entrerenglones.blogspot.com

 

UN POCO DE MALA SUERTE

UN POCO DE MALA SUERTE

    No era que amase su profesión, no. Si a aquello se le podía llamar su trabajo era debido a un continuado sacrificio, ejercido con la plena conciencia de quien persigue el objetivo marcado a toda costa. Cierto que también padeció sinsabores, sí. Pero siempre tuvo bien presente la máxima, que acertadamente aseveraba cómo el trabajo no es el medio idóneo para hacer dinero. Por eso, ir directamente al grano le supuso algunos desaires y demasiados infortunios y, además, tampoco le había servido para aumentar la economía de sus arcas. Sin embargo, le había cogido gusto al gusanillo de cortar cabezas. Algo tenía aquel puesto, por el que tanto peleó que ahora, por fin arriba, le embriagaba el mero hecho de poder disponer de las vidas profesionales de tantos empleados a su servicio. Fiel a la directriz de la actual empresa, se hallaba como pez en el agua en su tarea de eliminar personal y, hasta la fecha, su metódico y planificado ritual de acoso y derribo moral solo le había acarreado éxitos. Cada día repasaba mentalmente la lección, casi hasta convertirla en un rezo:
-...Fría, muy fría, fríamente...-, se repetía. Así había logrado al fin abrirse un sitio dentro de la élite que manejaba los hilos de la Compañía.
   Esa tarde se encaminaba hacia el hotel, donde tendría lugar la reunión de costumbre, otra de tantas. Nada fuera de lo habitual, matar las primeras horas y cansar al adversario, hasta dar con el pretexto apropiado para desencadenar el posterior ataque de expedientes disciplinarios con los que amedrentar al empleado. Luego, tal vez, con algo de suerte, si el trabajador renunciaba y evitaba entrar en terrenos judiciales, podría resultar bastante barato su despido. De ahí la importancia de cuidar todos los detalles de su delicada misión.
   Estaba llegando a las inmediaciones del hotel cuando aquella gitanilla le salió al paso con su incómoda insistencia por extraerle la propina. El hombre se negó, primero, a recoger el periódico de tirada callejera que le ofrecía; luego, a dar la limosna. Pero la muchacha no cejaba en intentarlo hasta que, al fin, logró que aquel individuo trajeado le adquiriese al menos el bolígrafo a cambio de unas monedas.
   Una vez en el hotel, el gerente dispuso el escenario ya familiar para él. En tantas ocasiones había repetido el ceremonial que cada paso encaminaba al siguiente como fases perfectamente encadenadas. Hoy, sin embargo, quería acabar pronto. Le molestaba particularmente tener que marear a la víctima en los obligados rodeos iniciales. Disfrutaba más después, cuando el desconcierto asoma en la expresión incrédula del empleado y, abatido, tiene que abandonar la reunión adivinando ya las fatales consecuencias de una jugada irreversible... Sí, se regocijaba especialmente en ese instante premeditado, y la experiencia le demostraba que todos caían en la trampa al mismo tiempo que se daban cuenta de ella.
   ...Sin embargo, algo no iba bien. Aquel trabajador llevaba veinte años en la empresa, y el efecto buscado con sus tretas estaba cosechando precisamente lo que pretendía. Cuando el empleado se abalanzó, fuera de sus casillas, empuñando el bolígrafo contra el rostro de su acosador, el gerente ya conocía esa sensación sobre la que tanto había teorizado sobre el papel. La conocía y la había presentido de tanto utilizarla como un juego. Nunca imaginó lo que significaba haber encontrado la horma de su zapato.
   Aquella tarde, el gerente abandonó la reunión del hotel dentro de una ambulancia. Quizás no perdiese del todo el ojo izquierdo, aunque el pómulo había que reconstruirlo y el tabique nasal quedaría desfigurado... En el transcurso de los meses que duró su larga convalecencia tuvo tiempo para reflexionar y recapacitar sobre lo acontecido. Revisó los métodos, evaluó cada una de sus estrategias... Algo falló, sí, había sido eso, sólo un poco de mala suerte...


 

*Es Una Colección “Son Relatos” (c) Luis Tamargo.-
http://soncuadernos.galeon.com/pasajerospdf.pdf

 

EL TERRAPLÉN

EL TERRAPLÉN

  Lo dejé caer casi sin pensar, de improviso...
-En el terraplén pasan cosas...

  Se lo había oído repetir a mi madre hasta la saciedad, así que no pude evitar que se me escapara como por una inercia descontrolada cuando la conversación, dentro del corrillo de los muchachos, adquirió tintes misteriosos. Claro que omití el matiz intencionado que mi madre le imprimía, amenazante, para que no anduviera lejos y regresase pronto a casa. Para los muchachos jugar en el terraplén hasta caída la tarde representaba una aventura, además de un desafío a los mayores. El terraplén era el único espacio verde disponible que conocíamos entre todo aquel laberinto de travesías y callejuelas en plena ciudad, allí podíamos corretear a nuestras anchas sin aparente peligro.
  Esta vez, tan osada aseveración consiguió atraer todas las miradas hacia mí. Era la primera vez que esto me ocurría cuando en las tardes de verano, ya cansados de pelear y dar patadas al balón, los muchachos nos sentábamos en corro a contar historias a cada cual más tenebrosa... Sin embargo, entrada ya la noche, los padres nos reclamaron y el interés despertado hubo de posponerse para otra próxima velada. Más próxima de lo que habríamos podido imaginar, ya que a la mañana siguiente, cuando aún el día no había acabado de despuntar, la calle entera despertó con los gritos desgarrados provenientes del terraplén...
-¿Qué pasa, mamá?
-Nada, hijo. Anda, desayuna...
  No fue hasta el mediodía en la mesa, a la hora de comer, cuando mi madre refirió lo acontecido, para entonces ya había podido hacerse con los pormenores del suceso. La señora Gracia había encontrado el cuerpo apuñalado de su marido, un policía ya jubilado, en las inmediaciones del terraplén, con el cuchillo aún clavado en las ingles. El caso apuntaba escabrosos detalles, pues encontraron el cadáver desnudo de cintura para abajo. En aquella ocasión la prohibición de jugar en el terraplén se prolongó por un largo período, que los muchachos distrajimos en tardes de fútbol y, sobre todo, en especial dedicación a las primeras chicas que aparecían en el barrio, una vez acabado el nuevo edificio que pronto amplió el vecindario.
  Eran los últimos tiempos del terraplén... En aquel empinado e irregular montículo de hierba habían transcurrido batallas al más puro estilo romano, con flechazos y disparos, a caballo de una enfebrecida imaginación infantil; aquellos jinetes sobre monturas invisibles recorrían valles y cañadas, selvas y escarpadas montañas, parapetados en las dunas o entre la maleza al acecho de un enemigo distraído... Un viejo árbol seco, al borde del terraplén servía de campamento, punto de reunión y marcaba también el límite con el mundo de la calle asfaltada, los coches y los mayores. Enfrente, un enorme chalet levantaba sus fantasmagóricos tejadillos sobre nuestras calenturientas cabezas, tan sólo ocupadas en los juegos. Desde el árbol se podía contemplar la huerta y el pequeño corral de gallinas y patos, y las jaulas que custodiaban a los perros de caza. El dueño, un barbudo de aspecto huraño, siempre parecía estar ocupado en múltiples quehaceres y, aunque nunca dijo palabra, no ocultaba su desagrado, por la presencia cercana de los chicos, en un gesto hosco de pocos amigos. A pesar del escaso tránsito, se mostraba también díscolo y molesto, a causa de las escalerillas estrechas de uso público, entre la casa y el terraplén, que comunicaban con la calle de arriba. Precisamente por cerrar este paso, para convertirlo en privado, tuvo varios altercados con la autoridad local y una afamada aureola de “loco obstinado” entre el resto de vecinos. Los muchachos, de hecho, rehuíamos su presencia y abandonábamos el juego en torno al árbol colindante cuando el terco gruñón aparecía.

  Ya casi nos habíamos olvidado de la prohibición, pero también del terraplén, a costa de tanta novedad y muchachas bonitas. Incluso los juegos se transformaron de la ruda pelea al leve escarceo con las niñas, que obligaba a compartir cuerda o pita. Entre nosotros surgieron disputas donde antes hubo amistad y, entre risas y engaños, nacieron las primeras parejas. Sin embargo, no me disgustó demasiado el cambio, pues si mis historias de terror no lograban cautivar a los amigos de siempre, algún otro encanto personal me proporcionaba las primeras satisfacciones entre las nuevas chicas que sí se mostraban interesadas y cuyo modo de manifestarlo resultaba mucho más atractivo. Tal vez se trataba de un camino marcado, tal vez casualidad, pero a modo de despedida de mi mundo anterior de niño llevé a mi primera chica terraplén adentro, hasta el árbol. El terraplén olía a primer amor cuando caía la tarde sobre las altas colinas donde antes cabalgaron libres soldados y forajidos, no se oían ya disparos ni gritos de guerra; sólo el aire se sentía denso, la respiración acompasada en cada beso, entrecortada de anhelos recién descubiertos... Recostados bajo el árbol, cómplices en un abrazo prolongado, el terraplén nos mostró un sendero nuevo que no había hecho más que comenzar.
  ...La noche entraba antes con el final del verano y ella, sacudiéndose las briznas, se incorporaba lenta para regresar cuando notó algo golpearle la cabeza... Miró hacia arriba y gritó. Las botas desgastadas tropezaron con su rostro y un alarido largo apagó las últimas estrellas cuando contemplamos el cuerpo del huraño barbudo colgado del árbol en trágica mueca... Estremecidos, los dos echamos a correr en la oscuridad del terraplén, de la mano, sorteando obstáculos y desniveles, aunque el susto no nos abandonó hasta mucho tiempo después.
  Ese día el terraplén nos enseñó a correr por la vida. Nos brindó la oportunidad de tomar nuevos y distintos rumbos, pudimos así descubrir extensas llanuras, bosques, praderas y otros hermosos parajes de amplio horizonte. Cuando estoy lejos de mi tierra, aquel terraplén se me aparece siempre como una isla añorada, con nostalgia, un hito en el recuerdo entre el pasado y su porvenir. Pero cuando regreso, el terraplén sigue ahí, en su sitio; ahora algo más reducido entre cascotes de ladrillo y escombro, pero siempre vivo a través de tiempo y lugar.

 

 

*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/tecontarepdf.pdf

MÁS ALLÁ DEL BOSQUE

MÁS ALLÁ DEL BOSQUE

    No podían avanzar más rápido. La cojera del compañero les retrasaba el paso, aunque cada día recorrían varios kilómetros. No es que se conocieran de toda la vida, apenas cuatro años atrás, pero la calaña de sus tropelías los había unido mucho más allá que las esposas que atenazaban sus muñecas. Primero fue el desfalco aquel en el Banco donde coincidieron, después otro y otro más, hasta que fueron encarcelados. Quizás demasiado jóvenes para estar dispuestos a pasar el resto de su existencia entre rejas, sí, por eso lo decidieron durante el trayecto que los conducía a la prisión de alta seguridad en Dolbler. Había que arriesgarse.
   Se deshicieron del vigilante que los custodiaba, estrangulándole entre sus esposas y, antes de que el otro soldado, que esperaba en el vagón contiguo, lo percibiese, saltaron... El tren se adentraba ya en los túneles que atraviesan la gran cadena montañosa y aún pudieron escuchar su pitido, mientras caían puente abajo. Fue una caída limpia, desde más de veinte metros de altura, hasta el cauce caudaloso del embalse salvador que les acogía. Sin embargo, en la orilla el compañero ya se quejó, tal vez una mala posición de las piernas al entrar al agua, pero el pie izquierdo se quedó resentido.
   Caminaban despacio, intercalando breves descansos que cada vez se prolongaban cada menos tiempo. Dentro del bosque, el hallazgo de la cabaña de un trampero les sirvió de consuelo y supuso la reposición de víveres para unas cuantas jornadas más. Así, llegaron a las montañas.
   En su huída, a veces, instintivamente echaban la vista atrás. Habían transcurrido varias semanas desde su fuga y, tarde o temprano, casi esperaban encontrarse con la patrulla que habría ya salido en su búsqueda. Así, siguieron camino seguro por la línea que separaba el bosque de la montaña. Desde lo alto podían observar si alguien se acercaba y siempre tenían el bosque a mano para adentrarse y escapar.
   Lo que nunca imaginaron fue que solo un jinete apareciera en el horizonte tras ellos y, hasta cabía en lo posible que ni siquiera formara parte de la patrulla. Lo observaron desde lejos en su lento cabalgar, se diría que impasible, hasta que estuvo lo suficientemente próximo para alcanzarlo de un disparo... ¡Lo que hubieran dado entonces por un arma! El jinete detuvo su marcha, obedeciendo a un sexto sentido al que solo son capaces de atender los expertos en el terreno. Y permaneció allí, en pie junto a su montura, inmóvil. Precisamente, era aquella inmovilidad lo que les inquietaba cada mañana. Hubieran avanzado más o menos durante el día entero, a la mañana siguiente la silueta oscura de aquel endiablado jinete permanecía quieta, siempre a la misma distancia. No había lugar a dudas de que sabía de su presencia, pero aquella persecución calculada les obligaba a cambiar su estrategia. Ahora más que nunca había que evitar los espacios abiertos, ya no podían utilizar el borde rocoso de la montaña para su huída, pues quedaban a la vista de su perseguidor. Además, también ignoraban lo que podría tardar en aparecer el resto de su cuadrilla, por lo que se desviaron al interior del bosque. Allí podrían ocultarse, incluso emboscarse y, quizás, si daban con el río podrían huir más rápido y borrar su pista.
   Nada más adentrarse en el bosque volvieron a oir aquellos aullidos escalofriantes. Los habían escuchado ya anteriormente, cuando dormían en la montaña y contemplaban la frondosidad del arbolado desde lejos, pero ahora no quedaba otra salida. Las ansias por adelantar camino y la torpeza del compañero para sostenerse en pie dificultaban la marcha entre la vegetación. Cuando volvían la vista cada hilera de árboles parecía un jinete y resultaba inútil distinguir la dirección de los ruidos. En el bosque todo hablaba, la madera que crujía a su paso, las copas repletas de hojas que removía el viento, las aves alarmadas por los extraños y aquellos aullidos, tremendos lamentos que sobrecogían... Les resultó imposible reconocer entre la maleza las hordas de atacantes que se les echaron encima. Caían de las ramas altas y surgían de la espesura como un enjambre salvaje que, en un instante y sin oposición, les redujo. A los fugitivos nadie les contó de los guerreros Colchalkes, nunca oyeron hablar de la fiereza de aquella especie aparte de hombres que en el idioma de la selva se hacían llamar “lobos del bosque”, aunque parecían adivinarlo a juzgar por las pinturas y, sobre todo, por sus gestos bruscos y agresivos.
   Casi fueron arrastrados hasta el poblado Colchal, en un claro del bosque. El compañero gritaba de dolor, pero pronto cesó el sufrimiento cuando un golpe certero de hacha le partió el cráneo. El otro, horrorizado, contempló el hacha de piedra levantarse en el aire... Pero el guerrero quedó inmóvil, mientras se volvía al tiempo que el grupo. El Montañés atravesaba con calma la linde del bosque sobre su montura cobriza, hacia la ladera rocosa... El jinete silbaba una melodía ininteligible. Cuando su figura iba a desaparecer ante la montaña ahuecó las manos y, llevándolas en torno a la boca, emitió el aullido aquel que el valle devolvió en ecos. Los Guerreros del bosque respondieron aullando al unísono... Luego, el hacha cayó implacable.

*”Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta”, (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/elmontanespdf.pdf

PIEL DE OSO

PIEL DE OSO

    El alba gris balbuceaba una mañana diáfana cuando descendió a aquel recodo del río para beber. Estaba cargando su cantimplora cuando, de repente, se topó con aquella gran cabeza de oso que salió de entre los arbustos. Frente a frente, ambos parecieron sorprenderse y, asustados, retrocedieron a la carrera. Fue el oso el primero en reaccionar, girándose, pareció preguntarse qué demonios de bicho viviente era aquel humano... Había pocos por allí. Olfateó el aire y, ahora, buscó un paso accesible por el río hasta la otra orilla.
   El Montañés no miró atrás, sabía de la importancia de aquel encuentro y corrió, corrió sin parar hasta el lugar donde había pasado la noche. Sin perder tiempo preparó su montura y huyó al galope, abandonando allí los demás enseres... Más tarde volvería a por ellos, ahora era necesario poner manos a la obra.
   El oso le había descubierto, así que no podía permitirse costumbres cómodas ni peligrosas. Escogió a conciencia el sitio para abrir la enorme zanja. Aquel claro en el bosque simulaba un sendero de paso ineludible al interior, custodiado a ambos lados por apretadas hileras de abetos reunía las condiciones idóneas para preparar la trampa. Primero, cavó el largo de la zanja y profundizó apenas unas paletadas. Continuaría en sucesivas jornadas, pues hay fieras en esa espesura que son capaces de olfatear la frescura de la tierra revuelta.
   Había de extremar las precauciones, así que durante las largas semanas que le llevaron los preparativos, nunca pernoctó dos veces seguidas en el mismo lugar. En las tardes suaves subía a los riscos y cuando soplaba el viento del norte se resguardaba en la gruta.
   La zanja adquirió el hondo de más dos hombres y un largo aún mucho mayor. Luego, enterró las estacas puntiagudas y, por último, cubrió el hoyo con un entramado de ramas y hojas para camuflarlo con el camino. No había vuelto a toparse con el animal, pero podía presentirlo, sabía que le andaba a la zaga.
   Aquel día dejó a la yegua alejada, libre de riendas y montura, en la orilla del lago y, decidido, se apostó en lo alto del gran abeto. Desde allí, las copas de los demás árboles le impedían vislumbrar todo el panorama, pero podía sentir la respiración de un abejorro... Y así fue, solo que aquella bestia era capaz de tragarse a todo un enjambre.
El Montañés descendió sigiloso para colocarse en el preciso lugar que le interesaba, al extremo opuesto de la zanja, hacia el interior del bosque. Cuando el oso apareciera por el único pasaje con la anchura suficiente para llevarlo hasta él, llamaría su atención para atraerlo. Luego, la trampa se encargaría del resto.
Es necesario estar hecho de otra madera para sostener el desafío de la silueta parda de un oso a escasos cientos de metros. El oso lo había olido y lo había visto y, acelerando la marcha, ya enfilaba por el sendero abierto entre los árboles. El Montañés contuvo la respiración, mientras retrocedía dos pasos, como si esperase el embiste. El oso corría desenfrenado, acercándose, cuando en extraña maniobra pareció aminorar el paso casi al borde de la trampa para, de improviso, cobrar impulso de un salto inesperado. El trampero esta vez cayó hacia atrás, después de retroceder apresurado varios metros y pudo sentir la caricia al aire de la zarpa del oso delante de sus narices. Ni que lo hubiera adivinado, el maldito animal había saltado justo al comienzo mismo del fatal socavón y, en esta ocasión sí que creyó que existía un dios, porque a pesar del salto no bastó para salvar la extensión de la zanja y la fiera terminó por caer de espaldas y quedar atravesado por las puntas de las afiladas estacas.
   El Montañés lo había visto cerca. Cuando recobró el resuello, saltó dentro de la trampa y remató la pieza.
   El cargamento de pieles que llevaba le serviría de inapreciable botín para el intercambio con las tribus del norte. Aún no habían llegado los salmones, pero se presentían y, en breve, los osos comenzarían a frecuentar las orillas. El trampero inició el descenso de la pendiente suave, dejando atrás la colina, con la vista puesta en el horizonte montañoso de cumbres nevadas.


 

*”Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta”, (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/elmontanespdf.pdf

 

LEER A Marguerite Duras

LEER A Marguerite Duras

    Sobre la lápida de Marguerite Duras en el cementerio de Montparnasse hay una pequeña planta, un montón de pastillas blancas diseminadas a lo largo de la sobria piedra gris, dos flores y dos letras grabadas: M.D. También son dos las imágenes que podrían ilustrar el proceso desaforado de su existencia: la evocación de la preciosa niña cargada de erotismo que viajaba en un transbordador por el río Mekong con un sombrero de fieltro y los labios pintados de rojo oscuro y, justo en el otro extremo, la mujer con el rostro y el cuerpo devastados por el alcohol, vestida con una falda recta y chaleco sobre un jersey de cuello alto que, después de cuatro curas de desintoxicación, entró en un coma de cinco meses. Marguerite Duras saltó en un instante del principio al final de su vida pero, en la breve duración de ese instante, hizo lo que quería hacer: écrire. Escribir.
   Escribía y amaba lo que escribía hasta la obsesión. Ella misma se preguntaba qué era aquella necesidad mortal que había conseguido que viviera en un mundo paralelo al de los demás y que fuera existiendo cada vez menos porque todo, su esencia, se lo entregaba a la escritura devoradora. A los quince años le dijo a su madre que lo único que quería hacer en la vida era narrar y se preguntaba sinceramente qué hacía con su tiempo la gente que no escribía porque ella había llegado a pasar por el tamiz de la literatura incluso los recuerdos más dolorosos. Una de las manifestaciones más desgarradoras contra el nazismo aparece en su texto El Dolor en el que describe su impaciencia cuando, desde las ventanas de su casa en la rue Saint-Benoît, contempla apoyada en las persianas cómo la gente pasea y ella quiere gritar que en el interior de aquella habitación un hombre, su marido, ha regresado vivo del horror de los campos de concentración alemanes y que, a pesar de tener el cuello tan delgado que se puede rodear con una sola mano, todo lo que debe tomar es caldo en cucharillas de café porque su estómago se desgarraría con el peso de cualquier otro alimento.
   Nació en 1914, el día 4 de abril, cerca de Saigón, en la Indochina francesa (lo que es hoy Vietnam del Sur). "No puedo pensar en mi infancia sin pensar en el agua. Mi país natal es una patria de agua", diría M.D. Era la primera niña de cinco hermanos, dos de ellos, Pierre y Paul, hijos del matrimonio y los otros dos, Jean y Jacques, hijos del padre con una esposa anterior que había muerto en Hanoi. Su padre, profesor de matemáticas, tuvo que ser repatriado a Francia cuando ella tenía sólo cuatro años a causa de unas fiebres infecciosas y jamás regresó a Indochina. Murió después de haber comprado una casa cerca del pequeño pueblo francés de Duras donde quería pasar el siguiente verano con toda su familia y que serviría, sin que él llegara a saberlo, para reemplazar en el futuro su propio apellido. Esta muerte dejó a la familia en una situación económica mucho más precaria y comenzaron a llegar las estrecheces. Los hijos crecieron como vagabundos por la selva, casi tomando un aspecto indígena y todo lo que podía hacer la madre para conservar su deseado y privilegiado aspecto occidental era alimentarlos con comida traída directamente desde Francia, comida que ellos aborrecían y que no aceptaban.
   Marie Legrand, la madre de Marguerite, luchó contra la pobreza con todas sus fuerzas. Se aferró a sus posesiones, a su tierra que debía salvar continuamente del mar y del viento si quería que algo creciese de ella, mientras iba descubriendo el extraño atractivo de aquella niña que no se vestía como las demás, que tenía una manera propia de hacer las cosas y que podría resultar fascinante para los hombres. Marguerite conoció a su amante chino y ser ricos se convirtió entonces en una auténtica obsesión. Con el tiempo, la escritora consideraría que el dinero no cambiaba nada porque siempre conservaría "una maldita mentalidad de pobre". Para ella la pobreza al nacer era hereditaria y perpetua. No se podía curar.
   Cualquier lector de Un dique contra el Pacífico o de El amante descubrirá que estos primeros datos de su biografía le son ya familiares. Porque leer los libros de Marguerite Duras implica leerla también a ella. En un verdadero acto de vivisección literaria, extraía su propio dolor, lo matizaba con el bálsamo de la escritura y luego lo entregaba a un lector que debía descubrir que aquello que leía en su obra no era simplemente el relato de la subsistencia vital de una escritora sino de la evolución individual de cada uno de sus personajes que no eran sino un reflejo novelado de lo ocurrido realmente a miles de seres humanos a lo largo del siglo XX. Marguerite Duras nos ofrece en sus libros una descripción de diferentes momentos cruciales en diferentes lugares del mundo tan fidedigna como la de cualquier historiador, pero con un añadido importante: ella muestra el sufrimiento, la esperanza y la compasión de los legítimos protagonistas de la Historia.(…)
 Literatura y realidad… Dos nociones difícilmente separables en esta autora que atrapa y devora porque su narración rezuma autenticidad y siempre es complicado renunciar al encanto de algo auténtico… Una mujer pequeña, sentada en un sillón, vestida con una falda marrón, un jersey del mismo color y un pañuelo oscuro ocultando el cuello, que hablaba de literatura con tranquilidad y que adoraba a sus personajes hasta el llanto. Una autora que se preguntaba cómo era posible escribir porque en un principio no había nada y de pronto había una página escrita: "No puedo explicarlo y creo que no hay ningún escritor que se libre de esta ignorancia". Una escritora que se planteaba semejantes dudas y que tenía una manera tan cautivante de ver el mundo que logró dejarnos libros espléndidos. Y supongo que eso es lo único que importa cuando hablamos de literatura. Los libros y, tal vez, la pasión de su autor. Lo demás, por qué no decirlo, es sólo decepción y podredumbre.



Pilar Adón.

*(Extraído de: http://www.cabrasola.com/DURAS.htm ), por Pilar Adón.-

 

 

NO TAN INOCENTE

NO TAN INOCENTE

    Había transcurrido casi un año y medio ya desde que llegó allí, dispuesta a encontrar la solución a sus problemas presumiblemente en pocas semanas. Tampoco se ganaba lo suficiente para continuar camino, aunque la cuestión estaba en que no surgía delante camino alguno que emprender. Casa Guillermina era un motel de carretera, remodelado de acuerdo a los nuevos tiempos. La Señora, como llamaban a la patrona, regentaba aquella modesta casa de citas con un reducido grupo de muchachas jóvenes que si antes no desaparecían las iba despidiendo, obligadas a contratos parciales, para así actualizar las posibilidades del negocio.
   A ella le había renovado ya una vez, pero se temía que el momento de partir llegaría en breve. En cualquier caso, se trataba de una incómoda incertidumbre. Además, aquella localidad carecía de atractivos alicientes y tampoco ayudaba a la calidad de los visitantes, obligando con demasiada reiteración a tragar con todo tipo de clientes, muchos de ellos intratables de otro modo. El lunes era el día que a ella le tocaba acercarse a la ciudad para hacer la compra de las necesidades de primera mano. Siempre le gustaba asomarse a la estación de trenes y mirar el final de los raíles en el horizonte, le hacía soñar con un destino, desconocido, pero diferente. Aquella tarde apenas dos personas formaban la cola para sacar los billetes. El muchacho que tenía el bolso de mano bajo el brazo esperaba paciente, detrás de la viejecita del pañuelo rojo y, por un instante, abandonó la fila para hacer intención de asomarse al andén. Fue suficiente para que aquella banda de desarrapados críos de barrio aprovechara el descuido y con habilidad se llevaran al vuelo el bolso de mano que había dejado en la repisa de la ventanilla. Ella lo había visto todo, conocía a aquellos ladronzuelos y sabía que después irían a los aseos a desvalijar el botín, se quedarían con el dinero o piezas de valor y el bolso lo tirarían al contenedor. Por eso, se dirigió con decisión a los servicios de la estación y sacó del aseo, agarrado por el cabello, al harapiento muchacho...
-Si no me lo das ahora mismo aviso al policía... -le amenazó.
   Después se acercó al muchacho que se lamentaba en el andén de su desgracia y le devolvió su bolso desaparecido. El chico, atónito del paso tan fugaz de la desgracia a la alegría, se deshizo en cortesías, enormemente agradecido, le quería dejar su teléfono, su tarjeta con la dirección, le preguntaba interesado lo que necesitaba o qué deseaba... Ella no pudo evitar, ante su insistencia, que se sentaran en la cantina del andén a conversar. Le habló de su viaje de negocios a la ciudad, de la importancia de la documentación rescatada ya que ahí estaban todos los permisos conseguidos para abrir su local de trabajo, incluso, guardaba en el bolso de mano el préstamo inicial con que comenzar mañana mismo a trabajar. No podía estar más agradecido aquel hombre y no dudó, pensando en la ayuda que necesitaría más adelante, en ofrecer a la chica un trabajo en su negocio de la confitería.
   Ella rehúso todo y se excusó con que no soportaba que aquellos pillastres andaran sueltos por la calle sin otra ocupación que complicar la existencia a los viandantes. Se despidió sin más, pero con el teléfono que tanto se obcecó aquel hombre en entregarle. Regresaba a Casa Guillermina con el alma turbada, no lograba sentirse tranquila, quizás nunca antes lo estuvo, pero algo le impedía volver a su anterior actitud al percance con los muchachos. El encuentro con aquel hombre había dejado una puerta entreabierta a la esperanza, tal vez significaba una salida, un camino para su futuro incierto al otro lado de las vías... Durante algunos días reflexionó sobre ello, pensativa e indecisa; se lo notaron las compañeras, incluso la Señora le preguntó al respecto de su preocupante introversión, pues su actitud distante desatendía a los clientes.
   Ella intentó disimular unos días más, era el pacto que se había propuesto. Ya había hablado por teléfono con el chico del andén, aunque hubo de preparar bien la urdimbre de su inventada historia para no ser descubierta. Por eso, ella le habló del familiar que también vivía en la localidad del hombre que le pretendía ayudar, se incorporaría al puesto inmediatamente, se le daba bien la cocina y tampoco encontraría inconveniente en el alojamiento con la casa de su tía tan cercana. Así que, tomada la decisión, no fue hasta el lunes siguiente cuando su marcha a la ciudad no despertaría sospechas, cuando cogió el tren que le llevaría lejos de la penuria hacia un horizonte quizás mejor, aunque por descubrir.
   Al principio, como en todos los comienzos, el sacrificio fue duro. El nuevo trabajo era su tabla de salvación y se aferró con el tesón de quien ha conocido tiempos peores. La nueva vida se abría lenta, pero con la certeza del paso a paso. Sus manos eran indispensables en la marcha del negocio que ya comenzaba a dar sus frutos, al cabo de varios meses. Mientras, el hombre le agradeció infinitas veces al cielo de haber interpuesto a aquella mujer en su camino, le recuperó el crédito, los permisos y, por si fuera poco, trabajaba sin descanso dejando el alma en ello y defendiéndolo como si fuera suyo. Se fue desarrollando una relación estrecha entre ellos, la coordinación y entendimiento en el trabajo era inmejorable, no existían esperas ni negativas a cualquier sobreesfuerzo y, poco a poco, fue madurando aquel otro sentimiento más profundo.
   Una mañana, el repartidor se le quedó observando como si le conociera de algo. Ella reconoció a un antiguo cliente de Casa Guillermina, pero tragó saliva y echó adelante. Tal vez algún día le contaría su oscuro pasado, pero por ahora no lo tenía entre sus intenciones, antes era preciso consolidar lo ganado si aquella relación seguía su buen comienzo. Era un buen hombre y se felicitaba de que la suerte, aunque fuera a costa de duro trabajo, le mostrara por una vez en su vida el lado más amable. A él le parecía un regalo del cielo aquella mujer hacendosa y ya hacía tiempo que pensaba en ella como algo más serio dentro del marco que conformaba su vida, por eso se lo propuso una tarde, nada más cerrar el local. Ella se mostró preocupada, pero él le animaba tratando de transmitirla confianza... Si ella quería, si de verdad así lo deseaba podía contar con su trabajo, no le faltaría y él tampoco... Tampoco fallaría, la quería, también podía contar con él, nada tenía que temer. Ella le acarició la frente intentando calmarle, sí, continuaría adelante con él, le estaba muy agradecida...
   Se besaron con pasión, con las manos entrelazadas como dos adolescentes. La pasión se fue encendiendo como un ascua al rojo vivo y, allí, sobre la mesa de la cocina se amaron, echando a rodar los utensilios que antes quedaron ordenados. Nada importaba más que dar rienda suelta en ese instante a su imparable instinto. Entre suspiros entrecortados y chorreados de sudor desbordaron sus pasiones incontenibles. Para él no había duda alguna, era la mujer predestinada de su vida; para ella, era su oportunidad, no otra más sino la nueva y única...


 

*Es Una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.-
http://soncuadernos.galeon.com/deljardinlupdf.pdf

 

UNA CAMA ESPECIAL

UNA CAMA ESPECIAL

    De regreso al hogar, ya antes de enfilar la suave pendiente de la pista polvorienta que asciende al rellano donde descansa la casa, se puede oler el perfume de hayas y tilos. Los salces y robles bordean el estrecho paseo que sigue el curso del río, con sus hileras ordenadas custodiando cada orilla. Es entonces cuando el fresco aroma de la vegetación tupida se apodera de uno y, de verdad, siento que llego a casa. Por eso mantengo la casa del pueblo de mis padres, ahí me crié y no podría soportar la idea de vivir alejado de estas fragancias que tantos recuerdos entrañan para mí.
   Dentro, nada más traspasar el umbral de la entrada, el lenguaje sobrio y austero de la madera nos cuenta historias, fábulas, nanas sin edad, donde el tiempo no es que se haya detenido sino que paró cómodo a descansar. La piedra y la madera le dan el sello rústico inconfundible que poseen las casas de montaña. Allí vivieron mis padres y aún conservo su dormitorio original, con su armario artesano y el comodín también tallado a mano, con su espejo y palangana azul de porcelana y su cama de nogal, solemne y seria. Sí, la conservo tal cual ellos mismos la dejaron, quizás por el respeto que supone una tan íntima añoranza, aunque tal vez influya el hecho de que en ella yo mismo viniera a este mundo. Es curioso, antes me parecía más grande, pero hoy soy yo el que va tomando las medidas justas del tiempo pasado.
   En especial hoy he reflexionado sobre estos y otros detalles, sobre todo desde que Olga ya sabe que lo que trae son mellizos. Era la alegría que necesitaba esta casa para resucitar el duende que la sostiene. No puedo dejar de esbozar una ligera sonrisa al imaginar a los chiquillos correr y saltar, jugando en el pasillo o en la gran sala. Además, la huerta y el jardín constituyen el marco inmejorable para que crezcan en un medio natural, sanos y felices. La escuela, apenas a un par de kilómetros nos permite permanecer inmersos en el sosiego del bosque sin quedar demasiado aislados del contacto con la población.
   Sin embargo, las nuevas circunstancias obligan a remodelar algunos aspectos de la casa, es necesario reacondicionar la habitación de mis padres como cuarto de los niños. Por un momento, sentado en el lecho de mis padres, me siento apenado por el rumbo inhóspito que la vida depara a su paso, no existe amparo o tregua ni santuario perenne donde la memoria perviva, solo su devenir inmediato. Mañana es preciso llevarse la cama y desalojar el cuarto, el tiempo no espera.
   Los niños han crecido, crecen y siguen creciendo casi tanto como los abedules y fresnos del camino que conduce a la fuente, como el poblado de encinas en el monte, tan altos y fuertes como los esbeltos eucaliptos y los abetos. Ahora que marcharon lejos empujados por la savia que corre en sus propias venas, sobra mucho tiempo que dedicarles para que no se enmarañe la maleza del olvido. Quizás un día regresen a su nido, al paisaje de la infancia que dejaron atrás y, en cualquier caso, siempre tendrían allí su sitio.
   Algunas tardes, aunque últimamente con más frecuencia, voy paseando más allá del cerro, para subir hasta la peña y adentrarme en el bosque, monte adentro, allí, entre la hojarasca que siembra el otoño para borrar sus senderos secretos, me siento durante horas a observar la cama, entre los árboles, donde la espesura oculta las cumbres y teje un manto de hojas al cielo. En la frondosidad del bosque, la cama de mis padres descansa, plácida y señorial, custodiada por ejércitos de acebos que velan su sueño, de vez en cuando tan solo interrumpido por el canto apagado de un búho distraído...

.

 

*Es Una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/eraunbpdf.pdf