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LEE TAMARGO

LOS ACANTILADOS

LOS ACANTILADOS

No era un lugar muy frecuentado, de ahí su encanto a pesar de lo accidentado del acceso. Sin embargo la vista panorámica que ofrecía era digna de disfrutar. Desde arriba, ellos no se perdían ni una sola puesta de sol y si empeoraba el tiempo también le encontraban el lado atractivo, fieles a su cita diaria del mediodía el más mayor recordaba épocas pasadas mientras los más pequeños escuchaban con atención. Uno de los ancianos se sumó a la reunión con la avidez de rememorar su historia preferida...
-...Pues sí, ese faro que veis ahí abajo abandonado lo construyeron antiguos prisioneros, fue su castigo de guerra. Podéis contemplar las huellas que los cañones dejaron en alguno de los acantilados, sin ir más lejos la Peña del Nido quedó truncada en una de aquellas contiendas. Los hombres esculpieron uno a uno cada peldaño que baja desde la costa, era necesario salvar el desnivel para construir este faro que tenemos debajo nuestro. Yo mismo pude contemplar entonces cómo alguno de aquellos hombres cayó al mar, a veces incluso se tiraban ellos mismos, locos por escapar de tan negro porvenir. La muerte entre los arrecifes era más deseable que su triste destino de encierro.
-...¡Debe ser horrible no volver a sentir la brisa ni el batir de olas! -enfatizó uno de los más jóvenes.
   El vuelo rasante de una gaviota les sacó del concentrado interés que había adquirido la conversación, era un aviso. En efecto, al poco se dejaron escuchar las voces animadas de un grupo de colegiales que descendían por la escalera del acantilado, algo arriesgado quizás para sus endebles pies, pero sin duda una excursión programada con éxito para descubrir las maravillas de la naturaleza costera. Los cuidadores no escatimaban en precauciones para mantener ordenados a la tropa de jóvenes que, a la vez que bajaban los escalones se distraían en observar y apuntar con el dedo a cada roca, cada gaviota o árbol de curiosa forma o extraña ubicación, que llamaban su atención.
    La paz del lugar se tornó de repente en un jolgorio de risas y chillidos. El tono estridente de alguna de las niñas asustó hasta a las gaviotas, que se elevaron presurosas sin cesar de advertir a sus convecinas. Desde lo alto, contemplaron impasibles el barullo de aquella invasión de turistas...
-Se nota que llegó el buen tiempo... -acertó a replicar el anciano, interrumpido en lo mejor de su historia-. ¡Habrá que empezar a acostumbrarse a esto otra vez!
   Abajo, los excursionistas se agolparon junto al faro semiderruído, sin sospechar que eran observados. Los gritos de los niños crecían en desconcierto, hasta que los cuidadores dieron la orden para sentarse en torno al viejo faro y comenzar la merienda. Hasta lograrlo pasó un largo rato de tensión e impaciencia desbordada. Luego, tan atareados andaban en hincarle el diente a sus bocadillos que, por unos breves instantes, pareció regresar la calma a los acantilados, tal vez excesiva para los nuevos visitantes, más acostumbrados al bullicio que al hondo silencio de los lugares inhóspitos. No tardaron, por tanto, en volver a las andadas, primero con canciones en grupo, luego incorporando bailes a los que con dificultad acompasaban de histéricas risotadas forzadas. Una de las cuidadoras tuvo la feliz idea –bien acogida al principio- de iniciar una ronda de chistes y acertijos con el fin de mantenerles al menos sentados en un sitio fijo y acabar así con las peligrosas cabriolas al borde del acantilado. Pero pronto derivó en una exhibición de lenguaje soez y desagradable. El resto de cuidadores cambió entonces de estrategia a fin de reconducir la energía descontrolada de su alumnado y poner fin a los improperios. Al fin dieron resultado sus pretensiones y el turno de juegos trajo al menos una algarabía más pausada, influída también por la fatiga de algunos de los muchachos que no habían cesado desde su llegada de gritar y brincar. Una de las pequeñas se dirigió al grupo a voz en grito:
-¡Mirad! Esa roca parece una cara... ¡Sí, mirad, la he visto reírse!
   Todos prorrumpieron en sonoras carcajadas burlándose de la desatinada imaginación de la chiquilla...
-...Sí, sí... ¡Y allí otra! ¿No veis que tiene la boca abierta?
   La burla se extendió como la pólvora, a cada instante más carente de gracia; al desternillante ambiente de antes le sucedió un insoportable recelo que se escapaba así de las manos e intenciones de los apesadumbrados cuidadores. La velada había sido más que suficiente y otra vez revueltos, raudos, se dispusieron a iniciar la marcha de vuelta no sin la consabida complicación de aunar en fila a toda aquella desbandada de niños inquietos, si cabe ahora aún más pesados ya que acusaban las secuelas del cansancio y el aburrimiento. El enfado en la despedida llenó el enclave de lloros e insultos, los cuidadores intentaban poner las paces entre los puñetazos y empujones con amenazas de castigo, agobiados por tanta impotencia ...
-Sí, mira aquella roca... Parece la nariz de una bruja... -insistía la pequeña ante la indiferencia del resto.
   El grupo de niños siguió la inclinada ascensión de regreso por los escalones del acantilado entre risas y llantos y, a lo lejos, se fue perdiendo el rumor de voces hasta terminar por desaparecer del todo. El anciano no pudo evitar recriminar a los turistas el mal sabor de tarde que le habían dejado...
-No sé si me acostumbraré a esto alguna vez...
   Otro de los jóvenes, que observaba la situación desde arriba, animó al viejo para que continuara con su historia, pero el mayor les mandó callar:
-Shsss... ¡Parece que vienen! ¡Poneos serios!
   Una de las cuidadoras había bajado de nuevo hasta el acantilado. Su mirada se dirigía nerviosa por cada esquina, deambuló un rato alrededor del faro, por los sitios donde antes había acampado la excursión hasta dar con la mochila extraviada. Luego, sin dejar de lanzar esporádicas y desconfiadas miradas sobre las rocas, se apresuró en volver en pos de los niños.
   La tarde ahora se vestía de dorados reflejos que el sol poniente pintaba en los acantilados. Las sombras del crepúsculo se proyectaban entre las rocas dando la sensación de que se alargaban, parecían moverse...
 -¡Vaya pandilla de desalmados! ¡Prefiero a las gaviotas! -gruñó la gruta abierta, que mostraba restos de papeles y plásticos amontonados en su entrada.
   ...Los acantilados jóvenes no dejaron de reírse, mientras la noche extendía sobre ellos el mismo manto oscuro que venía empleando desde hacía siglos.
 
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*Es Una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/losacantpdf.pdf

 

LEER A Arturo Pérez-Reverte

LEER A Arturo Pérez-Reverte

..."El pintor de batallas" es un alto en el camino de la vida que Pérez-Reverte utiliza para contemplar con perspectiva de madurez las dos etapas de su desarrollo profesional, la de periodista y la de narrador:

 

 -¿Sigue pensando que es mejor no conocer personalmente a los autores de nuestros libros favoritos?
  Tengo la certeza absoluta. Creo que el lector pierde mucho cuando conoce al autor. El autor debe conocerse por su libro. Primero, porque un libro es ficción y uno no siempre es responsable de lo que dicen sus personajes. Un exceso de información ajena al libro puede perjudicar la lectura del mismo.

-¿Es usted tan certero en su forma de hablar como en sus artículos?
  A veces sí y a veces no. Lo que no soy es tan mal hablado. Mis artículos son un género literario concreto. Con sus reglas específicas. Pero ese lenguaje no me lo llevo ni a mis novelas ni a la calle(...). Es un error pensar que ésa es mi forma de hablar o de relacionarme.

-Parece ser que 2006 va a ser el Año Pérez-Reverte: nueva novela, estreno de película sobre Alatriste, nueva novela sobre Alatriste, edición infantil de "El Caballero del Jubón Amarillo"... ¿Le agobia tanto protagonismo o le gusta que se hable tanto de usted?
  Me agobia, me agobia. No me gusta. Pero, a veces, no lo puedes evitar. Son gajes del oficio. Tampoco puedo andar escondiéndome. De hecho, aquí estoy. 

-Después de siglos de mezcla de gentes y culturas en la Península Ibérica, ¿qué le parecen los sectarismos excluyentes de los nacionalismos en España?
  Es duro bajar de pronto a toda esta mierda. Sobre todo cuando hacía nada estábamos hablando de una novela. Verse enfrentado de pronto con la mierda de la realidad cotidiana de este país miserable se hace muy complicado. ¿Te vale eso como respuesta?

-¿Qué opina de la "espantada" planetaria de su admirado Marsé?
  No tengo nada que decir sobre eso. Marsé es mi admirado y punto. Cualquier cosa que haga me parece bien y justificada.

-Confiese: ¿cuándo hará las paces con Umbral?
  Ese asunto está cerrado y no tengo nada más que decir.

-Si tuviera que escoger una sola imagen fija de sus recuerdos de las guerras que vivió directamente, ¿cuál sería?
  Una calle de una ciudad en ruinas desierta, todo lleno de cristales rotos y el ruido que hacen mis botas al caminar sobre esos cristales en completa incertidumbre.

-¿Cómo sería usted y su vida si nunca hubiese conocido la magia de los libros, si desde niño no hubiese crecido con ellos?
  Eso no lo puedo ni imaginar. No es una vida imaginable.

-¿Qué autores actuales me recomienda, que sean dignos de ser leídos?
  Hay demasiados autores clásicos por leer antes que  los contemporáneos. Empieza por el principio.

-¿Cómo es que vive en Madrid si le gusta tanto el mar?
  No vivo en Madrid. Vivo en la sierra de Madrid. Y lo hago porque la trayectoria de mi vida me ha obligado a estar cerca de determinados puntos en los cuales mi vida profesional se ha ido desarrollando. El día que esos puntos sean innecesarios, regresaré al mar. 
 

-¿Por qué se fue de TVE?
  Porque tenía cosas más importantes que hacer. Había hecho lo que quería. Había dejado de tener fe en mi trabajo de reportero. Había cosas que quería aclarar sobre mí mismo. Quería escribir. Quería navegar. Quería leer. Y eso es todo.

-¿Cómo se llama su velero?
  Eso es asunto mío.

-¿Acepta usted sugerencias, correcciones, de una persona que no sea la correctora de la editorial? ¿Cree usted que una vez alcanzada la popularidad y el éxito de ventas podría recibir una negativa de su editorial para publicar una novela?
  No, sólo del corrector de la editorial, que es amigo mío. Y más que correcciones son matices o gazapos o errores de los que yo no había sido consciente tras dos años de trabajo. Pero fuera de él, nadie más. Por otro lado, la editorial no me va a negar nunca un libro. Si mañana cojo una guía telefónica y le pongo unas tapas, me lo van a publicar. Eso no me preocupa. Pero hay una cosa que no olvido, y esta novela viene a hablar de eso. Estamos sometidos a una serie de avatares e imprevistos. Por eso no doy nada por sentado. Ni la popularidad ni el éxito. Yo vivo en territorio enemigo. Como cualquiera de los lectores. Lo que pasa es que yo soy consciente de ello.

 

*(Extraído del Suplemento Semanal de El País, Febrero 2006).-
http://entrerenglones.blogspot.com

 

 

 

 

HAY UNA PLAYA

HAY UNA PLAYA

   Quiso reflexionar, pensar en aquel naufragio. Quiso buscarle una razón a aquellos siete días que se molestó en contar, recorriendo la abrupta costa, indómita. El viento se encañonaba entre los acantilados y, con fuerza sobrehumana, amenazaba con tumbarle a uno. Había que agazaparse escudándose en los riscos, al abrigo de una embestida imprevista. Y era entonces, así, cuando el viento parecía cantar y ponerle nombre a las rocas, a cada rincón de entre ellas, a cada pliegue de acantilado que se dejaba resbalar hasta la rompiente embravecida.
   Durante una interminable semana exploró cumbres y hondonadas de aquella inhóspita costa, maltratada por el temporal. El mismo temporal que, sin compasión, lo llevó lejos de casa, que comenzó con aquella niebla que impedía conciliar el sueño. La niebla y aquella otra comezón, la de los pensamientos que se masticaban de allá para adentro y que tampoco dejaban dormir.
   De haberle contemplado alguien, pensó, le habrían figurado un loco. Sólo él, por aquellos fantasmagóricos acantilados, entre sombras pétreas de rocas rojas y grises, mojadas de niebla verde, gelatinosa y espesa, lo menos parecido a la ilusión de esperanza. Solitario durante siete jornadas seguidas, una a una, sondeando, casi adivinando, oteando horizontes nuevos o, quizás, los restos, la señal de un naufragio, una señal de vida. Sin nadie, sin compañía humana, con sus soledades, había empezado a acostumbrarse al musgo mullido bajo sus pies, al sabor húmedo del salitre en la niebla, empapándole cada poro.
   A ratos, apresuraba el paso y sorteaba el canto puntiagudo de las piedras para, aprovechando una hendidura plana, cobrar impulso nuevo, de un salto, y avanzar camino. En otros, se estiraba de largo en la yerba aflequillada que bordaba el talo costero y escuchaba el mar, el hondo e incesante sonido del océano, mezcla de fondo profundo y de olas cantoras en superficie.
   Fue al culminar una de esas rasantes entre cielo y acantilado, en lo más alto del escarpado montículo, cuando descubrió la playa, ancha y larga, acariciada de algas entre los brillos dorados que la luz naciente del alba proyectaba, difusa. Parpadeó repetidas veces para asegurarse. No, no eran canoas aquello, abajo en la playa, ni nativos de otras islas celebrando ningún grotesco ritual, no. Aquella visión no hizo sino devolverle a otra realidad, inevitable, a la que se había estado negando durante todos estos días, siete ya, que bien se había preocupado en recontar... Abajo, las máquinas emprendían otra batida sobre la playa y los hombres de la limpieza rastreaban cada palmo de arena en su rutinario rito de cada semana. Los contenedores repletos eran descargados en los camiones que, entre estertores y con gran estruendo, ascendían su pesada carga por la empinada cuesta que conducía a la población. …Volvió a parpadear, nervioso, esta vez para mantener el halo de misterio creado hasta ahora. El mundo de cada día había regresado, brusco y de repente, de acuerdo a su carácter. Respiró hondo y guardó un suspiro, para aliviar el impacto. Y con aire resuelto, si bien resignado, se dirigió al lugar donde había dejado el vehículo aparcado, para regresar a casa… Pero antes, volvió la vista atrás, por un instante, para inhalar el recuerdo acuoso del sabor a niebla y grabarlo en la memoria de su espíritu errante, pues es así que deseaba quedase guardado perdurable por siempre.

*”Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón”, (c) Luis Tamargo.-

http://elcantordeolas.extreblog.com

 

¿ESCRIBES? ¿Por qué, cómo, qué es lo que...?

¿ESCRIBES? ¿Por qué, cómo, qué es lo que...?

   Es una pregunta tan tópica -sobre todo para los consagrados- como inevitable, pero que todo aquel que se ha sentido atraído por esta incomprendida y desconocida pasión del escribir es raro que no se la haya formulado a sí mismo en incontables ocasiones. A todos nos obligan circunstancias distintas, motivaciones diferentes; cada uno pondremos más énfasis en unos aspectos que en otros, coincidentes o no, en mayor o menor grado, pero unidos por el nexo común de la escritura y la lectura, ambos hechos intrínsecamente enlazados, inseparables. Ahí van mis respuestas:

-¿Por qué?... Porque lo necesito. Mi primer libro publicado se titula "Escritos Para Vivir" y encierra un poco de esa respuesta: no sabría vivir ya sin escribir. Es una forma de vivir, de mirar e ir por la vida.
-¿Cómo?...  Con poca cosa; sin manías ni complicaciones: un lápiz o boli y papel, o directamente en el ordenador. Silencio y espacio, aunque no del todo necesario.
-¿Qué es lo que... pretendo, busco, me empuja a escribir?... Desde luego que no es por dinero, aunque escribir como profesión flota en la utopía como un atractivo señuelo, igual que un sueño o paraíso inalcanzable. Siempre he pensado -y obro en consecuencia- que si no puedo vivir de la literatura al menos viviré con ella. Me gano el sueldo con otro trabajo y luego, mientras, antes o después, durante, sigo escribiendo, dando rienda suelta a esa necesidad de contar, de expresarme, que es a la vez conocer y conocerse, aprender en definitiva. No me mueven ambiciones económicas, al contrario, los asuntos comerciales ahuyentan a la inspiración y dificultan la concentración; tan sólo disfrutar del mero placer de escribir. Y no es que me conforme sino que ya de por sí es un buen logro. De un tiempo a esta parte, tal vez animado por amigos y allegados que me leyeron, me importa también compartirlo, darlo a conocer al lector que no me conoce, a su interpretación neutral. La red me parece un medio ideal para este contacto. Además de la orientación e intercomunicación en este tipo de relaciones, no hay satisfacción igualable a ese lector/a que disfrutó con lo escrito y, así de claro y sencillo, te lo hace saber. Sin duda es un modo de compartir y enriquecimiento mutuos. 


     Le paso el “tutor” a Gatopardo, por eso de que ella fue el origen de esta interesante propuesta, pero animaos todos a contestar. Sin sentirse obligados ni comprometer a nadie, podéis postear la pregunta y sus respuestas. Pero, sobre todo, si de verdad os gusta escribir, no dejéis de hacerlo: preguntaos y escribid, escribid... ¡Y gracias por compartir, amigos/as!

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¡¡¡ GRACIAS A VOSOTROS/AS !!!

http://entrerenglones.blogspot.com

 

Leer a STEPHEN KING

Leer a STEPHEN KING

    "El 19 de Junio cogí el coche y llevé a mi hijo menor al aeropuerto de Portland, porque tenía que regresar a Nueva York. Después volví a casa, dormí un poco y emprendí el paseo de rigor. Por la noche teníamos previsto ir todos a ver La hija del general a North Conway, que queda cerca; es decir, que tenía el tiempo justo para dar mi paseo antes de la salida familiar.
   Me parece que salí hacia las cuatro, y justo antes de llegar a la carretera principal (en el oeste de Maine sólo hace falta que tengan raya blanca en el medio para que las llamen principales) me interné un poco en el bosque y oriné. Pasarían dos meses antes de que pudiera echar otra meadita de pie.
   Al llegar a la carretera asfaltada me puse a caminar hacia el norte por la grava del arcén, con el tráfico en sentido contrario. En un momento dado me adelantó un coche que también iba hacia el norte. Cerca de un kilómetro después, la conductora se fijó en una camioneta de marca Dodge y color azul claro que iba hacia el sur dando bandazos, como si el conductor apenas la dominara. Una vez la camioneta estuvo lejos y ella fuera de peligro, la conductora del primer coche se volvió hacia su acompañante y le dijo:
-El que iba a pie era Stephen King. ¡Espero que no lo atropelle la camioneta!
   El kilómetro y medio de carretera asfaltada de mi paseo es casi todo visibilidad, pero hay un tramo, una subida corta y bastante empinada, donde, si se va caminando hacia el norte, casi no se ve lo que viene por el otro lado. Estando yo a tres cuartos de la subida, Bryan Smith, el dueño y conductor de la camioneta Dodge, llegó a lo alto de la colina. No iba por la calzada, sino por el arcén. El mío. Calculo que tuve como tres cuartos de segundo para darme cuenta, lo justo para pensar: ¡ay, Dios mío, que va a atropellarme un autobús escolar!, y echarme un poco a la izquierda. Luego tengo un corte en la memoria, y al otro lado de ese corte aparezco tumbado en el suelo, mirando la parte trasera de la camioneta, que se ha salido de la carretera.(...)
   El hecho de que en el momento en que chocaron nuestras vidas no estuviera fijándose en la carretera se debía a que su rottweiler, que viajaba al fondo de la camioneta, había saltado al asiento de atrás, donde había una nevera con un poco de carne. El perro se llamaba Bullet (Bala). (Smith tenía otro rottweiler en casa que se llamaba Pistol.) Viendo que Bullet intentaba abrir la nevera con el hocico, Smith se había vuelto para ahuyentarlo. Mientras el conductor miraba al perro e intentaba apartarle el morro de la nevera, la camioneta había llegado al punto más alto de la loma; en fin, que entre mirada y mirada al perro, entre empujón y empujón, se había producido el atropello. Luego Smith le contó a sus amigos que creía haber chocado con un cervatillo, hasta fijarse en que tenía mis gafas manchadas de sangre en el asiento de delante: habían salido volando cuando intentaba apartarme de la camioneta. Tenían torcida la montura, pero los cristales intactos. Son los que llevo ahora, al escribir.
   Así ha seguido yendo todo: a mejor. Desde la primera tarde de bochorno en el vestíbulo me han operado la pierna dos veces más. También he sufrido una infección bastante grave, pero ya no llevo el fijador externo y sigo escribiendo.

   Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. Ser feliz. (...)Escribir no es la vida, pero yo creo que puede ser una manera de volver a la vida. Lo averigüé en verano de 1999, cuando estuvo a punto de matarme el conductor de una camioneta azul".

 

 

 

 

 

 

*(Extraído de "Mientras escribo", Stephen King, 2003).-
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EL JARDÍN ENAMORADO

EL JARDÍN ENAMORADO

    Todos callaban al sentir la señal, cuando la niña se colocaba en el centro del círculo y, con las piernas cruzadas, abría el libro. Esa noche la historia elegida hablaba del amor imposible de dos muchachos pertenecientes a diferente rango social y las curiosas tretas que habían de inventarse para poder ver recompensado su prohibido amor. Observé atento en la penumbra del atardecer a los asistentes que escuchaban embelesados. En un momento de la historia la niña señaló imperceptiblemente, con un leve movimiento de su dedo, a uno de los chicos que, sentado en el corro, atendía. Luego, hizo el mismo gesto dirigiéndose a una muchacha, también sentada en otro extremo del círculo. El muchacho, obediente, se incorporó cauteloso para coger de la mano a la muchacha indicada y ambos desaparecieron entre las sombras frondosas de los arbustos cercanos. La historia siguió avanzando, el argumento ya desgranado dio paso a una descripción minuciosa de los detalles amorosos más íntimos y en el ambiente iba caldeándose una sensación sedante, modulada por el tono cálido y sugerente de la niña que relataba. Pasó página sin perder el tono ni el hilo de la historia y volvió a señalar, esta vez primero a una muchacha y, luego, a otra que igualmente silenciosas desaparecieron hacia el fondo del jardín. Luego, noté cómo no contaba tanto el interés en seguir la trama del relato sino que toda atención se hallaba más bien centrada en a quién señalaría entonces la chica del libro. Ahora le tocó el turno a una joven que se llevó del brazo agarrado al muchacho que estuvo sentado al lado suyo. Mientras atendía el desarrollo de los acontecimientos, algo inquieto por si el próximo turno sería el mío, me di cuenta de que a la luz de las farolas que custodiaban la escalinata a la gran mansión, la sombra de las dos muchachas que anteriormente marcharon se movían fusionadas en una sola, como si ambas estuvieran entregadas a revolcarse sobre la hierba.
   El ritual, si así podía llamárselo, consistía en obedecer el caprichoso mandato de la muchacha del centro del corro que, con el libro en la mano, impartía tanto el reparto como el orden en que las parejas debían abandonar el grupo. Todos los asistentes sabían a lo que allí se prestaban, por lo que no eran posibles las negativas ni las huídas. Era la primera vez que conseguía acceder al círculo y la tensión iba creciendo por momentos, más tarde o temprano sería mi turno... No me habría importado que la misma muchacha que leía y señalaba a las parejas se hubiera venido conmigo; era bellísima y su voz me erizaba la piel. Pero me tocó a mí primero tender el brazo a otra chica que rápidamente se levantó para agarrarse a mi cintura y, como si conociera el lugar hacia donde dirigirse, me llevó hasta un rincón apartado tras el ancho tallo de un enorme cedro centenario. Allí, el desenlace a la historia fue otro, el que nosotros quisimos darle o, mejor, el que quisimos realizar, pues desnudos en la hierba nuestros cuerpos se bañaban, sudorosos de pasión, bajo el influjo mágico de la luna que lo mismo nos vestía que nos volvía a desnudar con sus reflejos de plata, iridiscentes, como si nuestro rito de amor recibiera su bautismo benéfico de bendición.
   Las parejas iban regresando al círculo a medida que su particular aventura finalizaba; algunos, incluso, llegaron a repetir turno. Para ser mi primera actuación me daba por satisfecho, pues tuve oportunidad de comprobar en propia carne el efecto gratificante de las habilidades de la chica que me correspondió en suerte, toda una experta en dicha materia. A su vez, la muchacha del libro, con su apariencia y voz de niña cándida, continuó toda la noche leyendo los inagotables pasajes del libro al que tanto cuidado dispensaba y, solo cuando empezaban a despuntar los primeros albores del día, tímido, que se avecinaba, pausadamente, cerró el libro y levantándose se dirigió lenta y con paso calmo hacia la gran mansión. Antes, estableció la próxima cita para dentro de tres semanas y, dando por concluido el ritual, dio una vez la vuelta completa al corro de asistentes; estos, por fin, se retiraron con sigilo, en diferentes direcciones, simulados entre las sombras últimas que la mañana iba difuminando a su paso.
   Cuando clareó la mañana el jardín resplandecía bajo la azulada palidez del cielo. Ni rastro de la luna ni de los luceros hermosos que durante toda la noche brillaron. Un ligero manto de rocío adornaba el tapiz virgen del suelo, donde se desperezaban, silenciosos, los arbustos, el cedro talloso, las hayas, sauces y el castaño de indias, celosos guardianes que rodeaban la gran mansión de la biblioteca que, solitaria, escondía el bullicioso secreto de sus libros dormidos.

  

*”Es una Colección de Cuadernos con Corazón”, (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/desdeljpdf.pdf


 

 

EL CAZADOR DE CUENTOS

EL CAZADOR DE CUENTOS

Acostumbraba a guardar todas sus notas por inverosímiles que pudieran parecer. En el envoltorio de papel del bocadillo de tortilla que había cenado la noche pasada escribió las últimas líneas. Apenas dio una cabezada de sueño en toda la noche, dentro de su coche, apostado frente al número once de aquel hostal urbano. Hasta que al fin salió primero él, parándose a la entrada del café contiguo, con las manos en los bolsillos de la americana. Al poco, una muchacha de tez morena y cazadora de cuero se unió a él, enlazándole por el cuello, como si se colgara, parecía besarle la nariz... Era el momento!, disparó media docena de fotos desde la ventanilla, silencioso, a pocos metros de la escena. Misión cumplida! Había merecido la pena el viaje y la incómoda espera, su cliente podría estar satisfecho en cuanto al trabajo. Porque en lo que respecta a su esposa no iba a hacerle ninguna gracia y, sobre todo, a él tampoco ya que sería difícil explicar a qué se dedica el tiempo a media mañana en la habitación de un hostal con una atractiva muchacha y en un día laborable.

Habían contratado sus servicios para vigilar a un jefe regional de una afamada firma multinacional. Tenía que ganarse la vida como detective, aunque su oculta vocación era escribir. Lo había intentado sin éxito, es decir, algunos certámenes literarios, de poesía incluso, pero no daba con el paso a un escalafón más reconocido dentro del gremio de sus anhelos.

Arrancó el vehículo al mismo tiempo que sonaba su teléfono móvil. Era la agente de la editorial con la que contactó la semana anterior. Desde la ventanilla del coche pudo reconocer a través del cristal del Café al jefe comercial y a la exuberante muchacha dispuestos a desayunar. La pareja de tórtolos pareció mirar al paso del vehículo, aunque distraídos en devaneos. La chica de la editorial le dio la alegría del día al confirmarle que habían leído los escritos que envió y que serían publicados bajo el título de “El Cazador de Cuentos”. Era preciso pasase por el despacho para ultimar el contrato. Se sentía feliz, aunque el triunfo para él ya lo era el mero hecho de escribir en sí. Si bien aquel logro no le retiraría del actual trabajo, al menos se lo hacía más soportable.

Por unos instantes extasiado, volvió de nuevo a la realidad, a pensar en aquel caso de su cliente. Sí, lo más curioso es que le había contratado una empresa de fontanería por causa de una deuda pendiente. Quizás significaba algo que el dueño de la fontanería fue un antiguo empleado del jefe de la multinacional, pero en cualquier caso las cuentas pendientes se terminan zanjando... Y con la prueba de aquellas fotos en la mano el caso estaba cerrado.

Durante todo el trayecto de regreso se regocijó. Y repitió el nombre, soñando en cada letra, en el solemne tono que las imprimía... ¡El Cazador de Cuentos!, suspiró.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/pasajerospdf.pdf

 

 

 

 

 

LEER A Carmen Martín Gaite

LEER A Carmen Martín Gaite

Murió abrazada a sus cuadernos. Cuando la llevaban al hospital, Carmen no sabía que tenía un cáncer de hígado en estado muy avanzado. Al segundo día de su estancia allí, Ana María, su única hermana, regresó para buscar unos papeles a la casa del pueblo madrileño de El Boalo donde ambas habían pasado los últimos meses. Antes de irse, le preguntó: "Carmen, ¿quieres que te traiga algo?". "Mis cuadernos", le respondió ella. Cuando Ana María volvió, su hermana ya estaba muy mal, pero pudo darse cuenta de que se había cumplido su encargo. Cogió los cuadernos y los estrechó entre sus brazos. Fueron su único equipaje para el último viaje.(...)
Al llegar la era informática, las editoriales empezaron a "exigir" a sus autores que entregaran los manuscritos en un disquete. Entonces Carmen compró una de aquelas máquinas digitales a las que siempre llamó las "ordenadoras", porque si eran las sustitutas de las máquinas de escribir, lo más lógico -según ella- era que también heredaran su género gramatical. Pero aquella "ordenadora" nunca traspasó el umbral de la casa de Carmen, no podía profanar aquel santuario de libros y mesas grandes, sino que fue a parar directamente al domicilio de Angelines, su secretaria. Carmen nunca llegó a utilizar la informática para trabajar. "Me sentiría triste si tuviera que escribir directamente ante una pantalla", comentó dos años antes de su muerte. A pesar de que comprendía sus ventajas y sabía que su generalización era imparable, a su edad no le apetecía introducirse en ese complejo mundo de bits y redes. "Siempre ha habido una primera vez -añadió-, en ponerse al teléfono y hablar, o en montarse en un avión. Yo me muevo en el mundo y, claro, evoluciono. No me faltan la curiosidad ni la amplitud de miras; edad de aprender, en cambio, no la tengo ya." Se refería, claro está, al aprendizaje de asuntos técnicos, porque su actitud vital siempre fue muy receptiva a las novedades.(...)
Una de las claves del éxito de sus escritos es su carácter testimonial, su capacidad no solo de reflejar el lenguaje cotidiano, sino de capturarlo en sus múltiples variantes y registros. "En una ocasión -cuenta su hermana-, iba yo con Carmen en el autobús, y una señora se dirigió a ella mostrando su sorpresa por encontrarse a una escritora conocida a su lado:
-Pero, ¡usted es Carmen Martín Gaite!, ¿no?
-Sí -le respondió ella con naturalidad.
-¿Y usted viaja en autobús?
-Señora, ¿usted me lee? -le preguntó Carmen a su vez.
-Sí -le dijo la mujer.
-Entonces, cómo quiere usted que todo lo que yo cuento suceda en otra parte que en la calle. Si no tomo este autobús o el metro, no me entero. Si no entro en los cafés o hablo con los camareros, no podría escribir lo que usted ha leído."
Otra manera de relacionarse con sus lectores era a través de la correspondencia. Carmen recibía cartas de entusiastas que vibraban con su obra y le expresaban su admiración. Responder agradecida a todas esas cartas era para ella una agradable ocupación que procuraba cumplir con prontitud, aunque le llevara no poco tiempo del que nunca andaba sobrada.



 

*(Extraído de "Cuando llegan las musas", Raúl Cremades y Angel Esteban, 2002).-