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LEE TAMARGO

EN EL DESVÁN

EN EL DESVÁN

   Bien pudo haber dicho que no, pero una mujer excitada es como un huracán al borde del desenfreno, no entiende de razones... Así es que, su rostro como poseído iba obligándole, acaparando su terreno y, sin escapatoria, iba cediendo, rindiéndose a su impulso tan vital. Así se lo pedía. Su sexo se mostró abierto, accesible a la caricia, suave. Su piel tersa, el vello del pubis erizado de desbordada avidez, de ganas contenidas y, ahora, dispuesto a dejarse vencer, enloquecer de placer si fuera preciso. Continuó apretando sus voluptuosas formas con más caricias. El olor bravío de su sexo también le excitaba, húmedo, como un atractivo perfume que embriagaba su ser...

   La relación con ella ahora había adquirido un derrotero insospechado y, en cualquier caso, el paso ya estaba dado. Cuando aquella tarde ella vino al desván de La Granja lo hizo con toda la más premeditada intención.

      Ella había nacido allí, aún vivía en el rancho con su padre, un viejo granjero cuyas fincas colindaban con su hacienda. Gracias a sus influencias entre las autoridades, había conseguido realizar las estratagemas pertinentes para que la finca del viejo granjero fuera expropiada. Si algo realzaba el valor de aquella finca, aunque inferior en hectáreas a la suya, era el manantial que brotaba allí mismo para desembocar tras kilómetros de largo recorrido en el delta del Tier, un estuario de gran riqueza piscícola y floral, ahora reserva protegida. La importancia estratégica del manantial radicaba en el beneficio para todas las tierras que comunicaban al mar y sobre las que ya había comenzado a mover los hilos precisos para atraer hacia sus posesiones. Su familia también llevaba siglos allí y habían ido creciendo a fuerza de trabajo y, si las circunstancias lo requerían, a cualquier precio y sin importar los medios. Por eso, no le sorprendió el enfurecido arrebato de la muchacha del granjero cuando llegó a su despacho para negociar las condiciones del expolio. Incluso, le hizo sonreir su irrefrenable fiereza, tenía agallas la niñita... En las sucesivas ocasiones que volvió le quedó bien claro a la indómita muchacha que de nada le valdrían ni enfados ni súplicas ni sus exagerados intentos por llevar a buen término el trato. La firmeza en la negativa a negociar no dejaba más alternativas que abandonar la finca en el plazo previsto, sin objeciones. Si el viejo granjero ya no servía apenas para andar y si ella no conocía otro medio para ganarse la vida, desde luego, no era su problema ni podía leerse en la letra pequeña de ningún tipo de pacto.

      Al patrón de la hacienda le cansaban más las palabras que las peleas y por eso acostumbraba a descansar con una buena siesta, después de una mañana entera sentado en el despacho atendiendo contrariedades. Le gustaba, siempre lo hacía, tumbarse en el desván, a dormir una cabezadita sobre la hierba empacada, hasta que la llegada del ganado marcaba las tareas de media tarde.

      Esa tarde, un caballo galopó como una exhalación entre la nube de polvo que levantaba con su carrera. Al llegar a la Granja, la muchacha saltó con la agilidad de un avezado jinete y a largas zancadas se dirigió directamente hacia el desván del granero. Casi se abalanzó sobre el patrón, si bien antes insinuó sus sugerentes pretensiones utilizando las mejores artes de una mujer joven y atractiva. Al patrón le sorprendió el modo de despertarle, pero lejos de enfurecerse, aún se rió con las más sonoras carcajadas que le provocaban las constantes tentativas de la beligerante e incansable muchacha.

     -Te advierto que ni eso te va servir de nada conmigo, nena...

    Ella se puso en pie y, con mirada aviesa, lanzó su sombrero al montón de paja. Se fue desvistiendo con calma contenida, recreándose en cada pieza que amontonaba, desordenadas, entre las pacas de hierba seca. Luego, desnuda entera se tumbó sobre él y le ofreció su cuerpo hermoso, tentador... Se dejó explorar por las manos duras del patrón y, dirigiendo ella la acción, le cabalgó de un salto, salvaje y bruscamente, para de nuevo cambiar a otra posición y, sin dar tregua al descanso, volver de nuevo a cambiar a otra siquiera más excitante, sin parar el ritmo frenético de aquel movimiento perpetuo. No bien encontraban el regocijo de su placer en una postura cómoda, de inmediato ampliaban todo el caudal posible del repertorio para dar con una nueva antes no empleada, así hasta que el patrón notó llegar el fin como una explosión inmensa, de tremenda intensidad, que se liberaba a borbotones de aire, como si faltara el resuello suficiente para atrapar de nuevo la vida...

    -Vete, muchacha, es inútil... -acertó a balbucear mientras ella se arreglaba las ropas con rapidez.

   La condenada criatura marchó al galope, manejando la montura con una maestría admirable para una mujer. Sí, y bien que le había cabalgado la pícara inocentona... Casi adormilado entre la hierba seca, no consiguió esta vez sonreir al evocar su recuerdo. No lograba entender por qué hizo aquello si estaba advertida, si ya sabía que no iba a sacar nada...

 


*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/desdeljpdf.pdf

VECINOS LEJANOS

VECINOS LEJANOS


Fue una mañana en la playa, durante sus vacaciones, que sintió aquella extraña pulsación en los dedos de la mano. Recordaba con intensidad aquella primera vez, incluso levantó la toalla para observar si debajo se hallaba algo que pudiera haberse movido, pues tal fue la sensación al principio. Era un breve latido, primero intermitente, que causaba la impresión de tener la mano dormida ni siquiera tenía dominio sobre el movimiento. No quiso darlo importancia, pensó que se trataría de algo pasajero, pero luego volvió a repetirse mientras trabajaba en la oficina. Era la mano entera que, tras un fuerte latido continuado, se quedaba flotando, inerte, como si no le perteneciera. Entonces no tuvo más remedio que contárselo a Lucy, no quería preocuparla inútilmente, pero la incómoda sensación parecía ir en aumento y ahora era el antebrazo el que latía vigorosamente dejándole anulada hasta la voluntad, tan sólo podía sentirlo.
   Por eso fue al médico, siguiendo el consejo de Lucy y también para calmar su creciente preocupación. Pero Lucy tampoco encontraba nada en apariencia anormal, tan sólo le notaba absorto en ocasiones, tal vez demasiado distante. Ella lo achacaba al exceso de trabajo en el nuevo Gabinete de abogados y a aquellos duros y largos casos que en el último año le habían ocupado todo el tiempo y atención. También el médico le dio la razón al estrés y, además, en verano resultaba normal que la tensión arterial descendiese algo más de lo habitual. Sin embargo, sus recomendaciones de beber líquido, cuidar la dieta y de moderado ejercicio no convencieron ni apaciguaron lo que ya se había convertido para él en algo más que una obsesión.
   Aquel persistente latido ya le alcanzaba todo el brazo, se queda así enajenado durante un tiempo difícil de determinar para él, no eran minutos, pero le parecían horas. Lo peor era por las noches, no podía dormir, se agarraba el brazo, intentaba masajearse el hombro para terminar por aguantárselo como si se tratara de una parte extraña a su cuerpo. No era dolor lo que le transmitía aquella intensa pulsación, le obligaba a permanecer inmóvil, podía sentir y percibir, consciente, pero sin poder decidir o hacer nada.
   Hasta que un día durante una sesión de trabajo los compañeros notaron que algo raro le sucedía, incluso el letrado tuvo que suspender la vista judicial ante su repentina indisposición. Lo llevaron al hospital y, sin perder el sentido, pudo seguir cada movimiento de los clínicos para analizar y tratar de reaccionar contra aquella anómala parálisis, aunque sin éxito. Le alarmó aún más el gesto de asombro e impotencia de los médicos, ni siquiera reaccionó con aquellas enormes inyecciones que le proporcionaron y, aunque se daba cuenta de todo, le resultaba imposible comunicarse. No sabía decir cuántos días, tal vez semanas, permaneció así ingresado, vigilado, sometido a riguroso tratamiento. El latido para entonces ya era uno con él, le abarcaba el pecho y el otro brazo y, si le hubieran preguntado y hubiera podido responder, habría manifestado que ya no le molestaba tanto, que se había casi acostumbrado...
   Pero lo que en realidad deseaba era preguntar, porque desde que lo trasladaron al zoológico su vida había dado un giro costoso de asimilar. No sólo por el tipo de comida y la sordidez de las instalaciones sino, sobre todo, por aquellos otros acompañantes que estaban con él dentro de la celda. Seis de ellos eran como él, se notaba en la mirada triste, no hacía falta que hablaran, pero los otros dos eran auténticas bestias que, con agresivos gestos, amenazantes, intimidaban al resto. Suerte que se mantenían apartados del grupo y ayudaban así a no complicar la ya de por sí delicada convivencia, por lo que se cuidaba mucho de no traspasar aquella invisible frontera.
   Una mañana pudo reconocer entre el público visitante a uno de sus jefes acompañado de una chica joven, ni era su esposa ni la amante, al menos la última que él llegó a conocer. Además, aunque hubiese podido dirigirse a él tampoco el aprecio que le dispensaba le habría animado. Sin embargo, la otra tarde vio a sus antiguos vecinos con sus cuatro hijos, todos niños y todos rubios, de un rubio brillante, de esos que llama la atención. Estaban bastante crecidos, no había vuelto a verles desde que marcharon a vivir a la costa este. No pudo evitar acordarse de Lucy y los mellizos... Uno de los pequeños rubios tiró al padre de la manga, señalándole...
-¡El gorila... está llorando, papá!
   Tras los barrotes el animal les contemplaba con cierto interés, cualquiera diría por sus rasgos que un lejano parentesco les unía...
-¡Anda, hijo, vamos...! Déjate de tonterías, mira aquellos otros...

 
 




*”Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón”, (c) Luis Tamargo.-

http://soncuadernos.galeon.com/tecontarepdf.pdf
 

Costumbres, hábitos o rarezas:

Costumbres, hábitos o rarezas:

 ...Lo cierto es que no soy dado a este tipo de juegos y, aunque a veces he participado con algún relato que se aproximaba al tema exigido, considero más bien que la inspiración huye cuando la persigue la obligación. No obstante, Corazón es tan amable conmigo que no me he podido negar. Ahí van esas cinco pequeñas costumbres -que no leyes-, por aquello de que "Errare humanum est" y de que, tomadas en su justa medida, siempre ayudan a irnos conociendo mejor...

-Me gusta leer a la sombra de un buen árbol, apoyado en su tronco. Suelo hacerlo sobre todo en verano, los fines de semana o cuando hay ocasión.
-Siempre me acompañan un lápiz y una pequeña libreta de bolsillo.
-No sé comer sin pan. Cuando voy a las pizzerías es cuando más lo echo en falta...
-En el coche siempre voy con música. En algún momento puedo poner las noticias, brevemente, pero música nunca falta.
-Siempre que me santiguo lo hago dos veces. A veces incluso más, pero dos no faltan; es un acto reflejo...


  ...Ya me disculparán los siguientes a quienes nombro si estaban muy ocupados, pero según obligan las normas, han de seguir el juego. He elegido a:

-Susurros de Luz:
http://blogs.ya.com/susurrosdeluz
-Alas Rotas:
 
http://dealasrotas2.blogspot.com
-Blog de Rizos:
http://rizosenelpelo.blogia.com
-Noemí Guzik:
http://noemi.guzikglantz.com
-Stufen:
http://blogs.ya.com/stuffen

 

    ...Y es que este mundo es muy raro, raro, raro...
          ¡ No se obsesionen, amigos/as, Jejeje !

 

        GRACIAS A VOSOTROS:
          LeeTamargo.-

MEDIA DISTANCIA

MEDIA DISTANCIA

    La noche tiene nombre de calle en cualquier lugar del mundo y, en aquella ciudad, una tenue sombra alargada hacía las veces de guía entre un laberinto de misterios presentidos. De sus años de navegación había aprendido a mantener tenso el resorte que envuelve los recuerdos y ahora se sentía capaz de pulsar el hilo invisible que los aviva. Fue tal vez por eso, tal vez por el rastro inconfundible que el salitre proveniente del puerto dejó a su paso que penetró en la atmósfera calma de la calle, un río de luces que ascendía con sus orillas salpicadas de locales nocturnos, ávidos de otra dosis nueva de bullicio. La música de los bares salía al encuentro para invitar al instante, sin apenas transeúntes, se podía distinguir del espectáculo solo por la cadencia o lo estridente del ruido. Aventuró sus pasos tras la cortina de humo que daba la bienvenida entre sones del trópico, orquestados y rítmicos, y ocupó el lugar donde la barra se curvaba, esquivando una columna para observar mejor la pista de baile. Un tumulto de cuerpos seguía el compás -danzar era imposible- con movimientos sinuosos y, en las mesas bajas, las parejas solazaban sus conversaciones de besos y abrazos fundidos. Por segundos se caldeaba el ambiente y, a los pocos minutos, no podía evitarse formar parte de aquella vorágine frugal y embaucadora de atractivas promesas a cual más tentadora. Bellas mujeres paseaban su estilizada figura en busca del galán perdido, otras esperaban y, mientras, soñaban con lo que hablar, incluso con bailar. Ellos en grupo, apostando atrevimientos sin conseguir desafiar su naturalidad, porque era su fiesta de alcohol, otra de tantas, voces, griterío, salto, contorsión... En la esquina una guapa muchacha lloraba el asedio, corridos los ojos, hasta que una amiga llegaba al rescate y ambas huían hacia el aseo con el gesto acostumbrado de la diversión maltratada. No tardaron en acercarse, no pudo observar si salieron del mismo nudo del tumulto o si, a modo de espejismo calculado, coordinaron su cómplice estrategia, pero enseguida supo que venían hacia él... Tampoco le pasó desapercibido el aroma perfumado de sus hermosos cuerpos mientras coqueteaban con el acicalado joven que tenía al lado, junto al mostrador, algo amanerado quizás o, al menos, también eso le pareció a él. Ante la dificultad por escucharse los tres optaron por alejarse de los altavoces hacia el fondo, al amparo de la penumbra. Luego, cuando parecía que la melodía iba a reemplazar el halo embriagador impuesto por el ritmo, le distrajo el forcejeo dentro de la pista, un par de mozos de seguridad se abrieron paso hasta el lugar de la pelea, gritos, chillidos, alguno histérico, y puños en alto que ensanchaban más aún el escenario del incidente, casi anunciando el final obligado de la velada.

   En la calle le pareció vislumbrar el rostro de alguien conocido, pero al fijarse con más detenimiento comprobó el desliz de su intuición. En otros viajes aquel sexto sentido le había servido de gran utilidad para conocer nuevas gentes y vivir originales experiencias, inusuales y arriesgadas incluso, pero ahora era un veterano que no buscaba nada, casi se conformaba tan sólo con vagar y respirar junto al deleite mismo de la aventura. Todo en aquella empinada cuesta le resultaba demasiado familiar y encaró las escalerillas que por una transversal abandonaban la iluminación de la calle. Cada peldaño, cada rincón, cada paso que daba era el mismo camino de siempre, cada fachada, cada balcón parecían hablarle, contarle secretas confidencias de otro tiempo... Él también reconoció el portal, la madera arañada del posamanos en el rellano de la escalera, los marmóreos escalones de bordes desgastados, de tantas idas y venidas, las macetas descoloridas del descansillo y el olor a vegetal, denso. Giró despacio la manecilla al abrir y entró en silencio, intentando evitar el tablón flojo del pasillo que rechinaba. Pasó de puntillas delante de la habitación de los niños como si todavía durmiesen ahí, como si no tuvieran ya su propia casa. Antes de entrar al dormitorio se acercó al despacho y posó la chaqueta doblada sobre la silla y, durante breves instantes, contempló la foto de la jubilación y la placa que le regalaron en la despedida... Luego, entró al cuarto donde dormía su esposa, se desvistió y, sentado en la cama, se descalzó para acostarse con cuidado de no despertarla, aunque ella ya le había sentido llegar. Ella sabía que después de tanto trabajar le gustaba darse un garbeo y, sobre todo ahora, después de toda una vida de viajes se conformaba con sentirse cerca del lugar que amaba. Ella sabía que le gustaba acercarse a visitar la calle donde nació. Era su viaje de media distancia, el único que le quedaba.


http://soncuadernos.galeon.com/amediadpdf.pdf
 *”Es una Colección de Cuadernos con Corazón”, de Luis Tamargo.-

 

 

Leer a RAYMOND CARVER

Leer a RAYMOND CARVER

    Tess Gallagher, la viuda del escritor Raymond Carver, rescata en "Sin heroísmos, por favor" críticas, prólogos, poemas y relatos inéditos.

   No levantar la pluma del papel hasta haber acabado. Éste fue uno de los mejores consejos que el escritor Raymond Carver le dio a su segunda esposa, Tess Gallagher. "Me decía que había que dejarse llevar por la corriente de la historia. Así lo hacía él. Se encerraba en su estudio con la puerta cerrada. Frente a su escritorio ponía un retrato de Chéjov. Escribía a lápiz y no se levantaba hasta haber acabado la primera versión. No corregía nada hasta haber terminado. Luego, empezaba la reescritura. Podía hacer hasta treinta versiones", explica en conversación telefónica la poetisa que estuvo unida a Carver desde 1977 hasta su muerte.(…)

   A medio camino entre la confesión y el testamento, Carver defiende y explica en los heterogéneos textos recopilados su ética -"creo que en la eficacia de la palabra precisa, sea un sustantivo o un verbo, frente a la frase escurridiza, abstracta, caprichosa"-; su método -"sé que la revisión de mi trabajo es algo natural en mí, y disfruto haciéndolo"-; su gusto -"no me interesan demasiado las revelaciones que se caen de la nada, los caracteres difusos"-, y su moral como escritor y lector -"si los relatos nos cuentan a menudo lo que no sabemos, aún me parece más importante que nos cuenten lo que todos sabemos pero no decimos"-. "Siempre creyó que la palabra puede conducir a la acción, que el lenguaje tiene poder y que conlleva una inmensa responsabilidad. Miraba mucho lo que decía porque sabía que las palabras pueden herir profundamente".

   Alcoholizado durante una década, Carver se cruzó con su segunda esposa cuando hacía un mes que había dejado de beber. Llevaba cuatro años sin escribir. Junto a ella, retornaría la ficción y comenzaría una fructífera etapa, "su segunda oportunidad", según decía.

*(Extraído de El País, Diciembre de 2005).-

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C A U T I V O S

C A U T I V O S

    Ya no podían recordar el fragor de la batalla. Habían pasado a engrosar las filas del bando de las víctimas desconocidas. Los trasladaron desde aquel gran campo donde habían estado concentrados, pero sin aparente mejora de las condiciones a que antes fueron sometidos. Si allí la suerte se dirimía en base a un fortuíto azar, ignorado por los encerrados, aquí la situación no variaba en conjunto sino que incluso se añadían severas complicaciones que imposibilitaban mantener una moral digna en el transcurrir cotidiano. En su penoso cautiverio había visto desaparecer multitud de compañeros de celda y, ahora, compartía el apretado espacio del nuevo lugar con varios de ellos, algunos dañados ya por la tortura y la extorsión continua. La única luz que inundaba el recinto provenía del amplio portón tras el que eran custodiados. El momento en que se abría era el más temido y, aunque solidarios en su temeroso penar, cada uno se estremecía ante la inminencia del final cercano. Esta vez, apareció el fiero guardián de enormes facciones y rostro barbudo, sus manos gordas y fuertes empujaron fuera de la celda a uno de los más jóvenes. Los demás respiraron sudorosos, agolpados en la oscuridad y, en silencio, se preguntaban cuánto tardaría en regresar o cuándo llegaría su turno. Todos tenían una historia detrás suyo aparte de aquel código de barras que les marcaba la espalda. Si alguna vez conocieron tiempos mejores tampoco ahora ninguno lo recordaba, pues la vida les pendía de un inseguro hilo, tan débil que para otro tipo de seres ésta ni existía ni merecía consideración. 

   Cuando se abrió de nuevo el portón principal contuvieron el aliento. El joven compañero regresó más delgado y desmejorado, su aspecto debilitado daba lástima y, exhausto, se lamentó del maltrato sufrido. Los demás cruzaban miradas entre sí, inútiles ante el suplicio, incapaces de tomar una determinación que resolviera su encarcelado futuro. No sucumbir al derrumbe psicológico que representaba este constante fluir de atropellos se había convertido en el objetivo victorioso de la supervivencia...

-...Resistir es vencer.-, le oyó al compañero de al lado. 

   Lo había oído tantas veces que ya no encontraba consuelo en la desgracia ajena, sobre todo cuando le tocó el turno a él. Entonces era diferente, entonces hasta sobraban las palabras, no sobraban los lamentos porque nada había capaz de acallarlos. Ahora ya sabía que volvería a repetir la fatal experiencia, que se sucederían las dudas e inquietudes a cada instante y que, en un lento suceder de miedos y castigos, acabaría extinguiéndose su mísero encierro sin opción a plantear oposición alguna. Mientras tanto, hasta que sus fuerzas quedaran mermadas, pagaba la novatada de los comienzos y llevado por el fragor de la circunstancia en ardiente mitin frente a los compañeros cautivos, amenazaba con salir de allí algún día y dar a conocer los hechos... Sin embargo, al día siguiente volvieron a sacarlo de la celda y su cabeza calva fue restregada hasta desgastarse en la axila velluda del guardián...

-Llegará el día en que mi mensaje se expanderá a los cuatro vientos!- susurró a su regreso... 

   El agua de colonia y el dentífrico suspiraron resignados ante los improperios del desodorante que hundía sus penas en la oscuridad de la celda, mientras el resto de sus compañeros le disculpaban.

 

*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

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NO TIENE PRECIO

NO TIENE PRECIO

    Un estrecho brazo de tierra unía la península del recinto al resto de la ciudad. Algo le alertó de que había traspasado el umbral de alguna invisible frontera, tal vez influído por el hecho de que los vehículos no podían hacer lo mismo. El cielo cambiante del norte estaba hoy claro y la tarde, diáfana de azul, apropiada para el paso calmo y el trayecto breve. Miró el reloj en un gesto instintivo de rutina y, ante la primera bifurcación que salió al encuentro, optó por la senda de su izquierda, que ascendía zigzagueante bordeando la costa suave, ceñida a un mar bravo que ahora prefería mecerse en una tregua pausada de olas. No quería olvidar que se trataba de un mar fiero del que ya en otras ocasiones pudo comprobar su látigo de viento, cuando enarbolado de su coraza gris batallaba rudo y rugiente. Atrás quedaban ya, sepultados por el apacible entorno, el murmullo de tráfico y muchedumbres que poco antes le apresaban los sentidos.
    Ahora la costa abría su vereda al paseante para convertirlo en cómplice de la inmensidad que iba descubriendo. Se paró e hinchó los pulmones en un trago hondo, intencionado de aire, en un intento egoísta por apropiarse de aquel instante preciso. Le inundó entonces aquel sabor a salitre que recordaba de la niñez y, despiertos los poros a la percepción, se sorprendió capaz de escuchar y sentir con inusitada viveza.
    Arriba, una nube de gaviotas anunciaba su llegada. El Palacio de Convenciones se erguía majestuoso junto al Parador y, desde lo alto, el panorama se ampliaba para perderse en un horizonte limpio, aunque jalonado de rompientes. Se asomó al acantilado abrupto; enfrente, la costa suave saludaba entre distante y orgullosa. Volvió a respirar hondo queriendo alargar los segundos, antes de reanudar el camino de regreso.
    Inició el descenso a la sombra de los pinos y palmerales que tejían una liviana techumbre de frescor. Se agachó para recoger un par de piñones sueltos que olisqueó antes de guardar en el bolsillo. Un aroma de resina se expandía de entre los árboles y saturaba la tarde que se cernía entre apagados cantos de búhos y urracas. Mientras, al fondo, seguían sonando los chillidos intermitentes de las gaviotas vecinas. Echó un último vistazo a la playa, otra vez el paseo tocaba a su fin; podía divisar el muro de verjas que contorneaba la entrada al recinto.
   Tintineó la piel áspera de un piñón dentro del bolsillo cuando un estruendo de sirenas rompió el sosiego... Un tumulto de gente se agolpaba a la entrada principal en torno a una columna de humo. Enseguida reconoció a los dos hombres que se acercaban pendiente arriba corriendo hasta él... El jefe de seguridad habló primero:
 -¿Se encuentra bien, señor?
 -Sí, claro. ¿...Pasa algo?
   Otros dos agentes hicieron acto de presencia por el lateral de la costa y aún se sumaron otros dos más que pudo distinguir, apostados en el límite del arbolado.
 -Bueno, señor, esta vez el tiro les salió por la culata. El artefacto les explotó cuando lo manipulaban... Hay cambio de planes, señor. Salgamos del recinto por atrás, ya nos esperan.
 -...Pero es Navidad! Quería acercarme a los almacenes del centro para comprar algún regalo...
 -No se preocupe, señor, llegará a tiempo a la cena –bromeó su jefe de seguridad.
   Llegó rodeado de doce hombres al furgón militar que aguardaba al otro lado de las verjas. En su interior, el capitán le tendió un uniforme...
 -Debe cambiarse, señor Presidente... Ya sabe.
 -Déjeme su teléfono, oficial, necesito hacer una llamada... –casi suplicó en tono urgente mientras se desvestía.
   El Presidente marcó el número de su secretaria:
 -Señora Donovan! ...Sí, bien, sí... Mire, necesito que me compre un regalo para mi esposa. Una joya, sí... No, otro anillo no. Una pulsera o unos pendientes, cualquier joya, no importa el precio... Bien, estaré en una hora. Perfecto.
  Salió del furgón custodiado por dos oficiales en dirección al helicóptero que ya en marcha les esperaba. Pudo observar de soslayo el coche oficial que emprendía la salida escoltado por el grupo motorizado. El Presidente tomó asiento al tiempo que olisqueaba uno de los piñones recogido en su paseo. Se recostó con la cabeza atrás y los ojos entornados intentando rememorar el breve aroma de un recuerdo. Cuando sobrevolaba la capital de su distrito, la ciudad iluminada de fiesta se ofrecía como un crudo espejismo, tal vez demasiado real, demasiado caro.

 

   

*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

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LITERATURA PARA ESCUCHAR

LITERATURA PARA ESCUCHAR

…Todo proyecto que acerca la Literatura a nuestra realidad cotidiana es encomiable. El programa de literatura "Gatopardo", se emite en la tarde de los miércoles, de 19:00 a 20:00 horas en Radio MAI. A Gatopardo ya la conocíamos de su blog:


http://gatopardo.blogia.com


Ahora nos brinda la oportunidad de escuchar en Internet los textos de escritores más o menos desconocidos que ella admira, con música, frescura y ganas de aproximarnos al arte que no se encuentra en las emisoras comerciales. Este es el enlace directo:


http://www.radiomai.com/escuchanos.htm


Radio MAI es la radio libre de la margen izquierda de Zaragoza, formada por gente con ganas e iniciativa, autogestionada a nivel organizativo y económico, que emiten de lunes a domingo un mínimo de 9 horas diarias en la frecuencia 103.5 MHz del dial de Zaragoza. ¡Seleccionad Gatopardo y podréis encontrar literatura para escuchar! ¡Qué mejor manera de empezar el año!

¡GRACIAS, GATOPARDO! ¡GRACIAS, AMIGOS/AS!
¡FELIZ COMIENZO DE AÑO!

 

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