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LEE TAMARGO

REGALOS PARA LEER

REGALOS PARA LEER

  "Uno se sumerge en un libro, desciende lentamente hacia el fondo de un medio más denso y menos iluminado que la realidad exterior. Uno cierra su escotilla, se acomoda en el silencio. El mundo real, unas veces es gozoso y otras es hostil. En la cámara sumergida del libro, uno se encuentra a salvo de todo, transitoriamente. El mundo real, la experiencia concreta, pueden ser felices o desdichados, estimulantes o tediosos: sea como sea, uno vive en ellos sometido a severas limitaciones de tiempo y espacio, a un reparto de personajes nunca numerosos, a la posibilidad del aburrimiento. El libro multiplica las dimensiones del mundo y la variedad de los paisajes y las vidas; lo salva a uno de la inmediatez literal de las cosas, de su anclaje fatal en el aquí y ahora, en el yo consabido. Pero el libro no embota la curiosidad hacia el espectáculo ilimitado y gozoso de lo más cercano: bien leído, es una lente de aumento, un microscopio, un telescopio, una máquina del tiempo".

   "Uno no lee para aprender, ni para saber más, ni para escaparse. Uno lee porque la lectura es un vicio perfectamente compatible con la escasez de medios, con la falta de esa audacia que otros vicios requieren, y, más todavía, con la absoluta pereza.(...) Cada lector es soberano de su reino privado, y los descubrimientos que alguien en particular hace en un libro, otra persona puede hacerlos en otro. Uno quiere transmitir sus entusiasmos, no ejercitar el desprecio, y menos todavía condecorarse con el mérito de lo que ha leído, peor aún, convertirse en un impostor, o ponerse por encima de los que no pertenecen a su cofradía.(...) Ese libro recién abierto que desde las primeras líneas ya nos gusta tanto es un don que nunca estamos seguros de habernos merecido".

 

 Estas fechas navideñas son un tiempo idóneo para la lectura, para dedicarnos un rato de relajante disfrute merecido, para compartirlo con quienes también le son afines y para abrir nuevos mundos a quienes se avanzan a descubrir el placer de leer. Si deseáis hacer regalos para leer mis libros están a vuestra disposición en el catálogo de la librería virtual de la Editorial Letra Clara:

http://www.letraclara.com/index1_novela_y_narrativa.htm

 También podéis pedirlos por email o venir personalmente a:

C/ Ardemáns nº 18, Primero Izquierda, 28028 Madrid.

     Si lo deseas, puedes llamar a los teléfonos:

91 725 14 15 ó 91 356 67 00.

  O bien dirigirte a la dirección de correo electrónico:

libreria@letraclara.com

¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS ¡

¡ FELIZ NAVIDAD, FELIZ 2006 !

  

  *(Extraído de "El País Semanal", Antonio Muñoz Molina), Diciembre 2005.-

 

De Ruta Literaria...

De Ruta Literaria...

 -  Cliquea aqui para ver el Video -

http://poemagenes.blogspot.com

 


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OSCURO DESPERTAR

OSCURO DESPERTAR

 

 Cuando rebasé la curva no tuve dificultad en reconocer el lugar, la vegetación tupida marcaba los bordes del camino. Sí, conocía bien aquel sendero, cada piedra, cada tronco, la situación de cada planta o matorral, lo había recorrido tantas veces en sueños que casi era capaz de preveer el próximo detalle que aparecería ante mí... “Ahora la roca grande, tiene que estar por ahí”, me dije. En efecto, allí estaba suntuosa y enorme, a pesar de la oscuridad. Había repetido el recorrido de aquel sueño en tantas ocasiones que ya podía permitirme decidir... “Ahora haré esto otro en vez de ir por allí”. Rodeé la roca hasta dar con el objeto que descansaba en una de sus aristas planas, a modo de repisa. Esta vez pude distinguirla, se trataba de una brújula, dorada, con el fondo resaltado en rojo, sabía que no debía tocarla, pero al acercarme para observarla no supe por qué lo hice... ¡Maldita sea! El despertador sonó estridente, casi caí al suelo al intentar apagarlo. Maldije mil y una veces la torpeza con la que había obrado en mi sueño. Llevaba largos meses, casi años, persiguiendo los detalles de aquel sueño repetitivo, ya familiar. Se trataba de un reto, me había propuesto desvelar los entresijos de aquel paisaje que me resultaba tan habitual y por el que me manejaba con un cierta destreza... No sabía explicar por qué sucedía, pero aquel sueño era el único que era capaz de recordar. Podían transcurrir semanas o meses sin que apareciese o soñando con otros de los que luego no lograba acordarme. Pero en cuanto surgía el escenario de mi sueño parecía cobrar vida y todo cuanto acontecía adquiría una relevancia significativa.

    La primera vez que soñé con el sendero tortuoso fue al comenzar mi trabajo en la empresa, recién contratado. Para un joven ambicioso y con ganas de poner en práctica todo lo estudiado era esta una oportunidad inigualable que no podía desperdiciar. Quería aprender, mejorar y abarcar muchos campos, con prisa por sumar experiencia; me apasionaba mi trabajo de diseñador. Ya llevaba casi tres años allí, en aquella mediana empresa de equipamiento electrónico. Mi labor de publicista no había deparado importantes avances a la firma que representaba, pero al menos me valían para curtirme en los avatares profesionales del mercado. Todavía recordaba la cara de estupor del señor Thomas, el director de la Compañía, cuando llegué tarde el mismo día de la cita para firmar mi contrato. Luego, sin embargo, le cambió el gesto al comprobar que mi puntualidad y aplicación en las tareas se realizaban con ahínco y constancia. Justo con la renovación del primer año ya había alcanzado a divisar la gran roca de mi sueño. Era curioso, pero la brújula apareció cuando firmé por segundo año consecutivo... Claro que nunca me atrevería a contárselo a nadie, mucho menos a alguien del trabajo, ahora que ya empezaba a formar parte de la plantilla fija de la empresa; me tomarían por un chiflado y apreciaba demasiado mi trabajo para jugar con riesgos añadidos.

   En este último tiempo había conseguido que la remilgada señorita Mauldred también me preparase el café, en las reuniones de los miércoles, como a los demás; señal de que ya iba formando parte viva del equipo. También, a base de escuchar consejos más que de ejecutarlos, me había ganado la confianza del adjunto de redacción que ya se sentaba siempre a mi lado en cada reunión. Una de las más recientes confidencias que se le escaparon al redactor fue que la Compañía estaba a punto de adquirir renombre y mejorar de categoría, sobre todo a partir de la conclusión de aquel encargo que les reunía y que tanto apremiaba, de ahí la necesidad de que todas aquellas horas extras que había que invertir fructificasen. Aunque no se percibieran beneficios económicos iban a servir para impulsar nuestro nivel de profesionalidad. Era mucha la tarea y, por tanto, el cansancio acumulado tras duras semanas sin apenas tregua; llegaba a casa extenuado y resultaba más que fácil quedarse dormido...

   Aquella noche enseguida reconocí mi sueño, ya sabía lo que debía hacer... Esta vez rodeé la roca en sentido contrario a las agujas del reloj, observé la brújula y seguí la dirección que apuntaba... La noche estaba clara, asomaban tenues reflejos de luna entre la espesa vegetación, cuando vislumbré la cabaña. Una luz débil provenía de su interior, tal vez de un quinqué, pensé, mientras me acercaba con tiento. Amparado tras las hileras de árboles, observé la sórdida construcción de madera y avancé hacia la valla derruída que la circundaba. En uno de los laterales donde comenzaba el porche distinguí el respaldo de una mecedora, alguien descansaba en ella... Desde aquel ángulo era imposible reconocer rasgo alguno, además no me atrevía a dejarme descubrir, así que bordeé la cabaña en sentido inverso. Sin embargo, para mi sorpresa, cuando alcancé el otro extremo del porche contemplé la mecedora sola, vacía, sin nadie alrededor... Mis pasos crujieron por las tablas desgastadas del viejo porche cuando me aproximé con intención de atisbar dentro, pero una fría sensación me paralizó... Lento, miré atrás, hasta toparme de bruces con el rostro adusto del señor Thomas que me escrutaba debajo de un enorme sombrero de hongo. El susto fue tan mayúsculo que me hizo despertar...

    Aquel día acudí a la Compañía sin tiempo para desayunar y, por si fuera poco, quedaba el tramo de trabajo más arduo y sacrificado, tan sólo de pensar en toda la tarea que me quedaba por acometer ya comenzaba a flaquear. Aún me encontraba cansado, a pesar de haber dormido. Además, la mañana de aquel miércoles no podía presentarse más desoladora: la señorita Mauldred parecía haber vuelto a las andadas y, excepto a mí,  puso a todos su correspondiente taza de humeante café. Algo se debía celebrar pues también adornaban el centro de la mesa oval unos platitos de pastas surtidas. Estiré el brazo en un ademán inútil de alcanzarlas pues quedaban lejos de mi asiento, pero tropecé en el hombro del señor redactor que, con gesto de falsa ofensa, se cambió de sitio, justo al extremo opuesto de la mesa.  Casi con miedo me atreví a mirar al señor Thomas y cuando lo ví levantarse y dirigirse hacia mí me atusé el flequillo, nervioso... “Debo tener mala cara, sí”. Un sinfín de imágenes y pensamientos me resbalaban por la frente, no recordaba que alguien me hubiese devuelto aún los buenos días... El señor Thomas se aproximó y me tendió el sobre. Iba a preguntarle, pero se adelantó en la respuesta:

-Fírmelo y entréguelo!- espetó, tajante.

    Cuando acabé de leer ya no me importaban las pastas ni si había quedado gota de café. Tenía quince días para despedirme de mi hasta entonces actual empleo y lo peor era que así, sin ilusión, era incapaz de hacer nada bien. Sin embargo busqué el lado amable de la situación y me ahorré todo el montón de horas perdidas, robadas de mi ocio personal... “Estas cosas pasan”, reflexioné. A partir de ese momento también pude dormir mejor, al menos más descansado.

    Tardó mucho tiempo en repetirse el mismo sueño que tanto me asedió. Hace algunos días fui convocado para una entrevista de trabajo. Parecía interesante la oferta y la directora, una madura señora rubia aún de buen ver, apostó por un joven con algo de experiencia. Aquella noche volvió a reaparecer la cabaña, aunque abandonada... Ninguna luz brillaba adentro y en el porche solitario la mecedora descansaba vacía.  Esta vez sabía lo que tenía que hacer... Bordeé el porche en el sentido contrario a las agujas de un reloj, pero me sobrecogí al descubrir una figura recostada en ella, debajo del sombrero en forma de hongo asomaban unos bucles rubios. Retrocedí asustado y tropecé con la valla... El estruendo de la caída me despertó con un oscuro presentimiento.

   


   

*Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

http://members.fortunecity.es/leetamargo/oscurod.htm


SI ALGUNA VEZ REGRESAS...

SI ALGUNA VEZ REGRESAS...

   Cuando la luz de oro pálido se sumergía en el atardecer del océano se amaron, al amparo de los esbeltos cocoteros, convertidos en mudos testigos de todos los susurros que el viento del amor iba dejando a su paso. Al despedirse, él le tapó la boca con su mano...
-Cuando vuelvas colocas el quinqué en la ventana... -le musitó al oído, antes de subirse a la canoa y alejarse remando entre las ondas doradas del oleaje calmo.
   Esa era la señal, cuando la luz brillase en la ventana de la cabaña en la playa, él sabría que ella había vuelto y estaba allí esperando. Mientras tanto, aquella cabaña tan solo sería una más de las que bordean la costa de Tau Piun, un atolón desperdigado en infinidad de islas e islotes, unos habitados y algunos olvidados. La diminuta isla de Raon fue la escogida para su oculto amor.
   Allí, las distancias entre islas no existían y a golpe de remo era posible no solo transitar entre ellas sino también recorrerlas sin acabar nunca de visitarlas en su totalidad. Apenas unas yardas mar adentro y ya se podía vislumbrar la isla de Raon, casi insignificante y por tanto desapercibida. Sin necesidad de desembarcar, desde la canoa, se podía ya saber si la cabaña de la playa estaba o no habitada. Por eso la contraseña ayudaba a no equivocarse, si el quinqué alumbraba al atardecer de nuevo su amor se haría realidad.
   Cuenta la leyenda que la erupción del volcán Kratonga fue tan tremenda que aún pueden contemplarse restos de sus brasas en los atardeceres desde la isla, desde los restos que componen hoy el actual atolón. Sin embargo, esta historia para él no tenía otro sentido que la añoranza callada por su tierra ahora tan lejana. Allí, entre los edificios de la gran ciudad era inevitable no caer en el recuerdo entristecido, sobre todo, en ese momento íntimo en que el sol se oculta. Es entonces cuando al cerrar el local, antes de ir a acostarse, sube hasta la colina y desde su automóvil, en lo alto, contempla la ciudad con su parpadeo brillante de luces. Los edificios en la noche parecen ser los únicos que en ese momento no duermen y para él es ese el mejor momento del día.
   Primero fue el buque mercante, sí, aún recuerda cuando salió de la isla. Ya meses antes le habían advertido de la posibilidad de trabajar a bordo, las cosas en la isla no eran muy fáciles, así que cuando de improviso su contacto le avisó no tuvo tiempo para pensarlo ni dos veces. Ni siquiera pudo hablar con ella y explicárselo... Cada tarde no puede evitar imaginarla esperando en su isla, con su quinqué brillando ante una ventana solitaria. Fue lo más duro, su recuerdo le persigue cada noche.
   Luego consiguió encontrar trabajo en el puerto y, de ahí a montar su pequeño negocio de hamburguesería en el local alquilado de la subida a la colina, fue todo un rodar de sucesos en absoluto debidos al azar sino, al contrario, ganados a base de duro esfuerzo y sudor. Había ahorrado algo si bien no lo suficiente para regresar a la isla, aunque albergaba el sueño de volver algún día.
   A ella le extrañó, desde luego, su amor era tan grande, tan fuerte, parecía tan de verdad que presintió nubes oscuras desatadas por algún avatar desconocido que un dios enfurecido hubiera interpuesto en su horizonte. Iban viéndose así durante años, ciertamente se conocían desde la infancia, pero su linaje noble emparentado con la realeza de la isla no permitía la relación con extraños a la familia real. La tradición era muy estricta en este aspecto, por eso habían de encontrarse a escondidas, porque se querían con un cariño verdadero que creció como crecen los niños, sanos e inocentes, ajeno a todo impedimento artificial. Él era un buen muchacho, no podía entender el motivo tan importante que explicase su ausencia. La cabaña de la playa convirtió en esclavitud lo que hasta entonces fue un refugio de amor. Ella no dejó de atender a la cita y cada tarde, al ponerse el sol en el horizonte entre las islas, un quinqué brillaba tenue a la orilla de una playa abandonada.
   Su padre acabó por descubrirla. Aunque ya puesto en alerta desde hacía tiempo acerca de las idas y venidas en la canoa de sus hermanos, sus ausencias de la casa real fueron vigiladas y, una vez descubierta, el mandatario de la isla tomó la firme resolución de poner fin a tales encuentros encubiertos. En el continente encontró el sustituto idóneo para que la fiebre por el joven isleño se fuera esfumando como solo el tiempo es capaz de lograrlo con ayuda de la más obligada distancia. Así, la muchacha salió vuelo a aquel horizonte que desde su isla tantas veces contempló ocultarse, plácido. Esta vez, sin embargo, la ocupación que le habían buscado en el continente, además de hacer de ella una persona válida para ganarse el propio sustento también conseguiría mantener alejado todo contacto con su amor prohibido. Le imaginaba regresando un atardecer de tantos en la isla, acercándose a la cabaña entre curioso y extrañado... Luego, solo el chapotear del remo que se aleja en el agua, podía incluso escuchar el silbido de las canoas. El quinqué apagado, callado y triste, como su ilusión, descansaba en el fondo de su equipaje rumbo a un nuevo horizonte para su vida en el continente.
   Aquella noche subió, como tantas otras, a despedir la dura jornada desde lo alto de la colina. Se apoyó en el reposacabezas para observar el cielo. Abajo, un océano de edificios y ventanas se debatía en aparente calma con su rugir de olas incesante en busca de la otra orilla, tal vez la del día siguiente, pero... Algo llamó pasmosamente su atención. De entre toda aquella infinidad de luces nocturnas solo un brillo especial destacaba el de aquella ventana y la distinguía de las demás. No quería dar crédito a lo que sentía al contemplar el peculiar tintineo de aquel resplandor que reavivaba la llama más recóndita del cajón de sus recuerdos. Aguijoneado por la curiosidad puso en marcha el vehículo, decidido a explorar y dar con el paradero exacto donde habitaba aquella luz.
   Debería encontrarse, si su sentido de la orientación no le fallaba, por aquella zona, en alguna barriada cercana. Antes, descartó otras calles a fuerza de equivocarse, deambuló entre bloques y callejones, algunos incluso sin salida, hasta localizar al final la repisa donde descansaba el brillo que perseguía. El halo luminoso desató un sinfín de emociones desbordadas y, de golpe, le trajo la isla hasta ahí. Aunque sobrecogido, se apeó del coche y, bajo la ventana, aún sacó arrestos para silbar la tonada melodiosa con que se saludaban entre las canoas en las islas... Entonces la ventana se abrió y fue la isla entera la que se asomó.

   Al pie de la colina que otea la ciudad, donde antes estuvo la hamburguesería, hoy el Café Bar resplandece a la luz de los quinqués. Un mar de edificios se extiende ante el horizonte vivo y palpitante de la noche. Tan vivo y palpitante como el amor a la orilla de alguna playa, en algún lugar...

*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

    http://members.fortunecity.es/leetamargo/sialgunavez.htm

 

ALGO HABRÁ HECHO

ALGO HABRÁ HECHO

    Acudió un año más a la cita con los antiguos compañeros de trabajo. Desde que la empresa en la que compartieron casi veinte años fue absorbida por otra enorme multinacional habían permanecido fieles a seguir celebrando aquella comida que servía de pretexto para volver a reunirles. Al igual que todos los demás, Constantino Do Santos no tenía inconveniente ninguno en desplazarse para tal evento, aunque en esta ocasión el lugar escogido estaba en su misma ciudad de residencia por lo que sumó una obligada responsabilidad al lógico entusiasmo. Se había ocupado con esmero de organizar el restaurante y preparar el menú cuidando cada detalle.
   Los comensales fueron llegando avanzado el mediodía entre apretones de manos, saludos y abrazos. Con los aperitivos las risas crecieron en intensidad y, sentados ya a la mesa, la conversación tomó los acostumbrados derroteros del recuerdo al rememorar con nostalgia situaciones y anécdotas pasadas. También dedicaron el consabido espacio a exponer los avatares de la situación actual; para todos fue difícil volver a iniciar su andadura laboral, cada uno a cuestas con su idiosincrasia particular. Pero unos más tarde que otros fueron resolviendo el problema de recuperar la normalidad.
   Hacía ya tres años que la nueva empresa prescindió de sus servicios y les despidió; y era la segunda ocasión en que de nuevo se reunían todos excepto Clemente, el compañero de habitación de Constantino Do Santos. Fue inevitable que resurgiera el tema en el transcurso de la comida, cuando uno de los más veteranos relató la encerrona en que la empresa metió a Clemente, acusándole de agredir al gerente para que su despido resultará así más económico. Pero Constantino no pudo contenerse:
 -...¡Algo habrá hecho!
   La respuesta no se hizo esperar y, al punto, la mesa se transformó en un hervidero de discusiones entrelazadas donde nadie se atrevía a juzgar al compañero que había sufrido idénticas penalidades que el resto. Otros a su vez aseguraban no entender nada, amparándose en que no habían estado allí presentes; mientras algún otro salió en defensa del ausente avalando su excelente carácter, incapaz de actuar de forma violenta. A la mayoría, no obstante, les quedaron claros los motivos que explicaban la ausencia de Clemente.
   Constantino había conseguido extender el escándalo en un intento poco elegante de que el bulo o la duda hallasen terreno abonado. Él sí que lo había pasado mal de verdad; el fin de la empresa coincidió con la fatal enfermedad y muerte de sus padres, uno seguido del otro. Además, le había costado mucho más que a nadie encontrar empleo de nuevo, había sido el último en incorporarse. Nunca reconocería rencor alguno en contra de su antiguo compañero de habitación, tan sólo una ligera envidia derivada de su valía natural, pero se había propuesto amargarle la reputación con tal de eludir su propia mala racha: siempre es mejor que hablen de otro...
   Después del café llegaron las copas y, de forma paulatina, el embrollo dio paso otra vez a las risas que de nuevo reestablecieron el ambiente distendido, propicio al alegre desenfado. Algunos distaban cuatro horas de carretera de regreso a sus destinos de origen y, así, fueron despidiéndose unos de otros en cordial camaradería, al tiempo que se emplazaban para la reunión del año próximo. Constantino se despidió del último de los compañeros que se había quedado rezagado con la excusa de compartir un consejo:
 -Eres injusto con Clemente. Al menos, deberías concederle el beneficio de la duda...
   Pero Constantino esquivó el reproche entre burlas y abrazos fingidos:
 -Anda, majo, que te vaya bien en la carretera... Y no bebas más!
    Finalizado su papel de anfitrión, se quedó a solas, contento por el desenlace de la velada. La tarde aún diáfana se resistía a caer y optó por regresar andando a su casa, evitando la aglomeración del centro; no le vendría nada mal un paseo. Sin embargo no tardó en toparse con un tumulto de gente arremolinada frente a las intermitentes luces de la policía. Se sorprendió porque la manifestación anunciada que leyó en la prensa de la mañana debería haberse celebrado ya. Tal vez no lo entendió bien, pero dispuesto a que aquel obstáculo no retrasara su marcha se desvió por las calles aledañas a fin de alejarse del murmullo de la muchedumbre que parecía perseguirle por cada esquina.
   Fue al doblar el edificio de la Abadía cuando se frotó los ojos para terminar de creer en lo que tenía delante... El tigre le había visto y arqueaba los bigotes con leves rugidos mientras avanzaba resuelto hacia él. Constantino enseguida se dio cuenta de la misión de aquel cordón policial que se había saltado; permaneció inmóvil, rezando porque no fuera demasiado tarde. El animal pasó junto a él y, por un instante, en medio de la calle, el hombre albergó la esperanza de ser ignorado. Pero en el último momento el tigre se abalanzó contra él con un certero zarpazo. Constantino Do Santos se dobló sobre su costado; sólo escuchó los gritos y luego los disparos... Y aquélla mancha roja de sangre cada vez más grande.

 

 

                         *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

                                    http://members.fortunecity.es/leetamargo/ahhecho.htm

 

Leer a JOSÉ SARAMAGO

Leer a JOSÉ SARAMAGO

  Mientras José Saramago tecleaba como cada tarde frente a la pantalla de su ordenador, de pronto, como por arte de magia, el archivo informático que contenía las más de 80 páginas de la novela que estaba escribiendo, "La caverna", se quedó vacío, sin palabras, en blanco. El escritor portugués, solo ante el peligro y teniendo en cuenta que a sus setenta y siete años le había llegado un poco tarde la revolución digital, intentó recuperar por todos los medios su trabajo de varios meses, porque si alguna orden involuntaria había causado la pérdida de la información, tenían que existir otras instrucciones que pudieran lograr lo contrario. Probó varias posibilidades, pero sin suerte: la maldita máquina le indicaba una y otra vez con cibernético cinismo que estaba al comienzo de la primera y única página de todo el documento. "No puede ser -pensó Saramago mientras unas pequeñas gotas de sudor comenzaban a perlar su frente-, mi novela tiene que estar en algún lugar de este artefacto, no puede haber desaparecido sin más". Aunque, gracias a un siempre conveniente sentido de la preocupación, tenía impresas en papel las páginas que llevaba escritas de "La caverna", la sola idea de tener que volver a mecanografiarlo todo -con la péridda de tiempo que ello suponía- le hacía estremecer de impotencia. Cuando la sudoración ya aparecía abundante por toda su cabeza, el escritor pensó en las tres posibilidades que tenía para tratar de recuperar todos aquellos bits perdidos: la primera, llamar a su mujer, Pilar del Río, para ver si ella podía solucionar el problema; la segunda, avisar al técnico informático que se encarga del mantenimiento de sus máquinas; y la última, hacer de tripas corazón y arriesgarse por sí mismo. Se decidió, quién sabe por qué, por la tercera opción, quizá para acabar cuanto antes con aquella pesadilla, aunque el despertar pudiera ser aún peor. Se lanzó y dio orden al ordenador para salir del programa. "Y como los ordenadores son estúpidos -comenta el propio Saramago- y hacen siempre todo igual, me preguntó si yo confirmaba que quería guardar los cambios realizados. Pensé que el principal cambio había consistido en perder lo que tenía; entonces le indiqué que no. Y automáticamente me restituyó todo el texto." El escritor, al recuperar su creación, dio un hondo suspiro de alivio y pensó: "¡Dichosos ordenadores!". Al día siguiente pudo volver al trabajo como si nada hubiera pasado, y varios meses después, el 25 de agosto de 2000, terminó de escribir "La caverna", que apareció en las librerías en diciembre de ese mismo año.
   A pesar de aquel susto -que, por fortuna, se quedó en una simple anécdota- Saramago no guarda ningún rencor a su ordenador, ni siquiera  a su procesador de textos. Al contario, la informática le parece un magnífico método para trabajar de manera eficaz. Le gusta mucho más que todos los otros medios que ha empleado desde niño para escribir: pluma con tintero, lapicero, bolígrafo y máquina de escribir(...). "Cuando no existía la informática, no había más remedio -comenta Saramago- que meditar muy bien lo que ibas a escribir antes de hacerlo, tenías que pensar las palabras exactas de la frase y luego escribirla. Ahora, con el ordenador, es muy distinto. Cuando se te ocurre algo para decir, no te preocupa si tiene la forma adecuada, simplemente lo escribes y ya está. Porque sabes que luego puedes trabajar sobre esas palabras hasta que la idea quede expresada como tú quieres".(...)
   En definitiva, para Saramgo está muy claro que el ordenador ha supuesto un avance importantísimo para el trabajo de los escritores.

 


 *(Extraído de "Cuando llegan las musas", de Raúl Cremades y Angel Esteban, 2002).-

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UNA COSA ANODINA

UNA COSA ANODINA

    Me pareció vislumbrarlo en una de esas veces en que me volví, mientras esperaba. Sí, me estaba mirando... Allí enfrente, erguida, con aquel porte tan distinguido, resultaba elegante, casi atractiva. Me miraba ahora atrevida y desafiante, pero envalentonada, como si su silencio quisiera provocarme... ¿A que no te atreves?
-Díos mío! -pensé-, voy a volverme loco! Justo lo que me hacía falta ahora, otro lío...
   Pero ella insistía y por encima del hombro echaba reojos que me iban consiguiendo poner más y más inquieto. Cuando cambió al gesto de indiferencia me fijé en ella con detenimiento, era fina, de perfil recto y sobrio, estaba maciza...
-Díos mío, otra vez! -me asusté al descubrirme pensando en ella, justo cuando de nuevo volvía a girarse hacia mí, esta vez de frente.
   De la sala contigua, por fin, salieron dos hombres trajeados. Uno era el Gerente que apenas diez minutos antes me había entrevistado, el otro un director de Recursos Humanos, según me explicó. Era la primera vez que nos presentaban, pero enseguida supe por el ademán que no habría otra. Sin embargo fue el Gerente larguirucho quien habló...
-Después de deliberar sobre su expediente, señor, hemos optado por prescindir de sus servicios...
   Seguí escuchando su discurso preelaborado en tono reiterativo y neutro, como el noticiero de las siete de la mañana, pero lo cierto es que ya no atendía sus palabras, casi que adivinaba lo que ya esperaba escuchar. Tan solo me fijé en ella, fría, ausente, con aquella postura distante que ya no dejaba lugar sino a la más anodina indiferencia.
   El Gerente continuó, tedioso, su breve monólogo y me incorporé maquinalmente, mientras sonaban sus últimas palabras...
-Ahí tiene la puerta...
   Entonces la atravesé, contagiado de aquel descaro con que antes ella me enfrentó y, al pasar a su lado, la miré a sus ojos inertes, de madera vieja. De cerca no parecía tan imponente, pero siempre fui un caballero y, a pesar de la enconada situación, tampoco era el momento idóneo para perder las formas. El Gerente se agarró a su cintura, extenuado por el sermón y, juntos, expectantes, me observaron mientras me alejaba pasillo adelante... Pero ya no miré atrás, estreché el pomo del ascensor al tiempo que con un pícaro guiño susurré...
-...El placer es mío!
   Al fondo sonó un portazo seco.

 


*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
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Leer a ANGELA VALLVEY

Leer a ANGELA VALLVEY

  La escritora Ángela Vallvey comenzó escribiendo relatos en revistas y publicaciones. Pequeñas narraciones a las que se asoma ahora con la distancia de la narradora que se ha formado y se dedica a las novelas. . Un conjunto de historias con el que recobró aquel pulso del principio de su trayectoria, cuando se acercó a la literatura con más arrojo, valor y ganas que experiencia.
 -Comenzó escribiendo relatos y poesía.
 -El relato es lo que siempre se tienen más a mano. El relato y la poesía es lo que está más cerca de la sensibilidad de las personas que escriben. Es mucho más instintivo a la hora de enfrentarte a la escritura. Luego, cuando ya te decides a hacer una historia más en serio y contar más cosas es cuando pasas a la novela. Lo mejor es comenzar escribiendo cuentos y seguir escribiéndolos después.
 -Ya no se dedica a ellos.
 -Escribiría cuentos si fuera posible en España y si se pudiera, porque la industria editorial, se basa en el éxito de las novelas. Eso mismo ocurre en la poesía. Pero hoy empiezan a surgir editoriales modestas, como Páginas de Espuma, que sí los publica, y que son necesarias, y que tienen su público, aunque no sea mayoritaria.
 -El relato está más arraigado en Iberoamérica y Estados Unidos.
 -En Iberoamérica no hay industria editorial. Es triste, pero es así. Por eso la escritura es tan romántica, y cuesta, y por eso se publican cuentos. En Estados Unidos ocurre, justamente, todo lo contrario: tienen una fuerte industria editorial, y por eso hay hueco para aquellos géneros que no son apuestas económicas. Cuando tenemos una situación normal, como es la nuestra en España, es cuando es más difícil que se editen relatos.
 -¿Cómo se le ocurrirían?
 -La redacción de un cuento es un destello de luz. En eso también se parece a la poesía. Es una luminosisdad que surge en la oscuridad. Y cuando lo escribes no tiene que costar nada hacerlo.
 -¿Y qué es lo necesario?
 -Las unidades que funcionan en la novela no tienen que ser las mismas que en el relato A lo mejor no funcionan o no sin necesarias para él. No tienen las mismas condiciones básicas. Es un pedazo de magia de nosotros. El relato es mucho más versátil. Uno puede leer todo tipo de relatos y pueden ser muy diferentes. Es donde está más próximo la intuición y el talento de un escritor.
 -Es donde se inicia un autor.
 -Es el primer terreno de experimentación. Ahí hay grandes fracasos y grandes éxitos. Hay una sobreabundancia de malos relatos como de mala poesía. Pero hoy, creo, que el relato está muy sano.(...)
 "Yo no tengo ideas para un cuento -comenta-. El relato funciona de una manera más independiente". La escritora recurre a una analogía que, desde luego, beneficia a este género: "Él te encuentra a ti. En eso es como la poesía. La poesía te utiliza como vehículo para contar una historia. En cambio en el caso de las novelas es muy diferente. Las novelas necesitan una arquitectura y unas estructuras más complejas", afirma Vallvey, que menciona a Borges y Monterroso como autores de cuentos: "Su cabeza está adapatada a ellos. El relato es un hallazgo".

 


   *(Extraído de "La Razón", por J.Ors, 23-VII-2005).-

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