Blogia

LEE TAMARGO

ISLA DEL DESEO

ISLA DEL DESEO

   Aquel no fue un año fácil, casi incluso que llegó a complicarse en exceso. Porque hay momentos en que la vida parece no ponerse de acuerdo y que envía las desgracias sin orden ni concierto o, al menos, eso le pareció a ella dentro del caos operante en que se encontró envuelta. Lo único bueno pertenecía incluso al pasado año recién finalizado, aquel viaje que ganó en un sorteo de radio y que tan a gusto recibió en un principio, también se vio afectado y sería imposible llevarlo a cabo con su novio de siempre a causa de la inevitable ruptura de sus relaciones sentimentales con que el año dio comienzo. Así que, a la vista de tanta contrariedad ofreció a su compañera de trabajo la plaza vacante del susodicho viaje, condición indispensable para hacerlo realidad. Matilde aceptó de buena gana, aunque sin mostrar en un principio exagerado entusiasmo. Yoli era una buena compañera e, incluso, a causa del viaje cabía la posibilidad de que su amistad fructificara del todo.
  Los días de la anterior semana a sus vacaciones pasaron en un soplo entre planes e ilusiones que, sin acabar de establecerse, ya se estaban nuevamente renovando. Ninguna de las dos dejaba nada atrás que les impidiese vislumbrar el horizonte despejado de sus proyectos y, libres del trabajo que antes les atenazaba, por fin llegó el tan ansiado día en que aquel vuelo les llevó hasta la isla de sus proyectos. Ya durante el trayecto que duró casi diez horas, tuvieron ocasión de conversar tocando los más variados temas, desde comentarios personales acerca de algunos cotilleos de moda de la vida cotidiana hasta opiniones más subjetivas aún, relativas a caracteres o sentimientos, incluso mezclando ambos extremos en un batiburrillo de reflexiones que buscaban confrontar modos de ver o pensar y hallar puntos en común que les ayudase a conocerse mejor.
  Yolanda le explicó lo de su noviazgo roto, el carácter desordenado del chico, además de su falta de sana ambición. Ella trabajaba desde los dieciocho años y eso marcaba una diferencia notable en otros aspectos donde la realidad del día a día no permitía deslices. Sin embargo, él en vez de proponerse metas que lograr para hacer efectivo el futuro propio en el que convivir junto a ella, se comportaba como un irresponsable muchacho que parece que siempre va a continuar igual. Yolanda le explicó cómo esa falta de seriedad era lo que más le disgustaba de él, pero Matilde escuchaba distante este tipo de réplicas y reproches en voz alta que su compañera le detallaba, como si no fuera con ella ese talante de abordar los acontecimientos. Para Yolanda fue, de nuevo, tropezar con el obstáculo insalvable que desde que conoció a su amiga se levantó entre ellas, prediciendo un futuro de difícil entendimiento para su amistad. Fue el único tema de conversación donde Mati, como su amiga insistió en que la llamara con confianza, no demostraba afinidad ni criterio alguno, al hablar de la forma de ser o actuar de los hombres. Lo achacó, tal vez, a lo temprano de su relación amistosa, quizás fuera preciso algo más de tiempo para que esa confianza saliera a flote, aunque es raro que entre mujeres eso no se deje notar en el detalle más sutil. Prefirió, no obstante, no darlo excesiva importancia y dejar que las vacaciones discurrieran espontáneamente.
   Nada más llegar al hotel les esperaba la guía del grupo para señalar unas indicaciones generales sobre la estancia en la isla. Luego, subieron a terminar de colocar sus equipajes en la habitación para después salir a cenar al porche en su primera noche de vacación. Durante la cena la conversación se hizo más esporádica, pues el cansancio del viaje se hacía notar y, además, habían tocado por ese día muchos y variados temas. Yolanda se fijó en el grupo de muchachos que habían llegado posterior a ellas y que, en otra mesa, armaban gran algarabía y jolgorio; algunos de ellos no estaban mal y habían dirigido la mirada a su mesa, pero tuvo reparo en hablar al respecto con Mati. Ella había acariciado la idea de renovar su bagaje emocional con la relación divertida de algún chico y no descartaba la posibilidad de un romance que diera impulso nuevo a su recién estrenada vida afectiva o, al menos, a sus vacaciones. Lamentó no encontrar complicidad con Mati hasta ese punto, pero quizás mañana después de haber descansado, los planes y deseos ocultos afloraran sin cortapisas, pues no resultaba fácil desembarazarse de las obligaciones ni de los hábitos que impone la absorbente rutina.
  A la mañana siguiente lució un sol endiablado, imperdonable desperdiciarlo sin tenderse en la playa sin otra preocupación que equilibrar el bronceado y dejarlo bien repartido por cada centímetro de piel de sus castigados cuerpos. Las playas en la isla eran lo suficientemente extensas para que, exceptuando los núcleos de entrada o salida, hubiera amplitud de espacios donde escoger tumbarse con tranquilidad. De cuando en cuando una nativa se acercaba con su cesto de refrescos y chucherías para ofrecer a los turistas. En una de esas ocasiones, a causa del calor, pidieron un refresco a una ellas, una mujer madura de color que, bajo su vestido blanco, aún resaltaba más el tono oscuro de su piel morena. Recogió afable las monedas y se desató el pañuelo blanco que llevaba a la cabeza para volver a atarlo, firme, de nuevo. Entonces, les preguntó si asistirían esa noche a la fiesta del Gallo Dulce y, ante la sorpresa de nuestras preguntas, la mujer les contó que habían llegado a la isla precisamente en la celebración de una de sus fiestas más conmemorativas... Se celebraba cada año coincidiendo con las dos noches más cercanas al plenilunio, siempre que las mareas lo permitían, y tenía lugar en la playa que llamaban del Medioeste, desde el acantilado que separa ambas playas. Era tradición en la isla, continuó explicando la señora de blanco, que en esa primera noche los jóvenes se desnuden y bañen así sus cuerpos en la playa; en la del este las muchachas y en la del medio los muchachos. Luego, a la segunda noche, tanto ellas como ellos irán a escoger su pareja sea en una u otra playa.
   -A veces se encuentran parejas que duran para siempre... -detalló la nativa.
  La señora acabó de relatar la ancestral costumbre de la isla y lamentó que últimamente muchos extranjeros se acercaran a la fiesta solo para fisgonear los cuerpos desnudos, sin ánimo de participar. Finalmente recogió su cesto y abrió mucho los ojos al recomendarles que nadie debería perderse una celebración como aquella, pues sus efectos beneficiosos no tardaban en notarse... “Todo se ve más claro. Suerte!”, dijo al despedirse.
  De vuelta al hotel hicieron planes para participar en esa fiesta de la que no hablaban los pasquines publicitarios, al menos, la noche se ofrecía tentadora. En el vestíbulo se cruzaron con el grupo de chicos que cenó la noche anterior junto a ellas, en el porche del hotel, y con ganas de agradar uno de ellos saludó con efusividad...
   - Se ha dirigido a ti, Mati,...como si te conociera!
   - Trabaja para el Sr. Dylon, de la promotora de nuestra empresa. Es uno de los distribuidores... -Mati lo dijo sin emoción, casi maquinalmente.
  Vaya, parecía que la noche, la fiesta o lo que sea, quizás las vacaciones, iban haciendo entrar en materia hasta a las más reacias... Al menos, su amiga, pensó Yolanda, iba rompiendo los hielos que abotargaban su timidez, se había fijado en el chico, algo fría en el comentario, eso sí, pero al menos algo era algo. Sí, al menos aquella fiesta iba a traer los aires renovados que tanto deseaban.
  Se dirigieron al acantilado que separaba las dos playas cuando la luna estaba redonda y clara presidiendo la playa. Abajo se podían distinguir los grupos de chicos y chicas que despojados de toda vestidura bañaban sus cuerpos en el mar. Se desnudaron, se miraron entre risas y, guardando las ropas en el hueco de una de las rocas, descendieron a la playa para sumarse a la fiesta de las mujeres. La temperatura no podía ser más idónea, incluso dentro del agua; la luna con su halo pleno de luz ayudaba en dar calidez a la noche o, también pudiera ser que fuera aquella bebida de los cestos que las muchachas repartían generosamente a todos los participantes. Lo cierto es que la noche transcurrió entre olas, cánticos y licor, hasta que los cuerpos cansados acabaron retirándose casi al mismo tiempo que lo hacía la luna.
  Yolanda y Mati se propusieron descansar lo que restaba del día para, también esa otra noche, terminar de asistir al festejo completo. Yolanda estaba decidida a disfrutar de aquella noche prometedora y, sonreía en silencio al pensar en su amiga, ya que esa noche se vería obligada a decidirse y actuar. Cuando llegaron a lo alto del acantilado observaron como hombres y mujeres acudían de una a otra playa buscándose, estableciendo parejas previamente elegidas o improvisadas sobre la marcha. Se desvistieron con impaciencia, guardaron las ropas entre las rocas y, cuando se disponían a descender por el acantilado, Mati le agarró de una brazo deteniendo su marcha. Yolanda miró atrás, inquisitiva...
   -¿Qué sucede? Vamos a la fiesta...
  Su amiga la miró con fijeza y, ahora, le sujetó también el otro brazo. Luego, le acarició el cabello, dejando resbalar la caricia de su mano por su rostro con suavidad.
   -No, no puedo... Me gustas tú...
  Las palabras de Mati sonaron como un trueno en la inmensidad de la noche silenciosa, ahora lo explicaban todo, la negativa a mostrar sus sentimientos, su actitud reacia a todo lo referente a los hombres o a razonar la directriz de sus emociones. Sin embargo, el calibre de aquel descubrimiento no le redimía de sus posibles consecuencias. Yolanda se abrazó a ella...
   -Te entiendo, también te quiero, pero no... -musitó, tratando de consolar a su amiga.
  Así, abrazadas y desnudas, permanecieron una junto a otra en la pendiente del acantilado durante toda la noche, ajenas a la fiesta, firmando el sello de una amistad mucho más duradera de la que ninguna hubiera imaginado. No presenciaron el final de la fiesta, cuando le cortan la cabeza al gallo para echarla al mar entre los gritos eufóricos y desorbitados de todas las parejas y asistentes, pero ni eso les importó; ahora se bastaban ellas mismas.
  El resto de los días de sus vacaciones transcurrió rápido, intenso. Ambas se confesaron, examinaron la naturaleza de sus pretensiones con confidencias íntimas, estrechando aún más sus lazos como amigas. De regreso a casa, ambas pudieron constatar el equilibrio milagroso que aquel viaje obró en sus vidas. Algo de cada una, único y exclusivo, se había propagado en la otra, a modo de compensación de lo que carecían. Mati aprendió a valorar el cariño de lo que más puede semejarse a una amistad verdadera, incluso la lección sirvió para encauzar su afectividad, pudo prescindir de la necesidad de contacto sexual con otra mujer y no sentirse indefensa por ello. Para Yolanda la experiencia sufrida vino a reforzar su idea realista de la amistad, le aportó ángulos nuevos e inexplorados de comprensión, quizás algo inusuales o atrevidos para ella, pero no por ello enriquecedores.
  La vuelta al trabajo no suele por costumbre acogerse con especial optimismo, casi hasta ellas mismas se sorprendieron. Pero el viaje de sus vidas ya había realizado un giro decisivo. Mati ascendió en su puesto, pasó a las oficinas de la promotora, quizás influída por su recién iniciado noviazgo con el chico que trabajaba como distribuidor para el Sr. Dylon o, quizás, de acuerdo al carácter mágico del viaje aquel que terminó de unirles para siempre. Sin embargo, para Yolanda no dejó de ser un año difícil... El viaje representó un ligero desahogo dentro de su caótico acontecer, pero incluso pertenecía al año anterior. Quizás para las próximas vacaciones, quizás el año próximo se le cumpliera un deseo.

 

 

 

*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

http://sonrelatos.galeon.com/isladeld.htm

LEER "La reina sin espejo", de Lorenzo Silva

LEER "La reina sin espejo", de Lorenzo Silva

   Hay libros y autores que nos gustan, les hemos leído o les hemos conocido, lo cual es si cabe mayor privilegio y fuente de criterio para entender una obra. A Lorenzo Silva le conocí en un taller de narrativa breve organizado el pasado verano por la UIMP, en Santander. Ya nos lo anunció entonces, en dos meses sacaría a la luz un nuevo libro y ya está aquí. En uno de los intermedios para el café en que tuvimos ocasión de conversar se refirió a esta "locura del escribir" con muy acertadas palabras. Pues bien, por eso de hablar o de ayudar a quien conocimos de cerca, solidarios y locos por el mismo arte, me permito avanzar estas notas extraidas de su página web, a la que os remito, sobre la novela que por fin se acerca y que ya está aquí: a partir del 4 de Noviembre sale a la venta "La reina sin espejo", de Lorenzo Silva...

 

-Un apunte del autor:
Aquí está, tres años después de la anterior (lo que no me parece un mal intervalo), la cuarta novela de Chamorro y Bevilacqua. A estas alturas, quizá no tiene mucho sentido que me extienda sobre qué son y qué representan para mí. Han sido mis embajadores para llegar a miles de lectores y para hacer de la literatura el gozo compartido que a mí me gusta creer que es. Ésta es la novela más larga, compleja y acaso también la que más ahonda en los personajes. Pero procuro que siga siendo divertida, interesante, atractiva, etcétera. Y rabiosamente apegada a la realidad presente. Con todos sus misterios y paradojas, y con todas las novedades que hacen del trabajo de los policías algo muy diferente de lo que era hace sólo tres o cuatro años. Me gustaría que esta historia, aparte de para entretener, sirviera para reflexionar sobre esta extraña civilización que estamos construyendo en los albores del siglo XXI. Donde la gente, de puro hipercomunicada, está más sola que nunca, y donde aquellos que consiguen sus metas se sienten a menudo fracasados. Y si alguien me pregunta cuándo será la quinta novela, pues al menos en un tiempo a los guardias les toca descansar, y a mí hacer otras cosas.

 

-El resumen del editor:
La aparición de una mujer apuñalada en un pueblo de Zaragoza podría ser un trabajo más para el sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro, pero éste es un caso fuera de lo común; la víctima es Neus Barutell, una célebre periodista casada con un consagrado escritor catalán, lo que atrae a la prensa más sensacionalista y somete a los investigadores de la Guardia Civil a una dosis suplementaria de presión. En estas peculiares circunstancias, Bevilacqua y su compañera deberán remover con sigilo las entrañas de una vida pública más allá de las apariencias y sumergirse en las flaquezas e inseguridades que se escondían tras la imagen solvente e impecable de la víctima. También será necesario rastrear con detalle sus últimos trabajos periodísticos. Las pesquisas llevan a nuestros protagonistas a Barcelona y las primeras pistas apuntan a un crimen pasional en un mundo de vanidades, lleno de tapujos y secretos y con ramificaciones hasta los sórdidos bajos fondos de la ciudad.La reina sin espejo nos sumerge en una indagación compleja y fascinante en la que los guardias civiles deberán, entre otras muchas cosas, dilucidar enigmas literarios de Alicia a través del espejo, desentra?ar relaciones cibernéticas y colaborar con la policía autonómica catalana para llegar a la resolución de un caso espinoso y difícil.Lorenzo Silva trasciende con esta novela el género policíaco en un texto colmado de intrigas, bajas pasiones e ironía y lo conjuga con su prosa más conseguida y acertada hasta el momento.

 

...¡Ah, suerte, Lorenzo!
*(Extraído de la web de Lorenzo Silva).-
http://www.lorenzo-silva.com/index_espanol.htm

FINAL DE COSTA

FINAL DE COSTA

No había letrero alguno; quizás por eso siguió la inercia de aquel cruce. Llevaba horas al volante y nada le habría desanimado más que haber leído la señal de alguna población cercana. Solo conducir, tragar kilómetros hacia un lugar sin nombre...
Nunca bendijo tanto el hallazgo fortuito de aquella villa como el efecto beneficioso que a partir de ese momento le acompañó. El carácter atormentado que le perseguía en los últimos años a causa de la enfermedad de Marie y, también, por la jubilación anticipada que le forzó a enfrentarse sin esperanzas a una batalla perdida, le habían transformado en un ser hosco y solitario. No le bastaban las respuestas de su médico, el Dr. Vincent, instándole con fingida profesionalidad a probar terapias psicológicas que le ayudarían a fortalecer su acrecentado pesimismo, ni tampoco iba a poner el resto de fe que le sobraba en aquellos rutinarios fármacos. Siempre fue hombre dinámico, de mente ágil que se tornaba vivaz cuando estaba ocupado, su estado ideall. Ahora, sin trabajo, intentaba suplir el espacio de sus actividades dedicando un tiempo a organizar sus colecciones de modelista, incluso llegó a terminar de una vez aquella fragata antigua que le regalaron sus compañeros en el homenaje de despedida.
Sin embargo, ni las maquetas de sus balandros ni los medicamentos ni los consejos del doctor Vincent poseían la consistencia suficiente para detener la tortuosa avalancha de ansiedad que supuso la muerte de Marie. Sin obligaciones era un hombre desarmado, pero sin lazos afectivos sus sentimientos caían desbocados en una vorágine sin fin de soledades. Por eso cogió el vehículo, su mundo de toda la vida se quedaba pequeño y su espíritu, hambriento de avidez, le empujaba a explorar horizontes distintos a la búsqueda de una novedad que tal vez le hiciera resucitar de aquella situación que le aprisionaba.
Aquélla tarde abandonó la autovía que le devolvía a casa y regresaba sin prisa por la comarcal. En muchas otras ocasiones pasó frente a aquel cruce, dejándolo a un lado, pero esta vez decidió tomarlo con un giro repentino, casi al tiempo que se dejaban caer las primeras gotas de lluvia. Al poco, la carretera se estrechó hasta borrarse la línea divisoria que marcaba la doble dirección y el firme dejó notar la superficie parcheada de sus baches. El aparente rodeo comenzó a extenderse más allá de su pretensión original, pero para entonces la lluvia era ya copiosa y el movimiento rápido del parabrisas le dificultaba conducir con seguridad. Una fuerte tormenta eléctrica se desató en apenas unos instantes y su resplandor intermitente se reflejaba fantasmagóricamente entre los árboles cercanos. Su preocupación crecía a la vez que el temporal y la noche cerrada iban en aumento, hasta que con un rescoldo de alivio divisó las luces de la pequeña villa. Circuló lento por lo que semejaba una calle principal, vacía de transeúntes. Aguardó con el motor en marcha hasta descubrir la figura de alguien a quien poder preguntar. Por fin distinguió al viejo pescador que esquivaba el chaparrón bajo los aleros. Aunque a este no le hizo mucha gracia abandonar por un momento su refugio de la orilla para responder a las dudas nerviosas de un conductor extraviado, así y todo, contestó sin un mal gesto...
-La carretera no sigue. Está usted en la costa! O vuelve por donde vino o...
Debió notar el rostro perplejo del hombre que le preguntaba y, mientras volvía a resguardo de los aleros, apostilló:
-Dos manzanas más al fondo tiene el hostal de la señora Olmos... Hace una noche de perros, oiga!
No le faltaba razón al viejo marino, nada mejor que la opinión de un experto pescador para seguir el consejo a pies juntillas, por lo que se dirigió en dirección al hostal dispuesto a capear la noche del modo más cómodo.
Cuántas veces le escuchó decir al doctor Vincent que no debía encerrarse ni aislarse, que necesitaba exteriorizar sus inquietudes, conversar, compartir tareas o colaborar en cualquier acción con implicaciones sociales. Cada vez que le soltaba la perorata lo acompañaba con un tratamiento de pastillas destinadas a frenar su ansiedad y controlar su sueño que, por el contrario, solo conseguían dificultar y reducir el tiempo destinado a dormir. Sin embargo, obligado a pernoctar en casa de la señora Olmos, dormía. La urgencia de las circunstancias impusieron que tampoco tuviera a mano las medicinas que metódicamente pretendían dominar su vida y, sin embargo, las tostadas rebanadas que la propia señora Olmos subía a la habitación ofrecían el remedio milagroso del mejor de los desayunos. Luego, quedaba toda la mañana por delante antes de que con ganas casi se deseara la hora de la comida.
El tiempo transcurría en la villa sin preocuparse de mirar el reloj, los paseos por el muelle o las tertulias en el bar del hostal entonaban las tardes de modo que parecía que el tiempo se hubiese tomado un respiro también para olvidarse de todo lo que no tuviera nada que ver con la calma o la paz. Las conversaciones con Mauri, el viejo pescador, repasaban hechos pasados aunque liberados de la importancia actual. Le agradaba escucharle, mientras el pescador preparaba un montoncito de tabaco para su pipa de motivos marineros y hablar con él, cuando la encendía y aspiraba, pues casi pertenecían a la misma generación si bien los avatares de sus vidas distaban en detalles considerables. La mar moldea la cruda arboladura de los hombres que la trabajan y el viejo Mauri desconocía el significado de la palabra médico... A diferencia del pescador, a él no le habían faltado penurias que solventar, sobre todo y muy a pesar suyo, los últimos padecimientos de su querida esposa, demasiado recientes aún, pero algo había en el modo de enfocar los problemas que originaba un abismo entre ambos a la hora posterior de extraer conclusiones. Con el viejo marino aprendió el secreto del optimismo, sobre el que tanto había oído predicar sin interés. Las lecciones que Mauri sacaba de un obstáculo pasado lograban hacer desaparecer el problema mismo e, incluso, su posible repetición. Y esto era algo que a él le regocijaba, tan asaltado por los mismos fantasmas, pues le entroncaba de nuevo a la realidad, sin cargas ni peso sobrante. Al final, una buena risotada entre amigos o un paseo por los acantilados desentumecían el óxido acumulado de la fatal seriedad y todo volvía a colocarse en el orden y en su sitio justo.
Los viajes a la villa se fueron haciendo más frecuentes. Primero, con excursiones o algún fin de semana, luego pequeñas temporadas que le devolvían a casa renovado. El propio doctor Vincent se mostraba satisfecho con los resultados de su tratamiento al comprobar los avances de su decaído ánimo. No podía imaginar que las medicinas descansaban al fondo de un cajón, tan abandonadas como sus intenciones de asistir a rueda terapéutica alguna. Solo de pensar que volvería a la semana siguiente a la villa una diáfana alegría se le reflejaba en el semblante,imposible de disimular.
Al principio fue tan solo una fugaz idea que se le pasó por cabeza. Luego, ayudado por el tiempo y el sosiego para la reflexión, fue madurando su proyecto hasta adueñarse por entero de su entusiasmo. Poco a poco fue cambiando vínculos, no tenía nada de descabellado trasladar su hogar a donde se sentía más a gusto. Además, hacía tanto que no sabía lo que era sentirse así, casi lo había olvidado.
Comenzó por desprenderse de su casa de la ciudad. Entre Marie y él habían conseguido convertirla en un hogar, pero ahora era demasiado grande para sus necesidades. En sus amplias habitaciones descansaban los recuerdos, hablando del pasado irremediable, recordándole los límites del futuro. No fue difícil desembarazarse de ella, estaba bien situada en el centro urbano. A cambio, un pequeño ático junto al hostal de la señora Olmos, en una callejuela paralela, sin tráfico y con vistas a los montes, desde donde se podía respirar el aroma de los robledales en otoño. Cuando la brisa del nordeste volvía a soplar entonces era el olor a salitre añejo el que inundaba cada rincón de la villa, algo que a él le hacía ensanchar los pulmones y tragar bocanadas. Era el olor del pueblo que reconocería entre un millón, inconfundible. Antes, unos meses atrás, apenas para él tenían significado los olores, ni la risa... Sí, ahora se sonreía para sus adentros al recordar las palabras del doctor Vincent en la última visita:
-...No se le ocurra abandonar el tratamiento! ...Si marcha de vacaciones a ese pueblo que dice, por lo que más quiera, siga tomando las pastillas!
Al doctor Vincent lo avisaron a media tarde. Debido a lo escarpado del lugar, ya anochecía cuando el médico forense llegó a los acantilados para levantar el cadáver. El cuerpo inerte de su antiguo paciente yacía entre los rocas, sin señales violentas, casi podría afirmarse que su expresión era plácida; lo examinó. Junto a él una pipa con tabaco sin encender descansaba en el suelo...
-Él no fumaba...
Finalmente, rellenó el último apartado del informe por fallecimiento: causa natural. De regreso por la autovía el doctor consultó el mapa... Los Acantilados! No existe ninguna población con ese nombre... El inspector que conducía el vehículo aseveró:
-Ahí se acaba la carretera... ¡Estamos en la costa!



*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/costafin.htm

MÁS QUE LEER EN LA RED...

MÁS QUE LEER EN LA RED...

Hace poco leí un artículo de prensa que decía: Ya hay más de dieciocho millones en Internet. Una cifra que en seis meses se habrá doblado. Son los blogs o bitácoras virtuales. Modernas confesiones en su mayoría escritas por personas anónimas que documentan su vida sin complejos. También en imágenes.(...) En lo que tarda en leer esta frase habrán nacido mil nuevos diarios virtuales. Bitácoras (en su traducción al castellano) o blogs (la versión reducida para entendidos) que versarán sobre todos los temas imaginables. Desde la botánica o el lince ibérico hasta los vicios de Kate Moss o las proezas de Fernando Alonso. De las opiniones de un senador de Estados Unidos a las inquietudes de un informático en paro. Tecnológicos, de opinión, sobre cine o puramente autobiográficos...
Yo me pregunto desde cuándo comunicarse o expresarse adquirió esa capacidad de convertirse en lo que ya denominan la gran revolución del presente siglo: ¿acaso el arte no se encargó siempre de esa misión? ¿qué tal si comenzamos a leer algo y seguimos leyendo...?
Me permito presentaros algunas de estas alternativas disponibles para quienes lo deseen en la red:


-"Escena (f): Suceso o manifestación de la vida real que se considera como espectáculo digno de atención. Ambiente, conjunto de circunstancias espaciales y temporales en que tiene lugar una situación o un hecho"... Con este encabezamiento se define a la vez que se presenta este nuevo espacio en la red que nos invita a leer, navegar y degustar. Letras, historias, escenas que respiran por cada poro de sus diversos apartados; no dejen de visitar lo último ni la sección de autores destacados, además de sus escenas, cuentos, efectos, génesis, datos y enlaces, que no tienen desperdicio.
http://www.e-scenas.com.ar


-"Acciones Imaginarias" es una asociación cultural que se dedica a la producción de espectáculos escénicas y proyecctos de índole educativa y, así, recorren con sus montajes diferentes comunidades autónomas de la geografía española y festivales tanto nacionales como internacionales. Ahora la Compañía nos ofrece "en cartel dos monólogos interpretados por Eva Egido Leiva y dirigidos por Rubén Vejabalbán que forman parte de un mismo ciclo creativo: la escena reducida a lo esencial como espacio para el debate público sobre temas críticos en nuestras sociedades en red".
http://www.accionesimaginarias.com


-"El Interpretador, literatura, arte y pensamiento", nos propone por su parte un tercer encuentro de lectura con cartas y debates que comprenden ensayos, artículos, entrevistas y, sin olvidar sus interesantes espacios dedicados a la poesía y a la narrativa. Mención aparte, aunque de similar calidad requieren sus aguafuertes y artes visuales. Un paseo por su blog nos ayudará a mantener la agenda del arte al día, no falten a la cita:
http://elinterpretador.blogspot.com



...Pues a leer, amigos/as, que de eso se trata: ¡FELIZ LECTURA!
LeeTamargo.-
http://entrerenglones.blogspot.com


*(Fuentes consultadas "El País Semanal", por Iker Seisdedos, Octubre de 2005).-

NO HAY MUROS

NO HAY MUROS

Tenía la coartada perfecta; había quedado después del trabajo con Marcia, antes de la cena. Giulio llevaba largo tiempo dándole vueltas a aquella idea y había decidido llevarla a cabo esa misma noche. Quería de una vez por todas cambiar algo para que en el rostro de su madre se instaurase la sonrisa. Siempre la había escuchado maldecir, descontenta, siempre a disgusto con sus dos hermanas, dos tías con las que jamás tuvo contacto alguno. Tan sólo las conocía por la historia contada de su madre, repetida hasta el desencanto; no le gustaba verla triste, no, a nadie puede agradarle eso. Ni siquiera cuando la oía planear su mal ni cuando el rencor la poseía, tampoco ese efímero triunfo le bastaba. Deseaba que la felicidad se adueñara del gesto de su madre, sobre todo ahora que él se sentía así, tan enamorado y feliz junto a Marcia, su novia.
Se conocieron desde adolescentes y ya iban para su cuarto año de noviazgo, sabía que era su amor. Cumpliría la mayoría de edad el año próximo y comenzaría a trabajar de empleado fijo en el taller mecánico; ansiaba tener entre sus manos el carnet de conducir, los coches eran su pasión, sí, después de Marcia, claro.
Un par de meses atrás había muerto el abuelo, vivió con ellos sus últimos años y nunca llegó a comprender del todo las diatribas y enconadas discusiones que entablaba con su madre, aunque ahora parecía vislumbrar algo de luz al respecto, ahora que su madre no cejaba en continuar lamentando sus reproches en voz alta hacia las hermanas ausentes. Si aquellas amenazas iban a conseguir traer la paz tan añorada él se iba a encargar de cumplirlas: los terrenos del abuelo ocupaban una vasta extensión de aquella comarca ganadera, representaban una golosa tentación para las constructoras que rastreaban la zona en busca de parcelas favorables para su negocio. Al fin su madre logró lo que con tanto ahínco había perseguido, hizo que el abuelo, demasiado mayor para oponerse, cambiara el testamento a su favor, hasta entonces repartido a partes iguales entres las tres hermanas. Ya sólo necesitaba el espoletazo definitivo que provocara el estallido, deberían ser ellas las que interpusieran la demanda pues ni siquiera pensaba darles el placer de pagar las costas del juicio, donde todo estaba dispuesto en su favor...
Mientras se aseaba para salir, Giulio repasó mentalmente cada uno de los pasos de su oculto plan. Al caer la tarde se acercaría con el coche hasta el muro de piedra que separa las lindes, a esas horas apenas hay tránsito; le bastaría con un leve empujón para derribarlo. Se imaginaba el gesto despechado de sus desconocidas tías, pero sobre todo la faz satisfecha de su madre, relajada al verse las caras frente al estrado. Sí, ya era hora de que su madre también sonriera, era su turno. Nadie le vería en plena oscuridad; después debía bajar hasta el pueblo sin las luces puestas, no se trataba de un trecho demasiado largo, pero lo conocía de memoria, ya antes lo había recorrido con Marcia dentro del coche cuando buscaban algo de intimidad. Antes de ir al encuentro de Marcia, que le aguardaba en la verja del palacio consistorial, quería dejar el vehículo en el aparcamiento del taller, de ese modo no existiría ningún detalle que lo involucrara.
Al llegar junto al muro dejó caer la trasera con suavidad para evitar cualquier ruido. Empujó con fuerza marcha atrás, pero sin éxito; además cabía el riesgo de que el muro, casi tan alto como una persona, cediese el lado suyo y aplastara el vehículo. Las ruedas echaban humo y se encontraba empapado en sudor; aquella misión le estaba costando mucho más de lo que se había imaginado. Pisó a fondo el acelerador y, con un giro brusco hacia delante, se alejó justo antes de que el muro cayese destrozado en innumerables pedruscos desperdigados.
-...¡Por fin, ya está!
Ahora le quedaba bajar a ciegas, sin encender los focos. Giulio enfiló la pendiente que conducía a la población, se había hecho demasiado tarde. Aprovechó la inercia de la cuesta abajo para ganar tiempo y velocidad cuando tropezó con algo que no pudo distinguir en la oscuridad. El coche se tambaleó a un costado, después de haber arrastrado el tropiezo durante varios metros y, asustado, Giulio maniobró para pegarse de nuevo a la valla. La oscura silueta de los setos recortado en la noche le desorientaba y contribuía aún más a su nerviosismo. Por eso suspiró aliviado al distinguir la iluminación de la carretera local, encendió por fin las luces y se incorporó a ella con lentitud.
Aparcó según lo previsto, junto al taller mecánico; comprobó después la defensa trasera, apenas un rasguño de la presión contra el muro. Luego, introdujo las llaves del coche en el buzón del taller, allí las encontraría a la mañana siguiente el viejo Ramos, como tenían por costumbre. Miró el reloj preocupado mientras, a la carrera, se dirigía a la cita con Marcia. Bajó a saltos la escalinata de la plaza central, componiéndose el cabello y las ropas antes de llegar al lugar del encuentro, pero Marcia ya no estaba... Se lo había estado temiendo durante todo el maldito trayecto, aquel muro se había resistido tanto en caer...
-...Mañana se lo explicaré –se consoló de regreso a casa.
Sin embargo aquella mañana le costó desperezarse, no era habitual en él dormirse ni faltar al trabajo. Se despidió de su madre sin desayunar. Tampoco era el único en llegar tarde, el taller seguía cerrado; al viejo Ramos también parecían habérsele pegado las sábanas. Por instinto siguió la ruta de sus pasos en la noche anterior, le pareció escuchar voces y se asomó a la escalinata. Entonces distinguió el revuelo que formaba aquel grupo de gente junto al ayuntamiento. El viejo Ramos se encontraba entre ellos, en cuanto le reconoció se dirigió hacia él en un falso tono sosegado:
-...Giulio, hijo, ¡una lástima, hijo! –mientras posaba una mano en el hombro del muchacho.
-¿Qué pasa? No entiendo...
-La encontraron echa un nudo junto a la valla de la cuesta antigua, hijo... –Ramos se lamentaba sin despegar la vista del suelo-. Después de atropellarla huyeron, Giulio, la abandonaron allí, malherida, sin auxiliarla, hijo... El párroco asegura que está muerta, la pobre Marcia, muerta...
También la mirada de Giulio permanecía ausente, se acordaba con claridad de dónde echó las llaves, pero no recordaba con qué parte chocó del vehículo; aún no tenía el permiso, pero nadie le había visto, no podían implicarle. Ya no escuchaba las palabras huecas del viejo patrón, un largo escalofrío le impedía atender, mientras un muro invisible se erigía delante suyo... Algo parecido a la voz de una amenaza le condenaba, tardaría toda una vida en volver a sonreír.



*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://leetamargo.mybesthost.com/nhmuros.htm

Leer a ANTONIO PARRA:

Leer a ANTONIO PARRA:

De entre las muchas tradiciones que puntean el mapa de la poesía, Antonio Parra (Murcia, 1954) se sitúa en aquella donde la reflexión sobre el tiempo es el motor de la palabras. Por su ideario de lector cruza una tribu de poetas que han hecho del silencio la tea irremediable de su escritura. Son aquéllos, con Leopardi en el centro, que levantan una voz laminada de meditaciones, dispuestos al naufragio metódico de la memoria, al gozo y al desamparo de descifrar en lo minúsculo la existencia agazapada.
El último libro de poemas de Parra, "Tardes de domingo" (Renacimiento) es un testamento de vitalismo trágico, una certeza de soledad que alumbra también el camino. "Estos son poemas que han nacido lentamente, cuando uno consigue apartarse de ese ruido que espanta a la poesía. Es una forma de mirar y detenerse, de meditar sobre la esencialidad del tiempo", dice. Y de ahí a la intriga de la muerte o al recuerdo de las selvas felices de la infancia.
Parra hace en su poesía el dibujo del desamparo, "pero sin afán de autobiografía, más bien desde esa poesía de la existencia que busca un equilibrio entre la emoción poética y la filosofía". Periodista, profesor y flamencólogo, el autor ha encontrado en Tardes de domingo "la expresión exacta de lo que quería decir, acercarme con el verso al misterio, a lo desconocido".
Es éste un libro delicado donde se dan cita fantasmas y ausencias, impresiones tatuadas en una tarde que se vence, "intentando atrapar esos instantes con la impotencia de saber que nada detiene el tránsito de los días". Lo que trazado Antonio Parra en "Tardes de domingo" es un itinerario simbólico, las coordenadas de un viaje por el hilo de aquello que sucede sin descanso, mirándolo de cerca, cercándolo en poemas como el sincero testimonio de un hombre que, como todos, se sabe solo.

*(Extraído de "El Mundo", por A. Lucas, 10 de Julio, 2005).-
http://entrerenglones.blogspot.com

MERECE LA PENA

MERECE LA PENA

Si algo me gustaba de aquella pensión era la serena tranquilidad del barrio en que se aposentaba. En definitiva, la modesta población de San Lorenzo era de por sí apacible y monótona, casi hasta el aburrimiento. Por eso la escogí como el marco ideal para sentar las bases de mi futura obra y, allí, en la pensión de la calle Doctor Fleming establecí la sede permanente de mi estudio de pintura. Mi propósito consistía en romper las penurias y tópicos que asolan a los artistas, esclavos de una vida sometida a los mandatos últimos de las primeras necesidades, el pan, la ropa, la oficina, el coche... Demasiadas obligaciones acaban por inutilizar el talento y este, como joya atesorada, debe hallar rienda suelta a su expresión sin límites, imposiciones o ataduras que impidan su natural desenvolvimiento. Esto es lo que perseguía, no perder la espontaneidad debería constituirse en la máxima de un artista que se precie. Era un modo de vida y, por tanto, había que protegerlo.
La luz de la tarde impregnó muchos de los cuadros que durante horas incontables acabé de finalizar allí, en el estudio de la segunda planta. No me habría importado tampoco alquilar el ático de arriba, pues las pinturas se amontonaban, lienzo sobre lienzo, contra las paredes repletas de mi modesto y diminuto apartamento. Además, me frenó el hecho a considerar de obligarme a pagar un alquiler más, lo que me llevaría ineludiblemente a la rueda trepidante de la que me empeñaba en huir. Por eso, aquella mañana me sobresaltaron los ruidos provenientes del apartamento superior, hasta entonces desocupado. La tranquilidad que disfruté en solitario hasta aquel momento pareció anunciar su irremediable final con aquel taconeo repetido de unos zapatos que caminaban arriba, de un lado para otro, ahora arrastrando algún objeto pesado o bien golpeando el suelo del piso con un caer estrepitoso y descuidado.
La señora de la pensión me explicó sin entrar en demasiado detalle, al escuchar mi esperada pregunta, que había alquilado la buhardilla a una mujer recién llegada, no se acordaba de dónde si es que se lo había dicho. Y rápidamente, como si temiera un bombardeo de preguntas en exceso curiosas, desapareció por una de las puertas del enorme pasillo que cruzaba de lado a lado la planta baja, destinada en su totalidad a la vivienda de los propietarios del negocio.
Cuando subí a mi habitación pude observar a través del hueco en el rellano de la escalera que su puerta estaba abierta. Una claridad inmensa irradiaba desde adentro, quizás el balcón también estuviera de par en par ventilando la habitación hasta ahora deshabitada. Me descubrí curioso, casi que impertinente, intentando inconscientemente crear excusas para averiguar quién y con qué se ocupaba la morada que descansaba encima mío. Esa tarde me costó trabajo concentrarme para proseguir con la marcha de mis pinturas iniciadas. Escuché un fuerte portazo de arriba, tal vez causado por una corriente de aire desprevenida y me pareció una disculpa aceptable para salir afuera a entablar una posible conversación. Nadie en el rellano y la puerta, de nuevo, volvía a permanecer abierta... Decidido a inventar cualquier pretexto subí escaleras al ático hasta llegar ante la puerta. Nadie adentro, sin embargo se podían contemplar los muebles y adornos y busqué los detalles capaces de hablarme sobre la naturaleza de la persona que allí vivía. Escuché ruido de agua en la otra habitación, posiblemente se encontraba en el baño. En efecto, me asustó cuando de súbito hizo acto de aparición, únicamente cubierta con una camiseta corta y una braguita blanca y fina, tanto que ocultaba solamente lo preciso. Se apercibió de mi presencia cuando se disponía a ordenar el equipaje de sus maletas extendidas sobre el sofá y, sin terminar de volverse hacia mí, me indicó en voz alta que la puerta estaba abierta, invitándome a traspasar el umbral. Pude comprobar que sostenía un cigarrillo entre los labios.
-Solo quería presentarme, escuché ruidos y... Soy el vecino de abajo.
-No molesta, no se preocupe. Adelante! -su tono no denotaba la amabilidad que se dice por cumplir, pero preferí pecar de prudente y posponer la visita.
-Cuando acabe de instalarse, tranquila, gracias... Ah! Y bienvenida!
A la tarde siguiente coincidimos en el rellano, ella regresaba de fuera, elegante, bien arreglada y, rápidamente, se aprestó en acabar la presentación de la otra tarde. Me ofreció subir al ático y me puse cómodo en el sofá mientras ella entraba al baño. Observé el ambiente acogedor de la sala frente al amplio ventanal que daba a los campos y jardines que preceden al bosque de San Lorenzo.
Escuché que me hablaba desde el baño, se quejaba del día tan intenso que había soportado. También, ensalzó la belleza de los bosques de San Lorenzo y las bondades de los pequeños pueblos que, en su natural humildad, esconden el secreto de la serena tranquilidad y del saber vivir, algo de lo que se han olvidado en las ciudades. Salió envuelta en una toalla y con el cabello mojado recogido en otra, a modo de turbante. Una mascarilla de intenso verde pistacho le cubría los párpados y seguía explicándose, mientras se frotaba los brazos con una crema incolora que desprendía un aroma fresco y penetrante. Se interesó por mí, de dónde era, a qué me dedicaba y se sorprendió con admiración al enterarse de que era pintor, sí, de lienzo y pincel fino, sí, sí, un artista. Entonces me habló de su trabajo, de su penosa labor de modelo publicitario y, a decir verdad, no me habría extrañado reconocer su rostro de entre algunas de las revistas de moda.
Su estancia en San Lorenzo se debía a un reportaje filmado en el entorno del bosque y de sus afamados jardines, que constituían el marco apropiado para aquel cortometraje de una nueva colonia, una innovadora fragancia para el mercado cosmético. El día anterior fue pesado y repetitivo, hubo que volver a filmar las mismas tomas hasta encontrar el efecto de luz apropiado o, mejor, la lente capaz de reflejarla con fidelidad. El fotógrafo acabó por poner nerviosas a las modelos con sus exigencias y hoy igualmente, las tomas se sucedieron compulsivamente, sin apenas descanso. Mañana sería otra dura jornada, pero disponía de todo el fin de semana para recuperarse y descansar. Se había propuesto no caer en la vorágine del ambiente que rodeaba al trabajo y por eso escogió aquella población cercana a los bosques y aquella modesta pensión, alejada de las compañeras y de los equipos de filmación, sí, merecía la pena.
Con ánimo de corresponder a su sincera claridad, le manifesté mi interés por su atractiva profesión, viajando, conociendo lugares nuevos a menudo de alto postín y disfrutando de personajes y ambientes selectos. Había vuelto a salir del baño luciendo un ajustado corpiño de flores que dejaba al descubierto el redondeado ombligo de su vientre moreno y liso, por encima de su braguita blanca y tan estrecha. Se estaba peinando su rubia melena cuando de pronto paró el movimiento del cepillo e, inmóvil en el centro de la habitación con los brazos caídos al suelo, parecía prestar atención a quién sabe qué mandato divino. Se le ocurrió de repente aquella idea, la de posar para mí, casi con fijación obsesiva, la de que tenía que pintarla, sí, se propuso llevarse de aquel lugar su retrato.
Acepté la idea instintivamente, no pensé en compromiso alguno pues es mi costumbre cotidiana andar entre colores y paletas y, por eso, sé apreciar el valor de un modelo espontáneo que se preste. Al marchar, quedamos en concretar el proyecto en ese fin de semana y, cuando quise cerrar la puerta, ella se interpuso y me susurró al oído que una puerta entreabierta es la mejor de las cerraduras y que siempre la encontraría así... Bajé los escalones, pero solo escuchaba la zozobra de mis latidos agolpados dentro del pecho. Sin embargo, esa noche dormí plácido y descansado como hacía tiempo que no lo recordaba.
A la noche siguiente sentí sus pasos subir hacia el ático muy de madrugada, sin duda, debió de tener otra dura jornada de trabajo o quizás de fiesta. Ya por la tarde me asomé a su puerta... El ruido de la ducha cesó y su cabeza enmarañada apareció tras la puerta del baño.
-Pasa, pónte cómodo... Pero antes trae tus bártulos, artista, empezamos ahora...
Sin rechistar, obediente, subí aquel juego de pinceles nuevo que guardaba para no sé qué sesión especial, también los lienzos de bastidor y el caballete de campo que para aquella ocasión me serviría que ni pintado. La luz que entraba por el ventanal de la sala creaba la atmósfera idónea y, rápido, dispuse todos los elementos y material necesario para convertir la habitación en un improvisado estudio. Ella atendía mis indicaciones, envuelta en su media toalla y con su inseparable braguita, tan diminuta y estrecha. Le expliqué el modo de tenderse en el suelo, la posición de las piernas entrecruzadas, de las manos posadas y expresivas, el ángulo del rostro y la leve torsión del cuello con la cabeza inclinada para que el escorzo lograra reflejar toda la delicadeza sensual de aquel bello cuerpo, sugerente. Una belleza que me impresionó y a la que, con el aliento contenido, procuré sobreponerme para que los primeros trazos delimitasen el marco de lo que sería el próximo escenario. También me preocupé de realizar descansos, no deseaba resultar igual de molesto que los fotógrafos con los que había trabajado. Ella lo agradeció, se sentía cómoda, sonreía y, de un golpe, se desembarazó de la toalla y su braguita...
-Así mejor... -musitó al tiempo que su mirada esbozaba una sonrisa picarona.
-Podemos continuar mañana, no es necesario agotarse ni acabar hoy... -intenté disculpar.
Pero ella se puso en pie y vino hacia mí...
-No, pónte cómodo tú también!
Tiró de las mangas de mi jersey y me lo quitó. Luego sentí sus pechos pegados a la piel de mi torso, sus pezones me acariciaban con suavidad de terciopelo y con su boca besaba mi hombro y me mordisqueaba el cuello. Posé los pinceles, sin poder evitar que alguno cayera. Sabía lo que iba a suceder casi como si lo hubiera imaginado, como si lo hubiera pintado. Los dos cuerpos desnudos rodaron sobre el suelo alfombrado, abrazados en una sola caricia, fundidos en un gemir de pequeñas pasiones encendidas que aumentaban en intensidad, ansiosas ya por desbordarse o ya por encumbrarse a otra cima más alta de placer. Así, hicimos el amor entregándonos por entero, hasta que el sueño nos acogió bajo su reinado nocturno. Desperté a medianoche, al lado de su cuerpo caliente y desnudo, juntos bajo el edredón, sin querer despertar nunca de aquel sueño.
En los días sucesivos compaginamos sesiones de fotos con las poses frente al lienzo. Nunca conocí una sensualidad así de salvaje y única y, también, sabía que al igual que llegó sin esperarlo volvería a marchar, quizás sin retorno. El final llegó triste, sí, pero lo celebramos con otra sesión doble de amor sin freno. Luego, por fin el adiós, una despedida con sonrisa...
Ahora miro hacia su puerta desde el rellano, esperando encontrarla entreabierta. Tal vez regrese algún día aunque tan sólo sea para recoger su pintura, el retrato que le dediqué. Tal vez algún día añore el tiempo detenido de los pueblos pequeños donde la vida recupera la respiración al compás del bosque y regrese para recobrar la tranquilidad del aroma que merece la pena.



*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.
http://leetamargo.mybesthost.com/merecela.htm

Leer a ANDREW SEAN GREER

Leer a ANDREW SEAN GREER

LAS CONFESIONES DE MAX TÍVOLI:

Este es un libro peculiar y extraordinario. Un libro realista que sin embargo parte de una premisa fantástica, el protagonista Max Tivoli es un hombre que nace físicamente como un viejo y mentalmente como un bebé. Su vida por tanto, transcurre al revés de la de los demás: mientras su cuerpo rejuvenece, su mente, como la de todos, va madurando y abandonando la inocencia.
Al nacer, Max Tivoli tendrá la apariencia de un viejo de 70 años, los años que sabe que vivirá, no hay error posible: es la única persona en el mundo que sabe cuándo morirá. Estamos en San Francisco, en 1870. Estamos en una ciudad que crece, como todo Estados Unidos, que pasará por un terremoto y que resucitará. Max irá “creciendo” sin infancia y con la repugnancia reflejada en el rostro de los demás ante su cuerpo imposible. Sólo su madre y su padre, que desaparecerá misteriosamente; una criada, que acabará convertida en madame de un prostíbulo; y su amigo Hughie conocerán la verdad. Max deberá seguir al pie de la letra una máxima de su madre “sé lo que piensan que eres”, es decir, actúa como te ven físicamente los demás. La vida del protagonista será por tanto un engaño continuo, un aparentar que se es lo que se ve, y no lo que se siente. Siendo adolescente tendrá que aparentar ser un viejo, siendo un viejo tendrá que comportarse como un niño. Todo este sufrimiento interior sólo puede ser soportado por una obsesión, la conquista del amor de Alice, su vecina. Un amor que perderá tres veces: en la adolescencia al no poder conquistarla por su aspecto, en la madurez al no poder retenerla en su matrimonio, y en la decrepitud al convertirse en un niño.
Max cuenta en primera persona todas sus frustraciones, sus esperanzas, sus anhelos. Su voz rota, egoísta, amorosa, colérica, humilde y triste a la vez, es lo mejor de la novela. Porque Max Tivoli se presenta ante nuestros ojos, no como un monstruo, no como alguien que contradice las leyes de la naturaleza, se presenta sobre todo como una persona que es más humana que la mayoría de sus congéneres. Como una persona que lo único que quiere encontrar es un poco de paz, un poco de amor en su vida. Hay una frase que nos cautiva y que resume el espíritu del libro: “Cada uno de nosotros somos el amor de la vida de otro”. Aunque no lo queramos todos hemos sido la obsesión amorosa de alguien, todos, hasta el ser más deforme, hemos sido amados, a veces sin ser conscientes de ello. “Las confesiones de Max Tivoli” es un libro que está repleto de amores secretos, de amores no correspondidos. Hasta el último momento hay un secreto, hasta el último momento encontramos una pasión escondida. Hasta el último momento el autor nos sorprende.

Andrew Sean Greer ha publicado este mismo año ésta su segunda novela en Estados Unidos. Una novela que ha sido traducida ya a varios idiomas y que ha consagrado a Greer como un escritor especialmente dotado para la emoción. Y es que la historia de este ser atormentado, de este amor imposible, se vuelve en sus manos más y más melancólica, más cercana al infierno, hasta llegar a unas últimas páginas de una feroz sensibilidad que nos hace emocionarnos hasta las lágrimas. Una gran novela.


*(Extraído de "EITB Pompas de papel", por Enrique Martín).-
http://entrerenglones.blogspot.com